32
Entro al Elmhurst Hospital como si me persiguiera el diablo.
Es mi primera vez aquí y, sin embargo, todo lo que me rodea me resulta dolorosamente familiar.
Cada pasillo, cada sala de espera, cada cara aburrida tras los mostradores de recepción.
He pasado en lugares como este más horas de las que me gustaría recordar: tratamientos mensuales, controles, revisiones.
La enfermedad tiene sus exigencias y estos lugares siempre están ahí para recordármelo.
La última vez fue hace tres semanas. Pasé cuatro horas conectado a una vía. La enfermera bromeó sobre traerme una almohada la próxima vez.
Pero hoy no vengo como paciente.
Voy directo al mostrador de recepción. Una mujer de mediana edad con el pelo gris levanta la vista. Su expresión dice: «Otro más».
—Necesito hablar con la enfermera Rebecca Thorne —digo sin aliento, sintiendo el sudor en la nuca—. Es urgente.
Me mira por encima de sus gafas. No pone los ojos en blanco, pero no será por ganas.
—¿Es usted familiar?
—No.
—¿Paciente?
Sí, pero no hoy.
—Tampoco.
Suspira con hastío.
—Entonces ¿de qué la conoce?
Titubeo. Busco una respuesta que suene creíble.
—Soy... compañero de trabajo.
Arquea una ceja.
—¿Trabaja usted aquí?
—No, yo...
Me rindo. No tengo tiempo para esto.
—Déjelo. Muchas gracias.
Me alejo del mostrador, saco el móvil y marco el número de Rebecca. Después de varios tonos, salta el buzón de voz.
Has llamado a Rebecca Thorne. Deja tu mensaje.
Cuelgo y vuelvo a marcar. Mismo resultado: móvil apagado o fuera de cobertura. ¡Mierda!
La recepcionista me observa con desconfianza.
Podría esperar, llamar más tarde o volver cuando Rebecca esté disponible.
Pero no tengo tiempo. Y ella no va a querer hablar conmigo si le aviso.
Ignoro la mirada de la recepcionista y me dirijo a los ascensores.
Un rápido vistazo al panel basta para ubicarme.
Quinta planta: Unidad de Medicina Ambulatoria; sala de tratamientos.
Salgo del ascensor y giro a la izquierda por el pasillo. La sala de tratamientos está al final.
Es una pecera de luz blanca donde el aire parece cargado de una espera silenciosa.
Hay camillas alineadas contra las paredes, separadas por cortinas parcialmente corridas.
En cada una de ellas, un paciente conectado a una vía intravenosa.
Los hay de todas las edades. Un hombre mayor duerme con la boca abierta; una joven ve algo en su tablet con auriculares puestos; un adolescente lee un cómic; una señora hace ganchillo con movimientos mecánicos.
Yo he sido uno de ellos. He estado sentado en camillas como esas, mirando la bolsa de suero. Gota. Gota. Gota. El líquido cayendo con una cadencia hipnótica, marcando el ritmo de una cuenta atrás para poder regresar a mi vida.
Escaneo la sala. Tres enfermeras se mueven entre los pacientes con eficiencia silenciosa. Una de ellas es Rebecca. Está atendiendo a un hombre de unos sesenta años, calvo, con aspecto cansado. Ella le habla en voz baja mientras cambia su bolsa de suero. Él asiente sin decir nada.
—¡Rebecca!
Mi voz resuena demasiado alta. El hombre mayor se despierta sobresaltado. La mujer joven se quita los auriculares. Todas las miradas convergen en mí. Rebecca alza la vista de golpe y su expresión cambia de inmediato.
Le hago un gesto con la mano. Ven aquí. Necesito hablar contigo.
Niega con la cabeza. Mira a su alrededor, a las otras enfermeras, a los pacientes. Luego vuelve a mirarme.
Doy un paso hacia dentro. Ella levanta una mano. Para. No entres.
Finalmente, tras disculparse con el paciente y prometer regresar enseguida, se dirige hacia mí. Sale al pasillo y cierra la puerta tras ella con más fuerza de la necesaria.
—¿De qué va todo esto? —masculla entre dientes—. Estoy trabajando, Toni. ¿Qué haces aquí?
—Casi me lo dijiste aquella vez, ¿no? —empiezo, ignorando su hostilidad—.
La primera vez que hablamos. Dijiste que quizá le habíais hecho un mal favor a Jax al ayudarlo tras el accidente.
Que si tu hermano hubiese pagado el precio entonces, tal vez habría aprendido la lección y no habría desperdiciado su vida.
Yo te dije que tú no tenías la culpa de nada y que cada uno es responsable de sus actos.
Pero entonces yo no lo sabía todo, ¿verdad?
—¿De qué demonios hablas? Vete de aquí.
—Fue hace algo más de dos años. El veintitrés de diciembre, víspera de Nochebuena.
Jax, John-Michael y tú volvíais de tomar unas copas.
Erais jóvenes e inconscientes, como se suele ser a esa edad, sobre todo si eres un triunfador.
Y vosotros tres lo erais. El mundo era vuestra sala recreativa, os creíais los amos de todo.
Ya conocemos la historia. No te ofenderé entrando en detalles.
—Pues vas por mal camino, porque ya estoy ofendida.
Rebecca intenta apartarme, pero sigo adelante.
—Ese día, Jax conducía borracho como una cuba. Bueno, es probable que condujera borracho muchas otras veces, pero en esta ocasión la carretera estaba helada y perdió el control. Estrelló el coche contra un árbol.
Señalo su frente a la altura de la cicatriz.
—Tú resultaste herida. Sufriste una fuerte conmoción y despertaste en el hospital al cabo de unas horas.
JM, un leve traumatismo. Jax resultó ileso, pero le entró el pánico.
Es comprensible, un accidente por conducir borracho habría sido una desgracia.
La multa, la retirada del carnet... todo eso casi era lo de menos.
Lo que importaba era la reputación. A un joven estudiante con aspiraciones en los grandes bufetes de Nueva York, aquello podría haberlo arruinado.
Así que hicisteis lo que los hermanos y los buenos amigos hacen: lo encubristeis.
Tú casi no habías bebido y el relato era plausible.
Cuando la policía os interrogó, los tres os pusisteis de acuerdo en lo que diríais: tú conducías el coche.
Se te cruzó un ciervo y diste un volantazo.
Las ruedas resbalaron... y fundido en negro. No recordabas nada más.
—Todo eso te lo conté yo —dice con el gesto fruncido—. Joder, no entiendo de qué vas.
—Dame un poco de tiempo —le pido.
Cruza los brazos sobre el pecho y espera.
—Los agentes creyeron vuestra historia. ¿Por qué no iban a hacerlo?
Todos lo hicieron. El asunto pronto quedó olvidado.
Pero han pasado más de dos años y el incidente es como una de esas maldiciones de las películas de terror.
El conductor borracho, Jax, desaparece de repente.
Su mejor amigo y pasajero, John-Michael, acaba suicidándose, dejando viuda a su mujer.
La prometida de Jax, Susan, sufre un accidente y acaba en coma.
—Sigo sin ver qué...
—Hay una persona más —la interrumpo—. Posiblemente la más importante, la clave de todo.
Desde que encontramos la Polaroid en la casa de tu hermano, me preguntaba si fuiste del todo sincera conmigo.
He pensado mucho en tu reacción cuando te enseñé la foto.
En tu explicación sobre los editores de IA.
La manera pulcra en que lo argumentabas todo.
El rostro de Rebecca pasa del blanco al gris ceniza. Sus venas se marcan bajo la piel translúcida. No hace intentos por defenderse, así que continúo hablando.
—Desde el primer momento, algo me resultó extraño en tu relato del accidente.
Los tres juntos en un coche. ¿Por qué? A ti, JM, no te caía mal, aunque no erais íntimos.
Por supuesto, Jax y tú erais uña y carne y quizás algunas veces él te sacaba de fiesta con su mejor amigo o algo así.
¿Pero por qué estabais los tres en aquel coche tan tarde por la noche, en vísperas de Nochebuena?
Rebecca por fin habla. Cuando lo hace, sus palabras salen como misiles de su boca. No caerá sin plantar cara.
—¿Estás diciendo que yo no iba en el coche?
—No. Te estoy diciendo que había cuatro personas en el coche, no tres. —Rebecca baja la vista—. Jax, JM, tú... —Busco sus ojos, pero ella mantiene la mirada en el suelo—. Y una chica. Una joven que John-Michael había conquistado esa noche.
Levanta la cabeza bruscamente.
—¿Cómo sabes...?
—JM ya estaba casado con Chloe —continúo—. Pero esa noche salió con tu hermano a cazar. Y conoció a alguien a espaldas de su mujer.
Rebecca no dice nada, pero su silencio lo confirma todo.
—¿Recuerdas a aquella chica? —pregunto.
—No —responde con voz apenas audible—. A decir verdad, no recuerdo nada de aquella noche.
Fue como si el golpe lo hubiera borrado todo.
Cuando me desperté mareada, con una conmoción cerebral en la camilla de urgencias, ellos me convencieron para que los tres contáramos la misma historia, la de que yo conducía en el momento del impacto.
No me hablaron de la chica. Que la chica solo tenía un golpe.
La habían llevado a su casa y le habían pagado para que no arruinara el matrimonio de JM.
Me froto la cara. Por supuesto. Era perfecto para ellos. La única que podía hablar no recordaba nada. Un billete de lotería.
Miro de nuevo el gotero. Gota. Gota. El ritmo no se detiene.
—Esa chica... —digo en voz baja—. Se llamaba Lily.
Rebecca cierra los ojos.
—Lily Williams —añado. Mi estocada final—. La chica que aparece en la Polaroid.
Me acerco un paso hasta acorralarla contra la pared. A través de la ventanita de la puerta veo que las otras enfermeras y algunos pacientes nos observan con actitud de alerta. Una de las enfermeras da un paso hacia la puerta. Otra le pone una mano en el brazo. Esperan.
No me importa.
—¿Rebecca? —Ella acaba por alzar la mirada. Sus ojos están vidriosos—. ¿Tengo razón?
—Sí —admite finalmente con voz rota—. Lily es quien iba en el coche. Jax... me mintió.
Respiro hondo. Por fin. El cristal se ha roto y el veneno está saliendo.
—Hay una cosa que no entiendo —digo—. Hubo muchísima publicidad sobre Lily Williams después de ese día. Tuviste que ver su foto en los periódicos. ¿No te recordó nada? ¿No sospechaste? La misma noche, misma zona...
Niega con la cabeza. Parece estar reviviendo aquella noche.
—Ya te lo he dicho: lo sucedido aquella noche era un borrón en mi memoria; ni siquiera tengo recuerdos de ir en ese coche.
Además, Lily y yo no éramos amigas. Solo la vi aquella vez.
Joder, ni siquiera me acordaba de su nombre.
Y JM... engañaba a Chloe constantemente.
Lily solo era una más. Ni siquiera sabía de su existencia hasta el otro día en casa de Jax, cuando...
—Cuando encontré la Polaroid con ella muerta.
Dice que sí con la cabeza.
—Su imagen me ayudó a recordar. Até cabos enseguida.
Pienso en su reacción de aquel día. Antinatural y fría, pero sorprendida al mismo tiempo. Casi desesperada por restarle importancia. Recuerdo que fue ella la que sugirió la teoría del montaje con inteligencia artificial. Ya en ese momento sentí que me ocultaba algo.
No añado nada. Dejo que llegue a sus propias conclusiones.
Cuando vuelve a hablar, tiene los ojos bañados en lágrimas.
—Ellos lo hicieron. —Su voz está rota—. Mi hermano y John-Michael escondieron el cadáver de Lily.