31
Salgo corriendo a parar un nuevo taxi. Esta vez es para mí. Mis nervios no soportarían la espera del metro, y menos aún el largo viaje hasta la oficina. Podría coger el Toyota de alquiler, pero no estoy seguro de poder conducir ahora. Estoy dolorido y asustado.
Cruzo a toda prisa la plaza hasta la parada, donde Hussein me recoge con su acento inconfundible. Acelera por la Tercera Avenida mientras intento que mi pulso no se escape por la ventanilla.
Quince minutos más tarde, pago el viaje y entro rápidamente en mi edificio. Miro el reloj. Hace menos de media hora que dejé a Anna. Parece una vida entera.
Al entrar, el silencio me golpea de frente.
Hada no está en su sitio. Su ordenador está encendido, con el cursor parpadeando rítmicamente en la pantalla.
Su bolso sigue colgado en el respaldo de la silla y su taza de té aún desprende un resto de calor, abandonada a medias junto al teclado.
Hada no es de las que dejan las cosas a medias.
Pero no tengo tiempo para pensar en eso ahora.
Voy directo a mi mesa. Los papeles y cuadernos están esparcidos por el escritorio.
Algún día afrontaré mi problema con el orden. Pero hoy no.
Afortunadamente, aún mantengo mi vieja costumbre de anotarlo todo en un cuaderno. Es de cuando escribía libros de suspense y apuntaba cada idea que se me ocurría en cualquier momento. Hasta tenía una pizarra impermeable en la ducha.
Sí, es cierto lo que dicen: a los escritores se nos enciende la bombilla mientras nos enjabonamos.
Paso las hojas con los dedos temblando. Escarbo un poco y ahí está, escrito con mi caligrafía de trazo rápido, lo que ya sospechaba.
Dos años y medio atrás.
Por todos los dioses, ¿cuántas personas estuvieron involucradas?
Escarbo un poco más y doy con otra anotación. El lugar donde trabaja Rebecca Thorne: Elmhurst Hospital.
Cierro el cuaderno y respiro hondo.
Las respuestas nunca llegan de golpe. No hay gritos de «¡Eureka!
» ni momentos de iluminación repentina. La verdad llega despacio, arrastrándose como niebla bajo una puerta cerrada.
Primero ves sombras, formas que no tienen sentido.
Luego, poco a poco, empiezas a distinguir contornos.
Una mano aquí. Un rostro allá. Un nombre.
Y de repente, todas las piezas se juntan de golpe, como si alguien hubiera encendido una luz cegadora en mitad de la noche.
Pero cuando miras lo que hay bajo esa luz, desearías haber seguido a oscuras.
Todo sigue siendo opaco, como visto a través de un cristal empañado, pero ya distingo la silueta del monstruo.
Y lo que intuyo me hiela la sangre.
Pero para saber exactamente qué sucedió ese día, tendría que desempañar el cristal. Y sé por dónde empezar.
Bajo a la calle y detengo otro taxi.
—Al Hospital Elmhurst —le digo al conductor.
Durante el trayecto, mi móvil quema.
La primera llamada es para Chase. Hablamos largo y tendido sobre la desaparición de Jax y mi último descubrimiento.
—Joder —dice él. Su voz ha perdido toda la ironía—. ¿Estás seguro?
—Al noventa y nueve por ciento.
—¿Y ahora qué?
—Voy a hablar con Rebecca Thorne.
Silencio al otro lado. Puedo oír su respiración.
—Ten cuidado, Toni.
La segunda es para Hada. Salta el buzón. Le dejo un mensaje breve y urgente. Que me telefonee en cuanto pueda.
Llamo a Molly y le cuento lo que sé, sin pedir nada a cambio esta vez. Solo por soltarlo, desahogarme. O tal vez solo quiero oír su voz. No lo sé. Ella me escucha con esa respiración contenida de periodista de raza.
—Voy a comprobarlo, Toni. Pero si tienes razón… prepárate para el impacto.
Me pregunta si estoy bien. Le digo que sí. Mentira.
Mi última llamada es a David Klein. Cuando responde, le digo seis palabras:
—Sé qué le pasó a Lily.