Pack Toni Galán (libros 1-3) 30
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Tardo algunos segundos en reaccionar, lo cual parece divertir aún más a Ashley.

Nada es lo mismo en ella. El disfraz de Power Ranger ha desaparecido, junto con la peluca rubia, los tacones y el relleno estratégico.

Es más baja, más menuda y viste de un modo conservador que casi me hace olvidar que anoche me hablaba al oído en un antro de perversión.

Aun así, sigue siendo atractiva de una manera mucho más conservadora, con un maquillaje aplicado con discreción y ropa menos entallada y llamativa.

Cero quejas al respecto por mi parte, por supuesto.

A veces, el atractivo radica en la sencillez.

—¿Tú eres...?

Ella suelta una carcajada infantil.

—Para que dejes de mirarme como si fuera un holograma —dice—, cuando soy Ashley llevo un Miracle Bra . Levanta el ánimo y otras cosas. Se puso de moda en los noventa, igual lo recuerdas.

—¿Recordarlo? Creo que el anuncio fue el despertar sexual de mi generación —respondo, intentando recuperar el tono, aunque mi pulso sigue acelerado.

Ríe de nuevo. Anoche, su risa —además de su manera de caminar, sus miradas, su voz, su elección de palabras— fue un juego sensual. A la luz del día, su voz suena más melódica, casi como la de una niña.

—Las piernas y el culo sí son míos —afirma—. Cien por cien naturales. Para que conste.

—Tomo nota.

Ella se levanta y se acerca. Estudia mi ceja con tal intensidad que sus ojos bizquean.

—¿Estás bien?

Intenta tocar la herida, pero me aparto.

—Lo estaré.

Resopla, compungida.

—Vaya salida hiciste anoche, hombretón. De verdad sabes cómo impresionar a una chica: un poco de charla y luego un desmayo dramático en el pasillo.

—Sí, por lo general no suelo acabar inconsciente hasta la segunda cita.

—Pues no me has llamado.

—He estado muy ocupado.

—Ya.

Me cruzo de brazos, molesto. Mi habitación es mi búnker.

Es el lugar donde me quito la armadura, donde me permito cojear sin testigos y donde peleo mis batallas privadas contra la esclerosis.

Verla allí sentada, sobre mi colcha, hace que me sienta desnudo.

Es una violación de mi seguridad que me incomoda.

Maldito Chase; su idea de un «regalo» es dejar entrar al enemigo en mi santuario.

—Sabías que irían a por mí.

Ella arruga la frente.

—¿Qué?

—Anoche. Estábamos charlando relajadamente. Viste algo. Tu expresión cambió y te marchaste justo antes de que el tipo de la planta de arriba bajara a reventarme la cara. No soy estúpido.

—¿Me culpas por lo que te hicieron?

—Estoy abierto a una explicación convincente.

—Está bien. Vi a ese hombre, Marko, mirándonos desde la planta de arriba.

—Marko. Así que lo conoces.

—Solo de vista. Todos en el Mystery saben quién es Marko Jaric. Creo que participó en la guerra de los Balcanes. También trabajó para los rusos. Corren toda clase de rumores, pero si el cinco por ciento de las historias son verdad, ha matado a docenas de hombres. Es un tipo peligroso.

—A quien me vendiste.

—¿Qué? ¿Venderte?

—Lo miraste. Te fuiste. Y él vino a por mí. ¿Cuál fue vuestra señal? ¿Le guiñaste un ojo? ¿Te pasaste la lengua por el labio? ¿Un sorbo a tu pajita?

—¡No! Pensé que me vigilaba a mí; no quieren que intimemos demasiado con los clientes nuevos. Jamás creí que iría a por ti, Toni. Te lo prometo.

Desde el salón, oigo los gritos de Chase:

—¡Bancarrota! ¡Te lo dije! ¡Eres un estúpido!

Cierro la puerta de la habitación.

—¿A qué has venido en realidad?

Me acaricia el rostro. Esta vez no me aparto.

—¿No es obvio?

La miro. Pienso en esa larga y falsa melena rubia extendida como un abanico sobre su escote de licra rosa. Luego meneo la cabeza. No es el momento adecuado.

—Probablemente no debería. Yo...

—Los hombres pocas veces le dicen que no a Ashley, ¿sabes? Debo de estar perdiendo facultades.

—No es eso. Solo que este no es el momento en absoluto.

—Toni, mi verdadero nombre no es Ashley.

—Detesto hacer estallar tu burbuja, pero ya sospechaba que en tu partida de nacimiento no aparece ese nombre.

Esta vez no ríe mi broma. Me clava la mirada de la misma forma que anoche. Cuando habla de nuevo, por un instante vuelvo a estar ante Ashley.

—Me llamo Anna. Y no soy prostituta. De vez en cuando me gusta jugar a ser otra persona por diversión. El coqueteo. Eso es todo.

—Nunca pensé que lo fueras.

—Mentiroso.

—Si no estabas compinchada con ese Marko Jaric, ¿por qué te acercaste a hablar conmigo?

Se encoge de hombros. No puede ser más tierna.

—Me gustaste.

—Mentirosa.

—No. Digo la verdad. Me gustaste mucho.

—No sé qué decir. Acabas de admitir que te encanta el coqueteo.

—Pero jamás doy mi número de teléfono en un primer contacto. El caso es que te reconocí en cuanto cruzaste la puerta.

—¿Ah, sí?

—Sigo tu podcast. No me pierdo un programa de Confesiones de medianoche .

—Pues qué sorpresa.

—¿Sabes que tienes una voz muy bonita?

Me mantengo en silencio. Ella pasa su mano por la manga de mi camisa.

—Podemos solamente charlar —dice.

—No se me da muy bien charlar.

—En cambio, yo soy buenísima escuchando.

—Sí, es cierto.

Ella vuelve a sentarse al borde de mi cama. Da unas palmadas sobre la colcha.

—Vamos, Toni. Siéntate.

Y yo voy y obedezco.

—Escucha. Tenemos que hablar —dice—. Te aseguro que te interesa lo que tengo que decirte.

Se inclina hacia mí. Toma mis manos entre las suyas. Sus dedos son suaves y cálidos.

—Anoche me preguntaste por Scarlett Moon.

—Así es.

—¿Por qué quieres encontrarla?

—Tengo que hablar con ella. Es importante.

Me acaricia los nudillos. Sube a las muñecas. Me las acaricia también. Cierro los ojos un segundo, sin moverme, solo deseando disfrutar del maravilloso hacer de sus dedos.

—Scarlett es una profesional —dice finalmente.

Abro los ojos.

—¿Profesional? Quieres decir prostituta.

Arruga la nariz.

—Prefiero el término escort. Suena más elegante. Y no se llama Scarlett; ese es solo su nombre «artístico» —dibuja comillas en el aire.

—¿Y cuál es su nombre real?

—Linda Parker.

—Linda Parker —repito—. ¿Por qué no me lo dijiste anoche?

—Demasiados oídos indiscretos en el Mystery. No sabía si podía confiar en ti.

—¿Y ahora sí?

Me mira a los ojos y sonríe.

—Ahora sí.

—¿Dónde puedo encontrarla?

Se encoge de hombros.

—No lo sé. No somos amigas. Solo coincidíamos de vez en cuando en el club. Hace semanas que no la veo por allí.

Me pongo de pie. Necesito moverme, pensar.

—Espera un momento.

Me vuelvo contra la pared y llamo a Hada. Le doy el nombre: Linda Parker.

—¿Quién es? —pregunta.

—Una escort que trabaja en el Mystery Box. Su nombre artístico es Scarlett Moon. Es la mujer con quien Jax fue visto besándose. Hace semanas que no aparece por allí.

Le pido que trate de averiguar su paradero, que use todos los recursos que tengamos para encontrarla.

—Hay otro nombre: Marko Jaric.

Ella lo repite en voz alta, como si lo estuviera apuntando.

—Solo sé que es balcánico y que participó en alguna guerra en Europa. Un hombre de acción. Es quien... me dio la paliza anoche.

—Vale. Dame una hora —dice. No hace más preguntas.

—Gracias, Hada.

Cuelgo y respiro hondo.

Anna me observa desde la cama con una media sonrisa. Parece que acaba de verme hacer algo entrañable.

—Eres muy serio cuando trabajas.

Guardo el móvil.

—Es un caso importante.

Cuando levanto la vista, la tengo frente a mí, muy cerca, mirándome con los ojos eléctricos de Ashley.

Sin decir una palabra, me rodea el rostro con las dos manos y me besa con fuerza. Por un segundo, todo desaparece: el caso, Jax, Hada, la paliza de anoche. Solo existe Anna, su boca, el sabor a menta. Yo le devuelvo el beso.

Cuando nos separamos para respirar, tartamudeo y digo algo parecido a:

—¿Por qué?

—Te lo he dicho. Me gustas mucho.

Trago saliva.

—Una parte de mí quiere invitarte a mi apartamento. Tienes que verlo —dice, con un tono que haría que una película para todos los públicos pasara a ser solo para adultos—. En la planta veinte. Se ve todo el skyline de Nueva York. Y vivo sola, así que... si quisiéramos tomar una copa...

Una copa. Un clásico.

Yo, con sus manos entre las mías, bajo la vista para no mirarla.

Es muy guapa, de eso no cabe duda. Se podría criticar lo que hace en su tiempo libre, ponerle una etiqueta o hacer cualquier juicio de valor al respecto.

Pero todo es cuestión de perspectiva. Quizá Anna y yo podríamos conectar y tener algo especial.

Tal vez no duradero, pero sí especial. Una bonita hortensia no dura más que unos días, y, sin embargo, aporta belleza al mundo.

Podría decir que sí. Ir a su apartamento.

Ver el skyline . Tomar esa copa. Dejar que las cosas fluyan.

Para mí, que he dormido con solo dos mujeres en toda mi vida, que nunca he disfrutado de citas de una sola noche, que nunca he tenido relaciones sexuales solo por atracción física, la decisión de huir con Anna me parece completamente correcta.

Sería fácil. Sería agradable. Y quizás, solo por unas horas, podría olvidarme de todo.

La pregunta, entonces, es: ¿por qué no?

No tengo respuesta para eso. O no quiero admitirla. Porque hacerlo implicaría asumir muchas cosas. Una de ellas es que sigo siendo el mismo imbécil de siempre. La otra tiene un nombre femenino, y no quiero enfrentarme a eso ahora.

Lo expulso todo con un largo suspiro.

—Esto es todo, ¿no? —dice ella, apartando sus manos—. Un rechazo silencioso.

—Eres hermosa, inteligente, divertida...

—Y a punto de que me den la patada.

—No es por tu culpa.

—Oh, qué original. No me lo digas. Eres tú, ¿no?

Intento sonreír, pero no me sale.

—Pareces conocerme muy bien.

—Es lo que me gustaría.

—No soy quien crees, Anna.

Estoy tentado de hablarle de mi enfermedad, pero ¿de qué serviría? No quiero dar más lástima de la que ya estoy dando.

—Hay alguien más, ¿verdad?

No respondo. No hace falta.

—¿Quién ha dicho nada de una relación? Podríamos ir viéndonos poco a poco, ¿no?

—La verdad es que no.

—¿Qué te lo impide?

—No funciono de esa manera —explico—. No puedo evitarlo. Salgo con alguien, empiezo a imaginarme críos, una barbacoa en el patio trasero y una canasta oxidada de baloncesto en la entrada del garaje. Pero contigo no funcionaría. Estoy seguro.

Me mira y hace una mueca.

—Dios, sí que eres raro.

No puedo rebatirlo. También soy un imbécil total.

—Será mejor que me vaya —dice, dirigiéndose a la puerta.

—Deja que te lleve a casa.

—No, pillaré un taxi.

—Pues te acompaño abajo.

Salimos de la habitación. El salón está vacío; Chase ya no está. Seguramente se ha ido con toda la intención de dejarnos espacio. El celestino. Tendré que agradecérselo más tarde. O no.

Bajamos los tres pisos de escaleras en silencio. Cuando salimos al exterior, casi es un alivio. Cruzamos la calle. Anna camina despacio, como si no tuviera prisa por irse. O como si quisiera darme la oportunidad de cambiar de opinión.

Llegamos a la esquina. Ella levanta la mano y, en menos de diez segundos, un taxi amarillo se detiene frente a nosotros. Magia neoyorquina.

Antes de subir, se vuelve hacia mí.

—Espero que volvamos a vernos, Toni. No quiero que seamos de esos que se envían una felicitación navideña durante años hasta que finalmente dejan de hacerlo.

Me besa en la boca. De nuevo, me quedo sin respiración. Por un segundo, quiero pedirle que se quede. Que olvidemos todo y tomemos esa copa. Pero no lo hago.

—Nos vemos —dice.

Se sube al taxi y cierra la puerta. El vehículo arranca.

Me quedo perplejo en la acera, observando cómo el taxi se aleja en dirección al puente de Manhattan. Hasta que el vehículo no desaparece en el cruce, no asimilo el significado del comentario de despedida que casi me pasa desapercibido.

El semáforo avisa: puedo cruzar. Pero me detengo en mitad del paso de peatones.

Suena un claxon. Alguien grita: «¡Avance, coño!

», y mis pies se ponen en marcha de nuevo, tambaleantes.

Pero no soy consciente de nada. Alguien ha congelado el momento.

Y aquí, bajo las sombras de los edificios, a pesar de la cálida mañana, una sensación gélida invade mi pecho.