Pack Toni Galán (libros 1-3) 29
84%

29

Hada abre los ojos. El techo es blanco. Siempre ha sido blanco. Hoy lo odia.

No deja de pensar en los nuevos mensajes.

Creía que desahogarse con Toni anoche le daría un respiro, y, durante un rato, así fue.

A Toni se le da de fábula hacerla sentir bien, incluso cuando tiene la cara abollada y un humor de perros; así de bueno es.

Pero el malestar sigue ahí, agazapado. Brad asegura que no quiere obligarla a nada, pero ella, que se dedica a leer entre líneas para ganarse la vida, sabe que es un guion de manual.

«Maldita sea».

Gira la cabeza hacia la mesita de noche. El móvil sigue boca abajo, como lo dejó anoche.

No lo toca.

El apartamento está en silencio. Gira la cabeza hacia la puerta del cuarto de invitados, que está entreabierta. A través de la rendija, ve la cama perfectamente hecha. Toni ya ha salido; es madrugador, como ella.

Se incorpora despacio y se sienta al borde de la cama. Los pies descalzos tocan el suelo frío. Debería ponerse calcetines, pero no lo hace. Camina hasta la cocina arrastrando los pies, como si tuviera cien años en lugar de veintisiete.

La cafetera está llena, humeante. Recién hecha. El blíster de paracetamol que abrió ayer para Toni, a un lado. Y en la nevera, sujeta con un imán de la Estatua de la Libertad que compró en Times Square nada más llegar a Nueva York, una nota escrita con la letra desastrosa de Toni:

Me he llevado el bocadillo. Lo siento (no mucho). Pero te he hecho café para compensar. Gracias por cuidarme anoche. Eres la mejor.

- T

Le sale una sonrisa tímida. Agradece que Toni no haya mencionado la confesión.

Se sirve una taza. El café negro le quema la lengua, pero se lo bebe de todas formas. Necesita algo que la despierte.

Al entrar en el baño para prepararse, se detiene.

Junto al bidé, tirados de cualquier manera, están los calzoncillos de Toni.

Hada parpadea y la carcajada le sube por la garganta antes de que pueda evitarlo.

Se ha marchado sin ropa interior a ver a David Klein.

La imagen de Toni intentando mantener la dignidad de investigador de élite mientras siente el roce directo de sus vaqueros le devuelve un poco de humanidad.

Pero la sonrisa se esfuma rápido. Porque el recuerdo de ayer aún le duele. Ojalá no se hubiera visto obligada a contárselo todo a Toni.

Y luego está Chase. Anoche apareció de repente en el hueco de la puerta, preguntando qué pasaba, enfadándose con ella. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Llegó a escuchar algo de su conversación con Toni? Desde luego, la miraba con esos ojos suyos que parecen verlo todo.

¿A Toni puedes contárselo pero a mí no?

Se le hace un nudo en el estómago al recordar la frase. Ella no dijo nada. Se quedó ahí sentada, evitando mirarlo, como una cobarde. Porque eso es lo que es. Una cobarde.

«¿Y qué más me da ese ahora? —se dice—. Tengo cosas más importantes que Chase ahora mismo».

Se mete en la ducha y abre el grifo. El agua helada es la frontera, un castigo sensorial que busca separar a la Hada de Los Ángeles de la Hada de Nueva York.

Deja que le caiga en la cabeza, en los hombros, en la espalda. Deja que le castigue.

Cierra los ojos y… ahí está Brad. Estirando la mano por encima del mantel para tocarle la muñeca mientras soltaba sus mentiras. Sus dedos eran cálidos, firmes, posesivos. Ella intentó apartar la mano, pero él apretó más. Solo un segundo.

Mensaje recibido.

Verlo removió algo en su interior. Una sensación. La sensación. Fue como oír la voz de un gran amigo con el que has perdido el contacto. No recuerdas nada en absoluto, pero una vez que te viene a la memoria, no puedes creer que lo olvidaras. Y no puedes pensar en otra cosa.

Debería habérselo imaginado. Debería haber sopesado la posibilidad de que él la encontrara. Así tal vez habría estado preparada. Podría haberle plantado cara. ¿Y qué hizo en lugar de eso? Se puso nerviosa. Dudó. Le siguió el juego como la Hada ingenua que era antes.

Tonta, tonta, tonta.

Tendría que haberle dicho, en un tono neutro e indiferente, que no iba a volver a caer en sus burdas manipulaciones. Pero no lo hizo. Estaba distraída y, de repente, apareció él, tan apuesto y confiado…

«Hada, por Dios, eres una imbécil…»

Hace un gesto afirmativo para sus adentros. Pues sí, imbécil de verdad. Y autodestructiva. Y un montón de adjetivos igualmente peyorativos que ahora mismo no se le ocurren.

Hoy está especialmente introspectiva, aunque es comprensible. Ha vuelto a ver a Brad y eso la ha llevado a plantearse muchos «¿qué habría pasado si…?», toda una avalancha de «¿qué habría pasado si…?»; de hecho, totalmente inservibles y vistos desde todos los ángulos y perspectivas posibles.

Abre los ojos. El agua sigue cayendo. Ahora le quema la piel. Se enjabona con saña, como si pudiera arrancar con el roce de la esponja la versión de sí misma que aceptó aquel dinero sucio. Es una purificación inútil, pero necesaria para no romperse antes de empezar el día.

Sale de la ducha, se envuelve con la toalla y se mira al espejo empañado. El pelo mojado le cae lacio sobre los hombros. Parece cansada, derrotada. Parece la Hada de hace cuatro años.

No. No va a volver a ser esa persona.

Vuelve al dormitorio para ponerse lo primero que pilla. El móvil sigue ahí, en la mesita. Esta vez lo coge.

Para su sorpresa —y terror—, hay un mensaje sin leer. Esta mañana, a las 07:15:

Nos vemos esta noche. Ya te echo de menos.

Hada lee el mensaje varias veces. No responde. Bloquea el móvil y vuelve a dejarlo boca abajo.

Es el «Algoritmo de Brad». Ella conoce estos patrones: él acepta verla una vez por semana, pero rompe el trato de inmediato para ver cuánto terreno puede ganar. No es amor; es una prueba. Brad está llevándola al límite para mantenerla desestabilizada.

Vuelve al salón y se deja caer en el sofá con su segunda taza de café. Mira por la ventana hacia el despertar de Manhattan. La gente camina rápido, como siempre. Con propósito. Con destino.

Ella también debería tener un destino.

Anoche le contó todo a Toni. Y por un momento, solo un momento, se sintió aliviada. Pensó que, tal vez, compartir el peso lo haría más ligero. Pero Brad sigue ahí. Con sus mensajes. Con sus amenazas. Con ese vídeo que la persigue como un fantasma.

Deja la taza en la mesa, cierra los ojos y respira.

No puede seguir escondiéndose. Esta noche irá a la gala.

Se pondrá el vestido que él quiere y la máscara que él espera.

Y después, cuando vuelva a casa, se meterá en la cama y combatirá el insomnio, mirando el techo hasta que amanezca.

Mañana se levantará y fingirá que todo está bien.

Como ha estado haciendo durante días. Como seguirá haciendo hasta que todo explote.

Porque él le pedirá cada vez más. La presionará hasta el límite.

A no ser que…

A no ser que ella actúe primero.

Y rápido.