Pack Toni Galán (libros 1-3) 28 #3
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—¿Tenía Lily novio?

Tuerce el gesto.

—Era una adolescente, Toni.

Me doy cuenta de que es la primera vez que se dirige a mí por mi nombre de pila, y por algún motivo, me resulta extraño.

—¿Si tenía novio? A saber. Desde luego, a mí no me presentó a ningún chico. Pero ¿quién puede poner la mano en el fuego? Lo más probable es que ya hubiera estado con más de uno.

—¿La policía tampoco encontró a ningún chico?

—No —responde con amargura.

—¿Y no hubo ninguna pista sólida?

David se me queda mirando un momento, como sopesando si decirme algo o no.

—En realidad, no. Algunos de los investigadores que contraté llegaron a hablar de una secta.

Ladeo la cabeza.

—¿Una secta?

—Dijeron que era algo bastante común, por desgracia. Grupos de fanáticos que captan a chicos ingenuos y se los llevan. Por lo visto, Lily encajaba con ese perfil. Pero nunca hubo nada sólido.

—¿Y usted qué opina?

—Que no me lo trago. Lily tenía mucha personalidad, no habría caído en uno de esos engaños. Además, a las sectas les gusta el dinero, y a mí de eso me sobra. Creo que se habrían puesto en contacto conmigo con la idea de sacar un buen pellizco por recuperar a mi hija.

Es un buen argumento.

—¿Los investigadores le dieron nombres? ¿Alguna secta específica?

—Nada concreto. Hablaban en términos generales. Sectas New Age, grupos espirituales, comunas hippies... Basura, en mi opinión.

—¿Y Jax? ¿Alguna vez mencionó algo sobre sectas o grupos así?

Me mira fijamente.

—¿Por qué lo pregunta? ¿Qué tiene que ver él en esto?

—Simple curiosidad.

Se encoge de hombros.

—No, que yo sepa. Pero Jax y yo no hablábamos de esas cosas.

David comienza a parpadear muy rápido. Se sienta de nuevo.

—Lo peor es no saber —dice, ahora con lágrimas bañando sus mejillas—. Te machaca por dentro. Día y noche, durante más de dos años. No hay descanso. Nunca se va.

Se seca el rostro con las manos. Más calmado, vuelve a hablarme.

—¿Tiene algo más?

—No, lamentablemente.

Me estrecha la mano de nuevo. Está húmeda y caliente ahora.

—Agradezco que haya venido y que me haya dicho todo esto. Manténgame informado, por favor. Si descubre algo sobre Lily... cualquier cosa...

—Por supuesto.

Me pongo de pie.

—Estaremos en contacto.

—Eso espero.

Salgo del despacho con el corazón encogido por el dolor de ese hombre. Camino hacia el ascensor con la mente en otra parte, como sedado. Puede que el paracetamol tenga algo que ver, pero no es solo eso.

Llamo al ascensor y entro sin despedirme de Britney.

Mientras las plantas bajan en el panel digital, pienso en el llanto de David Klein.

En cómo la tragedia de una hija puede convertir a un hombre tan poderoso en alguien frágil.

Pienso en Lily, una adolescente que quería crecer demasiado rápido.

En Jax, el hijo que Klein nunca tuvo. Y en Susan, en coma, conectada a esas máquinas.

Todo está conectado. Tiene que estarlo. Solo necesito ver cómo.

El metro todavía está lleno a las doce y media; la llamada hora punta de Manhattan se ha convertido en cuatro o cinco.

Conclusión: la gente trabaja demasiado. Cuando por fin llego a casa, Alfred me salta encima nada más cruzar la puerta.

Patas en el pecho, lengua fuera y la cola en modo helicóptero.

Unas caricias estratégicas en el cuello bastan para calmarlo.

Perros. Ojalá los humanos fuésemos tan fáciles de contentar.

Encuentro a Chase gritando en el salón:

—¡Bancarrota! ¡Pierde un turno! ¡Bancarrota!

Me acerco por detrás. Está viendo La rueda de la fortuna . Logan tiene apoyada su enorme cabeza en su regazo.

—¡Este tipo tan codicioso! —exclama Chase, señalando la pantalla—. Ha ganado más de dos mil dólares y sigue apostando. Hay que joderse.

La ruleta se detiene, señalando la reluciente casilla de los mil dólares. El hombre pide una S. Hay dos. Chase chasquea con la lengua.

—Has vuelto pronto —observa—. Pensaba que ibas a hablar con Klein.

—Y lo he hecho.

Chase mira el reloj y se sorprende de lo rápida que ha pasado la mañana. Luego, por fin, se vuelve y me mira a los ojos.

—¿Qué ha pasado? —pregunta, pero se interrumpe a sí mismo—. No, luego me lo cuentas. Ahora ve a tu cuarto.

—¿A mi cuarto? ¿Por qué?

—Te espera un regalito.

—No estoy de humor para regalos, Chase.

—Ahora lo entenderás —dice, y me guiña un ojo.

No entiendo lo que está pasando. Para salir de dudas, hago lo que dice. Al abrir la puerta de mi dormitorio, me detengo en seco.

—Sorpresa.

Una mujer espera sentada en mi cama. Tiene las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre los vaqueros. Su pelo castaño está recogido en una coleta, lleva gafas de montura redonda, una blusa sencilla... y hay algo en sus ojos que se me antoja... conocido.

Sonríe al verme.

—Perdona. ¿Quién eres? —pregunto, sintiendo esa incómoda sensación de creer que deberías conocer a alguien y, aun así, no saber de quién se trata.

Se levanta, pone los brazos en jarra y su sonrisa se expande. Es agradable.

—¿Qué pasa, Toni? ¿No me reconoces sin el traje rosa?

Intento no quedarme boquiabierto.

Es Ashley.