28 #2
El dolor de la paliza de anoche vuelve a la carga. Meto la mano en el bolsillo y saco una pastilla de paracetamol. Al ver la píldora, David me ofrece un vaso de agua.
—Por favor —respondo.
Se levanta y se acerca a una mesa redonda en una esquina, donde le espera una jarra de agua con limón. Me sirve un vaso. Le doy las gracias y me trago la pastilla. El efecto placebo es el primero en hacer su trabajo y enseguida me siento mejor.
David vuelve a sentarse.
—Entonces, señor Galán. ¿A qué debo el honor?
Respiro hondo. No, aún no es el momento.
—Perdone la pregunta, pero ¿es posible que alguien quiera hacerle daño? —inquiero.
Se queda petrificado.
—¿Hacerme daño?
—Señor Klein, si sigue repitiendo todo lo que le digo, esta conversación va a durar el doble.
—Disculpe. Es que no comprendo su pregunta. ¿Por qué iba nadie a querer hacerme daño?
—Primero desaparece Jax, que era algo así como su protegido, el hijo que nunca tuvo.
Advierto un cambio de expresión en él. Un pestañeo más rápido. Un tragar saliva.
—Luego, Susan, a quien también tiene mucho cariño, sufre un accidente. Creo que podría haber alguien que quiere hundirlo.
Se recuesta en su silla, pensativo.
—Me parece que está sacando conclusiones apresuradas.
—Podría ser.
—¿Quién querría perjudicarme?
No puedo evitar soltar un bufido.
—Es abogado. Es posible que la mitad de Nueva York tenga algo en su contra. Por no hablar de... —señalo el rifle con el pulgar.
David sigue mi mirada y fuerza una sonrisa.
—¿Va a soltarme el discurso animalista de que la caza es una monstruosidad inhumana?
Me encojo de hombros.
—No tengo una opinión al respecto.
No es verdad, pero no hay motivo para complicar más las cosas.
—Pero no la aprueba, ¿verdad?
—No me corresponde a mí aprobar.
Sonríe.
—Qué prudente es usted.
—Intento serlo.
—La caza es un deporte noble. Requiere paciencia, estrategia y respeto por la naturaleza. No es lo que la gente cree.
—Estoy seguro.
Me mira fijamente, como evaluándome. Luego asiente. Parece que ha llegado a una conclusión.
—Pero no nos desviemos del tema —digo, pues estamos a dos frases de que me llame hipócrita por consumir carne roja, el ciclo de la vida y todo eso—. Aparte de lo de Jax y Susan, está lo de su hija.
El impacto es físico. Klein se tensa como si le hubiera golpeado con el rifle de su pared. Los nudillos se le vuelven blancos.
—¿Qué pasa con mi hija?
Me aclaro la garganta.
—¿Puedo hacerle una pregunta personal y tal vez muy dolorosa?
—Pruebe suerte.
—¿Ha tenido alguna noticia de ella desde que desapareció?
—No.
Su mirada permanece brillante. La voz, firme. Pero está más encogido en la silla.
—Así que no tiene idea de dónde está.
—Así es.
Ahora hay un temblor en su barbilla, una presa que comienza a ceder. Me apresuro a explicarme, temeroso de que se rompa del todo, y suelto el primer torpedo.
—Encontré una fotografía de Lily en la casa de Jax.
Entrecierra los ojos.
—¿Qué?
—Una Polaroid. La habían enviado por correo. Aún conservaba el sobre.
—¿Está seguro de que era Lily?
Hago un movimiento afirmativo. Carraspeo. Esto no resulta fácil.
—Segurísimo. —Me revuelvo en la silla como el hombre al agua que busca desesperadamente un salvavidas—. Pero debería saber que es posible de que se trate de un montaje.
—¿Un montaje? —Su voz ha perdido el barniz de Wall Street.
—Sí. Una de esas recreaciones hechas por inteligencia artificial.
—¿Por qué lo dice?
—En la foto, su hija salía… cubierta de sangre.
Si hubiera estado de pie, David habría dado un paso atrás.
—¿Sangre?
David sigue repitiendo todo lo que digo, pero no estamos para respuestas ingeniosas.
—Sí. —Tomo aire—. Estaba desfigurada, deformada.
—Podría ser una broma. ¿No?
—Si fuese una broma, se la habrían enviado a usted. O a alguien que la conociese. Pero no. Se la enviaron a Jax. O a Susan.
—¿Y si la envió la propia Lily?
Respiro hondo.
—¿Por qué enviaría su hija una foto de sí misma muerta?
—Es verdad. Tiene razón. Estoy diciendo gilipolleces. Quizá no fue ella. Tal vez fue su asesino. Si es que de verdad la mataron.
Ahora a David le brillan aún más los ojos, pero este brillo no tiene nada que ver con el éxito o la ambición.
—No lo entiendo —dice al cabo de un rato.
—Yo tampoco.
—¿La encontró en casa de Jax?
—Sí. —Luego, añado sin motivo—: Entre la ropa interior de Susan.
—¿Cuándo la recibió?
—No lo sé. Pero si la tenía ella, es posible que fuera después de que Jax desapareciera.
Él asiente lentamente.
—¿Puedo verla? La foto.
—No la tengo aquí, lo siento.
Es mentira. La llevo encima.
David me mira fijamente.
—Pero la tiene en algún sitio.
—Sí.
—¿Me la enviará?
Dudo. No quiero que este hombre vea esa imagen, pero tampoco puedo negarme sin más.
—No estoy seguro de que sea buena idea que la vea.
Aprieta la mandíbula.
—Es mi hija.
—Por eso mismo.
Nos miramos.
—Un momento —dice—. ¿Cómo sabe que la chica de esa foto es mi hija?
—Digamos que no me llaman investigador privado por nada.
Ante una respuesta así, espero una reacción de un hombre respetado de Wall Street que acaba de recibir noticias de su hija desaparecida. Un grito. Que se levante y me agarre de las solapas de la chaqueta hasta hacerme hablar. Pero no es eso lo que sucede.
El hombre que tengo delante apoya los codos en la mesa, coloca la cabeza entre las manos... y ya. No hay ningún sonido. Ni llanto, ni insultos. Nada. Solo se mantiene en esa posición en silencio, respirando profundamente, tal vez viajando a un refugio interior.
Cuando alza la vista y vuelve a mirarme, tiene los ojos inyectados en sangre.
—Dice que es investigador privado.
—Así es.
—Estaba con Rebecca el otro día, cuando coincidimos en el hospital.
—Sí. Susan es mi cliente.
Se pone de pie y me mira con los brazos en jarra y la respiración agitada.
—Llevo contratando investigadores privados para buscar a Lily desde que, ese maldito día, una desconocida me llamó mientras yo estaba en el mercado comprando el pavo y algunas barbas postizas de Santa Claus para la noche.
Lily iba a venir a casa para cenar. Pero esa mujer de voz temblorosa me dijo que mi hija no había aparecido por la residencia en toda la noche.
Parpadeo. Algo en esa imagen me araña la mente. Pero David sigue hablando y el pensamiento se escurre antes de que pueda atraparlo.
—Contraté a los mejores del país. A veces parecía que nos acercábamos, pero... —Su voz se apaga, su mirada perdida en el rifle, como si de pronto se hubiese materializado allí—. ¿Por qué ahora alguien le envía eso a Susan? No tiene sentido.
—No lo sé. Por eso le he preguntado si hay alguien que tenga motivos para hacerle daño.
—Pero en ese caso me habrían enviado la fotografía a mí, ¿no?
Tiene razón. Nada de esto tiene demasiado sentido.
—Era una buena chica. —David me sonríe ahora, con los ojos nublados de esa manera que se ponen cuando viajamos a través del tiempo y no es agradable—.
Con carácter, por supuesto. Demasiado libre, tal vez.
Quería crecer demasiado rápido. Creo que no le gustaba ser una niña.
Aunque claro, yo fui su único referente.
Supongo que eso pasa cuando una niña crece entre archivos contables, libros jurídicos y cambios de normativas.
Se detiene y me observa. Yo espero. Como no digo nada, sigue hablando.
—La policía opinaba que solo era una adolescente confundida. ¿Quién no lo está a esa edad? Pero yo conocía a mi hija. Ella me quería. Tenía muchas amigas. Y amaba su vida. Jamás se habría ido sin decírselo a nadie.
Me doy cuenta de que su discurso se asemeja demasiado al de Susan Calloway. Y el caso de Lily, al de Jax Thorne. Personas que desaparecen sin avisar. Familias que insisten en que eso no es propio de ellos. Policías que no encuentran nada.
¿Cuántos casos así hay en el mundo?
¿Cuántos están conectados?
Sé que me estoy metiendo en terreno peligroso, pero pregunto: