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Las oficinas de Klein & Associates están ubicadas en el Distrito Financiero, en la planta veintisiete de un moderno rascacielos cercano al edificio de la bolsa. Para cuando el ascensor llega arriba, el dolor de cabeza ya es intenso.
Esta noche apenas he dormido, no solo por el dolor, sino también por el caso. Y por Hada. Abrir los ojos en mitad de la noche después de haber soñado con Molly embutida en mallas rosas tampoco ha ayudado. En fin.
Con la cabeza embotada y la cara todavía abollada, me he dado una ducha rápida, he hecho café y he tomado otro paracetamol.
Llevo suficiente cafeína en las venas como para que un equipo entero de atletismo olímpico quede descalificado.
He salido de casa a la carrera y no me he dado cuenta de que iba sin calzoncillos hasta que estaba sentado en el metro.
James Bond y Toni Galán, caras de la misma moneda.
El caso es que los fármacos no me están haciendo el efecto deseado. Tengo el paracetamol con codeína en el bolsillo trasero del pantalón, pero no me atrevo a usarlo. Necesito estar alerta, y la codeína me hace dormir más rápido que un revisionado de Matrix Revolutions .
Pero no todo son malas noticias. Gracias al correo que he recibido de Molly esta madrugada, puedo conformar una imagen general del hombre al que estoy a punto de ver.
Mientras el ascensor sube y las plantas pasan en el panel digital, repaso mentalmente lo que decía el correo.
David Klein nació en Freehold, Nueva Jersey, en el seno de una familia de clase media.
Su padre reponía componentes electrónicos en una tienda de ordenadores y su madre enseñaba a niños de secundaria en la escuela pública.
Ningún Klein había dado el salto nunca. En la familia no hubo artistas de renombre, ni empresarios ni deportistas de élite.
Por eso David sorprendió a todos cuando se licenció como primero de la clase en Derecho y, tras un viaje de tres años a Japón, montó su propio bufete de abogados.
Es, por lo tanto, un hombre hecho a sí mismo.
Pero la tragedia lo golpeó muy pronto. Una noche, su esposa Kate, a quien conoció en el instituto, sufrió un derrame cerebral mientras dormía. Ya estaba muerta cuando llegó la ambulancia. Aún no había alcanzado los cuarenta.
David quedó devastado, pero logró seguir adelante. Tenía su negocio y a su hija.
Lily Klein tenía solo once años cuando su madre falleció, pero había madurado rápidamente.
Lo demostró cuando, nada más quedarse huérfana de madre, reunió a su padre y, con una firmeza impropia de una niña de su edad, pidió cambiar su apellido por el de su madre.
Pocas semanas después, Lily Klein pasó a ser Lily Williams.
Pero las malas noticias siguieron llegando para David.
Una mañana, recibió una llamada que convertiría su vida en una pesadilla.
Era de la residencia de estudiantes de Boston, donde Lily estudiaba.
Lily no había dormido en su habitación y no conseguían encontrarla.
Por la voz de la mujer, David percibió que estaba nerviosa y asustada.
Eso activó su estado de alerta y, de inmediato, denunció la desaparición.
Lily nunca había pasado una noche entera fuera de casa o de la residencia sin avisar. Era demasiado formal para eso. En realidad, según declararían David y otras personas cercanas a la familia, Lily era muy formal en todo. Desaparecer sin avisar no era propio de ella.
A menos que le hubiera pasado algo.
Más de dos años después, David Klein sigue sin saber dónde está su hija, ni siquiera si está viva o muerta.
Las puertas del ascensor se abren con un elegante ding y me dejan frente a un mostrador de madera pulida y letras doradas: Klein & Associates .
La chica que me atraviesa sin pestañear no es menos impresionante. Tendrá unos veinte años, lleva gafas de pasta, un buen escote y parece haber estudiado un MBA.
Ojo, cuidado.
Entre su sonrisa resplandeciente y el pecho operado, que llama la atención como un faro en mitad de una noche fría, una placa avisa de su nombre — Britney — y su puesto: «Secretaria jurídica».
Secretaria jurídica significa que responde llamadas, organiza reuniones y prepara el café para los socios.
El abultado torso bajo la blusa abierta significa que su jefe es un hombre.
Britney significa nacida después del 2000.
Con mi tono más educado y confiado, le informo de que el señor Klein me está esperando.
Britney me pregunta mi nombre, toma nota y lo revisa en su ordenador.
Tras un poco de scrolling de ratón con unos dedos esmaltados que parecen garras de topacio, asiente y me invita a pasar al despacho al fondo del pasillo.
Todo ello, sin pestañear. Me dan ganas de preguntarle qué modelo de IA han empleado sus creadores para programarla, pero logro contenerme. Soy un tipo muy maduro.
Mis zapatos flotan sobre la moqueta hasta que me detengo frente a la puerta que me ha indicado Britney. Pienso en lo que estoy a punto de desenterrar y, por un instante, considero darme la vuelta.
¿Por qué tengo que decirle a este hombre que su hija desaparecida aparece ensangrentada en una Polaroid encontrada en la casa de Jax Thorne?
Por supuesto, no obtengo respuesta.
Golpeo con mis nudillos un par de veces y una voz grave me grita que adelante.
David Klein me espera a solas en su despacho.
Nada más verme entrar, se levanta para saludarme.
Hoy, ataviado con traje negro y corbata gris, me causa mejor impresión que el otro día.
Supongo que es normal. ¿Cuántas personas conoces que luzcan espectaculares en la cafetería de un hospital?
Huele a colonia cara. Espalda recta, apretón de manos firme y pelo gris bien peinado con la raya a un lado.
Pero, tras sus gafas sepia, detecto ese brillo de fatiga que solo tienen quienes llevan años esperando una llamada que nunca llega.
El despacho está decorado con austeridad y, por qué no decirlo, el aburrimiento que cabe esperarse del despacho de un abogado.
O quizá solo es la impresión a primera vista, porque, entre estanterías llenas de libros del gremio, veo un rifle de caza colgando de la pared.
Muy decorativo. Intento no hacer una mueca.
—Señor Galán —dice David, señalando una silla frente a su escritorio—. Bienvenido. Por favor, tome asiento.
—Gracias por recibirme con tan poco margen —respondo, sentándome.
—¿Cómo está Susan? —Su tono es genuino, o al menos es la mejor imitación de honestidad que un abogado puede ofrecer.
—Sigue igual —respondo.
—Le tengo especial aprecio. Es una buena chica.
Hay un breve silencio mientras David se acomoda detrás de su escritorio, que está cubierto de papeles, carpetas y un portátil medio abierto.
—Disculpe el desorden —dice, haciendo un gesto vago hacia la mesa—. El mundo moderno se ha puesto de acuerdo para revolver papeles de nueve de la mañana a siete de la tarde.
Fuerzo una sonrisa.
—No se preocupe. Era escritor. He visto mesas peores.
Se recuesta en su silla y entrelaza los dedos sobre el abdomen.
—Un día leí en un libro que no se necesitan ocho horas al día para convertirse en millonario. Pero le aseguro que yo no construí este bufete trabajando de nueve a cinco y saliendo de cañas con los compañeros.
No tengo mucho que decir al respecto y, puesto que veo a David animado, le dejo hablar.
—Los jóvenes de hoy en día se están creyendo esas pamplinas.
El tiempo se pierde porque hay demasiado.
Los mejores empleados son los que cumplen con el trabajo establecido en el menor tiempo posible.
Hacer horas extra no remuneradas es una forma de esclavitud.
Bla, bla, bla. Te hablan de la ley de Parkinson o la ley de Pareto como si estuvieran descubriendo la pólvora.
Pero solo son excusas para holgazanear, en mi opinión.
Veo un hueco y me lanzo de cabeza.
—¿Era Jax uno de esos empleados?
—¿Jax?
—Jax Thorne. ¿Era un abogado aplicado y ambicioso, o de los que se dejaban llevar?
Se toma un momento. Se quita las gafas y las limpia con el borde de su camisa.
—Jax era... complicado. —Vuelve a ponerse las gafas—. Pero era un buen chico. Muy buen chico.
—¿Cómo era su relación con él?
—Fui muy amigo de su padre. Crecimos juntos. Cuando él murió, sentí que tenía que hacer algo. Nunca perdí de vista a los chicos. Rebecca siempre ha sabido arreglárselas, pero Jax... Con él fue más difícil. Cuando se quedó sin trabajo, decidí echarle un cable y lo contraté.
—Lo enchufó en su bufete —digo, consciente de lo mal que suena.
Sonríe. Está acostumbrado a los comentarios envenenados. Gajes del oficio.
—Llámelo como quiera. Pero Jax era un buen abogado. Solo estaba pasando por un mal momento. Cualquiera habría hecho lo mismo por un miembro de la familia.
«No es eso lo que dijo Rebecca», me digo. Me incorporo un poco.
—¿Un miembro de la familia?
—Bueno, no literalmente. Pero lo quería como a un hijo.
—¿Sabía del accidente de coche que tuvo Jax hace años?
—¿Accidente? No caigo. ¿Cuándo fue eso?
—Hace un par de años, más o menos. Iba con su hermana y un amigo.
Frunce el ceño.
—Jax nunca me mencionó nada así. Aunque claro, en aquella época yo no estaba muy... presente —dice, ajustándose las gafas—. Aún estaba de luto por la pérdida de mi mujer.
Asiento. Tiene sentido que no lo supiera. Aunque, por otra parte, acaba de decir que lo quería como a un hijo. ¿No debería él haber estado al tanto? Me digo que eso fue hace mucho y paso a la siguiente cuestión.
—¿Le suena el nombre de John-Michael Flint? Es el nombre del amigo con el que Jax iba en el coche.
Se lo piensa.
—Me suena de algo. ¿Por qué?
—Se suicidó hace poco.
—Oh. —Hace una mueca—. Qué lástima. Parece que todo son malas noticias últimamente.
Su reacción es educada. Demasiado. Lo observo un instante, sopesando si decirle que JM guardaba una fotografía de su hija en su taller. Decido mantener ese dato en secreto por ahora.