Pack Toni Galán (libros 1-3) 27
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El rostro de Hada ha perdido el color de golpe, como si alguien hubiera cortado la corriente en un edificio entero.

Se levanta y empieza a recoger las cosas de la mesa en una especie de tic nervioso: un paquete de pañuelos, una revista, el mando del televisor.

Se detiene frente a una foto con su madre en el aeropuerto de Los Ángeles y la acaricia con el pulgar antes de ir a la cocina.

La veo servirse una copa de vino y bebérsela de un trago, de espaldas a mí.

Eso me alarma. Como le ha dicho antes a Chase, Hada nunca bebe en casa.

Finalmente, vuelve, se quita los tacones y se acurruca en el sofá, abrazándose las rodillas. Parece una niña pequeña escondida en el cuerpo de una mujer letal.

—Esto no se lo he contado nunca a nadie.

Espero. No digo nada. Como escritor, sé que el silencio es el espacio donde la verdad se siente obligada a entrar.

Hada toma aire. Lo suelta despacio.

—Hace cuatro años, en Los Ángeles, cuando aún era la sombra de Evelyn Crowe, atravesaba un mal momento. Tú todavía no habías venido a Estados Unidos, por eso no puedes acordarte.

Asiento.

—En aquella época ganaba una miseria. Unos treinta y cinco mil al año—.

Se detiene. Se muerde el labio—. Mi madre tenía cáncer en estado avanzado.

Los tratamientos que necesitaba no los cubría el seguro.

Eran experimentales. Carísimos. —Me mira con los ojos hinchados—.

Debíamos doscientos mil dólares en facturas médicas.

Dios.

—Hada. No tienes que…

Pero me detiene con la mano.

—Déjame hablar, por favor.

Vuelvo a asentir. Ella continúa, pero su voz se vuelve cada vez más baja.

—Trabajaba día y noche. Dos empleos, tres a veces. Pero nunca era suficiente. Y mi madre… mi madre se estaba muriendo, Toni. Y yo no podía hacer nada.

Se limpia una lágrima traicionera.

—Había un productor ejecutivo. Brad Sullivan.

Se me queda mirando, calibrando si el nombre me dice algo. No lo hace.

—Brad dirigía Sullivan Entertainment, una filial de películas románticas, perteneciente al grupo que dirigía Evelyn. Era… carismático. Poderoso. Nos conocimos por casualidad, en mi peor momento. Notó que estaba desesperada. Y me… sedujo.

La palabra queda suspendida en el aire.

—Empezamos una aventura. Yo sabía que estaba mal porque estaba casado. Pero él era amable conmigo. Me escuchaba. Me hacía sentir que no estaba sola. Realmente estaba loca por él, qué tonta.

Hace una pausa para respirar. Su pecho va a mil por hora.

—Un día me pidió un favor. Dijo que tenía un estreno importante. Que necesitaba que las críticas fueran buenas. Estaba muy nervioso, se jugaba mucho. Y me preguntó si podía ayudarlo.

Frunzo el ceño.

—¿Ayudarlo cómo? —pregunto, aunque creo que ya sé la respuesta.

—Sobornando críticos.

Ahí está.

—Al principio parecía algo pequeño, insignificante. Solo tenía que entregar unos sobres a algunos críticos de cine. Él me dijo que era una práctica habitual, que todo el mundo en Hollywood lo hacía. Que solo eran relaciones públicas y que si no lo hacíamos nosotros, lo haría la competencia.

Se le quiebra la voz.

—Me ofreció cinco mil dólares por una tarde de trabajo. Para mi madre.

—Y aceptaste —digo.

Cierra los ojos y asiente.

—¿Te lo volvió a pedir?

—Sí.

—¿Cuántas veces?

—Durante cuatro meses. Quince, tal vez veinte críticos diferentes.

No lo sé exactamente. Variety, Hollywood Reporter, bloggers influyentes, miembros de la Academia…

Yo era la mensajera. Me reunía con ellos en cafés, en parques, en bares tranquilos y les decía cosas como: Sullivan Entertainment espera que disfrute de la película cuando la vea.

Luego les entregaba sobres con dinero. A veces, regalos caros. Relojes, viajes…

—Joder.

—Brad me pagaba entre tres y cinco mil dólares por cada entrega. En cuatro meses gané… unos sesenta mil. Todo para los tratamientos de mi madre.

Hada esconde la cara entre las manos. Su pecho sube y baja con una violencia que me asusta. Poso una mano en su rodilla. Cuando puede hablar de nuevo, continúa:

—Lo que yo no sabía era que Brad había contratado a un espía, quien me estaba grabando todo el tiempo. ¿Cómo lo iba a imaginar? Me grabó entregando los sobres, negociando con los críticos…

Levanta la vista. Sus ojos están rojos, hinchados.

—Se aseguró de que él no apareciera en ninguna grabación. Solo yo. Parece que lo orquesté todo sola.

No sé qué decir, así que me quedo callado.

—Un día, después de algunos meses, un crítico que rechazó el soborno fue destruido en redes sociales.

Una campaña de desprestigio. Entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo, de lo que me había convertido.

Así que lo dejé. Le dije a Brad que se acabó, que no lo haría más.

Él me amenazó. Me dijo que si hablaba, si lo dejaba… habría consecuencias.

La miro y puedo sentir esa frase como el impacto de metralla dentro de mí. El golpe, la rabia, la injusticia. Estoy sin palabras.

—Pero no me importó —añade—. Solo quería dejarlo.

—¿Y tu madre? —pregunto con delicadeza.

Hada solloza.

—Murió un mes después. Ya no necesitaba el dinero. Todo lo que había hecho… todo ese dinero sucio… y ella murió de todas formas.

El dolor en su voz me parte en dos. Quiero decirle mil cosas, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta.

—Hiciste lo que tenías que hacer, Hada. Nadie que no haya visto a su madre morir por falta de dinero tiene derecho a juzgarte.

Niega con la cabeza.

—Sobornamos a críticos, Toni. Arruinamos carreras. Manipulamos la industria. Y yo… yo era la que entregaba los sobres. Soy la que aparece en los vídeos.

—Pero fuiste manipulada. Brad se aprovechó de tu desesperación.

—Eso no me hace menos culpable.

No tengo réplica.

—¿Y ahora? —pregunto—. ¿Por qué vuelve?

—Evelyn lo despidió hace dos años, cuando el streaming empezó a acabar con el modelo tradicional.

Su carrera se desmoronó y su mujer lo dejó.

Lo perdió todo. Y supongo que decidió que yo era lo único que podía recuperar.

Al parecer, me ha estado siguiendo en redes sociales durante años.

Cuando descubrió que trabajo aquí, en Nueva York, no dudó en venir.

—¿Qué quiere?

—Verme. Controlarme. No lo sé. Dice que me echa de menos, que quiere una segunda oportunidad. Pero si no accedo… tiene los vídeos. Puede enviarlos a la prensa, a todos nuestros clientes, y arruinarme. Podría destruir la agencia.

—¿Qué puedo hacer? Quiero ayudarte.

—No puedes hacer nada. Esto tengo que solucionarlo yo sola.

Voy a insistir cuando veo que su rostro cambia. Ha mirado algo detrás de mí.

Me giro. Chase está en el umbral de la puerta, con una bolsa de papel empapada en grasa que desprende el inconfundible olor a beicon frito y queso fundido. Su mirada salta de mis ojos a las mejillas húmedas de Hada.

—¿Qué está pasando aquí?

—Nada, Chase. Solo hablábamos —miento.

Chase mira a Hada.

Ella baja la mirada, fija en su regazo. Pero él no parece conforme.

—¿A él puedes contárselo y a mí no? —Chase deja la bolsa en la encimera con un golpe seco.

—Será mejor que nos vayamos a casa. Ha sido un día muy largo —digo, poniéndome en pie.

Mala idea. La cabeza me da vueltas y tengo que volver a sentarme.

—Toni, quédate a dormir —dice Hada con voz ronca—. No estás en condiciones de recorrer media ciudad.

Chase asiente poco convencido y vuelve a coger la bolsa de bocadillos.

—Como queráis.

Es evidente que está molesto. Deja mi bocadillo en la mesa y se marcha sin despedirse.

Hada y yo nos quedamos en silencio. El apartamento parece más vacío sin Chase, más frío.

—Lo siento —dice ella.

—No tienes que disculparte.

—Sí tengo. Y ahora Chase piensa…

—A Chase se le pasará. Como siempre.

Ella asiente, pero no parece convencida. Se abraza las rodillas de nuevo.

—¿Alguna vez has hecho algo de lo que te avergüenzas tanto que no puedes ni mirarte al espejo?

La pregunta me toma por sorpresa.

—Todos hemos hecho cosas de las que no estamos orgullosos.

—Eso no es una respuesta.

Tiene razón.

—Sí —digo finalmente—. He hecho cosas. Cosas que desearía poder borrar.

—¿Como qué?

Pienso en Molly. En cómo lo arruiné todo.

—Esa es una conversación para otro día.

Ella me mira, y por primera vez en toda la noche, sonríe. Solo un poco.

—Te tomo la palabra.

He perdido el apetito y dejo la cena olvidada en la encimera. Me despido de Hada con dos besos en las mejillas y me acuesto en la habitación de invitados.

Me cuesta conciliar el sueño, tal vez porque estoy demasiado atento a si se oyen llantos en la habitación de al lado. No capto nada, solo el rumor de la ciudad: sirenas lejanas, el zumbido del refrigerador y mi propia respiración.

Me incorporo en la cama y el mundo se inclina. El chichón en la nuca palpita al ritmo de mi pulso. Y de pronto todo me cae encima: la agresión en el Mystery Box, Susan en coma, Hada acorralada… y el caso que se nos escapa entre los dedos como arena mojada.

Me llevo las manos a la cara y noto que estoy temblando. No es frío, sino algo más profundo que llevo años intentando mantener a raya con medicación, terapia, chistes malos y una coraza de sarcasmo.

Quiero llamar a mi psicólogo. Una vez me dijo que podía llamarle en caso de emergencia, pero es la una de la madrugada. No puedo hacer eso.

Así que hago algo peor. Marco el número de Patricia.

Un tono. Dos. Tres. Cada segundo es una oportunidad para colgar, recuperar la cordura y evitar parecer lo que soy: un perdedor enfermo que yace solo en la habitación de invitados de su socia.

Cuatro tonos.

—¿Diga?

Siento un escalofrío; su voz suena exactamente igual que siempre: somnolienta y ligeramente irritada. Por un segundo, estoy en nuestro antiguo apartamento de Madrid, despertándola un domingo para ir a desayunar churros.

—Patri. Soy yo.

Se hace el silencio. Luego, un suspiro.

—Toni, son las siete de la mañana. Es sábado.

—Lo sé. Lo siento. Necesitaba…

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?

Me detengo, porque de repente no sé qué decirle. ¿Por dónde empezar? Me han partido la cara en los baños de un club de mala muerte, estoy trabajando para una mujer en coma, mi socia guarda un secreto que podría destruirnos y mi cuerpo me recuerda cada día que tengo fecha de caducidad.

—He tenido unos días difíciles —digo finalmente—. Necesitaba hablar con alguien.

Otro suspiro. Este es más largo.

—Toni, tú siempre tienes días difíciles. Contigo siempre hay una crisis.

—No, Patricia. Esta vez es diferente.

—Eso también lo dices siempre.

Hay un muro entre nosotros, construido con años de decepciones y rencor acumulado.

—Últimamente estoy peor —insisto—. Física y mentalmente. Creo que necesito…

—Toni —me interrumpe—. No puedo hacer esto ahora. No puedo ser tu terapeuta a las siete de la mañana.

—No te pido que seas mi terapeuta. Solo te pido que…

—¿Qué? ¿Que te escuche? ¿Que te diga que todo va a salir bien?

Sí. Exactamente eso.

—Mira —dice, y su tono se suaviza apenas un grado—, tienes que hablar con un profesional. Para eso están. Yo ya no puedo… ya no puedo ser esa persona para ti. ¿Entiendes?

Entiendo. Claro que entiendo. Lo cierto es que ella nunca fue esa persona.

—Sí —digo—. Mensaje recibido.

—Intenta dormir, ¿vale? Las cosas siempre parecen peores de madrugada.

—Vale.

—Cuídate, Toni.

Clic.

Y ya está.

Me quedo mirando el teléfono en la penumbra. La pantalla se apaga y mi reflejo aparece en el cristal negro: un hombre de treinta y seis años con la cara magullada, el cuerpo roto y el corazón hecho pedazos.

Patricia dice que las cosas siempre parecen peores de madrugada, pero eso no es cierto; parecen exactamente como son. Es a la luz del día cuando aprendemos a mentirnos.

Me acurruco sobre el colchón, todavía vestido, y abrazo la almohada. La ciudad ruge al otro lado de la ventana y yo estoy aquí, solo, en una cama que no es mía, en una ciudad que no es la mía, echando de menos una vida que ya no existe.

Las lágrimas ruedan calientes. No tengo fuerzas para contenerlas.

Lloro hasta que mi cuerpo se queda vacío y el agotamiento gana la batalla. En algún momento, sin darme cuenta, el sueño me arrastra hacia un lugar más amable. Cuando finalmente me duermo, sueño con Molly. Solo que lleva puesto un disfraz de Power Ranger rosa.

Menudo jaleo llevas, Toni.

Aún no es de día cuando abro los ojos. Al intentar sentarme, un dolor agudo me atraviesa el cráneo.

No tanto como ayer, pero me pilla desprevenido.

Me apresuro a catalogar los puntos doloridos: la parte trasera de la cabeza es lo que más me duele, seguido de cerca por el corte en la ceja y las mejillas raspadas.

El resto de los dolores son una distracción casi bienvenida, pero el dolor hace que sea consciente de cada movimiento.

Lo primero que hago es revisar el móvil. Para mi agrado, tengo un mensaje de Molly:

Revisa tu correo

El emoticono del guiño. Subidón.

Accedo a mi cuenta de correo y ahí está, un mail de Molly a las tres y cinco de la madrugada. Por algún motivo extraño, imaginarla escribiéndome tan de madrugada me saca una sonrisa.

Y el contenido del mail es aún mejor.

—Eres buena, Molly. Muy buena —digo en voz baja mientras releo el mail, aún con las cejas levantadas (una de ellas, la de la ceja abierta, aúlla al hacerlo).

Lo siguiente que hago es buscar la tarjeta de David Klein en mi cartera. Marco su número en el móvil. Klein tiene respuestas, y pienso conseguirlas.

Me lleva algún tiempo, pero una secretaria acaba por ponerme con él.

—¿Quién es? —responde con un tono muy poco entusiasmado. Probablemente piensa que se trata de alguien queriendo venderle algo.

—Soy Toni Galán. Nos conocimos el otro día en el hospital.

—Ah, Toni… Sí. Me acuerdo. ¿En qué puedo ayudarte?

—Tenemos que hablar.

Hay una distorsión en la línea. Sin duda, un móvil o el teléfono de un coche.

—¿Hablar? ¿Hay novedades sobre Susan? —Su voz se ha acelerado de súbito.

—No. Es sobre otro tema. Hay algo importante que quiero comentarle.

Silencio. Después:

—Ahora mismo estoy en el coche. A poco más de un kilómetro de mi oficina de Manhattan. ¿Hasta qué punto es importante?

Accedo al bloc de notas del móvil.

—Deme su dirección —digo, mientras me coloco las gafas rotas con una mano—. Estaré en su oficina en menos de una hora.