25
—¡Por el amor de Dios! ¿Qué ha pasado?
Hada abre la puerta de su apartamento con los ojos como platos. Chase prácticamente me arrastra dentro, medio cargándome. Mis pies apenas rozan el parqué. La cabeza me palpita como si tuviera una orquesta sinfónica tocando heavy metal en mi cráneo.
—Una Power Ranger rosa le ha recordado que ya no tiene veinte años —suelta Chase, depositándome en el sofá con la delicadeza de quien suelta un saco de escombro.
—No ha sido ella —gimo por el dolor—. Si tú no hubieras estado pasándotelo en grande en la pista de baile…
Lo digo porque estoy enfadado y dolorido, pero es Chase quien me ha encontrado en el callejón trasero del Mystery Box, tirado entre los contenedores como basura humana.
Inconsciente y con la cara contra el asfalto grasiento, con las gafas rotas y un reguero de sangre seca bajando por mi mejilla.
Recuerdo sus bofetadas —el método Chase para la reanimación— y el frío del agua en mi cara.
Recuerdo el taxi y las luces de Manhattan estirándose por la ventanilla.
Chase odia los hospitales porque huelen a final de trayecto, así que aquí estamos: en el santuario de Hada.
Su apartamento es un pequeño refugio. Paredes de ladrillo visto, alfombras que amortiguan el mundo y fotografías de playas caribeñas y calles de California.
Hay cojines por todas partes y una manta tejida a mano cuelga del respaldo del sofá.
Una chaqueta de cuero negra reposa sobre el respaldo de una silla, como si ella acabara de llegar. Huele a canela y café.
Hada se arrodilla a mi lado. Sus dedos, fríos y expertos, recorren mi cráneo con cuidado.
—Tienes la ceja abierta y un chichón que reclama su propio código postal —murmura.
Cierro los ojos. El recuerdo del ataque vuelve en flashes violentos. El hombre con acento de Europa del Este. La fuerza bruta con la que me arrinconó. La violencia fría en sus palabras.
Deja de meter las narices donde no te llaman.
Hada desaparece un momento y regresa con un botiquín, una toalla húmeda y una bolsa de hielo envuelta en un paño.
—Esto te va a doler —me advierte.
—¿Sobreviviré? —pregunto mientras limpia la ceja con alcohol. El escozor me hace ver las estrellas, pero el contacto de su mano me ancla a la realidad.
—Mañana desearás no haberlo hecho, pero sí, vivirás.
Me muero por darme una ducha, pero ella me convence para que espere hasta mañana, cuando la herida esté cerrada.
Me quedo mirándola a los ojos. Hay algo raro en su expresión.
Es la segunda vez que la veo así. Ayer en la oficina también había algo en su mirada.
Además, me fijo en que aún está maquillada.
Lleva unos vaqueros ceñidos y tacones. Demasiado vestida para una noche entre semana.
Me da un paracetamol con un vaso de agua y me aplica una bolsa de hielo mientras Chase merodea por la cocina.
—Debe de ser el único apartamento de Nueva York en cuya nevera no hay alcohol —exclama—. ¿Ni una cerveza para los héroes caídos?
—No bebo, Chase. Lo sabes —responde ella sin mirarlo.
—¿Y para las visitas? Ah, claro, olvidaba que tú no tienes amigos.
Espero una contestación orgullosa de Hada; un dardo envenenado; un intercambio de golpes verbales cada cual más ácido e ingenioso que el anterior. Pero no ocurre nada de eso. Hada simplemente se encoge de hombros y se sienta en el sofá junto a mí, acurrucándose en un rincón.
Chase tuerce la expresión.
—¿Estás bien? —le pregunta.
—Perfectamente.
Chase ladea la cabeza. Luego me mira a mí. Me encojo de hombros.
—Bueno —dice, sentándose en el sillón junto a nosotros—, ya que estamos los tres aquí, es el momento perfecto para que nos pongas al día de lo que has descubierto hoy.
Así que lo hago. Lo explico todo. La visita a Columbia, el encuentro con Claire Horry y la llamada a Molly. Cuando acabo, Chase dice:
—Conclusión uno: Jax Thorne no está en Toronto, como pensábamos, al menos bajo su nombre. Y conclusión dos: era un capullo integral.
—Con todas las letras.
—Sigo pensando que estamos perdiendo el tiempo. Deberíamos estar buscándolo en el Caribe, tumbado en una hamaca mientras le unta crema solar a Scarlett Moon.
Niego con la cabeza.
—Si es así, ¿por qué me han reventado la cara esta noche? Alguien quiere que deje de hacer preguntas. Eso significa que Jax no está tomando piñas coladas en ninguna playa.
Chase se rasca la mejilla.
—Vale. Hagamos una recapitulación. ¿Os parece?
—Adelante.
Hada asiente, pero su mirada está perdida en algún punto de la pared.
—Comencemos con los hechos: Jax y Susan.
Pareja feliz. Anillo de compromiso. Embarazo.
Todo es de color de rosa hasta que Jax empieza a colapsar.
Intenta tirarse a la mujer de su amigo y monta un circo en su despedida de soltero, hasta tal punto que acaba esposado.
Engaña a Susan con una tal Scarlett Moon.
Retira cien mil dólares y se larga a Toronto con un par de maletas.
La policía encuentra un tanga en su coche y cierra el caso.
Susan acude a ti y ese mismo día la mandan al hospital.
Tú empiezas a investigar y un tipo con acento te amenaza de muerte.
—Chase hace una pausa para respirar—. ¿Me dejo algo?
—Sí. La Polaroid de la chica muerta. Lily Williams. Hija de David Klein, el jefe de Jax.
—Ah, sí. Esa joyita. —Chase se inclina hacia delante—. Antes de llegar ahí, exploremos otras líneas. Por ejemplo: John-Michael Flint, el mejor amigo de Jax, se suicidó. Al parecer, Jax fue a verlo poco antes. ¿Hay algo más que conecte a JM con todo esto?
—Además de la foto de Lily, no. Y según Robert Ashford, JM no era precisamente el mayor lumbreras del grupo de amigos.
—Entonces su muerte podría no tener nada que ver.
—Quizá.
—Pero de todas maneras sería otra casualidad muy conveniente —opina Chase.
—Por supuesto.
—Bien. Segunda línea: el Mystery Box.
—Todo lo que sabemos es que Jax telefoneó varias veces.
Chase niega con la cabeza.
—Sabemos mucho más.
—¿Ah, sí?
—Reaccionaron excesivamente a tu visita. Echarte habría sido una cosa. Maltratarte un poco habría sido otra. Pero esta clase de intimidación con matones y puñales… eso es un exceso.
—¿Qué estás diciendo?
En ese momento, el móvil de Hada, apoyado en la mesita, se ilumina. Desde mi ángulo puedo ver la pantalla. Es un mensaje:
Necesito volver a verte.
Miro a Hada, que se apresura a coger el móvil. Lee la pantalla mientras se muerde la punta de la uña y… puedo sentir el ardor en sus orejas. Tarda dos segundos en contestar y devolver el dispositivo a la mesa.
—¿Qué estabas diciendo? —repito.
Chase alza la vista.
—¿Qué?
—Sobre el Mystery Box.
—Ah. —Chasquea los dedos—. Que pinchaste un nervio. Revolviste el avispero. Agitaste el árbol. Escoge tu dicho favorito.
—O sea que están vinculados con el asunto.
—Hasta el cuello, diría yo.
—¿Cómo?
—Aunque te cueste creerlo, no soy vidente. No tengo todas las respuestas del universo.
Pienso un momento.
—Había pensado que quizá Jax y Scarlett Moon se habían conocido allí.
—Digamos que se conocieron allí. ¿Qué tiene de importante? ¿Por qué te mandan a un tipo para romperte la cabeza?
—¿Hay más líneas?
—La más escabrosa —señala—: Lily Williams.
Me incorporo para sentarme bien en el sofá y la cabeza me da un latigazo. Hada me echa la bronca con la mirada, pero no dice nada. Sigo atento a lo que Chase tiene que decir.
—¿Por qué alguien envía una Polaroid falsa de esa chica muerta a casa de Jax?
Uno los dedos, levanto las puntas y las apoyo bajo la barbilla.
—John-Michael tenía una foto de Lily entre sus recuerdos más preciados.
—Por lo tanto, Lily es la conexión entre Jax, su mejor amigo y su jefe.
El móvil de Hada vibra de nuevo. Ella lo voltea con un movimiento felino, pero ya es tarde. He visto el mensaje. He visto ese nombre: «B».
Nos quedamos en silencio, los tres. Algo me da vueltas en la cabeza, pero no es solo el caso. Es Hada. Esa tensión en su mandíbula. Esos ojos que evitan los míos.
Al final, para romper el silencio incómodo, suelto lo primero que se me pasa por la cabeza:
—No habría hecho nada con la Power Ranger, ¿sabéis?
Chase me mira como si acabara de confesar que creo en Papá Noel.
—¿Y eso me lo cuentas porque…?
—Solo te lo digo.
—Vale. Lo apuntaré en mi diario antes de dormir. —Se frota los ojos—. Mientras tanto, yo pensaba en algo más útil. Como que quizá Lily Williams esté muerta de verdad.
Pienso en lo que ha dicho. Luego empiezo a asentir despacio.
—Quizá JM se suicidó por algo que le pasó a la chica.
—O quizá no se suicidó. Quizá alguien lo mató y montó la escena después para que pareciera un suicidio.
—A lo mejor Jax corrió la misma suerte, solo que, en su caso, escondieron mejor el cuerpo.
—¿Estás pensando en lo mismo que yo? —pregunta Chase.
—David Klein.
—¿Vas a ir a verlo?
—¿A Klein?
—No, a Donald Trump. Claro que a Klein.
—No veo otra alternativa. Se nos acaban los hilos de los que tirar.
—¿Quieres que vaya contigo?
—No. Klein me conoce, pero a ti no. Si aparecemos los dos, se pondrá a la defensiva. Mejor voy solo.
—Tú mandas. —Chase se palpa el estómago—. Oye, ¿no tenéis hambre? Acabo de darme cuenta de que llevo horas sin comer. Y tú necesitas carbohidratos.
Ahora que lo menciona, me muero de hambre.
—Yo he cenado fuera —dice Hada en voz baja—. Y tengo la nevera vacía.
—No te preocupes, bajaré a por unos bocadillos. —Chase se levanta—. ¿Alguna petición especial?
—Lo que pilles —digo.
Hada sigue fija en su móvil. No contesta.
Chase nos mira a ambos, entrecierra los ojos como si estuviera evaluando la situación, y luego sale del apartamento sin decir nada más.
El silencio que queda es denso. Hada está acurrucada en el extremo del sofá, destrozándose una cutícula con los dientes.
—¿Quién es? —quiero saber. El dolor de mi cabeza parece secundario comparado con el de su mirada.
Ella se hace la despistada deliberadamente.
—¿Qué? ¿Quién?
Señalo el teléfono con la barbilla.
—El que te acaba de escribir. El señor «B».
—Ah. Es un… amigo —titubea—. Ni caso.
Noto que se me arruga la frente.
—¿Por qué hay un amigo tuyo diciéndote que necesita verte a estas horas de la noche?
—Olvídalo. —Traga saliva—. Tiene un problema con los límites. Lo mejor es pasar de él.
—Hada…
—De verdad, Toni. No es nada.
—No parece que no sea nada. Llevas toda la noche distraída. Y ayer en la oficina también…
Pero no termino la frase, porque en ese momento veo cómo los ojos de Hada se llenan de lágrimas. Los míos también se humedecen. Ella intenta parpadear para contenerlas, pero es inútil. Una lágrima resbala por su mejilla. Luego otra.
No dice nada. No hace ruido. Solo un llanto mudo, con los hombros temblando ligeramente, mordiéndose el labio inferior para no sollozar.
No sé qué decir. No hay ningún diálogo ingenioso en mi repertorio para esto. Así que, con la cabeza abollada y el cuerpo pidiendo tregua, simplemente hago lo único que se me ocurre: estiro la mano y envuelvo la suya.
Está helada.