24 #2
—No pareces de las que esperan a que haya una segunda cita. No sé si me explico.
—Estos son mis principios, pero si no te gustan, tengo otros.
Otra de Groucho. Creo que me estoy enamorando.
—¿Por qué no me invitas a salir? —dice de pronto, de nuevo haciendo eso del dedo, pero esta vez en mi antebrazo—. Podríamos cogernos de la mano. Quizá besarnos. Tal vez incluso puedas meter una mano debajo de mi ropa. Por la manera en que miras, es casi como si ya estuvieses allí.
—No te estoy mirando —miento.
Ashley se queda callada durante unos segundos. Su mirada se desliza hacia el piso superior. Es un movimiento rápido, casi imperceptible. Cuando vuelve a mirarme, algo ha cambiado en su expresión.
—Ha sido divertido, Toni. Pero tengo que irme.
Se levanta.
—Espera…
—No. —Su voz ahora es fría, apresurada—. Ha sido un placer.
Se da la vuelta y camina hacia las escaleras que conducen al piso de arriba. Intento disimular la mirada mientras la veo subir, pero resulta difícil no darle un repaso. Casi me caigo del taburete.
Suspiro.
También he perdido la pista de Chase, que ya no está en la pista de baile. Seguramente estará pasando un buen rato con la mulata del vestido rojo. Hay que joderse.
El caso Jax Thorne no avanza como esperaba. Dos gin-tonics, cero respuestas y una Power Ranger que desaparece como Cenicienta. Fantástico.
La vejiga me está matando. Y eso que apenas he probado la copa.
Maldita sea, si no supiera que es un síntoma común en enfermos de esclerosis, diría que cada vez me parezco más a mi padre.
Me levanto y atravieso el local esquivando cuerpos sudorosos y parejas que se besan como si el mundo fuera a acabarse.
El pasillo que lleva a los baños es estrecho y oscuro.
La música llega aquí amortiguada —Marvin Gaye ha dado paso a algo más electrónico, más agresivo—, un latido sordo que hace que mi pierna izquierda empiece a vibrar.
Huele a marihuana, cerveza derramada y algo más que prefiero no identificar.
Las paredes están cubiertas de frases y dibujos que parecen haber estado ahí desde la administración Reagan.
Me detengo. Hay una sombra al fondo del pasillo. Entrecierro los ojos. No es nada. Solo las luces parpadeantes del bar proyectando formas extrañas. Estoy paranoico.
Empujo la puerta de caballeros, pero está ocupado. Estupendo. Espero apoyado de lado contra la pared. Oigo ruidos del otro lado. Risas. Una voz femenina. Luego, otra masculina.
Por favor, que no sea Chase.
No tengo tiempo de reaccionar. El impacto es seco, contundente en la base del cráneo.
Se me pasa por la cabeza que estoy sufriendo una embolia o una hemorragia cerebral.
Tal vez me está dando un brote. Este sería de una naturaleza totalmente nueva, pero uno acaba por acostumbrarse a que su cuerpo decida no funcionar de repente.
Frenéticamente busco palpar a tientas aquello que me está empujando.
Pero algo —alguien— me sujeta antes de que pueda moverme.
La superficie rasposa de la pared araña la piel de mi frente.
La temperatura del aire cambia, y un gran peso cae sobre mí.
Un peso que me aplasta y que me pone un objeto afilado en la parte blanda del cuello.
Todo se aclara en un terrible destello de conciencia, y es cuando la sorpresa se transforma en miedo.
El puñal pertenece a un hombre, seguramente a quien me ha estado siguiendo estas últimas horas.
Ahora deja caer su peso sobre mi espalda, inmovilizándome.
Huele a colonia deportiva y hay algo en su aliento que me resulta conocido pero ligeramente desagradable. ¿Jengibre?
—No te resistas, muñeca —susurra el intruso, y por un segundo temo que vaya a violarme—. Si lo haces, te rebanaré el pescuezo. Asiente si me has entendido.
Asiento.
El cuchillo presiona más. Noto cómo la punta perfora mi piel. Un hilo de sangre cálida me baja por el cuello.
—Deja de meter las narices donde no te llaman —susurra en mi oído. Su acento arrastra las palabras. Ruso. Serbio. No lo sé. Del este, o de algún lugar donde la vida vale poco—. ¿Me has entendido?
No respondo.
Mal movimiento.
Me agarra de la nuca y me estrella de nuevo contra la pared. Algo se rompe en mi ceja. Es la montura de mis gafas. Siento un líquido turbio —sangre— cayendo por mi ojo izquierdo. El mundo se torna rojo y borroso.
Del baño siguen saliendo gemidos y risas sofocadas. Nadie va a salir a ayudarme.
Veo a Monk al final del pasillo. Nuestras miradas se cruzan. Él ve el cuchillo, la sangre. Da media vuelta y se marcha con una indiferencia que me hiela la sangre.
—¿Me has entendido? —repite el agresor, con más fuerza esta vez. Su acento hace que cada palabra suene como una amenaza de muerte.
—Sí —logro jadear. Mi boca sabe a hierro y derrota.
La presión se reduce, permitiéndome tomar aire.
El alivio empieza a recorrer mis venas cuando comprendo lo que está pasando: no son buenas noticias.
Algo duro y pesado me golpea en la parte posterior del cráneo.
La oscuridad avanza lentamente por los márgenes de mi visión y, de repente, crece por doquier hasta que no queda más que un diminuto punto de luz en el centro.
Y luego, nada.