Pack Toni Galán (libros 1-3) 24
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El interior del Mystery Box no es lo que había imaginado.

Me había preparado para encontrar el típico templo de Sodoma y Gomorra.

Un poco como la cantina de La guerra de las galaxias , con criaturas extrañas por doquier y neandertales de brazos tatuados que parecen no saber ni cómo se abre un libro, bailando sobre plataformas en licras y camisetas sin mangas.

Pero no es el caso. El Mystery Box transmite la sensación de desesperación y despide el hedor rancio de otro millón de bares de solteros un viernes por la noche.

Algunos clientes van disfrazados, pero la mayoría viste ropa deportiva o trajes.

Vale, también hay un puñado de devotos del cuero y las lentejuelas, pero, en la actualidad, ¿qué bar en Manhattan no tiene algo de eso?

Además, pensándolo bien, ¿quién no lleva un disfraz en un bar de solteros?

Uf, eso sí que es profundo.

Echo un vistazo a Chase. Madre mía. Lleva una camisa negra abierta hasta la mitad del torso y el pelo tan engominado que podría reflejar las luces estroboscópicas.

Unas gafas de sol Ray-Ban cuelgan del cuello de la camisa, porque, claro, uno nunca sabe cuándo va a necesitar gafas de sol en un bar oscuro.

—¿Qué? —dice, captando mi mirada.

—Nada. Solo que pareces un extra de Fiebre del sábado noche .

Avanzamos un par de pasos más cuando Chase se detiene en seco.

—Ostras —murmura, llevándose ambas manos al pelo y peinándolo hacia atrás—. No te pierdas eso, Toni.

Sigo su mirada y me detengo en una mujer disfrazada de Power Ranger rosa. Sí, rosa. Con máscara incluida. La licra se ajusta a su cuerpo de una manera que haría reconsiderar sus votos a un monje budista. Su melena rubia cae como una catarata de oro sobre el traje ajustado.

Chase me da un codazo.

—Si no hablas con ella, lo haré yo.

—Estamos trabajando.

—El trabajo es compatible con el placer.

—Separémonos. Juntos estamos llamando demasiado la atención.

Mis palabras suenan extrañas después de lo de la Power Ranger.

Chase sonríe.

—Está bien. Nos vemos luego.

Chase desaparece en la multitud antes de que pueda contestar, dejándome solo con el ritmo de So Lonely de Police taladrándome los nervios. Me distraigo contando cuántas veces Sting repite la palabra «lonely». Pierdo el interés al llegar al millón.

Voy directo a la barra y echo un vistazo, muy a lo detective. De costado, apoyo un codo en la madera y muevo la cabeza al compás de la música. Muy enrollado. La nena con el traje de Power Ranger vuelve a llamar mi atención, lo cual me hace sentir como un enfermo.

Para distraerme, me obligo a pensar en por qué estoy aquí.

Jax Thorne llamó varias veces al número del Mystery Box antes de desaparecer.

Además, Claire Horry, la amiga de Susan, lo vio en actitud muy cariñosa con una mujer que, por su apariencia, podría ser una profesional: una tal Scarlett Moon.

Suena a nombre artístico, como el que elegiría alguien que frecuenta este lugar.

El barman se acerca. Tendrá unos cincuenta años, pesará sus buenos cien kilos y lleva una camiseta de rejilla por cuyos agujeros se cuelan los pelos de su pecho.

Tiene ojos somnolientos y una de esas caras que parecen sin afeitar incluso después de haberlo hecho.

Su rostro me recuerda a una foto ampliada de una garrapata; así de feo es. No lleva sujetador, pero debería.

—¿Qué va a ser? —pregunta, con voz de fumador.

—Estoy buscando a alguien.

—Esto no es un servicio de citas.

—Lo sé. Busco a un hombre que podría haber estado aquí. Jax Thorne.

El barman se encoge de hombros mientras limpia la barra con un paño. Sus ojos se desvían brevemente hacia la entrada. Un gesto rápido. Alguien se sienta en el taburete a mi lado. Me vuelvo. Es ella, la Power Ranger rosa.

A lo que estamos, Toni. Me centro en el barman.

—¿El nombre de Jax Thorne no significa nada para ti?

Espero una reacción, pero no veo ninguna. El tipo parece haber trabajado de camarero toda su vida. Sus ojos están tan vacíos como los de un pez muerto.

—Te he preguntado…

—Nunca he oído ese nombre.

No me lo creo. Decido probar suerte con el otro tema.

—¿Y qué hay de Scarlett Moon?

Ahí está. Un parpadeo. Casi imperceptible, pero está ahí. Sus dedos se tensan sobre el paño que limpia la barra.

—¿Quién?

—Una mujer que se hace llamar Scarlett Moon. Puede que trabaje aquí.

—No sé de qué me hablas.

Pero sí lo sabe. Lo veo en la forma en que evita mi mirada y en cómo sus hombros se ponen rígidos. Como este hombre no está receptivo a mis preguntas, pruebo con algo visual. Deslizo la fotografía de Jax sobre la barra.

—Este hombre. ¿Ha venido por aquí?

Me dirige una mirada.

—Tío, ¿eres poli?

—No.

—Entonces la respuesta es no.

—¿Y si fuese un poli?

—Entonces la respuesta sería: no… señor.

—Comprendo —digo, metiendo la mano en el billetero y sacando un billete de cincuenta—. ¿Y si te ayudo a refrescar la memoria?

—Guarda eso inmediatamente —dice—. Y la foto. Y las jodidas preguntas. No quiero problemas, ¿entiendes?

—¿Este tipo significa problemas?

—Ni siquiera he mirado la foto, amigo. Ni pienso hacerlo. Lárgate.

Se retira a la despensa, dejándome con el billete en la mano y la sensación de que he golpeado un muro. Intento buscar a Chase con la mirada, pero no lo veo por ningún lado. Estoy a punto de levantarme e irme cuando una mano enguantada en licra rosa se cierra sobre mi muñeca.

—¿Te vas tan pronto, vaquero?

Me giro. La Power Ranger me clava una mirada azul eléctrico a través de la máscara que me hace creer en los poderes mentales.

De cerca es aún más impresionante. Y ese escote…

Dios santo, ese escote me transporta automáticamente a mi infancia, cuando fantaseaba con despojar de las licras a la Power Ranger rosa.

Nunca pensé que llegaría el día en que esa fantasía volvería a visitarme. Y menos con treinta y seis años.

Desvío los ojos antes de que se dé cuenta.

—Me llamo Ashley —dice.

—Yo soy Toni —respondo. El Don Juan en acción.

Ella alza una mano hasta el cuello y comienza a jugar con la cremallera del disfraz. Yo consigo mantener la mirada en su rostro. Más o menos.

—Toni —repite ella, con un tono de voz que sin duda habrá arruinado algunos matrimonios—. ¿Te apetece una copa?

Estoy a punto de decir: «Una copa sería la perfección», al estilo de Matthew Perry en Friends , pero me contengo. Con la edad llega la madurez.

—Vale. Yo invito.

—No seas anticuado. —Levanta la mano y llama al barman de camiseta de rejilla, que reaparece como por arte de magia—. Dos gin tonics, Monk.

Monk asiente y se pone manos a la obra.

Hablamos durante al menos quince minutos.

No quiero admitirlo, pero me estoy divirtiendo.

Ashley se vuelve hacia mí con todo el cuerpo.

Se acerca un poco más. Pongo mucho cuidado en no mirar su escote, que es como decirte a ti mismo que no te rasques ese molesto picor, que no mires abajo o que no pienses en un elefante de color rosa.

—No quiero ser descortés —acabo por decir—, pero no estoy aquí en busca de ligue.

Ella echa la cabeza hacia atrás y se ríe a carcajadas. Tiene una risa que invita a soñar con cruceros por el Mediterráneo, copas de champán y chocolate líquido sobre la piel.

—¿Qué importancia tiene?

—¿Perdona?

Ashley hace algo que podría considerarse un sorbo de la pajita, pero dudo que la academia de cine le diera una clasificación que no fuese la de prohibida para menores de dieciocho años.

—Me encuentras atractiva, ¿no?

La señalo con las manos, palmas arriba.

—Es obvio.

Ella se ríe aún más.

—Ya sé cuál es tu problema.

—A ver.

—¿Conoces a Groucho Marx?

—Por supuesto.

—Pues ya sabes lo que decía. —Permanezco expectante. Ashley está a punto de citar a Groucho. Joder, estoy a punto de proponerle matrimonio—. Jamás pertenecería a un club que admitiera entre sus miembros a gente como yo .

—Ya. Groucho era tronchante.

—¿Es eso lo que te pasa? —Acomoda el trasero en el taburete. Licra contra cuero, un sonido maravilloso—. ¿Este lugar te incomoda y te llena de prejuicios?

—Ya te he dicho que no he venido en busca de sexo.

—¿Estás casado?

Trago saliva.

—No.

—¿Novia? ¿Novio?

—No. Otras dos veces.

Ashley apoya una mano en mi muslo. La noto caliente a través de los vaqueros. Mi cabeza comienza a dar vueltas.

—Porque, de ser así, no me importaría.

Me limito a sonreír, porque no sé muy bien cómo contestar a eso.

Agobiado, busco a Chase con la mirada y finalmente lo encuentro al otro lado de la pista.

Está con una mujer de rasgos dominicanos, más joven que él, cuyo vestido rojo ceñido le llega a medio muslo.

Ella lo rodea con un brazo mientras él se mueve al ritmo de la música con la gracia de un pato mareado.

Chase me mira y sonríe. Menea la cabeza y sé lo que está pensando: no tengo remedio por estar desaprovechando tan magnífica oportunidad.

—¿Nunca lo has hecho con una desconocida? —pregunta Ashley. Sus ojos se han apartado de los míos y ahora están concentrados en su dedo índice, que dibuja una línea recta sobre mi muslo. Arriba y abajo; arriba y abajo. Dios…

—No sin verle la cara antes.

—Eso puede arreglarse. Por el momento, te gusta lo que ves —añade, hinchando su pecho como un pavo real. No lo ha preguntado, así de segura está de la sensualidad que desprende.

—Lo poco que veo, sí, reconozco que está francamente bien.

El DJ cambia de canción. Marvin Gaye canta Sexual Healing . Muy apropiado.

—Admite que sientes curiosidad por ver lo que se esconde tras esta máscara.

—Lo admito.

—¿Y?

—También siento curiosidad por saber qué se siente al meterse heroína en vena. Pero aprecio mi vida.

A través de los huecos de la máscara, veo que enarca una ceja.

—¿Me estás comparando con una droga letal?

—Apuesto a que no soy el primero.

Ella se echa hacia atrás y vuelve a llevarse la mano a la cremallera. Se la sube. Fin del espectáculo. Respiro un poco.

—En fin, es nuestra primera cita. No tenemos que acabar desnudos.

—Vaya.

—Pareces decepcionado.

¿Lo estoy?

—Solo sorprendido.

—¿Y eso?