23
Hada entra en el Bella Notte sintiendo que camina por un corredor de la muerte alfombrado.
Él quería un lugar privado, pero ella se niega a invitarlo a su casa y ni de coña piensa ir a la suya, al hotel donde se aloja, o a donde quiera que esté durmiendo.
No. En absoluto.
Al final, Brad aceptó que la cena fuera en un restaurante. «Será una comida romántica, como en los viejos tiempos», escribió en su último mensaje, y a Hada se le puso la piel de gallina.
El restaurante es un rincón discreto del Upper East Side. Elegante sin ser ostentoso. Manteles blancos, velas en cada mesa, rosas rojas en jarrones de cristal y música de Sinatra de fondo. The Way You Look Tonight . Qué irónico. Hay pocos comensales. Parejas en rincones apartados. La luz es tenue.
Brad ya está allí, en la mesa del fondo.
Siempre en el fondo, donde se puede vigilar la puerta.
Hada respira hondo y se acerca, controlando su expresión.
No puede pensar en otra cosa desde que descubrió la existencia del vídeo.
Es como un anillo de fuego a su alrededor cuyo cerco se va estrechando, amenazando con abrasar, una a una, todas las capas de su ser.
Si el fuego la alcanza, no dejará más que el esqueleto de sus secretos a la vista de Toni y del mundo.
Brad se levanta para besarla en la mejilla, un roce que a ella le quema. Su mentón huele a una mezcla de aftershave y colonia masculina.
Lo examina con disimulo. Está impecable: camisa blanca, pantalón oscuro y chaqueta de sport.
Nada de corbata; el cuello desabrochado le da un aire relajado.
El tiempo parece no haber pasado para él.
Siempre ha sido guapo, eso es innegable, aunque es un poco bajito, lo que le provoca cierto complejo de Sarkozy.
—Qué alegría volver a verte, Hada. —Su sonrisa es amplia, demasiado ensayada—. Te agradezco que hayas accedido a cenar conmigo.
Ella no le devuelve la sonrisa.
Antes de sentarse, Brad saca su móvil y lo coloca sobre el mantel blanco, boca abajo, justo entre las dos copas de cristal. Es una pistola cargada. Hada no puede apartar la vista del dispositivo; sabe que ahí dentro reside su destrucción.
—Tampoco tenía alternativa, ¿no? —dice ella, sentándose rígida.
Brad parpadea como si la hubiera ofendido. La luz de las velas crea sombras que se hunden en las cuencas de sus ojos.
—No lo digas así. Deberías sentirte halagada.
—¿Halagada?
—Bueno, tengo una agenda muy apretada. Y cualquier mujer daría un brazo por cenar conmigo así, a solas, como estás haciendo tú. —Su voz baja un tono—. Pero ¿qué puedo decir? Eres mi debilidad.
Hada aprieta la mandíbula. Un camarero se acerca y Brad pide un tinto italiano caro sin consultarle a ella. Siempre ha sido así: decidiendo por los demás.
Cuando el camarero se aleja, Hada se inclina hacia adelante hasta tenerlo a solo unos centímetros.
—¿Qué quieres, Brad? —suelta entre dientes, aferrando el tenedor bajo la mesa como si fuera un arma blanca.
—Verte. Estaba siendo sincero.
—Ya me has visto. Ahora borra las grabaciones.
Él levanta las manos en un gesto conciliador.
—Eh, vamos, nena. No estés enfadada.
—¿Que no esté enfadada? Me utilizaste y me grabaste sin mi consentimiento.
Brad suspira. Está haciéndole sentir como una loca exagerada.
—Eso fue hace mucho tiempo.
Ella lo mira fijamente.
—Vale. Te lo vuelvo a preguntar. ¿Qué quieres?
—Solo… te echo de menos.
Se queda boquiabierta.
—¿Me echas de menos?
—Sí. —Él extiende la mano y atrapa la de ella sobre el mantel. Sus dedos son cálidos y firmes—. Quiero que nos demos otra oportunidad.
Hada escanea su rostro mientras él acaricia sus nudillos. Como muchas personas, Brad tiene gestos que lo delatan. En su caso, le tiembla la comisura derecha de los labios cuando miente. Hada lo sabe bien; aprendió a detectar el patrón.
Y ahora mismo está temblándole como un loco.
«Esto es surrealista», piensa.
—No creo que sea lo más apropiado, Brad.
—Sin presión. Empezaremos con calma. Solo como amigos que quedan y se lo pasan bien.
—Estás casado.
Él suelta su mano como si fuera una trampa para conejos.
—La verdad es que me estoy divorciando.
El camarero regresa con el vino. Brad prueba la copa, con ese numerito previo de darle vueltas y acercar la punta de la nariz. Luego asiente al camarero con suficiencia y este sirve. Hada tiene que controlarse para no soltar un bufido. El espectáculo es penoso.
Cuando se quedan solos de nuevo, él vuelve al ataque.
—¿Qué ocurre, cariño? Tienes mala cara.
—No me llames cariño, por favor.
Brad tarda un segundo en contestar. Solo se queda mirándola sin pestañear, hasta que finalmente dice:
—Sigues teniendo ese carácter. Es lo que más me ponía de ti.
Hada tiene que tragarse una náusea. Bebe un sorbo de vino. Necesita algo que hacer con las manos. Algo que la distraiga de las ganas de lanzarle la copa a la cara.
—¿Me estás diciendo que quieres volver conmigo?
—¿Por qué no?
—No sé qué decir…
Él se recuesta en su silla, relajado, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Mañana hay una gala benéfica en el Lincoln Center. Había pensado buscarme a una chica, ya sabes, de compañía.
—Ya.
—A menos que quieras acompañarme. ¿Qué me dices? Me encantaría aparecer contigo cogida del brazo.
Hada deja la copa sobre la mesa. Se toma su tiempo.
—Me parece que no, Brad.
Él inclina la cabeza y frunce el ceño.
—Solo quiero volver a ser parte de tu vida. Seguir viéndote.
Ella respira hondo. «Piensa algo. Rápido».
—Te concederé un día al mes.
—¿Como una reunión de viejos amigos?
—Algo así.
—No sabía que esto fuera una negociación —la sonrisa de Brad se vuelve afilada, casi depredadora.
—Tengo muchas cosas que hacer, Brad. Estamos en una pequeña crisis laboral en estos momentos.
—Que sea un día a la semana, si así te quedas más tranquila —dice, tamborileando los dedos sobre la mesa.
Hada asiente. Se dice que puede hacerlo.
Puede quedar con ese hombre un par de horas a la semana y fingir que está a gusto.
Ha hecho cosas peores. Esto es el precio para mantener el móvil boca abajo.
Y mientras tanto, ya se le ocurrirá algo.
Tal vez consiga acceso a su nube y pueda borrar los vídeos que tiene de ella.
«O tal vez…»
Pero desecha el nuevo pensamiento con tal violencia que la idea se va de su mente como si llevara ruedas.
—Está bien —responde—. Un día a la semana. Pero quiero que te quede claro. No volveré a salir contigo. Y, por supuesto, nada de sexo.
Brad levanta las manos en un gesto de falsa redención. Su móvil sigue brillando bajo la luz de las velas como una amenaza latente.
—Claro. Faltaría más, cariño. No quiero obligarte a hacer nada que no quieras.
Y mientras pronuncia esas palabras, le tiembla la comisura derecha de los labios.