Pack Toni Galán (libros 1-3) 21 #2
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—Oh. —Intentó que no se notara su decepción—. Claro. Perdona, yo…

—No es eso. —Le tomó la mano. Su pulgar acarició sus nudillos—. Créeme, no es por ti. Es que… quiero hacer esto bien.

Ella lo observó, confundida.

—¿Hacer bien qué?

—Sea lo que sea que estamos haciendo. No quiero estropearlo yendo demasiado rápido.

Ella debería haber visto la señal de alarma. Un hombre que rechaza entrar en tu casa después de una cena perfecta no está siendo caballero; está guardando un secreto.

Pero Hada no vio nada de eso. Solo vio a un hombre que la trataba con respeto. Que no la veía como una conquista fácil. Que parecía valorarla de verdad.

Se inclinó hacia él y lo besó.

Él no la rechazó. Sus labios se abrieron contra los de ella, cálidos, firmes, con sabor a vino tinto. Una de sus manos se enredó en su pelo, mientras la otra se posó en su cintura, atrayéndola más cerca.

El beso duró exactamente el tiempo suficiente para dejarla sin aliento.

Cuando se separaron, él apoyó su frente contra la de ella.

—Buenas noches, Hada.

Y así, sin más, ella bajó del coche.

Flotando.

Completamente perdida.

Para cuando Brad le confesó que estaba casado y tenía dos hijos pequeños, el veneno ya estaba en la sangre.

Estaban en su apartamento, un ático en Bel Air con vistas al mar y suelos de mármol. Hada llevaba uno de sus albornoces, demasiado grande para ella, con las mangas enrolladas y el cinturón apretado dos veces.

El sol estaba emergiendo y acababan de hacer el amor por primera vez.

—Hay algo que tengo que contarte —dijo él, mirando hacia el techo.

Ella se incorporó sobre un codo. Sintió frío de repente, aunque la habitación estaba templada.

—Estoy casado.

Tres palabras. Simples, directas como balas.

—¿Cómo?

—Tengo una esposa. Y dos niños. Gemelos. Tienen cuatro años.

Se quedó muy quieta. Moverse hacía que las palabras fueran más reales.

—Llevamos separados meses —explicó Brad, incorporándose también—. El divorcio está en proceso. Pero, legalmente, sigo casado.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque tenía miedo de perderte.

Aquella era una señal de alarma evidente. Debería haberse levantado, recogido su ropa, vestirse y salir de aquel apartamento sin mirar atrás. Eso es lo que haría una mujer con dignidad. Una mujer inteligente, que se respetara a sí misma.

O simplemente una mujer que no tuviera a nadie a su cargo.

Pero su madre seguía en el hospital. Los tratamientos experimentales costaban ciento cincuenta mil dólares. Su seguro no cubría ni la mitad. Y él, esa misma semana, se había ofrecido a pagar todo.

Todo.

Sin condiciones. Sin contratos. Sin letras pequeñas.

Solo quiero ayudarte. Porque me importas.

Y ella le había creído.

Porque necesitaba creerle. Sesgo de confirmación: creemos lo que nos conviene creer.

—No voy a dejarte —dijo ella, sorprendiéndose a sí misma—. Pero necesito tiempo para procesarlo.

La expresión de él se iluminó, aliviado, victorioso. Aunque Hada no lo vio así en aquel momento. Solo vio a un hombre enamorado. Un hombre que la había elegido a ella.

Qué idiota.

Y así fue como se convirtió en «la otra».

Duró cuatro meses. Cuatro meses de cenas a escondidas. De hoteles discretos donde pagaban en efectivo. De mensajes borrados y llamadas a horas intempestivas. De sentirse especial y sucia al mismo tiempo.

Aprendió a mentir. A sus amigas, a sus compañeros de trabajo, a Jerry.

Estoy saliendo con alguien, pero es complicado.

Y mientras tanto, él pagaba las facturas del hospital, los tratamientos, las medicinas… Todo.

«Todo tiene un precio», pensaría Hada años después. «Y yo pagué el mío con trozos de mi alma que nunca recuperaré».

Pero en aquel momento solo pensaba en su madre. En mantenerla viva un día más.

El amor puede convertirte en cómplice de tu propia destrucción.

Nadie te avisa de eso.

La cinta desacelera hasta detenerse. Hada parpadea, expulsada del recuerdo. Está empapada en sudor. Las piernas le tiemblan por el esfuerzo. Cuarenta y cinco minutos en piloto automático. Pensando en Brad. En aquella Hada ingenua que creyó que un hombre casado la elegiría a ella.

Los vestuarios están vacíos. El agua de la ducha sale demasiado caliente, pero deja que le queme la piel de todos modos.

Veinte minutos después, se planta frente al espejo. El pelo suelto cae sobre sus hombros. Ha elegido unos vaqueros ajustados y botas de tacón. Nada de faldas ni vestidos. A Brad le volvían loco.

No se ha puesto especialmente guapa. No quiere que parezca una cita romántica.

Pero sabe lo que él espera de ella. Y, por algún motivo perverso, ha jugado con esas expectativas.

«¿Cómo me verá?», se pregunta al reflejo. «¿Como a la chica ingenua que fui? ¿O como a la mujer en la que me convertí después?»

No tiene respuesta. Solo sabe tres cosas con certeza:

Que tiene que ir.

Que tiene que enfrentarse a él.

Que tiene que saber qué quiere.

Y hay una cuarta cosa, una verdad que pesa en el fondo de su estómago como una piedra fría: parte de ella —una pequeña y oscura parte que odia reconocer— quiere saber si todavía puede sentir algo cuando lo mire a los ojos.

Cualquier cosa. Aunque sea odio.

Asiente con una firmeza que su expresión no refleja. La mujer del espejo la mira de vuelta y le susurra la verdad que no quiere oír: Mentirosa. Estás muerta de miedo.

Recoge su bolso y sale del vestuario, dispuesta a cenar con el hombre que le enseñó que, en este mundo, todo tiene un precio.

Incluso el amor.

Especialmente el amor.