Pack Toni Galán (libros 1-3) 21
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Nada más colgar a Toni, Hada deja caer el móvil en la bolsa de deporte.

Se pone las mallas y las zapatillas, y se dispone a hacer cuarenta y cinco minutos de cinta en el gimnasio de la planta baja del edificio.

Ese —y el baile latino, por supuesto— es el principal ejercicio que practica desde hace dos años.

Antes de eso, la verdad es que el deporte le importaba poco.

Lavarse el pelo cada día es una pesadilla.

Tienes que secártelo después. Una lata. Y no es demasiado bueno para la salud capilar.

Además, correr en una cinta es aburrido y monótono, pero es precisamente ese aturdimiento mental lo que busca: un momento de soledad, alejada de llamadas, mensajes y correos electrónicos, donde el cuerpo tome el mando y la mente se rinda al cansancio.

Empapada en sudor y absorta en su música, Hada aprovecha para preparar mentalmente la agenda del día.

Pero hoy no hay meditación posible. Hoy, allí sola en la zona de aeróbico, deslizándose sobre la cinta con suavidad, no piensa en el trabajo. No piensa en Lily Williams. Ni en su padre, David Klein. Ni en Jax Thorne. Ni en lo mucho que se está jugando Toni.

Hoy solo piensa en Brad. En esta noche.

«No es más que una cena con un viejo amigo», se dice.

Ni hablar. ¿A quién quiere engañar? Un hombre no reaparece después de cuatro años y te acosa a mensajes —y mucho menos a chantajes— solo para cenar. No después de lo que pasó. Brad no es de los que quedan para recordar viejos tiempos.

Lo de hoy no es un simulacro. Es una cita. De las de verdad. Y sus manos están sudando otra vez. Como aquella vez, hace cuatro años. El día en que su camino se cruzó con él.

Hada cierra los ojos y, por un instante, el zumbido de la cinta de correr se convierte en el rugido de la multitud.

Ahí estaba ella, con las manos sudorosas y los ojos fijos en el suelo para no ser deslumbrada por los potentes focos del techo.

Supuestamente era una de las mejores de la ciudad, pero ella no acababa de asimilarlo.

Su pareja, Jerry, un afroamericano homosexual adicto a las Pringles y fan incondicional de Gran Hermano, iba pasando el peso del cuerpo de un pie a otro mientras esperaban en la cola junto a nueve parejas más.

Todos seleccionados de entre más de quinientos contrincantes procedentes de todo el estado de California.

Era el último día de las semifinales del Campeonato Estatal de bachata e iban a actuar por última vez delante de jueces, cámaras de televisión local y una muchedumbre que vitoreaba sin cesar.

Las demás parejas llevaban una media de quince años juntas. Para Hada y Jerry, ese instante era la culminación de seis meses practicando cinco horas diarias.

—¿Cómo estás? —le preguntó Jerry en su español claramente cubano.

—Estupendamente. Disfrutemos de la música y olvidémonos de la gente. Como si no estuvieran.

Eso no era lo más difícil. A través de la densa cortina de humo, apenas se distinguía la enorme masa que se movía en las gradas.

Se estiró el traje a rayas mientras jugueteaba con su pañuelo de seda rosa. Era un manojo de nervios.

—¿Estás nerviosa?

—No. Es la emoción. Quiero divertirme y dejar que el resto fluya.

¡Pareja número trece: Hada García y Jerry Fonseca! ¡Al escenario!

Al fin era su turno. Jerry le susurró una broma al oído mientras subían a la plataforma de madera. Fue tranquilizador. Entonces dejó de pensar.

Durante el baile, su cerebro subconsciente tomó el mando y no decepcionó.

Ganaron el campeonato. Los jueces les dieron una media de nueve coma siete puntos sobre diez.

Durante la entrega del premio, Hada buscaba desesperadamente a su madre entre el público, pero no lograba ver nada por el humo. Ese dichoso humo.

Solo cuando entró en el vestuario y sacó el móvil de su bolsa, comenzó la pesadilla.

O mejor dicho, la comprendió. Había empezado mucho antes, en realidad.

Doce llamadas perdidas e incontables mensajes.

Su madre había sufrido una recaída mientras ella bailaba como una niña estúpida bajo los focos.

La culpa fue una bofetada de realidad que la dejó sin aliento.

El calor humano y la música dieron paso, sin transición, al olor a desinfectante industrial y al frío del hospital. Jerry la llevó en coche; Hada no recordaría nada del trayecto excepto el sonido de su propia respiración.

Su madre estaba inconsciente, conectada a máquinas por cables que salían de su cuerpo como raíces.

Y justo en ese momento, Hada pensó: «¿Habría sido diferente si no llega a ser por el condenado campeonato?

¿Habría evitado mamá la crisis de haberse quedado en casa?

¿Habría podido ayudarla, en lugar de estar bailando como una niña estúpida? ».

Fue en ese momento de máxima fragilidad cuando apareció él, tocando con los nudillos la puerta de la habitación.

Hada contuvo el aliento al verlo. Llevaba un traje gris oscuro y corbata granate.

Mandíbula cuadrada y pelo negro peinado hacia atrás.

El tipo de hombre que aparece en las portadas de Forbes.

—¿Hada García?

Su voz era grave y cálida, como whisky añejo derritiéndose sobre hielo.

Ella parpadeó.

—¿Sí?

—Brad Sullivan —dijo. Su nombre no necesitaba más presentación. Extendió la mano.

Ella tardó un segundo en reaccionar. Brad Sullivan. El Brad Sullivan. El hombre que producía todas las comedias románticas que arrasaban en taquilla. El presidente de Sullivan Entertainment, una marca de la productora de Evelyn Crowe.

Y daba la casualidad de que Hada era la asistenta personal de Evelyn.

—Yo… sé quién es —balbuceó, estrechándole la mano. Tenía una mano cálida. Firme, pero no agresiva—. ¿Qué hace aquí?

Brad desvió la mirada hacia la cama.

—Me he enterado de lo de tu madre. —Su expresión se suavizó—. Quería ver cómo estabas.

—¿Cómo se ha enterado?

—Estaba en el teatro.

—¿Estaba en el teatro?

Sonrió. No era una sonrisa arrogante ni condescendiente; era genuina, o al menos así parecía.

—Te he reconocido en cuanto has salido a la pista de baile. Trabajo en el mismo edificio que tú. Al salir, me han comentado lo que había pasado —hizo una pausa—. Lo siento mucho.

Ella asintió, aunque aún no acababa de procesar lo que estaba sucediendo. Un hombre como Brad Sullivan no visitaba hospitales para consolar a secretarias que apenas conocía. No funcionaba así.

—Gracias —dijo—. Es… muy amable de su parte, señor Sullivan.

—Brad. Llámame Brad —echó un vistazo a la silla de plástico donde Hada había pasado las últimas cuatro horas—. Escucha, sé que este no es el mejor momento, pero los cafés de hospital hacen que enfermes más. Lo digo literalmente. Creo que ponen algo en el agua.

Ella no pudo evitar una pequeña sonrisa.

—¿Por qué no bajamos a la cafetería de enfrente? Cinco minutos. Un café decente. Y luego te dejo en paz.

Ella contempló a su madre, inconsciente. Estable, según los médicos. No iba a despertarse en los próximos minutos.

—Está bien —cedió—. Pero solo cinco minutos.

Al final, fueron veinte.

Él no intentó impresionarla con historias de éxito ni nombres famosos.

No mencionó su patrimonio ni sus mansiones.

La escuchó, le preguntó por su madre, por el diagnóstico, por los tratamientos.

Y cuando ella empezó a llorar —sin poder evitarlo—, él no se incomodó ni miró hacia otro lado.

Simplemente le tendió un pañuelo de tela.

¿Quién llevaba pañuelos de tela en el bolsillo en pleno siglo veintiuno?

Brad Sullivan, aparentemente.

—Si necesitas algo —dijo al despedirse—, lo que sea, llámame.

Le entregó una tarjeta con su número personal escrito a mano en el reverso.

—En serio. Cualquier cosa.

Ella guardó la tarjeta en el bolsillo de sus vaqueros. No pensaba llamarlo.

Lo llamó tres días después. No para pedirle nada, solo para agradecerle el gesto, para decirle que su madre seguía estable. Para escuchar esa voz grave que, por algún motivo, la hacía sentir menos sola.

La conversación duró cuarenta minutos. Al colgar, se dio cuenta de que estaba sonriendo. Una sonrisa de verdad. La primera en semanas.

La segunda vez que quedaron fue para tomar un vino.

Hada pasó dos horas eligiendo qué ponerse. Se probó cuatro vestidos diferentes antes de decidirse por uno negro, ajustado pero elegante, con un escote que sugería sin mostrar. Se onduló el pelo y se pintó los labios de un rojo oscuro que nunca usaba para ir a trabajar.

¡Era una cita con Brad Sullivan! Esas oportunidades no se dejan pasar.

Él llegó puntual, con un traje azul marino, sin corbata, y los dos primeros botones de la camisa desabrochados. Estaba arrebatador. Olía a algo caro y masculino que Hada no supo identificar, pero que la hizo querer acercarse más.

El vino se convirtió en cena. Brad eligió el restaurante: un discreto italiano en Beverly Hills donde las velas parpadeaban en las mesas y los camareros hablaban en susurros.

Él pidió por los dos sin preguntar, pero acertó en cada elección: carpaccio de ternera, risotto de setas y tiramisú para compartir.

Hablaron de todo y de nada: de películas, de música y de por qué los finales felices funcionaban mejor en pantalla que en la vida real.

—Porque en la vida real —dijo él, girando la copa de vino entre los dedos—, nadie corta justo cuando los protagonistas se besan. Hay hipotecas. Discusiones sobre quién saca la basura. Ronquidos.

—Qué romántico —bromeó Hada.

—Realista. El romanticismo está sobrevalorado.

Sin embargo, la forma en que la miraba decía lo contrario.

Brad la llevó a casa en su coche, un Tesla negro y silencioso. Aparcó frente al edificio de Hada. Ella no quería que la noche terminara.

—¿Quieres… subir? —preguntó. Su voz sonó más ronca de lo que pretendía—. Puedo preparar café.

Él la miró. Sus ojos eran oscuros, casi negros bajo la luz de las farolas. Durante un segundo, ella vio algo en ellos. Deseo, tal vez.

Pero, para su sorpresa, él negó con la cabeza.

—Mejor no.

El rechazo la golpeó como una patada en la espinilla.