Pack Toni Galán (libros 1-3) 20
78%

20

—Sé quién es la chica de la foto.

Me quedo paralizado. El viento en la azotea del Rockefeller sigue soplando con fuerza, pero de repente el sonido se vuelve selectivo.

El murmullo de los turistas, las risas de los niños y el obturador de las cámaras se funden en un siseo metálico, un zumbido blanco que parece venir de todas partes y de ninguna.

El mundo acaba de detenerse, o peor aún, ha empezado a moverse en una cámara lenta pegajosa y distorsionada.

—¿Toni?

—Perdona. Sigo aquí —logro articular.

—Hice lo que me pediste. Investigué a John-Michael Flint. Su pasado antes de la caída. —Su voz suena plana. Parece que esté leyendo un informe.

—¿Y?

—Encontré su anuario escolar: Riverside High School, promoción de 2016. Nueva Jersey.

Empiezo a caminar hacia la salida de la azotea.

No miro a mi alrededor como antes. No busco miradas furtivas ni me preocupo por si alguien me sigue.

La luz del sol, que hace un momento era dorada y agradable, se vuelve repentinamente hiriente, un resplandor blanco que rebota en el mármol y las barandillas con una intensidad que me obliga a entornar los ojos.

Necesito moverme. Procesar esto.

—¿Y la chica está ahí? —pregunto.

—Sí. Página cuarenta y tres. Sección de estudiantes de primer año. Una foto de una chica sonriente, de esas que parecen comerse el mundo. Ojos brillantes. Pelo castaño. La misma de tu foto.

—¿Cómo se llama?

—Lily Williams.

El nombre rebota en mi cabeza como una pelota en una habitación vacía.

—¿Lily Williams? —repito en voz alta—. No conozco a nadie así.

—No esperaba que lo hicieras —dice Hada—. Pero hay más.

Llego a la puerta del ascensor y pulso el botón de bajada.

—¿Qué más?

—Lily casi no existe en la red en los últimos años.

Es un fantasma desde que terminó la universidad.

Sin redes sociales. Sin fotos. Sin rastro.

Pero encontré a sus padres. Lily adoptó el apellido de su madre, Linda Williams, cuando esta murió.

Su padre sigue vivo. Gestiona un bufete de abogados en Manhattan bastante exitoso.

Las puertas del ascensor se abren. Entro con un grupo de turistas japoneses. Sus voces alegres llegan a mis oídos como un estruendo ininteligible, una cacofonía que mi cerebro es incapaz de organizar.

—¿Cómo se llama el padre, Hada?

El ascensor empieza a bajar y, de pronto, la señal se llena de ruido, un chirrido que parece arañar las paredes de la cabina. La voz de Hada se vuelve una sucesión de sonidos ininteligibles.

—¿Hada? ¡Hada!

Nada. Estoy sin cobertura mientras caemos sesenta pisos. Los números rojos en la pantalla descienden: 50, 40, 30…

Puerta abierta. Planta baja. La señal vuelve con un pitido agudo.

—¿…me oyes?

—Sí, te oigo. ¿Cómo se llama el padre?

—Klein —dice Hada—. David Klein.

David Klein.

El nombre me golpea como un puñetazo en el estómago. Me quedo inmóvil en el centro del pasillo, mientras el flujo de gente me esquiva como si yo fuera una roca en un río de lava.

¿David Klein? El jefe de Jax. El hombre que me estrechó la mano ayer con esa mirada de mentor preocupado. El «padre espiritual» de Jax Thorne.

David es como un padre para Jax. Confió en él cuando nadie más lo hacía y lo contrató. Le dio un buen puesto en el bufete.

Muchos conceptos pasan y se cruzan por mi mente.

La chica de la Polaroid. Lily.

Es la hija de Klein, el jefe de Jax.

Y conocía a JM, su mejor amigo.

¿Qué tiene que ver con la desaparición de Jax? ¿Y con el suicidio de John-Michael?

—¿Toni? ¿Estás ahí? ¿Conoces ese nombre?

—Sí —logro susurrar. Salgo del edificio hacia la Quinta Avenida y el rugido de la ciudad me envuelve—. Es el jefe de Jax, Hada.

—¿Qué? —Baja la voz, que suena ahora pequeña, asustada—: Toni, ¿qué significa esto?

Me detengo en mitad de la acera. Un vendedor ambulante me pone un paraguas delante de la cara. Declino sin mirarlo.

—No lo sé, Hada.

Pero estoy comenzando a conectar puntos.

Aún no veo clara la conexión de David Klein y su hija con la muerte de John-Michael y la desaparición de Jax, pero algo empieza a tomar forma en el extrarradio de mi conciencia.

Sombras que desaparecen y se apartan tan pronto como intento concentrar mi razón en ellas, pero que me indican que voy tras la pista correcta.