Pack Toni Galán (libros 1-3) 19
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La Quinta Avenida es un torrente de turistas.

Esquivo a una familia que se detiene en seco para hacerse una foto y a un grupo de adolescentes que caminan como si fueran los dueños de la ciudad.

Un vendedor ambulante me ofrece un perrito caliente; lo rechazo con la mano, sintiendo que mi estómago no pasa por su mejor momento.

He dejado el coche en el aparcamiento de la oficina y ahora camino hacia el Rockefeller Center.

Hacia la mujer misteriosa.

Hace cuarenta y cinco minutos, todavía en el campus de Columbia:

—¿Toni Galán?

—Sí, ¿quién es?

—Necesito hablar con usted sobre Jax Thorne. Es urgente.

Me avergüenza admitirlo, pero no supe cómo reaccionar.

—Si quiere la verdad sobre Jax, venga a la azotea del Rockefeller Center. A las dos. Llevaré un pañuelo amarillo al cuello. Y venga solo. Si veo a alguien más, no me verá a mí.

—Espere, ¿quién…?

Colgó antes de que pudiera preguntarle nada.

Si Chase estuviera aquí, me diría que podría ser una trampa. Y tendría razón. Pero estoy demasiado involucrado en esto para rechazar una reunión secreta. Y además… —miro el reloj; faltan quince minutos— no tengo tiempo para tomar precauciones.

El Rockefeller Center se alza ante mí como un monolito de piedra caliza y acero, una maravilla de los años treinta que sigue siendo igual de imponente noventa años después.

A nivel de calle, la famosa pista de hielo brilla bajo el sol de la mañana. Hay patinadores girando en círculos y niños que caen y se levantan riendo. La escultura dorada de Prometeo domina la escena, con su antorcha eterna apuntando al cielo.

Bajo a las galerías subterráneas y me dirijo a los ascensores del Top of the Rock .

Recorro pasillos de mármol y tiendas de lujo.

Gente comprando cosas que no necesita con dinero que no tiene para impresionar a personas que no les importan.

Lo dijo aquel catedrático de Yale. ¿O era de El club de la lucha ?

Estoy dándole vueltas a tan trascendental cuestión cuando lo siento. Ese presentimiento, como un aliento frío en la nuca.

Alguien me está siguiendo.

Me detengo frente a un escaparate y finjo mirar unos zapatos italianos. Uso el reflejo del cristal para revisar quién está detrás de mí.

Veo gente, mucha gente. Pero nadie me mira directamente.

Sigo caminando y llego a los ascensores. Entro en la cabina metálica junto a una decena de turistas entusiasmados. Entonces, el ascensor despega. El ascenso es un proyectil vertical y, de inmediato, mi sistema nervioso decide que no le gusta la velocidad. Siento la presión en los oídos.

Sesenta y siete. Sesenta y ocho. Sesenta y nueve…

Por fin llegamos y mis oídos recuperan la normalidad.

Cuando las puertas se abren a doscientos sesenta metros del suelo, el viento me golpea como un puñetazo frío.

Al salir, siento la extraña sensación de estar caminando sobre una cama elástica a punto de romperse.

Me apoyo en un muro de hormigón, fingiendo admirar la vista del Empire State, hasta que el mundo deja de inclinarse hacia la izquierda.

La vista desde aquí es deslumbrante. Al sur, más allá del Empire State, asoma el distrito financiero, con el nuevo World Trade Center intentando hacer olvidar al original; tal vez algún día lo logre.

Al norte, Central Park se extiende como una alfombra verde en medio del hormigón.

Instintivamente busco la universidad de Columbia en la distancia. Está ahí, en algún lugar.

Hace una hora estaba hablando con Robert Ashford. Ahora estoy aquí, persiguiendo fantasmas.

Hay mucha gente en la azotea: familias, parejas y grupos de amigos, todos grabando vídeos que probablemente nunca volverán a ver.

Busco el pañuelo amarillo. Primero veo a una mujer obesa con un jersey rosa chillón rodeada de nietos que gritan.

Y sí, lleva un pañuelo amarillo al cuello.

«Por favor, que no sea ella», rezo. No tengo la paciencia para interrogar a una familia numerosa en una azotea.

En las películas, la mujer misteriosa siempre es una despampanante rubia de uno ochenta, con tacones de aguja y un vestido negro ajustado.

¿Por qué en la vida real tiene que ser una señora con sobrepeso, un jersey rosa chillón y tres nietos hiperactivos?

Bienvenido al glamour de la investigación privada.

Entonces, cerca de la barandilla oeste, veo otra melena al viento.

Una mujer contempla el Hudson con un pañuelo amarillo limón anudado al cuello.

Me acerco. No es una rubia de uno ochenta, pero puedo darme con un canto en los dientes.

Es una mujer de unos treinta años, de piel blanca y maquillaje sutil.

Viste pantalones vaqueros y zapatillas deportivas.

Su pelo castaño claro está revuelto por el viento.

Es mona, aunque, en comparación con la señora del jersey fucsia, hasta un mapache con resaca me habría parecido mono.

Pero hay algo más. Conozco a esa chica. O al menos la he visto antes. No puedo precisar dónde, cuándo o si la he visto en persona, en una foto o en qué contexto. Pero no hay duda. Me quedo mirando con atención, con la esperanza de recordar un nombre o incluso un recuerdo pasajero.

Nada.

Continúo mirando.

Ella vuelve la cabeza y nuestras miradas se cruzan. Repara en mí antes de que me dé tiempo a acercarme y presentarme. Su expresión cambia: de contemplativa a alerta. Camino hacia ella con las manos en los bolsillos, el gesto universal de «no soy una amenaza».

—¿Toni Galán? —me pregunta. Su voz es suave, pero vibra con nerviosismo por encima del viento.

—El mismo.

No sonríe. No me tiende la mano. Solo me mira con desconfianza.

—Gracias por venir —dice.

—Gracias por llamar, supongo.

Silencio incómodo.

—Soy Claire Horry, la mejor amiga de Susan Calloway.

Entonces caigo en la cuenta. Ya sé de qué la conozco. No le presté atención en aquel momento, solo fue un cruce fugaz. Pero era ella, no hay duda.

—Ayer nos cruzamos en el hospital —digo.

Hace un gesto afirmativo.

—Sí, acababa de ver a Susan.

—¿Cómo ha dado conmigo?

—Llamé a Rebecca. Ella me contó todo: que Susan lo había contratado. Y me dio su número.

—Entiendo.

Mira a su alrededor, buscando algo o a alguien.

—Necesito asegurarme de que realmente está buscando a Jax. ¿Puede demostrarlo?

Le muestro el contrato de Susan en mi móvil para calmar su recelo. Claire suspira y se agarra a la barandilla con fuerza.

—¿Por qué toda esta precaución? —pregunto.

—Porque sé cosas. Cosas que demuestran que Jax no desapareció, que la abandonó y que no va a volver. Quiero asegurarme de que hablo con la persona correcta.

—¿Qué cosas? —Una ráfaga de viento me obliga a cubrirme los ojos con la mano. Es molesto estar aquí; una vez te acostumbras a la belleza de la vista, solo queda el viento y los empujones de los turistas—. Si quiere, podemos ir a un sitio más tranquilo.

Sus ojos se clavan en el horizonte.

—Prefiero hablar aquí, al aire libre.

Paranoica. O asustada. Probablemente ambas.

—De acuerdo —me resigno—. Cuénteme.

Claire toma aire.

—Fue en Navidad, hace unos meses. Yo estaba saliendo de Macy’s después de hacer algunas compras navideñas. Había mucha gente. Las aceras estaban nevadas y las calles iluminadas. Nueva York en esa época es como Disneylandia, ya sabe.

—Claro.

La dejo continuar.

—Entonces lo vi.

—¿A Jax?

—Sí. Caminaba por la acera, abrazando a una mujer que no era Susan.

—¿Quién era?

—No la reconocí. Era despampanante: rubia, alta, con un vestido ajustado y tacones. Llamaba la atención. Algo extraño en Jax, que apenas se dejaba llevar por lo superficial. —La ironía está tan bien camuflada en su tono de voz que apenas puede registrarse.

Una nueva ráfaga la obliga a agarrarse de la barandilla.

—Fue una visión muy fugaz —prosigue—. Casi como un parpadeo. Así que no estaba segura. Pero la duda me hizo seguirlos. Dos o tres manzanas después, entraron en un café.

—¿Y usted? ¿Qué hizo?

—Entré también. Me senté al fondo de la barra, en un sitio apartado donde él no me viera. Jax me habría reconocido; nos habíamos visto mil veces.

—¿Y qué pasó?

—Pidieron un batido con dos pajitas. Lo compartieron muy acaramelados. Se miraban a los ojos, se reían. Parecían dos adolescentes en celo. Y entonces…

—¿Entonces?

—Se besaron.

Un nuevo silencio. El viento sopla entre nosotros.

—¿Y usted? —pregunto.

Se gira hacia mí. Sus ojos brillan.

—Ojalá lo hubiera grabado todo con el móvil.

Pero actué impulsivamente. Me acerqué a su mesa y le dije exactamente lo que pensaba de él.

—Eleva la voz. Por primera vez desde que empezamos a hablar, su tono cambia—.

Le dije que era un hijo de puta. Que Susan estaba en casa cuidándose, soñando con el futuro junto a su hijo mientras él se revolcaba con otra.

Que era un cobarde. Un mentiroso. Un cabrón egoísta que no merecía ni el aire que respiraba.

Vaya. La chica tiene carácter.

—¿Y él qué dijo?

—Se limitó a reírse. Me dijo que me metiera en mis asuntos, que lo que hacía con su vida no me incumbía. Luego, la mujer me miró como si fuera basura y me advirtió que me largara antes de que llamaran a seguridad.

—¿Se fue?

—Sí. Pero antes le dije a Jax que Susan se merecía algo mejor y que esperaba que se pudriera en el infierno.

Se limpia una lágrima furtiva.

—Después de eso, no sabía si contárselo a Susan. Tardé algunos días en decidirme. Finalmente, se lo conté todo. Pero para entonces…

—Jax ya había desaparecido.

—Exacto.

—¿Cómo se lo tomó ella? —pregunto.

Baja la mirada.

—Como era de esperar. Lloró. Dijo que había hecho bien en contárselo, pero también que lo amaba. Que lo amaba tanto que estaba dispuesta a perdonarle cualquier cosa. Supongo que es cierto eso de que el amor es ciego.

Me vienen a la mente unas palabras de Susan en nuestro primer y único encuentro: «Puede que Jax me hubiese abandonado a mí.

Tal vez. Pero jamás dejaría a su hijo». Y aunque parecía sincera, y yo estoy convencido de que creía serlo, no puedo evitar pensar que la mujer mentía…

, o que ella misma era objeto de un autoengaño y que me transmitía el engaño a mí.

Recuerdo la mirada que vi, o creí ver, en los ojos de Susan, y siento un escalofrío.

—También me dijo que hablaría con él cuando volviera —prosigue Claire.

—Pero no volvió.

—No. Nunca más.

Asiento y miro a mi alrededor. Espera… ¿qué? Parpadeo. He visto algo. O he creído verlo. Una sombra tras uno de los muros de hormigón. Alguien se ha escondido al volver yo la mirada.

¿Me están siguiendo?

Pero cuando miro de nuevo, no hay nadie.

Estás paranoico, Toni.

Vuelvo a centrarme en Claire.

—¿Llegó a saber el nombre de la mujer? —pregunto, retomando el tema de Jax—. La del café. La rubia.

—Sí. En aquel… intercambio de pareceres, cuando ella me amenazó con llamar a seguridad, Jax trató de calmarla. Se dirigió a ella como Scarlett. Y antes, el camarero la había llamado «señorita Moon».

Scarlett Moon. Nadie se llama realmente así. Suena a un nombre inventado para una cuenta de Instagram. O para registrarse en un hotel.

—¿Recuerda algo más de ella?

Se lo piensa.

—Tenía el pelo muy largo, casi hasta la cintura. Ojos claros, azules o verdes, no lo recuerdo. Y un abrigo de piel que parecía carísimo.

Tengo una idea vaga. Intento dejar que las palabras de la joven se asienten, pero son como dos niños traviesos disputándose una golosina.

—Gracias, Claire. Me ha sido de gran ayuda.

Ella inclina la cabeza.

—Espero que encuentre a Jax —dice—. Aunque, sinceramente, no sé si sería bueno para Susan. Creo que le iría mejor si no vuelve a verlo nunca.

—Lo entiendo.

Se ajusta el pañuelo amarillo.

—Tengo que irme.

—Tenga cuidado —le digo.

Claire asiente y la veo alejarse entre la multitud hasta desaparecer por la puerta del ascensor. Me quedo un segundo solo en la azotea, dejando que el viento frío me limpie la cara. Saco el móvil y Hada me llama antes de que pueda marcar su número.

Hoy mi móvil echa chispas.

—Articula —digo, protegiendo el micro de la ráfaga.

—¿Por qué respondes al teléfono de ese modo?

—Es una larga historia.

—Tengo información. Creo que te va a gustar.

—¿Qué tipo de información?

Cuando habla de nuevo, el suelo bajo mis pies vuelve a sentirse peligrosamente inestable.

—Sé quién es la chica de la foto.