Pack Toni Galán (libros 1-3) 18
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—¿Robert Ashford? —pregunto al tercer tono.

—Sí. ¿Quién es?

Le explico quién soy y por qué le busco. El silencio que sigue es pesado, como el de un libro que se cierra bruscamente.

—¿Jax Thorne? No he hablado con él en años.

Vaya.

—De todas formas, necesito hablar con usted en persona. Solo le robaré unos minutos.

Mientras se lo piensa, oigo una mezcla de voces lejanas y sonidos de tazas chocando con platos. Está en una cafetería.

Finalmente, accede a verme antes de su clase de las diez, frente a la Low Memorial Library.

Llego a Columbia pasadas las nueve y media.

El campus está despertando. Estudiantes con mochilas y cafés para llevar cruzan los caminos empedrados.

Árboles frondosos proyectan sombras largas sobre el césped verde.

El cielo está despejado, el sol brilla con esa luz dorada de otoño que hace que todo parezca sacado de un catálogo universitario.

O de una película de Woody Allen.

La biblioteca es un edificio imponente de columnas neoclásicas. Me recuerda a un templo griego. Y a un banco.

Robert me espera en las escaleras; lo reconozco de inmediato por la fotografía de la web.

Tiene unos treinta y cinco años y viste como el clásico trabajador de clase media, con chaleco de punto, camisa de manga corta y camiseta blanca de cuello cerrado por debajo.

Zapatos perfectamente limpios, mentón bien afeitado y pelo oscuro bien cortado, con un ricito que le cae sobre la frente y que permite imaginar su aspecto de joven.

Me recuerda a un personaje de Scott Fitzgerald que se ha equivocado de década; tiene ese aire de nobleza intelectual que solo se consigue cuando nunca has tenido que preocuparte por el precio del alquiler.

—¿Robert Ashford?

—El mismo. —Me estrecha la mano con firmeza—. ¿Toni Galán?

—Sí. Gracias por recibirme.

—No hay problema. Tengo veinte minutos antes de clase. ¿Le parece que demos un paseo?

—Claro.

Caminamos por los jardines interiores del campus. Veo a estudiantes sentados en bancos, repasando apuntes. Otros están echados sobre el césped con los auriculares puestos. Un grupo juega al frisbee. Ah, la vida universitaria. Qué buenos tiempos.

—Entonces, ¿está buscando a Jax? —pregunta Robert, con las manos en los bolsillos.

—Sí. Desapareció hace seis meses. Su prometida está desesperada.

Robert suelta una risa educada.

—¿Su prometida está desesperada?

—¿Le hace gracia?

—Perdone. No quiero ser grosero. Pero si Susan contrató a un investigador privado es porque él la ha abandonado otra vez.

—¿Otra vez?

—Jax tiene ese… hábito. Desaparece, se va al extranjero, viaja… y vuelve cuando le da la gana. Siempre lo ha hecho.

—¿Y Susan lo acepta?

Robert se encoge de hombros.

—Supongo que sí. De lo contrario, ya lo habría dejado hace tiempo.

Asiento. Tiene sentido.

—Aunque seis meses… —Agita la cabeza—. Nunca se había ido tanto tiempo. Puede que esta vez sea la definitiva.

—¿Usted conoce a Susan?

—Sí. La he visto un par de veces. Buena chica. Demasiado buena para él si me permite decirlo.

—¿Cómo era Jax?

Se detiene para mirarme a los ojos con ceño.

—¿Era? ¿Habla en pasado?

—Es una forma de hablar.

—Jax es… —Busca la palabra— cínico. Arrogante.

Egoísta. El tipo de persona que siempre consigue lo que quiere sin importarle a quién pisa en el camino.

En literatura, los personajes como Jax son fuerzas de la naturaleza; arrasan con todo y dejan que los demás recojan los escombros. Jax es nuestro Dorian Gray particular.

—Entiendo.

—Y lo digo con conocimiento de causa. Jax y yo éramos mejores amigos desde la infancia. Crecimos juntos. Fuimos al mismo colegio. Y luego, al mismo instituto. Pasábamos los veranos en casa de su abuela en Cape Cod, cuando todavía era un buen tío. Alguien en quien confiar.

—¿Ya no son amigos?

—No. Hace años que no hablamos. Y mejor así.

—¿Qué pasó?

Robert suspira, mirando hacia los árboles.

—Fueron muchas cosas. Por ejemplo, un día Jax intentó ligarse a mi mujer.

—¿Perdón?

—Lo que oye. Estábamos en una cena. Jax bebió demasiado y empezó a coquetear con ella. Le tocó la pierna por debajo de la mesa. Mi mujer me lo contó después. Yo me enfrenté a él. Se rio, dijo que solo estaba bromeando y que no tenía sentido del humor. Culpó a mi mujer de intentar separarnos.

—Joder.

—Sí.

Seguimos caminando.

—¿Esa fue la última vez que lo vio?

—No. La última fue en su despedida de soltero. Hace unos meses. Esa fue la gota que colmó el vaso, el réquiem de nuestra amistad.

«Réquiem de nuestra amistad». Se puede ser más pedante, pero es difícil.

—¿Qué pasó?

—Fue un desastre. Jax se encargó de arruinarlo todo.

Él siempre fue egoísta, pero esa noche algo en él terminó de pudrirse.

Perdió la fachada de abogado brillante para convertirse en un animal cínico.

Empezó en el club. Iba muy puesto y acosó a una chica.

Nos echaron y entonces se puso tonto con el segurata.

Ese armario casi le parte la cara. Tuvimos que sacarlo de allí por la fuerza.

—¿Y después?

—A la salida, Jax se detuvo con un vagabundo que dormía en la calle. Se burló de él. Lo humilló y hasta lo agredió. Yo me había adelantado a buscar taxi, John-Michael me lo contó después.

JM. El nombre hace saltar una alarma interior. Dejo que continúe.

—Luego insultó a un taxista con una virulencia racista medieval. —Se detiene bajo la sombra de un claustro y saca su móvil. —Conservo estas imágenes. Borré la mayoría, pero estas… no sé por qué las dejé.

Me muestra la pantalla. Las fotos son una crónica de una caída.

En la primera, Jax sostiene una cerveza con un brillo aceitoso en la piel; el sudor parece una capa de barniz sucio que empaña su rostro.

Tiene las pupilas como platos, una mirada perdida que confirma el diagnóstico: drogas.

En otra, aparece en un taxi. Jax está sacando la cabeza por la ventanilla mientras grita algo y agita un botellín de cerveza.

Hay otra foto en la que se le ve en su sofá con dos mujeres; la escena tiene una sordidez física que casi puedes oler a través del cristal del teléfono.

Son pruebas de que el Jax que Susan ama ya no existe.

—¿Quiénes son ellas? —pregunto.

—Cuando llegamos a su casa, Jax llamó a unas prostitutas. —Me tiemblan un poco las piernas al escuchar eso. Prostitutas—. Se llevó a una de ellas al dormitorio y se sobrepasó. La chica amenazó con llamar a la policía. Jax se rio. Dijo que no tenía pruebas.

—¿Y la policía?

—Vino a casa y nos llevó a todos detenidos —continúa Robert guardando el móvil—.

Pasamos la noche en el calabozo. Jax salió al día siguiente como si nada.

Aquello casi me cuesta el matrimonio. Por eso corté relación con él y no lo invité a mi boda.

Y por eso no he vuelto a hablar con él. Ese día decidí que no quería que Jax infectara mi vida ni un segundo más.

Asiento en silencio.

—Antes ha mencionado a John-Michael Flint —digo, cambiando de tema.

—Sí. —Su voz baja un tono—. Me enteré de su suicidio. Pobre JM.

—¿También eran amigos?

—No mucho. Pero lo conocía. Era… —Busca las palabras— el eslabón más débil. Jax lo usaba como su perro faldero. JM siempre lo seguía a todas partes. Hacía todo lo que él le decía.

—¿Cree que Jax tuvo algo que ver con su muerte?

Robert frena en seco.

—No lo sé. Pero él tiene esa habilidad. Si se quitó la vida, es muy probable que Jax le proporcionara la cuerda.

Es el momento. Saco el móvil y le muestro la foto de la joven en la caja del avión de combate de JM.

—Quiero enseñarle algo. ¿Conoce a esta chica?

—No… No la he visto en mi vida. ¿Quién es?

—Esa es la pregunta del millón, Robert.

Estoy guardando el móvil de nuevo cuando, de pronto, entra una llamada. Es un número desconocido.

Robert aprovecha la oportunidad para escabullirse; murmura algo sobre su clase de literatura victoriana y vuelve a estrecharme la mano.

La llamada se corta.

—Gracias por su tiempo —le digo—. Antes de que se vaya, ¿podría enviarme esas fotos? Podrían serme útiles.

Robert duda, pero finalmente accede.

—Espero que encuentre a Jax —dice después—. Aunque, sinceramente, no sé si vale la pena.

Lo veo alejarse por el camino empedrado, caminando con una prisa que no es propia de un hombre de su estatus. Estoy a punto de volver al coche cuando mi móvil suena de nuevo. Contesto.

—¿Toni Galán? —Una voz de mujer. Joven, entrecortada, con un eco que sugiere un espacio cerrado.

—Sí, ¿quién es?

—Necesito hablar con usted sobre Jax Thorne. Es urgente.