Pack Toni Galán (libros 1-3) 17
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Para cuando cruzo el puente de vuelta a Brooklyn desde Queens, la ciudad comienza a calmarse bajo un manto de azul eléctrico. Las luces de los edificios se encienden como luciérnagas gigantes atrapadas en cajas de cristal y acero.

Juego con la radio del coche mientras conduzco.

Primera emisora: reggaetón; algo sobre un perreo y una chica que sigue en Instagram.

Segunda emisora: pop comercial; una voz autotuneada hasta la médula canta sobre heartbreak y feelings .

Tercera emisora: noticias; un presentador con voz de funeral anuncia que la inflación ha subido, que hay crisis en Oriente Medio y que un político ha tuiteado una estupidez. La novedad del siglo.

Apago la radio. El silencio es mejor compañía.

Conduzco en piloto automático mientras mi cerebro procesa la conversación con Chloe Flint.

John-Michael, el mejor amigo de Jax, se quitó la vida.

Hacía meses que los dos amigos no se hablaban.

Y, sin embargo, Jax lo telefoneó varias veces.

Incluso fue a verlo personalmente semanas antes de desaparecer.

¿Por qué?

¿Tiene la muerte de JM alguna relación con la desaparición de Jax?

¿Y con el accidente de Susan?

Empiezan a ser demasiados dramas concentrados en muy pocas personas. Como una maldición.

Y luego está la chica de la foto de la caja del Spitfire .

No cabe duda de que es la misma que aparece muerta en la Polaroid que enviaron envuelta en un sobre a casa de Jax y Susan.

John-Michael la conocía lo suficiente como para tenerla entre sus recuerdos más preciados. ¿Pero de qué? ¿Cuál era el vínculo?

Un semáforo se pone en rojo. Aprovecho y saco el móvil. Marco el número de Hada. El Bluetooth del coche conecta automáticamente por los altavoces, pero lo que escucho no es mi socia de siempre.

—¿Sí?

—Hada, soy yo. Necesito que investigues a John-Michael Flint.

—¿Has hablado con él?

—Con su mujer. John-Michael trabajaba como inversor. Se suicidó.

Silencio. Pero no es un silencio de espera. Es un vacío, como si al otro lado de la línea la gravedad hubiera dejado de funcionar. Noto el contraste brutal entre el rugido de los neumáticos sobre el asfalto de Nueva York y esa estática muda que sale de los altavoces.

—¿Hada?

—Sí, estoy aquí. ¿Qué quieres que busque exactamente?

—Pues… todo. Vida, trabajo, amigos, familia. Cualquier cosa que conecte a Jax con él. Y necesito que identifiques a una chica. Pelo castaño, ojos claros, unos veinte años. Aparece en una foto que vi en casa de Flint.

—¿Tienes la foto?

El semáforo sigue en rojo. Le envío la foto a Hada y escucho el ping del mensaje llegando a su terminal. Luego, espero.

—¿Quién es?

—Aún no lo sé. Estaba en casa de Jax. ¿Puedes investigarlo?

—Claro. Me pongo con ello.

—Gracias.

Espero que diga algo más. Una broma, una queja, algo típico de Hada. Pero no dice nada.

—¿Hada?

—Tengo que dejarte, Toni. Hablamos mañana.

Y cuelga. Así, sin más. El tono de ocupado suena como un puñetazo rítmico contra el salpicadero. Siento que he perdido la frecuencia con ella.

El semáforo se pone en verde. Alguien toca el claxon detrás de mí.

Arranco.

Llego a casa pasadas las nueve. El olor a carne a la parrilla inunda el loft. Chase está en la cocina, con la espátula en la mano y una sonrisa de satisfacción en la cara.

—Llegas justo a tiempo —dice—. ¿Quieres hamburguesa?

—Eso ni se pregunta.

Alfred y Logan forman a sus pies. Alfred mueve la cola con entusiasmo, esperando que caiga algo de carne accidentalmente . Logan se relame y mira con esos ojos de pitbull que dicen: «Sé que tienes comida. Dámela».

Chase les lanza un pedazo de beicon a cada uno.

—Oye, no les des eso —protesto.

—Relájate. Es solo un poco de proteína.

—La última vez que dijiste eso, Alfred vomitó en mi cama.

—Eso fue porque se comió un calcetín tuyo.

Touché.

Saco las bebidas de la nevera y me siento en el taburete de la cocina. Chase coloca dos hamburguesas en los platos. Pan tostado. Queso cheddar derritiéndose. Beicon crujiente. Salsa de mostaza y miel con un toque picante. Cebolla caramelizada. Oh, Dios… Chase puede ser un sociópata, pero vaya tío.

Mientras cenamos, le cuento lo de la viuda, el pomerania llamado Adolf y el suicidio de JM. Chase apenas reacciona y solo arquea las cejas cuando le hablo de la fotografía de la caja. No me sorprende que no le sorprenda. Es un tipo acostumbrado a la entropía caótica de la vida.

—Encontraremos a Jax —afirma, limpiándose la salsa de los dedos—. Después de todo, somos los buenos.

—No estoy tan seguro.

—Ten fe, amigo mío.

—No, me refiero a que seamos los buenos.

—Tendrías que saberlo.

—Ya no —digo—. Después del caso Miller, tengo mis dudas.

Chase pone esa cara con la barbilla sobresaliente.

—Esta crisis moral tuya —comenta— te favorece muy poco. Come y calla.

Seguimos comiendo. Espero que saque el tema de Hada. Que me pregunte si conozco el motivo de su raro comportamiento durante todo el día.

Pero no lo hace. Yo tampoco la menciono. El elefante en la habitación sigue ahí. Grande. Gris. Invisible.

Después de cenar, nos sentamos en el sofá a ver la tele. ESPN, las mejores jugadas de la jornada de la NBA. No presto mucha atención. Mi mente sigue en Queens, en el despacho de John-Michael. En la foto de la chica.

Al terminar el programa, llega el parte meteorológico. Una ola de calor se espera en Florida, pronostica la chica del tiempo. Es hora de volver a sacar los bañadores.

—Ya me gustaría verte a ti en bañador, encanto —dice Chase, y se levanta—. Me voy a la cama. Mañana tengo que madrugar.

—¿Para qué?

—Cosas mías.

Cosas mías. El cajón de sastre favorito de Chase.

Se va a su habitación. Logan lo sigue como una sombra peluda. Yo me quedo solo en el sofá, con Alfred roncando sobre mis pies. Apago la tele y dejo que la oscuridad de Brooklyn entre por los ventanales.

En mi habitación, me tumbo en la oscuridad, agotado, pero el sueño parece esquivo. Es el momento de los fantasmas. Pienso en Hada. En su voz apagada al teléfono. En cómo cortó la conversación sin dar explicaciones. Tengo pendiente una conversación a solas con ella.

Pienso en Susan Calloway. Esta es su primera noche en el hospital.

Me la imagino sola en aquella pecera de cristal, rodeada de máquinas.

En esa negrura total, sin enterarse de nada.

O puede que se entere de todo, no lo sé.

Me preocupa. Siento una responsabilidad que va más allá de los cincuenta mil dólares.

Y pienso en Molly y en su estrella de plata. En cómo me pone celoso a propósito. Luego intento pensar en Patricia, mi exmujer, pero el mecanismo de defensa automático lo rechaza. Han pasado años, pero aún está fresco, especialmente en los peores días.

El sueño me alcanza con la imagen de la chica de la mariposa rosa grabada en la retina.

El despertador interrumpe mi sueño a las siete. Chase ya se ha marchado, dejando una nota en la encimera:

MB 10 PM. Lleva máscara sexy. Besos.

Me sirvo un bol de cereales en el silencio de la cocina y descubro, al escarbar en el paquete, que Chase ya se ha llevado el juguete de regalo del interior. Alfred me mira con esperanza. Le lanzo un Cheerio. Lo atrapa al vuelo.

Pienso en encender la tele para llenar el silencio, pero no me apetece deprimirme viendo los informativos tan temprano.

En lugar de eso, saco la foto de Jax Thorne que me llevé de su casa.

Aparece con el estadio de los Yankees a su espalda.

Lleva puesta la famosa camiseta a rayas del equipo y uno de esos dedos gigantes de gomaespuma en una mano.

—¿Qué hiciste, Jax? —le pregunto a su sonrisa de papel—. ¿En qué momento se torció todo?

La foto no me responde, algo que probablemente es bueno. Pero continúo mirando hasta que no quedan más cereales en el bol. Consulto el reloj. Las ocho. Es hora de cruzar el parque y ver qué tiene que decirnos Robert Ashford.