Pack Toni Galán (libros 1-3) 16 #2
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Deslizo las yemas de mis dedos por los periódicos viejos del escritorio. ¿Acaso pienso encontrar un código secreto entre los titulares? ¿Un mensaje de JM que me susurre el paradero de su amigo? Es ridículo.

—Discúlpeme. ¿Ninguna idea en absoluto? —insisto.

—No.

Reflexiono un segundo. No quiero irme de aquí sin obtener más información.

—¿Algún otro amigo cercano con quien pueda hablar? —pregunto, mientras mi mano se topa con la caja del Spitfire . La abro sin pensar.

Ella se toma un momento para pensar la respuesta.

—Vaya a ver a Robert. —Abre un cajón y saca un cuaderno de anillas. Escribe algo rápido, arranca la hoja y me la tiende—. Robert Ashford. Amigo del instituto de John-Michael y Jax. Vive en Harlem, cerca de la universidad. Es profesor. Lo vi en el funeral de JM. Si alguien sabe algo de Jax, es él.

Tomo el papel y lo leo.

Robert Ashford.

Imagino el mapa de Nueva York en mi cabeza. Al otro lado del parque.

Guardo el papel en mi cartera y bajo la mirada hacia la caja abierta.

Mi corazón da un vuelco tan violento que tengo que morderme el interior de la mejilla para no gritar.

Un objeto ha atraído mi atención como un puñal ensangrentado.

En el interior de la caja, entre restos de piezas y el manual de instrucciones, hay una foto antigua.

Una foto de la chica de la Polaroid.

Me quedo de pie, quieto frente al escritorio, e intento mantener una expresión natural. Respiro hondo, pero siento que mi corazón se acelera. Mi mente lucha a través de la niebla, buscando un claro momentáneo, una explicación para esta locura.

Vale, calma, respira. Sigue respirando.

En esta foto no está muerta, por supuesto.

No hay sangre ni sus extremidades están dobladas en ángulos imposibles.

La imagen de la que no puedo apartar la mirada muestra a una joven risueña, con ojos brillantes y toda la vida por delante.

El tiempo ha formado ligeras grietas en el papel fotográfico, y aun así, de algún modo, parece evidente que esta vez no es una creación digital de inteligencia artificial.

JM conocía a la chica. JM se suicidó después de hablar con Jax. Y alguien va por ahí enviando una fotografía —¿retocada? — de la chica que guardaba donde nadie salvo él pudiera encontrarla.

¿De qué va todo esto?

—¿Señor Galán? ¿Se encuentra bien? —La voz de Chloe me trae de vuelta.

Mi instinto me grita que salga corriendo, que procese esto lejos de aquí, pero no soy un aficionado.

Soy detective. Y tengo a la viuda del mejor amigo de Jax a dos metros de mí.

Sin embargo, no puedo soltar así, de la nada, a esta mujer: «Ah, ¿sabe?

Jax, el mejor amigo de su marido, o tal vez su novia, Susan, recibieron un sobre con la foto de esta chica cubierta de sangre». No, no puedo decir eso.

Extraigo la foto de la caja y la levanto, intentando que mi voz suene casual.

—¿Quién es esta chica?

Chloe se acerca y entrecierra los ojos. Hay una sombra en ellos. Una muralla.

—¿Estaba en la caja?

—Sí.

—No tengo ni idea de quién es. Alguna amiga de la universidad de JM, supongo. Nunca le pregunté. ¿Por qué quiere saberlo?

—Simple curiosidad. A veces los detalles más pequeños ayudan a reconstruir conexiones. ¿Nunca le habló de ella?

Chloe se cruza de brazos.

—Mire, no sé qué tiene que ver esa foto con Jax, pero mi marido tenía su vida antes de conocerme. Sería una novia del instituto, yo qué sé.

Hay algo defensivo en su postura. No es que oculte información, es que le molesta no tenerla. Le molesta que su marido tuviera secretos. Le molesta que esos secretos sigan asomando después de muerto.

—Entiendo —digo, retrocediendo un paso—. ¿Le importaría que tomara una foto? Para mis archivos.

Ella suspira. Es el suspiro de alguien que está harta de preguntas, harta de policías, harta de detectives que aparecen en su puerta removiendo cenizas que preferiría dejar enterradas.

—Haga lo que quiera —dice finalmente, apartándose del marco de la puerta—. Pero luego se va.

Saco el móvil y disparo, asegurándome de que la imagen de la chica quede nítida. Chloe me observa con los brazos cruzados. No me ofrece más información. Y yo no pienso presionarla.

—Gracias por su tiempo —digo, guardando el teléfono—. Y siento mucho lo de su marido.

Ella asiente sin decir nada. Me acompaña hasta la puerta en silencio. Adolf nos sigue, olisqueando mis talones como un pequeño cobrador de deudas peludo.

Ya en el umbral, me giro una última vez.

—Si recuerda algo sobre esa chica, cualquier cosa, llámeme.

Le tiendo una tarjeta.

—No voy a recordar nada —dice—. Porque no hay nada que recordar.

La puerta se cierra antes de que pueda responder.

Bajo las escaleras con calma forzada, aunque mis rodillas protestan y mi mente va a mil por hora. Al llegar al Toyota, me encierro y apoyo la frente en el volante.

La chica de la foto es real. Existió. Tuvo amigos. Y uno de esos amigos era John-Michael Flint, el hombre que decidió que el mundo era un lugar demasiado oscuro para seguir en él.

Saco el móvil y amplío la imagen. Sus ojos me devuelven la mirada desde la pantalla, vivos, brillantes, sin rastro de la sangre que mancha la Polaroid que me quema en el bolsillo.

¿Qué te pasó? ¿Y qué tiene que ver Jax contigo?

Arranco el coche. Tengo trabajo que hacer.