Pack Toni Galán (libros 1-3) 16
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El tráfico me da una tregua y finalmente tardo menos de cincuenta minutos en llegar al domicilio de John-Michael Flint.

El navegador me ha guiado por las carreteras agrietadas de Forest Hills hasta un bloque de ladrillo rojo con ventanas estrechas y una escalera de incendios que cuelga de un costado como una cicatriz oxidada.

El portal está abierto. JM vive en un cuarto sin ascensor, una mala noticia para un enfermo neuronal.

Antes de emprender el ascenso, me detengo frente a los buzones, un armario metálico con cajones descoloridos.

Papeles de propaganda sobresalen de la mayoría como lenguas amarillas.

Encuentro el buzón de Flint. Una etiqueta de papel contiene los nombres escritos a mano:

Chloe y John-Michael Flint.

Vamos bien.

Más animado, comienzo a subir. Mis piernas, que aún guardan el recuerdo de la sesión de karate, envían telegramas de protesta formal con cada escalón. Para el tercer piso, estoy maldiciendo a Chase, a mi neurólogo y al arquitecto que diseñó este condenado mausoleo vertical.

Llego a la puerta del 4B, recupero el aliento, me recoloco las gafas y llamo al timbre. Se abre de golpe, sin preguntar quién está al otro lado. Es extraño. Hoy en día, todo el mundo mira a través de la mirilla o por la puerta entreabierta sujeta con la cadena, por si acaso.

No es John-Michael Flint quien me recibe, sino una mujer. Primera sorpresa de la visita. Y no será la última.

Una mujer me examina de arriba abajo con un cigarrillo colgando de la comisura de los labios.

El humo asciende perezosamente, emborronando un rostro que hace diez años debió de ser el trofeo de algún equipo de fútbol americano.

Ahora, a sus treinta y tantos, Chloe Flint luce como una capitana de animadoras que se ha quedado sin música.

Su pelo rubio, castigado por extensiones que no coinciden con la raíz, cuenta la historia de una mujer que ha dejado de intentar impresionar al mundo.

—¿Qué quiere?

No es el mejor de los recibimientos. Tendré que tirar de repertorio y adoptar mi lado más tierno. Un poco como Elijah Wood, pero sin mirada de psicópata.

El cigarrillo baila entre sus dedos mientras espera mi respuesta, y me fijo en que lleva uñas acrílicas. O lo que queda de ellas. Tres están rotas. A dos les falta directamente la punta postiza. Como esas bailarinas retiradas que se niegan a quitarse las zapatillas.

—¿Hola? —insiste, impaciente.

No llego a presentarme, porque un perro pomerania sale disparado de algún lugar del interior para ladrarme a los tobillos. La mujer se apresura a levantarlo y se lo lleva a la cintura como un saco de patatas muy ruidoso.

—¡Adolf! ¡Ya basta!

Adolf. ¿Quién pone el nombre de un dictador a su mascota?

El perro, obediente, se calla al instante. Me mira con ojos saltones, como evaluando si soy amenaza o aperitivo.

—Perdone —dice la mujer, dando una calada al cigarrillo—. Se asusta con las visitas.

—No pasa nada. Me llamo Toni Galán. Supongo que usted es Chloe. Estoy buscando a John-Michael Flint.

La expresión de la mujer se desploma. El cigarrillo tiembla entre sus dedos.

—Pase.

El salón, como el resto de la casa, es oscuro.

Fuera ya es casi de noche y la luz de las farolas dibuja sombras inquietantes.

Las cortinas, antaño blancas, tienen ese matiz amarillento de los pulmones de un fumador empedernido.

El olor a nicotina es denso, como si las paredes hubieran absorbido años de humo.

Miro el cigarro en su mano y siento rabia.

Yo me cuido. Hago ejercicio aunque mis piernas protesten. Como bien. Duermo lo que puedo. Tomo mis medicamentos religiosamente. Y aun así, mi propio cuerpo me traiciona cada día. Y esta mujer, que se fuma cajetillas sin pestañear, aquí está. La vida es jodidamente injusta.

Aunque, por otro lado, todos tenemos nuestros fantasmas internos.

Me detengo frente a una foto en blanco y negro de un soldado.

—Es mi abuelo —dice ella, apagando el cigarro en un cenicero que parece una fosa común de colillas—. Combatió en la Segunda Guerra Mundial.

Deja a Adolf en el sofá. El perro se rasca la oreja con la pata trasera, se lame los testículos con dedicación profesional y se acomoda formando una rosquilla en un rincón del sofá. Al fijarme bien, los cojines presentan manchas resecas que solo pueden provenir de algún líquido corporal de Adolf.

—Siempre me han fascinado las fotos antiguas —comento, aunque mi mente está en otro sitio—. Mi padre aún conserva su máquina Súper Ocho en el trastero. Aunque dudo que funcione.

Chloe se encoge de hombros. No me ofrece sentarme. Tampoco nada de beber o comer.

—¿De qué conocía a John-Michael? —pregunta.

Conocía. En pasado.

—¿Ya no están juntos?

Chloe me mira fijamente.

—Mi marido está muerto.

—¿Muerto?

El don de la palabra , por Toni Galán.

—Se suicidó.

La garganta se me cierra. Solo acierto a balbucear un «lo siento» ahogado.

La mujer asiente mientras mira a su alrededor. Luego se vuelve hacia mí. Sus ojos ahora se ven vidriosos.

—¿De qué lo conocía? —insiste, ignorando mi pésame.

La pregunta tiene sentido. Si estoy en su casa, preguntando por él, debo de ser un amigo. Pero entonces, ¿cómo es que no sabía de su muerte? La mujer tiene que estar formulándose estas cuestiones mientras espera que yo diga algo.

—De nada —digo sin rodeos—. La prometida de Jax Thorne me ha contratado para que busque a su novio. Y tengo entendido que Jax y John-Michael eran buenos amigos.

Ella emite un bufido amargo y enciende el siguiente cigarro. Es una cadena de montaje de autodestrucción.

—¿Estoy equivocado?

—No. Eran uña y carne. —Deja escapar el humo con displicencia—. Entonces, ¿está buscando a Jax?

—Así es.

Ella asiente. «Eso lo explica todo», parece decir.

—Y creía que John-Michael tendría respuestas para usted.

—¿Usted conocía a Jax?

—Sí, por supuesto. Ese hijo de puta. Perdón. Pero es que… Era un bala perdida, un poco como John-Michael en muchos sentidos. Aunque mi JM era más bobo, más ingenuo. Jax tenía maldad de verdad. Siempre pensé que le comía la cabeza a mi marido. Se dejaba influenciar, ya sabe.

—¿Vio a Jax últimamente?

—¿Qué importancia tiene eso?

—Estoy intentando reconstruir sus últimos pasos. Tal vez así pueda entender por qué se fue.

El cuerpo de Chloe se endereza como si mis palabras contuviesen una pequeña descarga eléctrica.

—¿Cree que mi marido tuvo algo que ver con ello?

—No, por supuesto que no.

Pero según las palabras salen de mi boca, comienzo a cuestionármelo. Jax desaparece. Su mejor amigo se quita la vida. Antes de ambos sucesos, el primero llamó al segundo por teléfono en varias ocasiones.

Más coincidencias.

—Solo quiero saber hasta qué punto eran íntimos —digo—. He venido porque pensaba que John-Michael podría ayudarme.

—Jax vino a casa. —El humo sale de su boca junto a sus palabras—. Unas semanas antes de que JM se suicidara.

—¿Qué quería?

—Hablar.

—¿Puede ser más precisa?

—Qué curioso.

—¿Qué?

—Es lo mismo que preguntó la policía.

—¿La policía estuvo aquí?

—Claro.

Tiene sentido. Repasarían el registro de llamadas de Jax.

—Le diré lo mismo que les dije a ellos: no puedo ser más específica. Yo no estaba en casa en ese momento. Solo sé lo que me contó mi marido, y porque fui muy insistente.

—¿Por qué tuvo que insistir?

—Al principio, él ni siquiera me dijo que había venido Jax. Pero empezó a comportarse de un modo extraño.

—¿En qué sentido?

—Hablaba poco. Perdió el apetito. Se levantaba a mitad de la noche. Cosas sutiles. Pero las mujeres detectamos esas cosas a la primera.

Se produce un silencio incómodo. Adolf bosteza en el sofá.

—No pretendo ser entrometido —digo—, pero…

—¿Quiere saber qué le pasó a John-Michael? —acaba ella—. No tengo ni idea.

—¿Jax lo visitaba con frecuencia?

Niega con la cabeza.

—Hacía meses que ni se hablaban. John-Michael nunca me explicó por qué. Yo no preguntaba; estaba feliz con eso. Cuanto más lejos estuviera ese cabrón de mi marido, mejor para todos. Pero entonces Jax apareció por aquí. Y todo se fue a la mierda.

—¿Por qué cree que vino?

—¿Mi teoría? Algo pasó entre ellos. Algo gordo que los involucraba a los dos. Y ahora Jax ha desaparecido y mi marido está…

Se lleva la mano a la boca. No puede acabar la frase. Siento el impulso de extender la mano y posarla en su hombro, pero por algún motivo me reprimo.

Chloe apaga el cigarrillo, y esta vez no hay más.

—Venga conmigo —dice sin previo aviso.

Me conduce por un pasillo oscuro hasta una puerta cerrada.

—Aquí es donde John-Michael se pasaba las horas muertas.

Abre la puerta y entramos. Es un pequeño taller que parece una cápsula del tiempo.

En el escritorio hay pinceles en tarros con agua sucia, piezas de plástico a medio pintar y la caja de cartón de un Spitfire , el caza británico de combate de la Segunda Guerra Mundial.

Aún se percibe el olor penetrante del pegamento y el barniz.

Hay periódicos viejos extendidos como protección y un par de libros sobre historia de la aviación.

Es el refugio de un hombre que prefería las guerras de plástico a la realidad de Forest Hills.

Da la sensación de que JM podría entrar en cualquier momento, encender el flexo y continuar pintando.

—Era su afición —dice Chloe, apoyada en el marco de la puerta—. Le ayudaba a desconectar de su trabajo.

—¿A qué se dedicaba?

—Trabajaba de inversor en Wall Street. Muy estresante.

Recorro el cuarto con la mirada. Hay un corcho en la pared cubierto de recuerdos: fotos, entradas de conciertos de rock, postales y un dibujo infantil de un avión. Entre las fotografías, distingo a Jax de joven. Está igual, solo que lleva el pelo más largo. Siento una punzada en el estómago.

—¿Tiene alguna idea de dónde puede estar Jax, señora Flint?

—Espero que ardiendo en el infierno. Y llámeme Chloe, por favor. Lo otro solo me recuerda que soy una viuda de treinta y dos años con un perro anciano como única compañía.