Pack Toni Galán (libros 1-3) 15
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Hada se queda mirando el móvil como si sostuviera un fragmento de metralla. Oye el eco lejano del ascensor llevándose a Toni y a Chase, y de pronto la oficina se le antoja demasiado grande y silenciosa. Se siente vulnerable, despojada de su armadura habitual.

Ha sido muy poco considerado pedirle a Toni que la dejara sola, y se siente mal por ello, pero no tenía alternativa.

Lee por tercera vez las palabras en la pantalla:

Hada,

Esto es lo último que quería hacer, pero me obligas.

B.

Debajo del texto, un enlace azul. Hada aún no lo ha pulsado; no quiere verlo, pero teme lo que puede ser. La imagen previa del vídeo le devuelve un reflejo de su propia historia.

En la miniatura aparece ella, congelada en un tiempo que creía sepultado. Viste vaqueros, una sudadera holgada y zapatillas viejas; lleva el pelo recogido en una coleta que empezaba a deshilacharse. Se ve más joven. Más ingenua. Más estúpida.

A pesar de que han pasado más de cuatro años, Hada recuerda ese banco del parque con una nitidez dolorosa.

Recuerda el frío de aquel día y el peso de lo que estaba a punto de suceder.

No se atreve a mirarlo, pero tiene que hacerlo.

Maldita sea. Sus manos tiemblan, debatiéndose entre dos fuerzas contrapuestas: el deseo de saber cuánto sabe él y el instinto primitivo de arrojar el teléfono por el ventanal.

Como si eso fuera a eliminar a Brad de su vida.

Finalmente, pulsa el enlace.

La imagen se descongela y cobra vida. Es una grabación furtiva, poco nítida, hecha desde la distancia con un zoom que llena la pantalla de ruido digital, pero su rostro es inconfundible. El vídeo dura apenas diez segundos. Suficiente. Más que suficiente.

Hada cierra los ojos y aprieta el móvil contra su pecho. Siente náuseas. Debería habérselo imaginado. Huir hacia adelante siempre fue una estrategia suicida; los problemas no resueltos acaban por alcanzarte. Cuando menos te lo esperas. Cuando estás más despistada.

Cuando crees que finalmente eres libre.

Hoy está especialmente pesimista e introspectiva, aunque es comprensible. Brad ha vuelto. Está en Nueva York, a escasos metros de ella. Y por si eso fuera poco, sabe dónde trabaja. Tiene su dirección de correo electrónico. ¿Cómo la habrá descubierto?

Eso no importa ahora. Lo relevante es que ella vuelve a ser su objetivo, el centro de su obsesión. El último correo no deja lugar a dudas.

Cuatro años.

No lo ha visto desde hace cuatro años.

Metió a Brad en alguna caja fuerte, en lo más recóndito de su mente, echó el cerrojo y tiró la llave al mar.

Pensó —o quizás esperó— que así acabaría todo; que la caja de seguridad podría aguantar cierta presión sin abrirse.

Pero al ver el Lexus esta mañana, al leer esos correos desesperados de quien llegó a arruinarle la vida, la caja ha saltado por los aires como una explosión de gas.

Se acerca al gran ventanal de la planta dieciséis.

Este cubo de acero y cristal que es su oficina se siente ahora como una pecera gigante.

Se supone que el cristal la protege del mundo, pero también la convierte en un maniquí expuesto.

Mira hacia abajo y adquiere perspectiva.

Nueva York se despliega como un tablero de azar.

Las hormigas humanas y los escarabajos amarillos que zigzaguean por la avenida le gritan que nadie es importante, que la vida es solo ruido y caos.

Desde aquí arriba, la ciudad parece ordenada, controlable.

Pero sabe que ahí abajo, en algún rincón de ese hormiguero, Brad está esperando.

Puede que dentro del Lexus negro. Puede que en un café cercano, observando este mismo edificio con ojos de cazador.

La transparencia del cristal, que antes le daba sensación de libertad, ahora le provoca un escalofrío.

Bip-bip.

Pega un brinco. Otro correo.

Esto solo es una muestra. Tengo MUCHO más.

Si sigues ignorándome, las hago públicas.

Tú eliges.

Traga saliva. Tiene razón, se presta a titulares jugosos y con el potencial de destrozarle la vida. A ella, y a Toni. A toda la agencia. Y está todo grabado en vídeo.

Tú eliges.

Como si tuviera elección. Como si alguna vez la hubiera tenido con Brad.

Sus dedos bailan sobre el teclado. Borra y escribe tres veces hasta que logra enviar una respuesta escueta:

¿Qué es lo que quieres?

Seco. Conciso. Al grano.

La respuesta llega antes de que pueda apartar la vista:

Quiero que nos veamos. A solas.

Una sensación glacial le recorre la columna. La seguridad del piso dieciséis se desvanece por completo y vuelve el desasosiego que sufrió junto a Brad, ese que ya creía más que olvidado.

Quiero que nos veamos.

No puede ignorar estos mensajes, ni dejar que el paso del tiempo se ocupe. Conoce a Brad; no se rendirá. Por un instante, tiene la tentación de avisar al personal de seguridad del edificio, incluso a la policía. Sí, podría denunciar a Brad por acoso.

Pero el vídeo la destruiría antes de que pudieran esposar a Brad. Además, él no ha hecho nada ilegal. Sí, está escribiéndole insistentemente y esta mañana ha aparcado frente a la puerta del edificio. ¿Y qué prueba eso?

Tampoco puede avisar a Toni; él no entendería por qué ella estaba en ese banco aquel día.

Aprieta los dientes y escribe una nueva respuesta. Antes de enviarla, respira hondo para tranquilizarse, recordándose a sí misma que solo le está pidiendo verse en persona. A lo mejor tiene algo que decirle. ¿Quién sabe? Tal vez solo quiera disculparse.

No se lo cree ni por un segundo. Pero necesita creerlo. Aunque sea un momento.

Está a punto de pulsar la flecha de enviar cuando le viene el pensamiento. ¿Estar a solas con Brad? La sola idea le provoca escalofríos. Escribe una segunda línea y lo envía.

Una reunión. Y luego me dejas en paz.

En un lugar público.

«Puedo hacerlo», se miente a sí misma. «Puedo mirarlo a los ojos sin desmoronarme». Se imagina a Brad leyendo el mensaje, esbozando esa sonrisa torcida que siempre precedía a una nueva exigencia.

Hada está tan absorta en la pantalla que no nota el ligero cambio en la presión del aire de la estancia.

No oye el levísimo crujido del marco de madera de la puerta, un sonido que, subconscientemente, atribuye a la calefacción o al asentamiento del edificio.

Cree que está sola en el despacho, sin sospechar que, a través de la rendija de la puerta, Chase lo ha visto todo.