14
El ascensor hace ding y las puertas se abren.
Hada nos está esperando. Lleva la misma ropa que esta mañana: pantalones negros y blusa blanca.
Pero algo no está bien. No puedo precisar qué es, pero lo siento.
Es como cuando entras en una habitación y sabes que alguien acaba de discutir allí.
El aire tiene un peso diferente. Sus hombros están tensos.
Su rostro tiene ese color grisáceo de quien espera malas noticias.
Además, hay un mechón de pelo fuera de lugar, colgando cerca de su oreja. Hada nunca lleva el pelo desarreglado.
Me fijo en sus manos, cruzadas sobre el pecho. Los dedos se mueven contra su brazo: tap, tap, tap . Rápido, como un código morse que no puedo descifrar. Su boca intenta formar una sonrisa. Casi lo logra.
—Vaya —dice—. Da gusto cuando venís del gimnasio. Oléis a jabón, y no a simio, para variar.
Hay algo en su voz. Como un billete de veinte dólares bien hecho. Pasa la primera inspección. Pero si lo miras de cerca, ves que algo no encaja.
—Algún día deberías apuntarte, Hada —le dice Chase, guiñándole un ojo—. Te vendría bien soltar un poco de estrés.
—Sí, claro. Lo apunto en mi lista —murmura, mirando hacia otro lado.
Chase se acerca y le clava los dedos en los hombros, fingiendo un masaje, bromeando, pero Hada se aparta de un tirón. La sigo con la mirada. Problemas.
Dentro, Hada ya tiene la lista telefónica de Jax Thorne extendida sobre su mesa.
—He repasado el registro línea por línea —explica—. Y hay un número que llama mucho la atención. Lo he resaltado en amarillo.
Me pasa una hoja y busco el subrayado. Código de área 332. Manhattan.
—Es de un club nocturno —interviene Hada, cerrando la puerta—. Mystery Box.
Parpadeo.
—¿Perdón?
—Es el nombre del lugar —explica Chase, inclinándose sobre mi hombro para mirar el papel—. Mystery Box. A dos manzanas del Madison Square Garden.
Lo miro asombrado.
—¿Lo conoces?
Se cruza de brazos y sonríe.
—Algo así. Es un club de intercambio, básicamente. Con un público… ecléctico.
Me aprieto el puente de la nariz. Siento pesadez detrás de los ojos. Maldito karate.
—Cuando dices ecléctico…
—Es un concepto interesante, la verdad.
—Seguro que sí.
Chase se acomoda en el borde del escritorio. Su voz adquiere un matiz más serio, casi de película negra.
—La clave es el anonimato absoluto. No hay muchas reglas.
Solo una, en realidad: mente abierta. Ah, y todo el mundo se disfraza.
Máscaras, pelucas, lo que sea. En Mystery Box nadie tiene nombre.
Puedes ser un santo o un demonio, y nadie sabrá la diferencia hasta que se enciendan las luces de limpieza.
Ese es el juego. La sorpresa. Nunca sabes con quién estás hablando ni a quién estás tocando hasta que las cosas avanzan. ¿Entiendes?
Lo cierto es que no tengo ni la más mínima idea.
—Perdona, pero vas a tener que explicármelo como si tuviera cinco años.
Chase se cruza de brazos. Esa expresión en su cara. Como un niño que va a contar un secreto sucio.
—Por eso se llama Mystery Box, nunca sabes qué te va a tocar.
Imagínate esto: ves a una mujer preciosa.
Ojos rasgados. Melena rubia platino hasta la cintura.
Te preguntas: ¿es asiática con peluca? ¿Europea con buen maquillaje?
¿Ninguna de las dos? Pero, y esto es lo que hace especial a Mystery Box, quizá no lo es.
—¿No es qué?
—Una mujer. Podría ser un travesti. Un transexual. O simplemente un tipo con tacones altos y una peluca muy convincente.
—¿Y la gente va ahí sabiendo eso?
Se encoge de hombros.
—Ese es el punto. La duda. La sorpresa.
—¿Eso le parece atractivo a alguien?
—Si te va el rollo, claro.
—¿El rollo?
—Exacto.
Me froto las sienes. El dolor de cabeza está empeorando.
—Déjame ver si lo entiendo. ¿Los clientes no tienen ningún problema con… —busco la palabra correcta, pero no hay ninguna— invitar a una copa a alguien que realmente no saben cómo es?
—No solo no les importa. Van por eso. La emoción. El misterio. La incertidumbre.
—El equivalente sexual al amigo invisible.
Chase se lo piensa y asiente.
—Me gusta la analogía —dice—. Sabes qué estás trayendo a la fiesta, pero no tienes idea de lo que te vas a llevar a casa.
Hada se limita a mirarlo, arqueando una ceja, claramente asqueada.
—Espera un segundo. ¿Tú has ido a ese sitio?
—He estado un par de veces. Hace tiempo. Pero ya no más.
Ella vuelve la cabeza.
—Por Dios…
—Eres tan reprimida, Hada.
—¿Reprimida? ¿Porque quiero saber el sexo de mi pareja antes de desnudarme?
Él se inclina hacia ella y sonríe.
—¿Eso es una proposición?
Le lanza un beso. Hada resopla.
—Tú sueñas.
Chase hace un gesto con la mano.
—Allí no le hacen daño a nadie, ¿sabes?
—Al menos nadie que no quiera que se lo hagan —señalo.
Luego miro a Hada y sonrío, buscando complicidad. Pero ella no me la devuelve. Simplemente mira hacia la ventana.
—No seas tan cerrado de mente, Toni —dice Chase—. A las mujeres no les gustan los mojigatos.
—Sí. Soy todo un conservador. ¿Por qué dejaste de ir?
—El sitio empezó a atraer mala gente.
Hada suelta una risa seca.
—Qué sorpresa. Cualquiera diría que es el lugar perfecto para llevar a los niños.
Me siento en el borde de la mesa y me froto la cara con las dos manos. Comienzo a notar el roce cerebral de algunas piezas moviéndose.
—Esto podría explicar algunas cosas —digo—.
Por qué Jax desapareció. Si frecuentaba un lugar donde las identidades se borran, si comenzaba a inclinarse hacia —de nuevo, ¿cuál sería la palabra?
— hacia lo que sea, pudo haber conocido a alguien peligroso bajo una máscara.
O pudo haber conocido a una mujer. Y si ella era buena seduciendo, bueno, eso podría explicar que él se marchara con ella.
—Asiento para mí mismo al oír más roces internos—.
También podría explicar la extraña conducta de Rebecca.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Hada.
—Me insistió en que no escarbara demasiado. Tiene miedo de que el estilo de vida de su hermano salga a la luz y hunda la reputación de la familia.
Me quedo pensando. Un lugar de libertad sexual con una reputación de violencia es la receta del desastre perfecto para alguien como Jax.
Podría haberse llevado a casa el paquete equivocado.
O ser el paquete equivocado.
—Y el dinero —añade Chase—. Cien mil en efectivo. Es la cifra perfecta para comprar el silencio de alguien que te ha reconocido en un lugar donde se supone que eres invisible.
Asiento. Sí, montones de confusas dudas razonables. Tomo una decisión.
—Tendré que hacer una visita a Mystery Box.
—Iré contigo —dice Chase. La vigilancia sutil, pues, queda descartada—. Pero no hoy. No abre hasta mañana a las ocho de la tarde.
—Pues iremos mañana por la tarde.
Chase me dedica una sonrisa traviesa.
—¿De qué te vas a vestir?
—De hombre heterosexual aburrido y poco interesado —respondo—. Me pongo mi chaleco de lana y listo.
Miro de nuevo el listado. Hay otro número resaltado.
—¿Y este? —le pregunto a Hada.
—En tu mensaje también mencionabas a un tal John-Michael Flint. Este es su número.
—El mejor amigo de Jax —señalo.
—Jax llamó tres veces el mes pasado, antes de desaparecer. El número ya no está a su nombre, pero he podido acceder al histórico y he conseguido su dirección.
La compruebo. Forest Hills, Queens. Consulto mi reloj. Me llevará una hora llegar allí.
Miro a Chase.
—¿Vienes?
Le cambia la cara. Titubea.
—No. Tengo asuntos que atender —dice, con esa expresión que pone cuando no quiere que siga preguntando.
Coge la chaqueta y se va hacia el ascensor. Estoy a punto de salir tras él, pero me detengo. Hada vuelve a estar frente a la ventana, rígida como una estatua.
—Hada, ¿estás bien?
Se vuelve y me sonríe, pero la sonrisa es de plástico.
—Claro. ¿Por qué no iba a estarlo?
Sus ojos regresan a la ventana.
—No lo sé. Pareces… distraída.
—Es solo que he estado trabajando mucho. Ya sabes. Hoy ha sido una locura de…
En ese momento, su móvil hace bip-bip .
—¿Hada?
—Un segundo.
Repentinamente, se lleva una mano al bolsillo y saca el teléfono, despacio. Palidece al mirar la pantalla.
—¿Seguro que va todo bien?
—Perfectamente. —Ni siquiera me mira a los ojos, solo a la pantalla—. Ahora… tengo una emergencia. Hablamos mañana.
No insisto, pero sé que me está mintiendo. Entro en el ascensor donde Chase sostiene la puerta. Esta se cierra y bajamos en silencio.
—¿Todo bien?
—Claro.
Chase me mira de reojo.
—Es Hada, ¿no?
—Ajam.
—¿Le pasa algo?
—No lo sé.
Asiente y no dice nada más. Pero cuando llegamos a la planta baja, él no sale. Se queda dentro y pulsa de nuevo el botón del piso dieciséis.
—¿Qué haces? —pregunto.
—Tengo que volver un segundo —dice con firmeza—. Vete a Queens a buscar a ese tal JM. Yo me encargo de lo que sea que esté pasando arriba.