Pack Toni Galán (libros 1-3) 13 #2
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Patada baja. Patada media. Patada alta. Puñetazo.

Patadas interiores. Patadas exteriores.

Ataques con el borde exterior de la mano. Con los puños. La base de la palma. Las rodillas. Los codos.

Es un ejercicio agotador y estimulante. Chase combate como si hubiera nacido para esto: rápido, preciso, fluido. Si lo ves por la calle, piensas: niño rico. Guapo, inofensivo e incapaz de hacerle daño a una mosca. En cambio, cuando lo ves en acción, te inspira miedo y respeto. Piensas: mierda.

Yo me defiendo bien, usando la memoria muscular para compensar la falta de reflejos, pero entonces, en un giro rápido, mi cerebro experimenta un fallo de software.

Es un retraso, un lag traicionero entre lo que veo y lo que mis músculos ejecutan.

El mundo se inclina diez grados a la izquierda y el procesador tarda un milisegundo de más en corregir la trayectoria.

¡Pum!

El puño de Chase impacta en mis costillas. Un dolor sordo, necesario. Un recordatorio de que mi cuerpo es un campo de batalla.

—¿Estás bien? —pregunta Chase, deteniendo su siguiente ataque en el aire.

—Perfectamente —miento, recuperando el aire.

Me mira, evaluando mi equilibrio con esa fijeza clínica. No insiste, pero su mirada dice lo que yo no quiero admitir.

Terminamos la sesión y nos dirigimos a los vestuarios empapados de sudor.

Debemos de oler como un vestuario de instituto después de un partido de fútbol.

En la ducha, el agua caliente lava el sudor y la rabia.

Salgo y me pongo las gafas, y el mundo vuelve a tener bordes definidos.

Chase tararea algo que suena a Eye of the Tiger mientras se seca el pelo con el secador.

—¿Ya te sientes más centrado? —me pregunta por encima del zumbido—. ¿Sientes cómo fluye la energía? ¿El equilibrio?

—Sí, pequeño saltamontes. Siento que me duele hasta el alma.

Se mira en el espejo y se pasa la mano por el pelo una vez más. Perfecto no es suficiente para él. Tiene que ser impecable.

—Bueno, ¿y qué vas a hacer? —dice, apagando el secador de golpe.

—¿Sobre qué?

—Sobre tu próxima compra en Amazon. ¿Sobre qué va a ser, genio? Molly, obviamente.

Por algún misterioso motivo, mis mejillas arden. Debe de ser por el ejercicio realizado.

—¿Qué pasa con Molly?

—Joder, Toni. Te mueres por ella. Y está claro que tú le gustas a ella.

—Sí. Le gustaría verme muerto en una zanja.

—Entre el amor y el odio hay una…

—No digas lo de la fina línea —lo interrumpo—. No es verdad. Lo que hay es el Muro de Hielo, flanqueado por el ejército de los Inmaculados, armados con fuego valirio y tres dragones adultos tras ellos.

—Uf. Eso sí que es una referencia forzada a Juego de tronos .

Chase me mira fijamente. Luego levanta las manos al cielo como pidiendo ayuda divina. Así, de pie, con el torso húmedo y la toalla anudada en la cintura, me hace sentir incómodo.

—¡Despierta! ¿Por qué te cita siempre a solas? ¿Por qué te ayuda siempre que estás en problemas?

—Es por interés, tío. Molly es periodista. Ya los conoces. Matan por una buena exclusiva.

—Molly es un mujerón. Y antes te ha lanzado las largas descaradamente. Pero si no espabilas, otro tipo va a entrar en escena. Y tú te quedarás ahí como un gilipollas.

—Adelante. Es toda tuya. He visto cómo te miraba en el bar. Pero te advierto que ya se está viendo con otro tío.

Chase suelta una carcajada corta, como un ladrido.

—Es perra vieja.

—¿Qué?

—Que te está poniendo celoso a propósito. Te menciona al tipo misterioso. Te enseña el colgante barato. Y tú caes como un pardillo.

—No he caído en nada.

—Te he visto la cara. Parecías un perro al que le acaban de quitar el hueso.

—¿Es que no lo entiendes? Aunque yo estuviera interesado, ella jamás querrá nada con un enfermo como yo. Tú mismo lo dijiste, joder. Soy mercancía estropeada.

—No me refería a…

—Sí. Te referías exactamente a eso. Y lo sabes.

—En fin, ya eres mayorcito. Sabes lo que tienes que hacer.

Levanto la pierna para secarme el pie. Protesta. Todo protesta.

—Sí. Lo que tengo que hacer es llamar a Hada para ver si tiene buenas noticias para nosotros.

Chase niega con la cabeza.

—Cobarde.

No respondo. Saco el móvil y marco el número de la oficina.

—Hada, soy yo. Supongo que no has encontrado a Jax, ¿verdad?

—En Toronto viven tres millones de personas, Toni. —Su voz suena cortante, pero noto algo más. No es solo irritación—. Si tuviera algo de él, te habría llamado.

—¿Y los registros telefónicos?

—Los tengo. Acabo de terminar con ellos.

—¿Y?

—Hay algo… interesante. Pero mejor lo hablamos en persona.

—Vamos, Hada. Dame algo. ¿Qué has encontrado?

—He dicho que en persona. ¿Estás sordo o qué?

—¿Estás en la oficina?

—Claro.

—Vamos para allá.

El tono es agresivo, pero el suspiro final que oigo antes de que cuelgue es el de alguien que está conteniendo un grito. Mi intuición de escritor se dispara: está preocupada por algo que no me está contando.

Chase me observa mientras se abrocha la camisa blanca.

—¿Qué pasa?

—Hada tiene algo.

—¿Los registros?

—Eso parece.

Chase se mete la camisa por dentro del pantalón.

—Entonces en marcha.

Salimos al aire frío de Nueva York. Chase camina a mi lado, silbando la melodía que antes ambientaba el salón del Chez Josephine.

—¿Sabes? —dice de repente—. Molly tiene razón.

—¿Razón en qué?

—Eres el Jerry Maguire de los investigadores privados.

—Que te jodan, Chase.

Pero sonrío. Porque, ¿a quién no le molaba el Tom Cruise de los noventa?