13
Chase espera a que su whisky aterrice frente a él en la barra.
El barman lo desliza con un gesto profesional y Chase lo atrapa con dos dedos, sosteniéndolo por el borde.
Lo hace girar un par de veces, y el líquido ámbar se arremolina dentro del cristal, atrapando la luz de las velas.
Luego se lo acerca a la cara y mete la nariz dentro del vaso.
Inspira fuerte, cierra los ojos y suelta el aire despacio.
Me dan ganas de ofrecerle un cigarrillo.
Finalmente, da un sorbo pequeño, solo para humedecerse los labios. Vuelve a cerrar los ojos. Saborea. Traga.
Solo entonces, una vez terminado el ritual, posa la mirada en la Polaroid.
—Te escucho.
Le recapitulo todo, empezando con Molly. Repito, esta vez con más detalle, lo que ella me ha informado sobre Jax: ropa interior de mujer en su coche, cien mil dólares en efectivo retirados semanas antes de desaparecer y una maleta con ropa que se llevó a Toronto.
Chase se mantiene imperturbable y solo se permite una sonrisa cuando le digo que Molly está conociendo a alguien. Un error por mi parte haberlo mencionado.
—¿Qué? —digo.
—Nada. —Bebe otro sorbo—. Continúa.
Le hablo de Rebecca, de su teoría sobre el destino y de la visita al ático. Cuando termino, Chase aparta la mirada de su vaso y la clava en la foto que descansa sobre el mármol.
—¿Quién es la chica? —pregunta.
—No lo sé. Rebecca dice que podría ser un montaje de IA.
Siento que el objeto emite una especie de calor tóxico, como si fuera un pedazo de uranio que va a contaminar las copas de cristal y los manteles blancos del local.
En un sitio tan lleno de lentejuelas y sonrisas de Josephine Baker, esa foto es una mancha de grasa, una intrusión de la realidad más sucia.
Chase, impasible, alarga la mano y le da la vuelta a la Polaroid. Se limita a observar el reverso de la foto mientras saborea el bourbon.
—¿Tú qué opinas? —le pregunto.
Chase levanta la vista y se lleva el dedo índice al pecho.
—¿ Moi ? Pensaba que ibas a investigar esto tú solo. Se te vio muy cómodo yéndote tú solo al hospital. Intimidad, ¿verdad? Rebecca es guapa, supongo.
—Para, Chase. Céntrate.
—Vale, jefe. —Vuelve a mirar la foto—. ¿IA? Podría ser. Pero si es un montaje, es uno de los buenos. La luz sobre la sangre tiene una textura demasiado orgánica. Aun así, hoy en día no puedes fiarte de nada. Ayer vi una foto de Scarlett Johansson liándose con Shakira y casi me la creo.
—¿Y?
—Que resultó ser falsa. —Bebe un nuevo trago—. Decepcionante.
Deja la Polaroid sobre la barra con un movimiento seco.
En ese momento, el camarero se acerca para retirar mi botella de kombucha y yo, por puro instinto, cubro la foto con la palma de la mano.
Siento el contacto del papel frío contra mi piel y me recorre un escalofrío.
No quiero que este chico vea a la muchacha muerta.
—Necesitamos los registros telefónicos —dice Chase.
—Hada está con ello.
Chase asiente. Sabe cómo funciona esto. Conseguir los registros de llamadas telefónicas es sencillo si cuentas con Margaret.
Margaret trabaja en la mayor operadora de telefonía del país.
Marcas su número y ofreces pagarle quinientos dólares por la factura telefónica de cualquiera.
En menos de media hora, tendrás hasta la talla de calzoncillo del susodicho.
Tan sencillo como inmoral. Eh, nadie dijo que fuera un santo.
—También necesitamos encontrar a la amante misteriosa —digo.
—Lo más probable es que esté con Jax haciendo el amor en algún lugar recóndito de Canadá. Una búsqueda difícil.
Arqueo las cejas.
—¿Haciendo el amor?
—Me estoy sensibilizando. —Se ríe—. Debe ser que paso demasiado tiempo contigo. Volviendo al tema, se me ocurre alguien con quien sí podrías hablar.
—¿Quién?
No tardo en darme cuenta de que la respuesta es evidente.
—El amigo de Jax —me respondo a mí mismo—. John-Michael Flint.
—Bingo. —Chase me señala con el vaso—. Podría saber algo.
—Susan dijo que cree que ya no se hablaban. Hubo una pelea.
—Entonces es perfecto. La gente habla más cuando está cabreada.
Tiene razón.
—Es curioso —dice.
—¿Qué?
—Llevamos aquí un buen rato sentados y no hemos mencionado ni una vez la posibilidad de que alguien matara a Jax. O lo secuestrara. Lo que sea. —Pausa—. Y su novia estaba convencida de eso.
—Molly dice que Jax retiró cien mil dólares y se dejó un tanga en el coche antes de irse a Toronto —le recuerdo—. Y luego está lo de la maleta con ropa que se llevó de su casa. Todo indica que el tipo se largó por su cuenta.
Chase niega con la cabeza mientras termina su whisky.
—Nadie es tan idiota, Toni. Un abogado de éxito no deja ropa interior de otra mujer en su propio coche si planea una huida limpia.
Es un mal guion. Esto huele a montaje para que la policía dejara de buscar.
Alguien quería que Thorne pareciera un cerdo para que nadie se preguntara si en realidad era una víctima.
—Entonces la pregunta es: ¿quién?
—¿Y por qué?
—Por lo tanto, necesitamos hacer una lista de sus enemigos. —Chase desliza la mirada hacia la Polaroid. La mira fijamente—. Y de los de Susan.
—Sí —repito despacio—. De los de Susan también.
Nos quedamos en silencio. El piano devuelve ahora las primeras notas de Moon River, interpretadas por un músico con sombrero y tirantes. El contraste es brutal: la melodía dulce de fondo y, bajo mi mano, la imagen de una chica con una mariposa rosa en el pelo y los ojos vueltos hacia el vacío.
Chase tiene razón. Puede que esta foto fuese una advertencia para Jax. De alguien que quería hacerle daño, Dios sabe por qué. Pero tal vez no. Tal vez la Polaroid iba dirigida a Susan.
Y si Susan es el objetivo, ¿fueron a por Jax para hacerle daño a ella? Lo cual me lleva al mismo sitio de siempre: el accidente de esta mañana. ¿Fue realmente un accidente?
—Espera. —Levanto la vista—. ¿Estás diciendo que lo de Jax es solo una forma de hacer daño a Susan?
Chase se encoge de hombros.
—Piénsalo. Tu marido desaparece y todo indica que te ha sustituido por otra. Te envían la foto de una chica muerta. Te estampas con el coche. Coma. —Cuenta con los dedos—. Todo en seis meses. —Me mira—. Demasiada mala suerte.
El discurso de Rebecca sobre Dios y su manera de repartir las desgracias vuelve a mi mente.
—Vale —digo—. ¿Qué más tenemos?
—Lo que hemos hablado: Jax conoció a una mujer, tuvieron un rollo y se largó con ella.
—Esa es la opción obvia.
—Además de la oficial —añade—. Y la opción tres: alguien quería joder a Jax. Seguramente por venganza.
—¿Venganza por qué?
Chase se limita a sonreír.
—Quedamos en que últimamente Jax era un cabrón integral, ¿no? Eso hace que las opciones dos y tres sean las más probables.
No digo nada. Chase apura su whisky y deja el vaso sobre la barra.
—Creo que necesitamos airearnos un poco.
Levanto la mirada. Reconozco su expresión. Sé a lo que se refiere.
—Ahora no, Chase.
—Ahora sí.
—Tengo que hablar con Hada. Revisar el registro de llamadas. No tenemos tiempo que perder.
—Puede esperar. Necesitas moverte. Ver las cosas con claridad.
—Te odio cuando te pones así.
Chase se levanta y me da una palmada en el hombro.
—Vamos, vamos, no me gustaría tener que llevar de la oreja a un enfermo —dice sonriendo.
Me obligo a levantarme, pero mi pierna izquierda tarda un segundo de más en encontrar el equilibrio sobre el suelo de madera. Chase lo nota, pero se limita a dejar un par de billetes sobre la barra y señalar la puerta.
Nos enfundamos los uniformes blancos, los karategi . Pesan más de lo que recordaba.
Chase se anuda el cinturón negro con movimientos automáticos.
Sexto dan; prácticamente el nivel más alto que puedes alcanzar en Estados Unidos sin mudarte a Japón y dedicar tu vida entera al karate.
Lleva practicándolo desde los catorce años, cuando lo contrataron como lavaplatos en una pastelería.
Chase hacía las cosas a su manera: terminaba el trabajo en una hora en lugar de ocho y se pasaba el tiempo leyendo revistas de kick boxing y practicando patadas de karate.
Lo despidieron en el plazo récord de cuatro días con la siguiente frase de despedida: «Tal vez algún día aprendas a valorar el trabajo duro». Parece que ese día aún no ha llegado.
Yo empecé en el colegio. Doce años de clases. Tercer dan. No está mal para un chaval español que solo quería impresionar a las chicas.
Luego lo dejé. Fue un tremendo error. Pero la vida se interpuso: trabajo, matrimonio, enfermedad y divorcio. El karategi quedó guardado en una caja en el fondo del armario, junto con las fotos de la boda y recuerdos que prefería no ver.
Hace unos meses, decidí que ya estaba harto. Tiré la fibra de carbono que me ayudaba a caminar y me apunté a un gimnasio. Chase se apuntó conmigo. Pensé que me costaría años volver a cogerle el truco. Pero hay cosas que jamás se olvidan.
Saludamos al maestro Tanaka con una reverencia. Él es un roble de setenta años con ojos de obsidiana y la flexibilidad de un contorsionista. El suelo de madera, reluciente bajo la luz fluorescente, huele a sudor.
Empezamos con la meditación.
Odio meditar. Para Chase es un interruptor; apaga el mundo y se convierte en una estatua de mármol.
Para mí, el silencio es un lugar peligroso.
Cierro los ojos e intento seguir el ritmo: seis segundos de inspiración, siete de contención, diez de exhalación.
Pero en la oscuridad de mis párpados, la Polaroid parpadea con una insistencia macabra.
Veo la mariposa rosa en el pelo de la chica.
Veo el rojo de la sangre contra el verde del follaje cada vez que suelto el aire.
Mi mente no se vacía; se llena de fantasmas.
Veo a Susan en coma. A Jax desaparecido. A Molly con otro tío.
El conteo es lo único que me impide hundirme en el horror de esas imágenes.
Diez minutos después, Chase abre los ojos.
— Yame.
Parar en japonés.
Pasamos a los estiramientos y luego al combate, la parte seria. Nos ponemos de pie, uno frente al otro, y nos hacemos una reverencia ominosa. Empezamos.