Pack Toni Galán (libros 1-3) 12
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Al entrar en el Chez Josephine, me recibe una explosión de color que contrasta con lo gris que está siendo mi día.

Las paredes están cubiertas de fotografías de Josephine Baker —la primera dueña del local, supongo— en sus mejores años.

Plumas, lentejuelas y sonrisas que podrían iluminar Broadway entero si se apagara la luz.

Hay un piano de cola negro en una esquina, silencioso por ahora, esperando a que alguien lo despierte.

Las mesas están dispuestas de forma íntima, con manteles blancos impecables y velas que parpadean suavemente en candelabros de latón.

El ambiente es alegre, casi forzado, como un payaso que te hace reír pero que a la vez te incomoda.

Me veo reflejado en el espejo gigante del fondo —despeinado, con la camisa arrugada y esa Polaroid quemándome el pecho— y me pregunto si Molly me ha visto entrar.

Por supuesto que sí.

Está sentada en la barra, con las piernas cruzadas, sosteniendo un pisco sour. Me sonríe por encima del borde de la copa y siento que mi pulso, siempre traicionero, decide acelerarse.

Me siento en el taburete a su lado.

—Hola, Molly.

—Guau, Toni. —Deja la copa sobre la barra con un clic suave—. Tienes buen aspecto.

Mentira. Ambos lo sabemos.

—Tú también —respondo, y esta vez es la verdad la que duele.

Molly Dickinson es el tipo de mujer que hace que los hombres pierdan el dominio de su cuerpo.

Observo que lleva reflejos nuevos en su cabello oscuro, que cae en ondas sobre sus hombros.

Sus ojos verdes parecen grises bajo esta luz indirecta.

Lleva una blusa negra que resalta su clavícula, donde descansa un colgante en forma de estrella de plata.

Bisutería de mercadillo, dice mi cabeza. No le pega demasiado.

El camarero se acerca. Es joven y profesional, con el pelo engominado y un delantal negro impecable. Me mira con la paciencia que se reserva a los turistas perdidos.

—¿Qué va a tomar, señor?

—Una kombucha, por favor.

Molly arquea una ceja. El camarero me sirve la botellita con una pajita de papel. Todo muy maduro.

—Salud —dice Molly, levantando su copa.

Chocamos los vidrios y bebo un trago. Quizá me estoy haciendo mayor, pero la kombucha ya no tiene el mismo efecto de antes. Me encantaría un latte frío con leche desnatada y un toque de vainilla, aunque me avergüenza pedirlo delante de Molly.

—Bueno —se arranca ella, cruzando las piernas—. ¿Qué tal todo?

—Bien. Ya sabes. Lo de siempre.

—¿Resolver crímenes, salvar vidas y ser un héroe?

—Algo así.

—Ah, me olvidaba de Confesiones de medianoche . ¡Ahora eres podcaster! Deja que me recupere, estoy ante una celebridad.

—¿Te divierte humillarme?

Molly sonríe. Pero la sonrisa desaparece rápido.

—No me llamaste.

Ahí está.

—Lo sé.

—Después de lo de los Miller, desapareciste como un fantasma.

—Lo siento.

—Lo sientes. —Gira la copa entre sus dedos—. Acepto tus disculpas. Pero aun así, me gustaría saber por qué no contestaste a mis llamadas ni a mis mensajes.

No digo nada. Ella suspira.

—Da igual. Supongo que ya no importa.

El piano sigue en silencio. Las velas parpadean. Josephine Baker nos observa desde las paredes con su sonrisa inquietante.

—¿Por qué me has llamado ahora, Toni? —pregunta finalmente Molly—. ¿Qué es lo que quieres saber?

—¿Así, sin más?

—Así, sin más.

—Creí que tendría que poner mi encanto a trabajar.

—Sólo si quieres que me desnude. —Ella se apresura a hacer un gesto con la mano—. Vaya, ¿con quién estoy bromeando? Adelante, Toni, pregunta lo que quieras.

Con algunas mujeres, cada sílaba es un arrullo. Me esfuerzo por no tartamudear.

—Jax Thorne —digo.

Ella asiente y bebe un sorbo de su pisco sour.

—Lo mencionaste por teléfono. El chico desaparecido, ¿no?

—Ese mismo.

—¿Decías que su novia te ha contratado para encontrarlo?

—Sí, pero eso fue antes de que la atropellaran. Está en coma en el Presbyterian.

Molly se pone rígida y se lleva una mano a la boca.

—Dios.

—Sí.

—¿Y tú sigues con el caso?

—No tengo alternativa. Firmé el contrato antes del accidente. Cobré la mitad por adelantado, pero necesito la otra mitad.

—¿Detecto problemas de dinero?

—Podría decirse. —Bebo otro sorbo de kombucha—. La agencia va a cerrar TG Confidential. Me despiden. Así que vamos a montárnoslo por nuestra cuenta.

—Y necesitas el dinero para la financiación.

—Veinticinco mil dólares. Es la segunda mitad del pago.

Molly sonríe.

—¡Vaya, eres el Jerry Maguire de los investigadores privados! ¡Enséñame la pasta!

El comentario me saca una sonrisa. Y no solo por lo graciosa que es Molly cuando se pone así. Es una broma que Hada habría hecho perfectamente. Jerry Maguire es una de sus películas favoritas.

—Algo así —digo, sintiendo la sangre subir a mis mejillas.

Molly me estudia con curiosidad.

—Está bien. Te ayudaré.

—¿Tan fácil? ¿No vas a pedirme que te mantenga informada a cambio? La primicia, y esas cosas que os gustan tanto a los periodistas.

—No te emociones. Por supuesto que quiero la primicia; pensé que no hacía falta ni mencionarlo. Además, todavía me caes mal.

—Ya.

—Pero me da pena verte arruinado.

—Vaya. ¿Caridad?

—Más bien como cuando ves a un cachorrito abandonado bajo la lluvia y te invade la pena.

—Eres todo corazón. ¿Has pensado en hacerte misionera?

Molly suelta una carcajada seca. Cada vez que se ríe así, mi corazón me pega un latigazo. Saca su móvil del bolso.

—Después de que me llamaras, busqué sobre Jax Thorne en el historial. Hay bastante material.

—¿Qué encontraste?

Desliza el dedo por la pantalla.

—Para empezar, el caso está archivado por una razón.

—Sí, reservó un billete a Toronto el día que desapareció. Su hermana me lo ha contado hoy.

—Está eso, y lo de la ropa interior de mujer.

—¿Cómo?

Molly me mira.

—¿La hermana no te ha contado eso? —dice con una sonrisa gélida—. Encontraron un tanga de otra en su coche. No pertenecía a su novia.

Casi muerdo la pajita de papel.

—Bromeas.

—Sí, soy una mujer muy divertida. ¿No te ha parecido gracioso?

—Joder —suelto en voz alta, recordando mi entrevista con Susan y preguntándome por qué ella seguía confiando en Jax a pesar de todo.

—El tipo tenía una aventura. Y hay más —Molly sigue leyendo—: retiró cien mil dólares de su cuenta bancaria en efectivo dos semanas antes de irse.

—¿Cómo?

Molly no dice nada. Detesta repetirse.

—¿Has dicho cien mil? —insisto.

—Eso es lo que dice aquí. Cien de los grandes. En efectivo.

Me quedo mirando las burbujas de mi botella.

Siento una punzada de amargura por Susan.

Ella me lo pintó como el hombre perfecto, el futuro padre ilusionado que decoraba la habitación del bebé.

Y ahora resulta que el «santo» Jax Thorne tenía cien mil pavos en el bolsillo, un vuelo a Toronto y lencería ajena bajo el asiento del copiloto.

No pinta bien. Para Susan. Para Thorne pinta de colores.

Es obvio que nunca llegas a conocer del todo a nadie, ni siquiera al hombre con el que vas a tener un hijo.

—¿Algo más?

—Sí. Según la policía, Thorne se llevó una maleta con ropa.

—¿Lo dijeron las autoridades?

—Sí, Toni, eso es lo que significa «según la policía».

Resoplo con resignación. Cada vez tengo más la sensación de haber aceptado un caso que no es un caso.

Molly guarda el móvil y me mira con algo parecido a la lástima. Mueve una mano por encima de la barra y por un instante creo que va a posarla sobre la mía. Pero en el último momento, la desvía para tomar la copa.

—¿Sigues queriendo el caso? —pregunta—. El tipo es un adúltero que se ha dado a la fuga con el botín.

—No tengo alternativa. Me despiden, Molly. Necesito la pasta para montar mi propia agencia. Es eso o volver a España con el rabo entre las piernas.

Me quedo mirándola. Adopto mi expresión más tierna y pruebo con algo.

—¿Tú podrías investigar si hay algún Jax Thorne viviendo en Toronto?

—¿Yo? ¿Por qué?

—Porque eres la mejor reportera que conozco.

Me mira de reojo y sonríe.

—Así que apelando a mi ego. Eso sí que es caer bajo.

Me fijo en su colgante de nuevo. La estrella de plata brilla bajo la luz de las velas.

—Bonito colgante.

Se lleva la mano al cuello y acaricia la estrella con los dedos.

—Gracias. Fue un regalo.

—¿Un regalo?

—Sí. De alguien que estoy conociendo.

No lo ha dudado. Parece que estuviera deseando sacar el tema para decírmelo.

—¿Alguien?

—Sí, Toni. Un chico. Ya sabes, esas criaturas con las que la gente sale. Tiene nombre, trabaja con un horario normal, vive solo y tiene sentido del humor. No sé si te suenan esas cosas.

—No tenía ni idea.

—Claro que no. —Su voz es fría—. Pero, aunque desaparezcas de repente y no quieras saber nada de la gente, algunos avanzamos con nuestras vidas.

No se me ocurre qué responder a eso, así que me quedo callado y tomo un nuevo trago para disimular lo incómodo que me siento en este momento.

Molly está a punto de añadir algo cuando su mirada se desliza por encima de mi hombro. Sonríe.

—¿No es ese tu guardaespaldas? ¿El guaperas?

Hago como que no entiendo.

—¿A quién te refieres?

—A Chase Donovan. —Molly levanta la vista hacia el otro extremo del local y alza el brazo con una sonrisa.

Me vuelvo. Chase está sentado en una mesa al fondo, con una cerveza y una expresión de no haber roto un plato en su vida. Cuando se da cuenta de que lo hemos descubierto, se levanta con su sonrisa de actor que sabe que le están mirando.

—¿Lo conoces? —pregunto, sorprendido. No recuerdo que Molly y Chase hayan coincidido antes.

—Lo entrevisté hace unos años, cuando todavía salía en series y sus abdominales llenaban los anuncios de colonia. Guapo como el que más.

—Él estaría de acuerdo contigo en eso.

Como si la hubiese escuchado, Chase se pasa una mano por el flequillo y se acerca. Lleva puesta una camisa blanca remangada y metida por dentro de unos pantalones vaqueros.

—Podría haberse unido a la conversación —dice Molly, divertida—. No muerdo.

Esto último lo dudo.

—Hola, Molly —dice Chase al llegar—. Cuánto tiempo.

Sin ningún reparo en disimular, me mira y me guiña un ojo. Suspiro. El pobre sigue en el instituto.

Molly le tiende la mano. Chase la ignora y se arranca con dos besos en las mejillas. Ella se sonroja. Es lo que Chase suele provocar en el género femenino.

—¿Cuánto llevas ahí sentado?

—El tiempo suficiente.

—¿Espiando? Porque se te da como el culo.

—Para nada. Vengo mucho por aquí. Ha sido una coincidencia.

Tengo que reprimir una sonrisa.

Molly pone los ojos en blanco, harta de este juego. Luego se baja del taburete y recoge su bolso.

—Me voy, chicos. Ha sido un placer volver a hablar contigo, Toni —dice, y mira a Chase—. Contigo también, pico de oro. Hasta la próxima.

Se aleja con ese paso decidido que hace que el resto del mundo parezca ir a cámara lenta. Chase la sigue con la mirada hasta que ella rodea el piano y sale por la puerta.

—Un culo de primera clase —dice. Chase puede ser más cerdo, pero resulta difícil imaginar cómo.

—¿Te refieres a mí? —pregunto.

Sonríe.

—Claro, Toni. Tú también tienes un culo de primera.

Se deja caer en el taburete que Molly acaba de dejar y me mira. Su sonrisa socarrona se desvanece un poco al ver mi cara.

—Vaya. Estás tenso. ¿Es por Molly? ¿Te ha pedido que le enseñes tu «placa»?

—No digas chorradas. Molly es insufrible.

—Ya. A mí también me tiembla la voz y me sudan las manos cuando estoy a solas con alguien insufrible. Claro que sí.

Resoplo y agito la cabeza. Estoy agotado. Miro a Chase; es un auténtico cañón suelto. Si le enseño la Polaroid y le cuento lo que sé, no habrá vuelta atrás. Chase no conoce la sutileza; si ve una puerta cerrada, la patea. Y este caso no necesita patadas, necesita ganzúas.

—Tengo que irme —digo, haciendo ademán de levantarme—. Ha sido un día largo.

Chase me pone una mano en el antebrazo. Su agarre es firme. Ya no sonríe.

—Siéntate.

—Chase, en serio, mañana...

—No. Ahora. Te conozco desde hace veinte años y sé lo que está pasando. Por alguna razón, no quieres trabajar conmigo en este caso, y eso está empezando a tocarme los huevos.

Me quedo mirándolo. Odio cuando se pone serio, porque suele tener razón.

—Es complicado, Chase. Y peligroso. No quiero arrastrarte a esto si no es necesario.

—¿Arrastrarme? —Suelta una risa corta—. Somos socios. TG Confidential, ¿recuerdas? Si tú entras en la boca del lobo, yo lo hago un paso por delante para cubrirte. Así funciona esto. Así que deja de tratarme como si fuera el becario y suelta la prenda.

Miro al barman, que limpia un vaso con aburrimiento. Luego miro a Chase. Tiene razón. No puedo hacer esto solo.

Respiro hondo, tomando una decisión de la que probablemente me arrepentiré.

—Está bien, tú ganas. —Miro al barman y levanto un dedo—. Otra cerveza para mi amigo, por favor.

El barman asiente.

—Molly tiene fuentes —digo en voz baja—. Dice que Jax Thorne tenía cien mil dólares en efectivo y ropa interior de otra mujer en el coche cuando desapareció.

Chase parpadea. Procesa la información y suelta un bufido.

—Vaya. El niño rico resultó ser un cerdo. ¿Eso es todo? ¿Por eso estás tan cagado?

—No. Eso no es todo.

Saco la Polaroid del bolsillo y la coloco sobre la barra, boca abajo.

—Mira esto y dime si es normal que un tipo que planea fugarse a Toronto tenga esto en el cajón de las bragas de su prometida.

Chase examina la foto. Se frota la mandíbula y pasa un dedo por el borde de la imagen, como si quisiera asegurarse de que es real. Finalmente, levanta la vista y busca al barman.

—Jefe —llama—. Olvida la cerveza. Que sea un bourbon doble.