11
Una marea de ácido y bilis sube por mi esófago con la fuerza de un tsunami.
No llego a vomitar, pero es solo por pura fuerza de voluntad. Doy un paso atrás, tambaleándome, como si el suelo bajo mis pies se hubiera convertido en arenas movedizas. Me choco contra el marco de la puerta y me quedo allí, respirando por la boca, tratando de que la habitación deje de dar vueltas.
Cierro los ojos, pero es un error. La imagen sigue ahí, grabada a fuego en mis párpados. Nítida, brillante, terrible.
Ojalá no hubiéramos venido. Ojalá no hubiera aceptado este caso.
Pero no tengo opción.
—¿Toni?
La voz de Rebecca me llega amortiguada, como si estuviera bajo el agua.
Siento su mano en mi brazo y pego un respingo.
Su tacto es invasivo, como cuando tocas un cable pelado.
Abro los ojos. Ella está parada frente a mí, con el ceño fruncido y una expresión de alarma que oscila entre la preocupación y la curiosidad morbosa.
—Estás pálido como un muerto —dice—. ¿Qué has encontrado?
No sé cómo empezar a explicárselo. Entonces me doy cuenta de que todavía tengo la Polaroid en la mano. El papel está arrugado por los bordes; supongo que apreté el puño con el impacto, pero la imagen sigue ahí.
Me vuelvo hacia ella y le muestro la foto sin decir nada.
Rebecca la toma con dedos temblorosos, entrecerrando los ojos, tratando de enfocar la pequeña imagen cuadrada.
Su reacción es instantánea: se lleva una mano a la boca y deja escapar un jadeo agudo, como si la hubieran abofeteado.
Retrocede dos pasos hasta chocar con la cómoda.
—Dios santo... —susurra—. Dios santo, ¿qué es eso?
Miro la foto de nuevo, obligándome a procesar los detalles sin apartar la vista.
Es una chica joven, no llegará a los veintidós.
Pelo castaño, flequillo recto hasta los ojos y esa dentadura perfecta que delata una adolescencia de ortodoncia.
Pero no es una sonrisa lo que muestra la imagen; es una mueca grotesca, una parodia de la alegría congelada por el espanto.
Y los ojos... joder, están abiertos, pero ya no hay nadie al volante.
Están torcidos en las cuencas de una forma en que ningún ojo vivo debería estar.
¿Qué demonios?
Está tendida sobre un manto de hojas secas y follaje.
Un bosque. Y hay sangre. Mucha sangre. En el pelo.
En la cara. En las manos. En la ropa. Y entonces veo el detalle que me revuelve las tripas de nuevo: un pequeño clip de plástico en forma de mariposa, de color rosa brillante, todavía sujeto a un mechón de su pelo ensangrentado.
Un objeto infantil, inocente. Un toque de dulzura en medio de una carnicería.
Por un momento absurdo, me pregunto si va a cobrar vida. Si va a salir de la Polaroid como en una película de terror barata.
Siento otra arcada trepando por mi garganta. La trago con esfuerzo.
—¿Quién es? —pregunto, y mi voz suena ronca—. ¿La conoce?
Rebecca no aparta la mirada de la foto. Sus pupilas están dilatadas, negras de miedo.
—No lo sé —dice, pero hay un temblor en su voz que me hace dudar—. Nunca... nunca la había visto.
—Mírela bien, Rebecca.
—¡Le digo que no lo sé! —chilla, y se aparta el pelo de la cara con un gesto nervioso—. Es horrible. ¿Por qué... por qué tiene Susan esto?
Esa es la pregunta del millón.
El shock empieza a ceder y caigo en la cuenta: esto es lo que Susan quería mostrarme. Su «seguro» contra la idea del abandono.
—¿Cree que es real? —pregunta ella, abrazándose a sí misma como si de repente hiciera frío en el apartamento.
La miro.
—¿Qué quiere decir?
—Hoy en día... con la inteligencia artificial... podría ser falso, ¿no? —Me mira con desesperación, buscando una salida, una explicación lógica que no implique cadáveres—. Un montaje. Una broma macabra.
Inclino la foto. La luz juega sobre la superficie.
Podría ser. La IA puede generar imágenes increíblemente realistas. Deepfakes . Manipulaciones digitales. Rostros que nunca existieron.
—Es una posibilidad —acabo por decir. La idea me alivia un poco.
Las preguntas me bombardean. Es una amenaza. Eso está claro. Pero ¿para quién? ¿Susan? ¿Jax?
¿Cuándo recibió esto?
¿Quién es la chica?
¿Está muerta de verdad o es un montaje elaborado?
Y la pregunta más importante: ¿Esto tiene que ver con la desaparición de Jax? ¿O hay algo más? ¿Algo más grande que todavía no puedo ver?
Me guardo la foto en el bolsillo interior de la chaqueta. Sentir el papel rígido contra mi pecho me produce escalofríos, como si me hubiera guardado un trozo de material radiactivo.
Miro mi reloj. ¡Maldita sea, la cita con Molly! Tengo que estar en Lenox Hill en quince minutos. Si no salgo de inmediato, me colgará de los huevos antes de que traigan la carta de vinos.
—Tengo que irme —digo.
—¿Qué? ¿Ahora? ¿Me va a dejar aquí? —Su voz sube un tono—. ¿Después de ver eso ?
—Tengo una reunión. Es importante. Mire, necesito que piense. ¿Susan mencionó algo sobre esta foto? ¿Amenazas? ¿Algo?
Rebecca niega con la cabeza, pero ahora parece pequeña, frágil.
—No. Nunca me dijo nada.
—Si recuerda algo, llámeme. De inmediato.
Salgo del apartamento sin esperar respuesta. Las puertas del ascensor se cierran detrás de mí. En el descenso, la Polaroid me quema a través de la tela de la chaqueta.
¿Quién eres, pequeña mariposa rosa? ¿Y por qué tu cadáver estaba escondido entre la lencería de Susan Calloway?