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Hada se inclina sobre el lavabo y sumerge las muñecas en el agua fría.

El alivio es momentáneo, una gota de frescor en un incendio interno. El desasosiego persiste, reptando bajo su piel como un parásito. Las manos le tiemblan; las rodillas también. Se aferra al borde de la porcelana blanca y se obliga a respirar.

Forma un cuenco con las manos y se refresca la cara. El maquillaje se arruina, dejando surcos oscuros en sus mejillas, pero eso ahora mismo le da igual. Otra vez. Más agua. Como si el pánico pudiera irse por el desagüe junto con el jabón y el sudor.

Se mira en el espejo. Dios, tiene un aspecto horrible. El rímel corrido, los labios secos, la piel del color de la leche cortada. Parece una mujer a punto de desmoronarse.

Se afloja el primer botón de la camisa. Necesita aire. Lleva una hora con el pecho apretado, con la sensación de tener un cinturón de hierro alrededor de las costillas, con alguien tirando. Y tirando. Y tirando…

Exactamente desde que abrió ese correo en su escritorio.

Toni estaba en el hospital y Chase… bueno, en quién-sabe-dónde haciendo quién-sabe-qué. ¿A quién le importa dónde estaba Chase? Ella se encontraba trabajando en el registro telefónico de Jax Thorne cuando el pasado decidió llamar a su puerta digital.

Asunto: Hola desde NY

Hada,

Han pasado años. Espero que estés bien. ¡TG Confidential, felicidades! Estoy en Nueva York por negocios. Me gustaría verte. Solo para hablar de los viejos tiempos mientras tomamos un café. ¿Sigues tomándolo con esa pizca de canela que te preparaba en Santa Mónica?

Brad.

Cuatro años.

Cuatro años exactos desde la última vez que vio ese nombre en su bandeja de entrada. La última vez también lo ignoró. Borrar y olvidar. Pensó que había funcionado, pero Brad ha regresado como el moho en las paredes.

No puede ignorar sin más a alguien como él, ni esconderlo bajo la alfombra. No es de los que se dan por vencidos ni pillan las indirectas. El detalle de la canela le revuelve el estómago; es su forma de decirle que aún recuerda sus hábitos, que todavía posee una parte de su intimidad.

Brad no pide un café, marca territorio.

Cierra los ojos.

Brad…

Intenta no pensar en él, en sus manos sobre su cintura, en su voz, siempre esa maldita voz: «Solo una vez más, nena» .

Era bueno en eso. Mintiendo. Manipulando. Un artista del engaño. Y ella, Dios, ella fue tan estúpida. Tan desesperada. Tan jodidamente ingenua.

Abre los ojos y se escudriña en el espejo. No puede romperse ahora. No aquí, en la oficina, con Toni rondando. Haría preguntas. Las preguntas correctas. Las que Hada no puede responder. No puede confesar lo que pasó hace cuatro años. Lo enterró demasiado profundo.

Se seca la cara con toallas de papel ásperas. Es inútil, sigue pareciendo un mapache en medio de una crisis nerviosa.

Respira profundamente hasta que las piernas dejan de temblar.

¿Cómo la ha encontrado? Cambió de ciudad, de vida. No publicó nada en redes sociales durante meses después de mudarse a Nueva York. Un fantasma digital. Una mujer invisible.

Y aun así, él sabe dónde trabaja. ¿Qué más sabrá? ¿La ha estado siguiendo? El Lexus negro de esta mañana frente al edificio… los cristales tintados… esa matrícula. Era él. Tenía que ser él.

La idea de que esté cerca, acechando, la aterra.

«Solo quiere hablar», se dice.

Mentira. Con Brad nunca es solo hablar . Con Brad siempre hay un precio. Una condición oculta en la letra pequeña. Algo que quiere. Y ella no puede abrir esa puerta. Porque si lo hace, si le da una pulgada, Brad tomará una milla. Lo sabe. Lo aprendió por las malas. No puede abrir esa puerta.

El móvil vibra en su bolso. El sonido la atraviesa como electricidad. Se queda paralizada.

«No. Por favor, no».

Saca el teléfono con manos que parecen gelatina.

Nueva notificación. Otro email.

«¡No, no, no, no, no!»

Asunto: Necesito verte

Sé que recibiste mi email. Solo quiero hablar. 5 minutos. Por favor.

B.

Hada aprieta el móvil hasta que los nudillos se le ponen blancos.

Ignorarlo. Eso es lo que tiene que hacer. No responder. No darle la satisfacción de saber que la tiene asustada.

Borra el email sin leerlo dos veces. Guarda el móvil y cierra la cremallera del bolso con un tirón violento.

Se ajusta la camisa y se recoloca el pelo. Se pellizca las mejillas para forzar algo de color y practica una sonrisa frente al espejo. Falsa como un billete de tres dólares, pero servirá para cruzar el pasillo.

«Cabeza alta y paso firme, Hada».

Está a punto de salir cuando la puerta se abre desde fuera. Hada da un salto, retrocediendo tanto que casi tropieza con sus propios pies.

Es solo una mujer de otra oficina. Traje corporativo, perfume dulzón, pelo recogido. Trabaja en esta planta. Hada la ha visto en el ascensor, en la máquina de café, aunque no sabe su nombre.

La mujer la mira con el ceño fruncido.

—¿Estás bien?

«¿Tanto se nota?»

—Sí —responde rápidamente—. Perfecta. Solo… un ligero mareo. Una mala noche.

La mujer no parece convencida. Sus ojos recorren el rostro de Hada como un escáner de seguridad.

—Pareces haber visto a un muerto. ¿Segura de que no quieres que llame a alguien?

—Segura, gracias.

Hada se desliza junto a ella, evitando el contacto visual, y sale al pasillo. Camina rápido, con la mirada baja, sintiendo que las paredes de la oficina se cierran sobre ella. Se mete en su despacho y cierra la puerta. El clic del pestillo suena como una salvación momentánea.

Antes de sentarse, saca el móvil una vez más. Solo para comprobar.

No hay más mensajes.