9
La primera pista potencial tiene dos efectos en mí: me da un susto de muerte y me recuerda la película Seven .
Me gusta mucho el clásico de David Fincher. ¿A quién no? Especialmente la escena final. Esa caja de cartón en medio del desierto es… perfección cinematográfica. Es una de las razones por las que crucé el charco y me mudé a Los Ángeles para ser guionista.
Esa caja.
Pregúntale a un millón de personas qué esperan encontrar al abrir una caja que entrega un repartidor en medio del desierto. Un paquete. Documentos. Tal vez dinero. Pero, por Dios bendito, ¿cuántas pensarán en una cabeza humana?
Aquí tiene su entrega, señor. Si me firma este albarán…
Se me eriza el vello de los brazos cada vez que pienso en Brad Pitt gritando. En Morgan Freeman corriendo. Y en esa mancha de sangre seca bajo el sol.
Pero basta, me estoy adelantando.
La casa de Susan y Jax está en el Upper West Side, un barrio tranquilo y familiar. Gente con dinero, pero sin ostentación.
Durante el viaje, envío un mensaje rápido a Hada: «Puede que Jax Thorne esté en Toronto. Empieza por ahí. Y busca a un tal John-Michael Flint en los registros» .
Subimos en ascensor hasta la última planta. Rebecca empuja el carrito de Noah, que sigue durmiendo con esa envidiable paz de quienes aún no saben que la vida es una estafa.
—Es aquí —dice ella, sacando las llaves.
El ático es exactamente lo que esperarías de una pareja joven y exitosa: un espacio con techos altos y diseñado con clase.
Un sofá de cuero claro, muebles de madera oscura y cuadros abstractos.
No muy grande. Dos habitaciones, un baño, cocina abierta al salón…
y una terraza que justifica el dineral: el Hudson se extiende como una cinta de plata líquida bajo el sol de la tarde.
A lo lejos, los puentes de Manhattan y Brooklyn.
Y detrás, como gigantes de acero y cristal, los rascacielos del Distrito Financiero. La vista me deja sin palabras.
En un rincón hay macetas con plantas aromáticas. Paso la mano por la albahaca. El aroma es fresco y agradable. Susan cuidaba estas hojas, las usaba para cocinar mientras esperaba a un hombre que tal vez ya estaba haciendo las maletas.
—Bonito, ¿verdad? —dice Rebecca.
—Espectacular. Con un catalejo tal vez vea mi casa en Brooklyn —digo. Aunque probablemente lo que vería sería a Chase manteniendo relaciones sexuales con la camarera del Poke Paradise a través de la ventana.
Volvemos dentro. Rebecca me hace un tour rápido. La cocina está impecable. Libros de Ottolenghi y Jamie Oliver, con post-its de colores asomando entre las páginas y anotaciones a mano en los márgenes. Ella se detiene y me pregunta algo que no espero:
—¿Esclerosis múltiple?
Está mirando mi muñeca. La pulsera de goma con el texto motivacional: No esperes a que pase la tormenta, aprende a bailar bajo la lluvia. Y una carita sonriente.
Supongo que llama la atención en un hombre de mi edad.
—¿Cómo lo sabe?
—Soy enfermera en la Unidad de Medicina Ambulatoria del Elmhurst Hospital.
—El mundo es un pañuelo —respondo, intentando ocultar mi incomodidad. Detesto que me miren como a un paciente fuera de consulta.
—¿Cómo lo lleva? —pregunta, mirándome de arriba abajo.
—Seguimos peleando.
—Lo entiendo —asiente ella con seriedad profesional—. Usted logró superarlo, seguir adelante con su vida, ser feliz y productivo. ¿Por qué no pudo mi hermano?
No tengo respuesta para eso. En parte porque no estoy seguro de que su suposición sea del todo acertada.
Carraspeo.
—¿Le importa si empiezo a buscar?
—Adelante.
Comienzo por el salón. Abro cajones y reviso estanterías. En la mesita de café hay un tablero de Scrabble a medio jugar. Las fichas están cubiertas por una fina capa de polvo. Me fijo en las palabras entrelazadas. En el centro, destacando sobre las demás, alguien formó la palabra AMOR .
Es una ironía cruel. Cuatro letras rodeadas de polvo, en una casa donde el hombre se ha esfumado y la mujer está conectada a un respirador.
El amor, en este tablero, es un juego que se quedó sin jugadores.
Aunque, pensándolo bien, han pasado seis meses.
Es probable que Susan estuviera jugando la partida con otra persona.
Sigo buscando. Veo fotos enmarcadas: Tailandia, Perú, Japón.
En todas ellas, Susan y Jax aparecen abrazados y felices.
Me doy cuenta de que es la primera vez que veo a Jax físicamente; ni siquiera me había formado una imagen de él.
Es guapo, más joven de lo que imaginaba, con la mandíbula marcada como la de su hermana; aunque en él, esa fuerza se traduce en un atractivo masculino.
Tiene el cabello oscuro ligeramente ondulado, peinado hacia atrás con ese descuido que solo funciona si tienes buenos genes.
Es el tipo de hombre que entra en una habitación y el aire cambia de presión.
Un ganador nato. No me extraña que una belleza de corazón puro como Susan quedara prendada de él.
Rebecca me observa desde el sofá con las piernas cruzadas. Siento sus ojos en mi nuca. Es incómodo.
—¿Puedo llevarme una foto de su hermano? —le pregunto.
—Llévese lo que quiera.
—Susan estaba convencida de que no la había abandonado —digo, abriendo un cajón con facturas—. Que le tuvo que pasar algo.
—Sí. No dejaba de repetirlo. Tuvo más de un enfrentamiento con la policía por ello.
—¿Pero usted no lo cree, verdad?
Suspira y se incorpora.
—Ya se lo dije. Se fue a Toronto. Fin de la historia.
Me vuelvo hacia ella.
—O puede que alguien quisiera que pareciera exactamente eso.
—¿Adónde quiere llegar?
—¿No cree que todo esto es un poco raro? ¿Que lo de Jax y lo de Susan puede tener alguna relación?
Parpadea y echa la cabeza atrás, como sobresaltada por mis interrogantes.
—¿Pero qué relación? Mi hermano se larga de la noche a la mañana y no vuelve a dar señales de vida. Susan sufre un accidente de coche seis meses después. ¿Dónde ve usted una relación?
—¿En serio cree que no tiene nada que ver una cosa con la otra? —insisto—. ¿De verdad cree que una pareja puede sufrir dos desgracias tan grandes en tan poco tiempo?
Rebecca cruza los brazos bajo el pecho, ofendida.
—Si se refiere a si creo que han sido víctimas de dos sucesos extraños e independientes, la respuesta es sí.
Pasa muy a menudo, en realidad. Yo lo veo casi todos los días.
—Hace una pausa—. La vida no es como un guion de cine.
¿Le parece justo que un chaval de quince años pase sus últimas semanas agonizando en una cama de hospital por una leucemia?
¿Y que el padre de ese chico tenga párkinson?
Eso ocurrió el mes pasado en mi hospital.
Yo traté a ese crío. Vi a sus padres desmoronarse en la sala de espera.
Sus ojos brillan. Lágrimas contenidas.
Trago saliva.
—Lo siento. No tenía ni idea.
—Dios no reparte el dolor a partes iguales. A algunas familias apenas les pasa nada en toda la vida y a otras les pasan demasiadas cosas. Como a la de ese chico. O como a la de mi hermano. El destino es un sádico sin imaginación.
—Así que es cosa del destino —replico—. Esa es su explicación. El destino.
—El destino, la mala suerte, póngale la etiqueta que quiera. Usted es el escritor, no yo. Yo solo lo considero una tragedia. Una coincidencia trágica, tal vez extraña. Pero he visto coincidencias aún más extrañas, créame.
Asiento. No estoy convencido, pero no insisto.
Sigo rebuscando por la casa. Rebecca me sigue a todas partes como un fantasma vigilante.
En un mueble bajo junto a la ventana encuentro una colección de vinilos.
Jazz y soul clásico. Miles Davis. John Coltrane.
Marvin Gaye. Todos bien cuidados en fundas protectoras.
Los discos de Jax, supongo. Junto a ellos hay un mueble bar.
Botellas de bourbon, ginebra, vodka… Y una botella de whisky escocés de malta medio vacía.
—Vale —digo mientras ojeo los vinilos con curiosidad—. Todos dieron por hecho que Jax se fue sin más. Y puedo llegar a asumir que el accidente de Susan ha sido una desafortunada desgracia sin relación alguna. Pero ¿y si…?
Ella se detiene a mi lado.
—¿Y si?
—Si su hermano no abandonó a Susan, es que alguien le hizo algo.
Me mira con paciencia.
—Si no abandonó a Susan, es que alguien le hizo algo —repite—. Antes no iba de farol. De verdad es usted un investigador experimentado. Me quito el sombrero.
—Solo estoy intentando descubrir qué le pasó.
—¿Rebuscando entre sus vinilos?
—Rebuscando en cualquier cosa turbulenta de su vida.
—¿Turbulenta? —Suelta una carcajada—. ¡Estamos hablando de Jax! Todo era turbulento, joder. Lo difícil con él era encontrar un momento de paz.
—Es probable que así sea, pero necesito tener una imagen completa de su vida, encontrar un hilo para tirar…
Su móvil suena. Ella lo saca del bolso y mira la pantalla. Frunce el ceño.
—Disculpe. Tengo que contestar esto.
No espera respuesta y se aleja por el pasillo hacia la terraza. Su voz se convierte en un murmullo. Capto palabras sueltas: «Hemograma», «Biopsia», «Protocolo».
Aprovecho para seguir buscando a mis anchas.
Reviso la cocina. Nada útil: facturas, recetas impresas, imanes con números de emergencia.
El baño tampoco ofrece nada.
La habitación de Noah. Nada.
Mi última opción es el dormitorio principal. Es una estancia armónica. Sábanas blancas impecables. Un cuadro de París adorna el cabecero. Un balconcillo ofrece vistas al río.
Mi mirada se posa en la cama de matrimonio, perfectamente hecha, sin un pliegue. Luego en el portatrajes de Jax, a un lado, en un rincón. Sigue ahí. Susan no lo ha tocado. Un traje azul oscuro cuelga de manera ordenada. Seguramente es el último que vistió: camisa blanca y corbata burdeos.
¿Y por qué iba Susan a moverlo?
En teoría, Jax podría entrar en este instante por la puerta, darle un cálido abrazo a su hermana, llorar por el estado de su prometida y echarme a mí a patadas.
Observando este rincón de la casa, me viene a la mente una imagen: Susan despertándose en mitad de la noche, irguiéndose de repente en la cama y pensando, o mejor dicho, inventando nuevas teorías sobre su novio.
Como exguionista, no puedo evitar «dirigir» la película del final de Jax en mi cabeza.
Es el realismo sucio de mis viejas novelas.
Lo imagino en el fondo del lago Ontario, con los pulmones llenos de agua helada y su traje de quinientos dólares sirviendo de festín para las percas.
O quizás descuartizado en una bañera de algún motel barato, con el olor metálico de la sangre mezclándose con el de la lejía.
Algo parecido debía de imaginar Susan cada noche al cerrar los ojos. Y también la gran pregunta: ¿Y si sigue vivo?
La esperanza es lo que duele; la certeza de un cadáver podrido bajo los cimientos de hormigón de un edificio en construcción es, al menos, un final.
Pero la incertidumbre trae consigo nuevas preguntas: ¿Se habrá dado un golpe en la cabeza, olvidándose de quién es, y ahora está viviendo en la calle como un pordiosero?
¿O simplemente ha huido en busca de una vida mejor?
¿Estará Jax con otra mujer? ¿Tal vez con un hombre?
¿Habrá huido de su vida en Nueva York? Y en ese caso, ¿por qué motivo?
¿Fue la presión ante la perspectiva del matrimonio y la paternidad, o había algo más?
¿Un chantaje, tal vez? ¿Lo amenazaron de muerte?
Las posibilidades son infinitas.
Incluso las menos originales pueden transformarse en miles de horrores cuando una persona querida desaparece de repente. O en miles de esperanzas, lo que resulta aún más doloroso.
La voz de Rebecca llega desde la terraza y aparta de mi mente todas estas ideas.
Pruebo en los cajones de las mesillas. En la de Susan encuentro un libro: Educated de Tara Westover, medio leído; un cargador de móvil, un bote de crema de manos y un paquete de pañuelos.
Nada relevante.
En la de Jax hay un despertador digital, un bloc de notas, bolígrafos, una novela de John Grisham y un blíster de ibuprofeno.
Tampoco encuentro nada que me susurre pistas.
Me dirijo a la cómoda.
Primer cajón: Camisetas dobladas. Supongo que son de Susan.
Segundo cajón: Jerséis. También de Susan.
Tercer cajón. Ropa interior. Bragas y sujetadores de colores variados: blanco, negro, azul, rosa…
Siento una punzada de culpa; tengo la sensación de que a Susan no le gustaría verme revolviendo en el cajón de su ropa interior.
Y a Jax, mucho menos.
Estoy a punto de cerrar el cajón cuando veo algo.
Un papel asoma entre los sujetadores.
No. No es un papel. Es algo más grueso.
Tampoco es una caja en un desierto como la de Seven .
Es un sobre acolchado, de tamaño mediano y color manila. Lleva la palabra «Personal» escrita con una caligrafía mecánica, de máquina de escribir. Sin remitente. Sello de Nueva York.
Lo saco con cuidado y lo sacudo. No hay nada que rebote en su interior ni se produce ningún sonido. Veo que el sobre está abierto. Meto los dedos dentro.
Hay algo. Vuelco el sobre y un papel cae sobre las bragas de algodón.
Vaya.
Lo recojo y le doy la vuelta. Es una foto. Una Polaroid de…
Gemido.
Mis dedos tiemblan tanto que la foto cae de nuevo sobre la ropa interior, boca arriba.
Y, cuando la observo con detalle, se me paraliza el corazón.
Oigo la voz de Rebecca gritando desde la terraza:
—¿Has encontrado algo, Galán?
Intento cerrar el cajón, pero mis manos no obedecen. Me quedo ahí, mirando la imagen, hipnotizado, y de pronto comprendo que el caso de los cincuenta mil dólares acaba de volverse mucho más peligroso que una simple desaparición.