Pack Toni Galán (libros 1-3) 8
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Elegimos una mesa apartada y pido dos cafés. El tipo tras el mostrador me entrega las bebidas con desgana. Regreso a la mesa y le paso un vaso a Rebecca, que parece haber perdido un poco de vapor. Sus hombros están más caídos bajo la luz plana y blanca del local.

—Gracias —murmura.

—No quiero sonar como un mal cliché, Rebecca —digo, intentando romper el hielo mientras remuevo mi café con un palito de plástico—. Pero si hay algo que pueda hacer...

Trato de partir el palito de plástico entre mis dedos, un gesto insignificante.

Sin embargo, mi mano no recibe la orden completa.

Mis dedos aprietan, pero la fuerza se queda a mitad de camino, como una señal de Wi-Fi interrumpida.

Finalmente lo doblo, pero no lo rompo. Noto que el calor del café me llega a las yemas con un retraso de un segundo.

Un recordatorio de mi sistema nervioso: «Sigo aquí, Toni. No te olvides de mí».

—Hay una cosa —dice ella, ignorando mi pequeña lucha física—. Hábleme del contrato. ¿Qué le prometió Susan?

Le resumo los detalles: veinticinco mil por empezar, veinticinco mil por encontrarlo, vivo o muerto. Ella escucha mientras sus dedos juegan con la cruz de plata que cuelga de su cuello.

—Qué buena es —dice con una sonrisa amarga como el café—. Todavía confía en él. De tan buena que es, parece tonta.

—¿Qué opina usted?

Se lo piensa un segundo.

—Creo que Jax era un desastre maravilloso.

—¿Pero piensa que su hermano abandonó a Susan?

—Soy católica —dice, sonriendo sin gracia—. Creemos en los milagros. Pero también en el pecado original. Y mi hermano es el pecador favorito de esta familia.

—¿Qué quiere decir?

Titubea. Se pasa la cruz de una mano a otra.

—Quiero a mi hermano. Es lo mejor de mi vida. Pero... —Se detiene—. Se había convertido en un cínico sin escrúpulos ni empatía.

—¿Por qué?

—No lo sé. Tal vez siempre fue así. O tal vez algo cambió. —Levanta la vista—. No me cuesta imaginar a Jax comenzando de cero en Toronto si eso es lo más cómodo para él.

Parpadeo.

—¿Toronto?

—Vaya, veo que sus «recursos diferentes» no incluyen los registros de las aerolíneas. Jax voló a Toronto el día que desapareció. Había un billete a su nombre. Por eso la policía cerró el caso. No hay misterio, solo un tipo huyendo de su propia vida.

Me paso las manos por la cara. Huelen a café y a callejón sin salida. Si hay un registro de vuelo, mi investigación acaba de convertirse en la búsqueda de un fantasma que no quiere ser encontrado.

—Cuénteme sobre él.

Rebecca suspira.

—Mi hermano siempre necesitaba a alguien o algo. Era la persona más dependiente que he conocido.

—No pretendo ser un entrometido, pero...

Me detengo. No sé si debería estar hablando de esto con Susan dormida tres pisos más arriba.

—Haga la pregunta de una vez.

—¿Susan y Jax tenían problemas?

Otra sonrisa triste.

—Antes todo iba bien. Estaban muy ilusionados con ser padres. Hacían planes de boda y Jax tenía un buen trabajo. Eran la pareja ideal.

—¿Cuánto tiempo llevaban juntos?

—Unos cinco años. Prácticamente eran un matrimonio.

—Entonces, después de tanto tiempo, ¿qué rompió a Jax, Rebecca? ¿Qué lo cambió?

Ella mira su café, que tiene un brillo aceitoso que recuerda al petróleo.

—Creo que todo empezó con el accidente.

En la distancia, la cafetera comienza con su chirrido infernal. Un teléfono suena en alguna parte. Más allá de la puerta, en el vestíbulo, una mujer corre hacia el ascensor con lágrimas en los ojos. Hago una mueca. A eso me refería. Hospitales.

Trato de centrarme en la conversación y en lo que acaba de mencionar Rebecca.

—¿Qué accidente? —pregunto.

—Hace dos años, Jax tuvo un accidente de coche.

Víspera de Nochebuena. Hielo negro en la carretera y Jax con más alcohol en sangre que sentido común.

Con él íbamos su mejor amigo y yo. Jax perdió el control y nos estampamos contra un árbol.

Yo acabé con esta brecha —se toca la sien, donde la cicatriz fina brilla bajo el neón— y un par de horas de amnesia.

Me desperté en la ambulancia. Jax, en cambio, solo sufrió heridas menores.

—¿Y el amigo?

—Un par de hematomas y un leve traumatismo. Llevó un collarín durante varias semanas, pero nada serio.

Ahora su voz suena distante, su mirada perdida en el café.

—Conducir borracho ya era bastante malo, pero si a eso le sumas varios heridos, bueno, podía acabar muy mal.

Pero nosotros lo encubrimos. Lo mantuvimos en secreto.

Su amigo y yo declaramos que conducía yo.

Para cuando llegaron los refuerzos, ellos ya me habían sacado del coche, así que no nos hicieron preguntas al respecto.

Ahora lo pienso y me parece una locura; podían haberme causado lesiones graves, transportándome así, inconsciente.

Pero ellos eran de esa forma, no pensaban demasiado en las consecuencias de sus actos.

Cuando desperté, nos inventamos entre los tres una historia sobre un ciervo, la carretera mojada... En fin, lo salvamos.

—¿Cómo le afectó el accidente a Jax?

Bebe un sorbo y hace una mueca como si se hubiera bebido un whisky de un trago.

—Algunas personas reflexionan y cambian tras una experiencia así. Unas pocas hasta se vuelven monjes o cosas por el estilo. Mi hermano tomó el camino opuesto. Empezó a beber y a consumir. Supuestamente para sobrevivir a las pesadillas y la mala conciencia.

—¿Susan lo sabía?

—Sí, claro. Intentó ayudarlo. Pero Jax… —Sacude la cabeza—. Jax no quería la ayuda de nadie.

—¿Tenía algún problema?

Rebecca me mira.

—Me refiero además de los habituales. ¿Usureros, deudas de juego o algo por el estilo?

—Supongo que es posible.

—Pero no lo sabe.

Sacude la cabeza, con la mirada aún perdida.

—Ahora me pregunto si hicimos lo correcto al encubrirlo. Quizá si mi hermano hubiese pagado el precio entonces, habría aprendido la lección en lugar de tirar su vida por la borda.

—Usted no tiene la culpa de nada.

Ella lo piensa por un momento.

—Quizá tenga razón.

Pero no parece convencida.

—¿Cómo se llama el otro? —pregunto.

—¿Quién?

—El amigo que iba en el coche con ustedes.

—John-Michael Flint. Todo el mundo le llama JM.

Apunto el nombre mentalmente.

—¿Sabe dónde vive?

—No. —Traga saliva y cruza la mirada conmigo—. Después del accidente, JM y yo nos distanciamos.

—¿Sigue siendo amigo de Jax?

—No lo sé. Creo que no. Tuvieron una bronca. No llegué a enterarme de los detalles.

Estoy a punto de preguntar algo más cuando una sombra cae sobre la mesa.

—Rebecca.

Levanto la vista. El recién llegado es un hombre que parece haber salido de una película de abogados de los setenta: cuarenta y tantos, traje gris impecable y unas gafas de pasta gruesa con cristales de color sepia que ocultan sus ojos casi por completo.

—¡David! —dice Rebecca con un alivio genuino.

—Lo siento mucho. He venido en cuanto me he enterado. ¿Cómo está Susan?

—En coma. Igual.

El hombre sacude la cabeza. Parece genuinamente afectado.

—Es terrible. Terrible.

Ella me señala.

—Este es Toni Galán, investigador privado. Susan lo contrató para buscar a Jax.

Noto cómo su expresión cambia de repente. Me tiende la mano.

—David Klein. Un placer.

Su apretón es firme, de esos que intentan transmitir que él tiene el control absoluto mientras evita mirarme a los ojos.

—Así que va a buscar a Jax —dice luego.

—¿Lo conoce?

—Jax trabaja para mí en el bufete. —Se ríe, como disculpándose por su torpeza—. Perdón. Debería haber empezado por ahí.

Quiero devolverle la sonrisa, pero no me sale. Es uno de esos tipos que intentan imitar a la persona con la que conversan. Lo detesto.

—¿Era Jax un buen empleado?

—Era brillante. Realmente brillante. Tenía mucho futuro.

—Pero se fue.

—Sí... —suspira—. Fue una sorpresa para todos. La mente de uno es un lugar complicado.

—¿Quieres un café, David? —le ofrece Rebecca—. Siéntate con nosotros.

—No, no. Gracias. Tengo prisa. Solo he venido a ver a Susan. —Mira su reloj—. Tengo una reunión en media hora. Si necesitas algo... lo que sea.

Ella posa su mano afectuosamente en su brazo.

—Gracias, David. Te lo agradezco.

Él vuelve a dirigirse a mí.

—Para cualquier asunto legal, aquí tiene mi contacto.

Me entrega una tarjeta blanca de alto gramaje: David Klein algo dentro de mí vuelve a ser aplastado nuevamente.

—Gracias.

—Creo que es el típico que necesita hacer justicia para poder dormir por las noches. ¿Me equivoco?

No digo nada.

—Jax no se lo va a dar —señala—. No es un buen hombre.

—No me corresponde a mí juzgar eso.

Rebecca lleva su mano a la mía y aprieta.

—No se entrometa más de lo necesario —dice, buscándome con la mirada—. Esa es mi recomendación. Búsquelo, tráigalo de vuelta. Pero no se entrometa.