Pack Toni Galán (libros 1-3) 7
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El Presbyterian es uno de esos edificios que intentan parecer acogedores, pero fracasan estrepitosamente. Es blanco, limpio y silencioso, salvo por el zumbido constante de las máquinas y el roce de las suelas de goma contra el linóleo.

Odio los hospitales, por si no estaba claro.

No es solo por lo que representan: enfermedad, dolor, muerte.

Es algo más visceral, más personal. He pasado demasiado tiempo en lugares como este.

Demasiadas agujas. Demasiadas resonancias magnéticas.

Las enfermeras tienen esa sonrisa profesional desgastada, la misma que te daría un verdugo antes de decirte que «solo será un pinchazo rápido».

La esclerosis múltiple tiene esas cosas. Te convierte en un cliente habitual de sitios que preferirías olvidar.

Voy directo a recepción. Una enfermera de mediana edad, con el pelo recogido en un moño tan apretado que probablemente le está causando dolor de cabeza, me mira por encima de las gafas.

—¿Puedo ayudarle?

—Busco a Susan Calloway. ¿En qué habitación está ingresada?

—¿Es usted familia? —Su voz tiene el entusiasmo de un contestador automático.

—No. Soy... un amigo.

Me estudia durante un segundo que se hace eterno. Finalmente, cede con un suspiro.

—UCI. Tercera planta. —Señala hacia los ascensores—. Pero no podrá verla. Solo familia directa. Hay una sala de espera junto a la unidad.

—Gracias.

Subo por las escaleras. No me fío de los ascensores de los hospitales; suelen estar llenos de gente con ojos vacíos que parecen haber perdido toda esperanza.

Mis piernas responden bien. El entrenamiento con Chase está dando resultados: subo de dos en dos y mi pierna izquierda apenas protesta.

Una pequeña victoria en un día de mierda.

En el tercer piso, el olor a desinfectante me golpea las fosas nasales. Ese olor, ese maldito olor que está en todos los hospitales del mundo, fabricado en la misma planta química que produce el terror.

Sigo los carteles hacia la UCI.

Con Susan en coma, no tenemos por dónde empezar a investigar. Necesito información sobre Jax Thorne. Y la mejor manera de conseguirla es hablar con alguien cercano a Susan. Familia, amigos... quien sea que esté aquí esperando noticias.

Estoy a punto de llegar cuando me cruzo con una chica.

Veintitantos años, gafas de pasta y una coleta baja que se le está deshaciendo.

Camina encogida, abrazando una carpeta contra su pecho como un escudo.

Al pasar a mi lado, sus ojos enrojecidos se clavan en los míos.

Su paso vacila y, por un segundo, pienso que va a decirme algo. Me reconoce. Estoy seguro.

Me detengo, pero ella no me da tiempo a reaccionar.

Agacha la cabeza y casi echa a correr hacia las escaleras de incendios.

El sonido de sus suelas de goma contra el suelo es un eco frenético que se queda flotando en el pasillo.

La archivo en mi cabeza, en la carpeta de «cosas que huelen a chamusquina».

La sala de espera de la UCI es como todas las salas de espera de todas las UCIs del mundo.

Pequeña, con una mesita con revistas viejas que nadie lee y una ventana con vistas a un aparcamiento.

Hay una mujer sentada en una silla de plástico.

Está leyendo una revista. O finge leerla, porque sus ojos no se mueven por la página.

A su lado, en un carrito, Noah duerme plácidamente.

El pobre es demasiado pequeño para entender que su madre está en coma.

Siento una punzada en el pecho al pensarlo.

La mujer levanta la vista. Cuarenta y pocos años, ojos claros que me atraviesan como un escáner.

Pómulos altos y mandíbula fuerte. El pelo castaño le cae hasta los hombros, con algunas hebras de canas que no intenta ocultar.

No lleva maquillaje, pero tiene esa belleza aristocrática y funcional de las mujeres que están acostumbradas a llevar el peso de una dinastía sobre los hombros.

Me recuerda a una actriz. La de Gone Girl , la hermana de Ben Affleck: la clase de persona que te diría la verdad aunque te destrozara el corazón.

—¿Quién eres? —pregunta sin preámbulos, al ver que me he quedado mirándola.

—Hola. Soy Toni Galán.

—¿Y?

Dudo.

—Susan me contrató esta mañana.

—Ah. El investigador —dice ella, cerrando la revista con un golpe seco—. Rebecca Thorne. La mejor amiga de Susan. Y la hermana del hombre que se supone que tienes que encontrar.

Rebecca Thorne. La hermana del desaparecido. Interesante.

—Siento mucho lo de Susan —digo, dando un paso adelante.

—Gracias.

Permanecemos así. Dos bailarines esperando a que comience la música. Pistoleros en el Viejo Oeste esperando a ver quién desenfunda primero. Le ofrezco mi mano.

—Encantado de conocerla.

Ella no se mueve.

—Yo no.

Retiro la mano, despacio.

—Vaya —es lo único que acierto a decir, porque no se me ocurre nada inteligente. En mi defensa, no todos los días te presentan a la hermana del desaparecido mientras su novia está en la UCI.

Ella cruza los brazos.

—¿Ha venido a cobrar? Porque si es así, puede irse por donde ha venido.

—He venido a ver cómo está Susan.

—Está en coma, como ya sabrá. No puede verla.

Es una imagen que te revuelve las tripas: hace unas horas me ofrecía su dinero y ahora está en una pecera, dependiendo de un enchufe de pared. La vida es juguetona a veces.

—Lo siento mucho. Yo...

—Eso ya lo ha dicho, pero no le creo —me corta ella, levantándose con una elegancia que me hace sentir fuera de lugar—. No la conoces. Para ti es un cheque conectado a un respirador. Yo no quería que acudiera a usted, pero ella decidió no hacerme caso. Nunca lo hace —resopla—. Y así le va.

—Solo intento hacer mi trabajo.

—Su trabajo. —Se ríe sin rastro de humor—.

La policía ya lo intentó. Creen que mi hermano es un cobarde que huyó al ver la eco del bebé.

Y tú vienes aquí, con esa mirada de perro apaleado, a decirme que vas a tener éxito donde los profesionales fracasaron.

¿Qué le hace pensar que usted tendrá más suerte?

—Tengo recursos diferentes.

Rebecca me estudia. Sus dedos juguetean con el borde de su jersey de punto gris, pero su postura es la de una muralla.

—Solo estoy rabiosa por lo que ha pasado —dice, bajando la mirada—. No me haga caso.

—No se preocupe.

Sacude la cabeza.

—Susan es terca —continúa—. Seguía confiando en Jax después de todo. Pero los Thorne somos expertos en desaparecer cuando la realidad se vuelve demasiado pesada. Jax vio las paredes cerrándose y saltó por la ventana. Es así de simple.

Asiento. Hay preguntas que necesito hacer, pero esta mujer ha perdido a su hermano y casi acaba de perder a su mejor amiga. Debo caminar con cuidado ante el riesgo de tropezar con una mina terrestre emocional.

—Señora Thorne...

—Señorita.

—Señorita Thorne. Pienso encontrar a su hermano.

Ella parece confusa. Los dedos se mueven cerca de su boca, debatiéndose entre morderse las uñas y tirarse del labio inferior. Luego comienza a sonreír. Como si pudiera ver el futuro.

—Va a perder el tiempo, ¿sabe? Solo va a remover el pasado. Hacer más daño. Eso es lo que hacen los tipos como usted.

Noah emite un ruidito en el carrito. Rebecca se inclina y lo mece con una ternura que choca frontalmente con la frialdad de su voz.

—¿Quién lo está cuidando? —pregunto.

—¿No está claro?

—¿Usted?

Asiente.

—Y cuando yo no pueda, se quedará con los padres de Susan. Tiene cuatro meses, así que no se da cuenta de nada. —Su voz se suaviza un poco—. Es una bendición, supongo.

«Ahora tranquilo —me digo, tomando aire—. Suave. Con respeto».

—Necesito hacerle algunas preguntas sobre su hermano.

—Espero que la sutileza no sea su punto fuerte de investigador.

Sonrío.

—Está bien. Hablemos —dice finalmente—. Pero no aquí. Mientras Susan está... —Señala hacia la UCI con un gesto de la cabeza—. Hay una cafetería en la planta baja. El café sabe a ácido, pero es más privado. Podemos hablar allí.

Se da la vuelta y agarra el manillar del carrito con una mano firme. Me mira por encima del hombro.

—¿Viene o no?

No respondo. Solo la sigo, preguntándome quién era la chica del pasillo y por qué Rebecca Thorne parece estar protegiendo un secreto que no quiere que yo descubra.