6
—¿Qué vamos a hacer?
La pregunta flota en el aire del apartamento como el polvo que se cuela por la ventana.
Susan Calloway está en coma. Nuestra única clienta, la mujer que esta mañana se sentó en mi despacho con un bebé en brazos y un cheque de cincuenta mil dólares, ahora está en el Presbyterian, rodeada de tubos y máquinas que respiran por ella.
Un impacto accidental en un cruce con poca visibilidad. Esa es la versión oficial.
El hospital llamó a Hada mientras comíamos en el Joe’s Corner. Alguien del hospital rebuscó en el móvil de Susan, encontró el registro de llamadas recientes y marcó el último número de la lista. El nuestro: TG Confidential.
Lo primero que me vino a la mente fue el bebé. Dios, no llega al año…
—Noah no resultó herido —aclaró Hada nada más colgar—. Está perfectamente.
Respiré aliviado. Una buena noticia, al menos. La única buena del día.
Hada está hundida en el sofá de cuero desgastado, frotándose las sienes como tratando de borrar las últimas dos horas. Chase está junto a la ventana, observando Brooklyn con esa expresión de aburrimiento calculado. Para él, todo esto es un juego más.
Bienvenidos a mi hogar, una vieja fábrica textil reconvertida en lo que los agentes inmobiliarios llaman «espacio abierto con carácter».
Paredes de ladrillo visto, tuberías expuestas en el techo que gimen por la noche y paredes de pladur.
Si Chase hace el amor, me entero de cada gemido.
Si yo estoy en terapia online con mi psicóloga o tengo pesadillas, él también se percata.
Probablemente sabe lo que sueño antes que yo.
Alfred, mi labrador rubio, apoya su cabeza en mi rodilla.
Siento su calor a través del pantalón. Logan, el pitbull de Chase, ronca panza arriba.
Sus patas traseras están abiertas sin ningún pudor.
La lengua, colgando. Completamente relajado mientras el mundo se va al carajo.
Dicen que los perros se parecen a sus amos, ¿no?
—¿Qué vamos a hacer? —repito.
—No lo sé, Toni —responde Hada sin levantar la vista—. Sin Susan, no hay dirección. No hay información. Solo un nombre y un cheque que pronto será papel mojado si no encontramos a Thorne.
—Exacto. Adiós al sueño de la agencia independiente. Prepara la licra y el aceite, Chase. Mañana empezamos el curso de gigoló. Tú pones la cara y yo cobro las entradas.
Chase me dedica un dedo corazón. Hada me juzga con la mirada.
—¿Te estás rindiendo?
—Soy realista, Hada. Buscamos a un tipo que no quiere ser encontrado y nuestra única pista está en la UCI. Trabajamos a ciegas, Hada. No sabemos nada de Thorne. Ni amigos, ni familia, ni hábitos. Nada. Es como buscar una aguja en un pajar, pero sin pajar.
—Entonces buscamos el pajar —interviene Chase, separándose de la ventana.
—No funciona así.
—¿Por qué no?
—Porque… —Me detengo. No tengo una buena respuesta.
—Hada tiene razón —la señala con la barbilla—. No podemos rendirnos ahora.
—Que no me estoy rindiendo. Solo estoy… Está bien. De acuerdo. Sigamos con el caso. Pero no sé por dónde vamos a empezar.
Hada saca su móvil. La pantalla brilla en sus manos.
—Tenemos el nombre: Jax Thorne. Podemos conseguir sus registros telefónicos, sus redes sociales, sus movimientos bancarios…
—Eso llevará tiempo.
—Entonces empezamos ya.
Me doy una palmada en los muslos y me levanto. De repente me siento más animado.
Chase se sienta en el brazo del sofá.
—¿Nadie piensa que el accidente parece demasiado conveniente?
—¿Qué quieres decir?
—A ver, recopilemos. Susan nos contrata. Dos horas después, un coche la saca de la ecuación. Solo digo que es raro.
Hada asiente, y por primera vez en el día, veo una chispa en sus achinados ojos.
—Tiene razón. Tienen que estar conectados. La desaparición y el accidente.
—Esa es la diferencia entre un caso y una casualidad, muñeca —contesta Chase, juguetón.
Hada pone los ojos en blanco, pero esta vez no muerde el anzuelo.
—Vale, de acuerdo. Sigamos. —Me froto la cara, sintiendo la barba de dos días—. Hada, registros telefónicos de Thorne. Chase, redes sociales. Quiero saber hasta qué marca de cereales desayunaba ese tipo.
Chase se levanta y se estira.
—Necesito mear —anuncia, y desaparece por el pasillo.
Espero a que la puerta del baño se cierre. Entonces bajo la voz.
—Hada.
Ella se vuelve.
—¿Qué?
—Susan me dijo algo esta mañana. Quería enseñarme algo importante en su casa. Algo que «explicaba» por qué Jax no se había ido voluntariamente.
Me mira con el ceño fruncido. Luego mira al pasillo, hacia donde se ha perdido Chase.
—¿Por qué no lo has dicho delante de Chase? ¿Y por qué estás susurrando?
Dudo.
—Prefiero no involucrarlo demasiado. Chase es… impulsivo e inmaduro, Hada. Le quiero, es mi amigo, pero no estoy seguro de que necesitemos esa clase de ayuda en este caso. Al menos, por ahora. Necesito un poco de finura antes de soltar al perro de presa.
—Cierto. Y también es cierto que la última vez te salvó la vida. Sin él, ahora estarías muerto. No lo olvides mientras juegas a ser Sherlock.
—Sí, y esa es la clase de violencia que no queremos. Es lo que está arruinando nuestra reput… —Me detengo de golpe—. Espera, ¿ahora lo defiendes?
Hada titubea. Mira de nuevo hacia el pasillo. ¿Acaso se está sonrojando?
—Chase es un gusano. Pero es nuestro gusano. Y a veces necesitas a alguien sin escrúpulos cuando las cosas se ponen feas. Y más, tú. —Se queda mirando mis piernas—. ¿Qué tal vas, por cierto?
—Estoy mejor —miento—. Las clases de defensa personal están funcionando. Ya no necesito la muleta para caminar.
—Eso es bueno.
—Sí, pero…
—¿Qué pasa?
—¿Estoy preparado para esto? Lo acabas de decir: por poco me matan la última vez. Y antes de eso, en Los Ángeles, también estuve cerca del game over . —Sacudo la cabeza—. ¿Estoy jugando a ser Rambo cuando no soy más que un enfermo crónico con carencias sociales?
Hada se cruza de brazos.
—Otra vez te estás lamentando. No soporto los lamentos.
Suelto un sonido: una parte sollozo, dos partes risa.
—Detesto cuando me animas. Teniéndote a ti, ¿por qué necesito un psicólogo?
Se escucha la cisterna. Chase sale del baño, secándose las manos en los vaqueros.
—¿Qué me he perdido?
—Nada. —Me levanto y cojo mi chaqueta del respaldo del sillón—. Me voy.
—¿Adónde?
—Al hospital. A ver qué puedo averiguar sobre el accidente y el entorno de Susan.
—Te acompaño.
—No. Prefiero ir solo.
Su expresión cambia. Como una nube cruzando el sol.
—Ah.
—Pero mantente atento al teléfono —añado rápidamente, captando un atisbo de decepción en su tono—. Por si tengo que contactar de emergencia.
Chase asiente, pero no dice nada. Me vuelvo hacia Hada.
—Los registros telefónicos de Thorne, por favor. Lo antes posible.
—Cuenta con ello.
Salgo del edificio y me subo al Toyota Corolla gris que he alquilado mientras mi escarabajo rojo resucita en el taller. Es un coche tan aburrido que si lo miras mucho tiempo te quedas dormido. Espero que las mujeres sean capaces de resistirse.
Cuando pongo en marcha el motor, la radio está sintonizada en Z100, el 100.
3 FM. Lionel Richie canta Hello . Una balada desgarradora sobre un tipo que lleva años enamorado de alguien que no le ve.
Literalmente. Porque en el videoclip resulta que ella es ciega y hace esculturas de su cara con arcilla.
Romanticismo de los ochenta. Nada como una buena dosis de acoso disfrazado de amor verdadero para empezar el día.
Sacudo la cabeza y bajo el volumen. Aprovecho un semáforo en rojo para sacar el móvil y marcar.
Tres tonos.
—¿Diga?
El corazón me da un vuelco estúpido. La voz de Molly es un témpano de hielo flotando en whisky. Me la imagino al otro lado: pelo oscuro cayendo sobre los hombros, ojos claros que te atraviesan. Tal vez está en la cama. Tal vez lleva puesto un camisón de seda…
Dios. Basta.
—Hola, Molly. Soy Toni.
Silencio. Largo. Demasiado largo.
—Ya sé quién eres, Toni. Sigues estando en mi agenda bajo el nombre de «Error catastrófico». ¿Qué quieres?
—¿Cómo estás?
—Ocupada.
El semáforo cambia a verde. Arranco.
—Necesito hablar contigo.
—Qué sorpresa. —Su voz gotea sarcasmo—. Toni Galán necesita algo. Quién lo hubiera imaginado.
Suspiro. Hablar con Molly Dickinson es como bajar a una mina de carbón: te restriegas en el lodo, inhalas veneno, arriesgas tu vida. Y con suerte, si no te mata el metano, encuentras un diamante.
Durante el caso Miller, Molly me ayudó a cambio de la primicia en exclusiva.
Nos habíamos conocido hacía un par de años, al poco de llegar yo a Los Ángeles.
Fue en un bar de jazz en Santa Mónica. Yo intentaba ligar con ella con toda la sutileza de un elefante borracho, pero le di un soplo falso que hizo que la despidieran de la redacción donde trabajaba.
No fue mi mejor momento. Desde entonces, me la tiene jurada.
—Molly, mira…
—¿Sabes cuánto tiempo ha pasado desde lo de los Miller?
—Sí.
—¿Y sabes cuántas veces has llamado desde entonces?
—Esta es la primera.
—Exacto.
Pausa. Puedo oír su respiración al otro lado.
—¿Me estás evitando, Toni?
—No.
—Sigues siendo pésimo mintiendo.
Giro a la izquierda sin poner el intermitente. Un taxi amarillo me pita como si le debiera dinero. Le devuelvo el gesto con elegancia.
—He estado… ocupado.
—Claro. Ocupado. —Su tono podría hacerme sangrar a través del teléfono—. Y ahora, ¿qué quieres?
—Necesito información sobre alguien.
—Por supuesto que sí.
Pero hay algo en su voz. Un matiz. Algo suave debajo de todo ese hielo. Como si estuviera sonriendo a pesar de todo.
—Jax Thorne. Abogado. Desapareció hace seis meses.
En el silencio que se genera a continuación, puedo oír cómo procesa la información.
—Jax Thorne —repite finalmente—. El nombre me suena.
—¿Lo conoces?
—Conozco el caso. Bueno, llamarlo caso es mucho decir. La policía lo archivó porque el niño rico se cansó de jugar a las casitas. ¿Qué pasa con él?
—Todavía no lo sé. Por eso te llamo. Su prometida está en coma y yo tengo un cheque de veinticinco mil dólares que dice que no se fue por su cuenta.
Otro silencio. Oigo el ruido del tráfico de Manhattan al otro lado. No está en la cama. Adiós a mi fantasía.
—¿Quieres que nos veamos? —pregunta.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hoy. Esta noche. Cuando puedas.
—Qué romántico. —Se ríe—. Si sigues así, me va a resultar imposible frenarme, Toni.
—Molly…
—Vale, vale. —Suspira—. Chez Josephine. A las seis. Y tú pagas.
—Trato hecho.
Cuelga. Mis manos sudan. Mi corazón va a mil. Es el efecto Molly: una mezcla de adrenalina y ganas de salir corriendo.
Pongo la directa. El Presbyterian me espera. Y en él, tal vez, las respuestas que necesito.