5
Hada me mira con los ojos empañados, tal vez buscando una grieta en mi rostro que le indique que estoy bromeando. Chase se ha quedado petrificado, con una patata frita a medio camino de la boca.
—¿Nos echa? —susurra Hada—. ¿Después de todo?
—Lo que oís. La sección desaparece. La semana que viene, todos a la calle.
Hada cierra los ojos y exhala un suspiro. Chase suelta una risa amarga.
—Espera, espera. ¿El Rinoceronte nos corta el cuello justo cuando las cosas se ponen interesantes? —Pincha una costilla con el tenedor—. Es un maestro del timing , el muy cabrón.
—Técnicamente, cierra la sección por falta de rentabilidad —explico—. Pero sí, nos ha puesto la maleta en la puerta con un lazo de despedida.
—¿Le has hablado de Susan Calloway? —pregunta Hada—. ¿De los cincuenta mil?
—Sí. Y le importa una mierda.
Chase levanta una mano, pidiendo paso.
—Perdonad…, ¿qué caso? ¿Qué me he perdido?
Hada y yo nos miramos. Es verdad, él aún no sabe nada. Le resumo a Chase la visita de Susan esta mañana. Cuando menciono la cifra, Chase se atraganta con la Coca-Cola.
—¿Cincuenta mil dólares? —repite, tosiendo y limpiándose la comisura de los labios.
—Veinticinco ahora y veinticinco si lo encontramos.
—Joder. Eso es mucha pasta. ¿Y Marcus no quiere el caso?
Niego con la cabeza.
—Opina que es un parche. Que después volveremos a estar otros tantos meses sin ofertas.
—Vale. Déjame ver si lo entiendo. ¿Tenemos un caso de cincuenta mil dólares, pero Marcus cierra la sección de todos modos?
—Dice que podemos aceptarlo si queremos, pero por nuestra cuenta, de manera independiente. Nos deja el nombre de la agencia, pero nos quita el seguro, la oficina y el sueldo base.
Hada ataca una berenjena como si fuera el corazón de Marcus Johnson.
—Vaya, se le ha ablandado el corazón al mastodonte.
Chase se reclina en su silla. Mastica pensativo.
—Rhino tiene razón, ¿sabéis?
Hada lo fulmina con la mirada.
—¿Disculpa?
—Llevamos meses comiéndonos los mocos. Nuestra reputación después del caso Miller está en el fondo del mar. Y tú… —Me señala con la barbilla—. Bueno, Toni, alguien te ha echado un mal de ojo del tamaño del Empire State. Divorcio, esclerosis, el lío de Hollywood… eres mercancía estropeada, tío.
—Gracias por el apoyo, hombre. Si alguna vez necesito que alguien me escriba el epitafio, ya sé a quién llamar.
—No es por joder. Es la verdad —dice, mordisqueando la costilla—. Pero tampoco es el fin del mundo. Tenemos cincuenta de los grandes. Veinticinco ahora y veinticinco cuando encontremos al tipo.
—Si lo encontramos —matiza Hada.
— Cuando lo encontremos.
—Hada, de verdad, no puedo con tu pesimismo. Eres una aguafiestas de manual.
—Y tú eres un irresponsable.
—¡Basta! —corto el aire con la mano. Me duele la cabeza.
El zumbido del Joe’s Corner empieza a sonar como un enjambre de avispas—.
Escuchadme. Usaremos el adelanto para sobrevivir: pagar facturas, saldar deudas, los gastos del caso, etcétera.
Encontramos a Jax Thorne, cobramos el resto y montamos algo nuestro. Sin Marcus. Solo nosotros. Desde cero.
Chase sonríe. Es una sonrisa contagiosa, de esas que te venden seguros de vida que no necesitas.
Hada juega con las puntas de su melena.
—¿Y si no lo encontramos? —pregunta—. ¿Qué pasa entonces?
—Entonces yo vuelvo a escribir novelas negras. Tú podrías ser mi correctora. Se te da bien corregir a los demás.
—Que te den.
Pero esboza una sonrisa a pesar de todo. Chase carraspea.
—¿Y yo qué?
—Me temo que tú tendrías que volver a los papeles de secundario en telecomedias con risas enlatadas y anuncios de detergente.
Hace una mueca.
—No me jodas… ¿risas enlatadas? Antes me hago gigoló.
Hada suelta una carcajada genuina. Por un segundo, la grasa del Joe’s Corner huele a esperanza.
—Por favor… Chase vendiendo suavizante. —Se ríe, limpiándose una lágrima con la servilleta—. No puedo con la imagen.
—Yo tampoco —admito—. Lo de gigoló, sin embargo, nos daría para pagar el Wi-Fi.
Chase nos mira con expresión de dignidad herida, pero hay una sonrisa luchando por salir en la comisura de sus labios.
—Vale, vale. Encontraremos a Thorne —dice—. No hay otra posibilidad.
—¿Eso es un sí?
—Es un sí. Estoy dentro.
Me vuelvo hacia Hada. Está extraña. No es solo el despido. Mira hacia la puerta cada vez que suena la campanilla, con los hombros encogidos.
—¿Hada? ¿Tú qué dices?
Ella parpadea, volviendo de algún lugar oscuro de su mente.
—Sí —dice, pero su voz suena hueca. Más tarde, cuando todo se tuerza, recordaré este momento. Recordaré esa sonrisa vacía y me preguntaré cómo no vi lo que estaba pasando justo delante de mis narices—. Cuenta conmigo. Pero con una condición.
—¿Cuál?
Señala a Chase sin mirarlo.
—Que este deje de pasearse sin camiseta por vuestra casa cuando tengamos reuniones. Es… poco profesional.
Chase ensancha su sonrisa.
—¿Te distrae mi anatomía, García?
—Me da náuseas.
Levanto mi vaso de agua. La luz del sol se quiebra en el cristal, proyectando sombras alargadas sobre el mantel.
—Por TG Confidential. Versión independiente. Y por el salto al vacío.
Los vasos chocan. Un brindis de náufragos en una balsa de veinticinco mil dólares.
Por un momento, mientras el hielo suena contra el cristal, todo parece posible.
Casi olvido que estamos a una semana de quedarnos sin trabajo.
Que solo tenemos un caso. Que nuestro futuro depende de encontrar a un tipo que probablemente tuvo miedo y abandonó a su chica sin más.
Y entonces, el móvil de Hada vibra sobre la mesa. Ella mira la pantalla y su expresión se congela.
—¿No vas a responder? —le digo.
—Es un número desconocido.
—Podría ser otra oferta.
El teléfono sigue sonando. Hada lo contempla como si fuera una bomba a punto de explotar. Por fin, lo descuelga.
—¿Diga?
Escucha en silencio. Su expresión cambia. No sabría decir qué es exactamente, pero parece que se hubiera apagado una luz detrás de sus ojos.
—¿Quién es? —pregunto, temiéndome algo malo.
No me hace caso. Su voz es apenas un hilo cuando habla:
—Sí… entiendo. Gracias por llamar.
Cuelga y el teléfono queda sobre la mesa como un objeto maldito. El olor a barbacoa se vuelve repentinamente rancio, como carne podrida.
—¿Hada? —pregunto—. ¿Quién era?
Levanta la vista. Sus pupilas están tan dilatadas que casi no se ve el color de sus ojos.
—Era del hospital. —Su voz tiembla—. Susan Calloway ha tenido un accidente. Un coche la ha embestido en la Quinta Avenida. Está en estado crítico.
Intento dejar mi vaso en la mesa, pero mi coordinación falla. El vaso golpea el borde, el agua se derrama y el papel empieza a arrugarse, absorbiendo la humedad.
El paracaídas acaba de enredarse. Y el suelo viene hacia nosotros a toda velocidad.