Pack Toni Galán (libros 1-3) 4 #3
69%

4 #3

—¿El actor fracasado? —Marcus soltó una risa seca—. A ese no lo quiere nadie.

—Ellos confiaron en mí —protesté—. Dejaron sus vidas en Los Ángeles para seguirme aquí.

—Ese es tu problema, no el mío.

Me levanté de la silla, sin saber qué hacer con las manos. Las metí en los bolsillos, las saqué y las volví a meter.

—Escúchame un segundo. Dame dos semanas. Solo dos semanas para demostrar que…

—No.

—¡Joder, Marcus, al menos déjame terminar este caso! Ya hemos aceptado el dinero. No podemos…

—Puedes terminarlo si quieres —dijo, con esa voz grave que no admitía réplica—.

Pero lo harás por tu cuenta. Como freelance .

Independiente. TG Confidential cierra la semana que viene.

Si quieres seguir siendo investigador, monta tu propia agencia.

Te dejo que sigas usando el nombre, aunque dudo que eso te beneficie.

—Eres muy generoso, Marcus.

Se puso de pie. La conversación había terminado.

—TG Confidential cierra. Punto final. Si quieres montar tu propia agencia y aceptar ese trabajo de cincuenta mil, adelante. Pero lo harás sin mi respaldo, sin mi infraestructura y sin mi dinero.

Me quedé ahí, mirándolo desde el otro lado del escritorio, buscando algo ingenioso que decir que pudiera cambiar su opinión.

Pero no había nada.

—Fuera de mi despacho, Toni.

Salí del despacho con las piernas temblorosas y la cabeza dándome vueltas. TG Confidential cierra . Las palabras aún resuenan en mi mente como un eco en una catedral vacía. Tres palabras y toda mi vida profesional hecha pedazos.

No siempre he sido investigador privado.

Antes fui guionista. Y escritor. Uno de los buenos, o al menos eso decía la faja de mi libro antes de que acabara en la sección de saldos de las librerías.

Mucho antes de eso, trabajé como redactor en una gran empresa.

Departamento de comunicación. Sí, un zombi corporativo.

Traje, corbata y reuniones sobre «sinergias» que me hacían desear un meteorito salvador.

Estaba harto. Vivía para el sábado, temiendo el lunes como quien espera una ejecución.

Cenas con colegas donde la conversación giraba en torno a quién tenía el iPhone más nuevo, hasta que alguien aparecía con un BMW y todos callábamos, derrotados, muertos de envidia.

Cada mañana me enfrentaba al despertador con el mismo pensamiento aterrador: ¿Tengo que hacer esto durante cuarenta años más?

La respuesta era no.

Así que decidí que todo aquello había terminado para mí. Era hora de hacer tabla rasa.

La solución me llegó en Gran Canaria, durante un viaje exprés de fin de semana. Patricia y yo solos. Ella se había quedado en la piscina del hotel con una piña colada y un libro. Yo, en un alarde de locura o búsqueda desesperada de adrenalina, me había metido en una lata de sardinas con hélices.

La aguja del altímetro no paraba de moverse hacia la derecha, poco a poco, sin piedad. Yo no tenía nociones de aviación, pero el mensaje estaba claro: adiós, suelo firme.

Todo sucedió muy rápido. Alguien se levantó. La escotilla se abrió. El viento me golpeó la cara como una bofetada. Y el instructor me señaló.

Tu turno.

Con las zapatillas aferradas al borde del avión, contuve el aliento, cerré los ojos y salté.

El pánico casi me dejó inconsciente. Mi visión periférica se volvió borrosa, hasta concentrarme en un solo punto de luz: el sol. Y luego… empecé a flotar. A doce mil pies sobre Maspalomas, colgado de una tela de colores y rezando para que la gravedad se tomara un descanso.

El azul celeste del horizonte se asentó de golpe en mi campo visual, inundándolo todo un instante después de darme cuenta de que la corriente de aire caliente ascendente llenaba la tela del paracaídas.

El miedo se había quedado atrás, en la escotilla de la avioneta, y de pronto entendí algo que no he olvidado desde entonces: los riesgos no dan tanto miedo una vez que te decides a afrontarlos.

Es el salto lo que aterroriza, no la caída.

Esto. Esto es lo que quiero.

Eso fue un sábado. El lunes siguiente presenté mi dimisión. Mis compañeros me dijeron exactamente lo que esperaba: Estás echando todo por la borda. Tienes un trabajo seguro. Eres un chaval con futuro. ¿Qué más quieres?

Entonces no lo sabía con exactitud. Pero durante un instante, flotando sobre el cielo canario, lo había probado.

Un año después, había ganado mi primer premio literario.

No volví a sentir miedo a la incertidumbre. Aun en los peores momentos, como cuando me diagnosticaron esclerosis múltiple o cuando Patricia me dejó, siempre regresaba a esos doce mil pies de altura y me preguntaba: ¿Hay algo que dé más miedo que esto?

Y ahora, sentado en Joe’s Corner, con mis dos socios mirándome sin parpadear, me obligo a recordar esa lección.

La avioneta ascendiendo. La escotilla abriéndose.

El viento golpeándome la cara. Y ese instante en que el miedo te paraliza y te susurra que retrocedas, que vuelvas al asiento y finjas que nunca subiste.

Es momento de apretar los dientes.

Y saltar al vacío.