4
Salgo del despacho de Marcus Johnson sintiéndome como si una apisonadora me hubiera pasado por encima y luego hubiera dado marcha atrás para asegurarse. Mis piernas se mueven por inercia, pero mi cerebro sigue atrapado en aquella silla, frente a la mirada implacable del Rinoceronte.
Encuentro a Hada en su mesa. No me oye llegar.
Está frotando compulsivamente la esquina de su escritorio con un pañuelo de papel.
Frota y frota con una intensidad casi violenta, pero no hay ninguna mancha allí.
Solo madera limpia y su propio reflejo paranoico.
Dos cafés de Starbucks se están enfriando en una esquina de la mesa.
—Hola —digo.
Se sobresalta tanto que casi tira el bote de los bolígrafos.
—Hola. ¿Qué tal con Marcus?
La observo un momento. Su piel está bronceada incluso en invierno; no recuerdo haberle acariciado la cara nunca, pero la imagino suave.
Cuando sonríe, normalmente le salen dos pequeños hoyuelos en los mofletes.
Sus ojos son un poco achinados y tienen esa expresión que parece preguntarte: «¿Qué puedo hacer por ti?
». Ella mira así, hasta cuando está enfadada.
Es una chica generosa y amable. Pero hoy no sonríe.
—Tenemos que hablar… —Me detengo—. Oye, ¿te pasa algo? Parece que has visto un fantasma.
—Estoy bien, Toni. No empieces.
Mentira. La conozco. Algo le ha pasado. Pero si ella dice que está bien, es que no quiere hablar de ello. Y presionar a Hada García es como intentar abrir una caja fuerte con un mondadientes.
Además, yo tengo mis propios problemas. Problemas del tamaño de un edificio.
—Cuéntame: ¿qué te ha dicho? ¿Nos suben el sueldo?
Fuerzo una mueca simpática, aunque el comentario me ha pellizcado muy cerca del alma. Miro el reloj para que no se note que algo va mal y niego con la cabeza.
—Vamos a Joe’s Corner. Necesito carbohidratos para procesar lo que acaba de pasar.
Salimos del edificio y caminamos en silencio.
Normalmente, Hada llena los silencios. Habla de su hermana en Miami, de la serie que está viendo o de por qué el café de Starbucks es una estafa legalizada.
Pero hoy camina con los brazos cruzados sobre el pecho, como si tuviera frío a pesar de que estamos a veinte grados.
Empujo la puerta de Joe’s Corner —un pequeño café restaurante de paredes sencillas y blancas, a cinco minutos caminando hacia Central Park— y me doy cuenta de que aún me sudan las manos desde la reunión con el jefe.
Joe’s Corner sirve menús del día a trece pavos y tiene exactamente el aspecto que cabe esperar.
Hay un mostrador con dos tipos de espaldas, ataviados con delantales negros y manejando la parrilla.
Sobre sus cabezas, un panel con el menú escrito a mano en tiza.
En cada mesa hay una carta de papel arrugada y pringosa con el mismo menú, y también una vela medio derretida en lo alto de una botella vacía de Jack Daniels.
El mantel es de papel blanco. Huele a grasa, a café recalentado y a hogar.
Nos sentamos junto a la ventana. Ella se quita la chaqueta y la cuelga del respaldo con movimientos mecánicos.
—¿Por qué estamos aquí?
—Tengo que daros una noticia. Y además me ha entrado hambre.
—Vale. ¿Quieres que pidamos antes? ¿O me vas a decir lo que ocurre?
—Pidamos mientras llega Chase.
Tuerce el gesto. Juntarla con Chase es como mezclar Mentos con Coca-Cola: una explosión de espuma y mal humor.
Tenía esperanzas de que trabajar juntos, remar en la misma dirección en busca de un mismo objetivo, ayudaría a que hicieran piña.
Pero eso aún no ha ocurrido. Al contrario, parece que cada día se soportan menos. Vuelta a la adolescencia.
El camarero se acerca. Es un chaval con acné juvenil y manos nerviosas. A juzgar por su aspecto, sin duda le piden el documento de identidad en cualquier tienda de licores. El delantal le queda enorme, como una capa. Claramente en prácticas.
—¿Qué… qué van a tomar? —pregunta, con un bolígrafo temblando sobre la libreta.
Intento leer la carta de papel, llena de manchas de grasa reseca. Las letras bailan, se emborronan y se convierten en una mancha dorada sin sentido. Parpadeo con fuerza, sintiendo ese frío familiar en la nuca. Ajusto mis gafas, pero el mundo sigue teniendo los bordes deshilachados.
—Ensalada de pollo con vinagreta —digo—. Y agua.
Hada levanta una ceja.
—¿Ensalada? ¿Tú?
—Estoy intentando comer sano.
—¿Desde cuándo?
—Desde que mi médico me dijo que tengo el colesterol de un jubilado de ochenta años.
—Tienes treinta y seis.
—Exacto. Por eso es preocupante. Bastante tengo ya con mi cerebro lleno de agujeros, que parece un queso gruyere.
Ella sacude la cabeza y pide:
—Salmón a la plancha con palitos de berenjena en tempura. Y un té helado.
—Perfecto. —El chico lo apunta todo—. ¿Algo más?
—Sí —digo—. Costillas a la barbacoa con patatas fritas y una Coca-Cola.
—Déjame adivinar. Para Chase.
Asiento, pero no digo nada y espero el ataque.
—Costillas. Patatas fritas. Coca-Cola. —Pronuncia cada palabra como insultos—. Tiene el paladar de un niño de siete años.
—Dice la que come salmón voluntariamente —replico.
—El salmón es saludable.
—El salmón sabe a cartón mojado.
—Tú acabas de pedir ensalada.
—Touché.
El camarero se aleja corriendo. Hada tamborilea los dedos sobre la mesa. Está nerviosa y distraída. Lo noto en la forma en que mira hacia la puerta cada pocos segundos. Sea lo que sea que le pasa, tendrá que esperar. Ahora mismo tengo problemas más grandes.
—Ahí llega Chase —dice de repente—. Con ese aire de autosuficiencia, sonrisita ladeada y peluquería una vez por semana. Míralo, parece que ha nacido con un manual de vida en las manos.
La miro. Sus ojos recorren la camisa Oxford azul de él, sus antebrazos bronceados y la mandíbula perfectamente afeitada.
—Huelo su colonia rancia desde aquí —añade—. No lo soporto.
—Ajá —digo.
—¿Qué significa ese «ajá»?
—Nada. Solo que para alguien que no lo soporta, le prestas mucha atención.
Chase llega a la mesa antes de que ella pueda protestar. Apoya las manos en el borde de la mesa y deja escapar el aire, como si atraer las miradas de medio restaurante fuese algo del todo insoportable. Se pasa una mano por las ondas morenas de su flequillo y se deja caer junto a Hada.
—Buenas tardes, queridos compañeros.
Ella se aparta a su roce igual que si la hubiera quemado. Él la observa con la frente arrugada.
—¿Tan contagioso soy?
—Más bien tóxico.
Pero su tono… Hay un filo que no es solo el habitual sarcasmo anti-Chase. Es algo más. Algo que parece… miedo.
Él también lo nota. Lo veo en cómo inclina la cabeza, estudiándola.
—Hada, ese tono de voz está dos octavas por encima de tu registro habitual —bromea—. Estás tensa. O tienes una infección de orina o algo te está sentando peor que el té sucio ese que tomas.
—Vete a la mierda, Chase.
—Chicos, por favor —intervengo—. ¿Podemos tener una comida civilizada por una vez?
—Claro —dice él, con esa boca torcida que hace que ella apriete la mandíbula—. Pero ella empezó.
—¿Yo empecé? Tú eres el que…
El camarero llega con los platos, salvándonos de la Tercera Guerra Mundial. Coloca la comida sobre la mesa con manos temblorosas. Le da la Coca-Cola a Chase, que le guiña un ojo.
—Gracias, campeón.
El chico se sonroja y vuelve a desaparecer entre las mesas.
Hada pincha un palito de berenjena con el tenedor y se lo lleva a la boca. Mastica. Sus ojos se abren.
—Mmmmm, ¡qué bueno está!
—Gracias —dice Chase, arrastrando las palabras—. Tú tampoco estás mal.
Las palabras quedan suspendidas en el aire. Ella se queda inmóvil, el tenedor a medio camino de su boca. El rubor vuelve a trepar por su cuello, esta vez llegando hasta las mejillas.
—Eres… eres…
—¿Encantador? ¿Irresistible?
—Insufrible.
—También me lo dicen.
Pero cuando Hada vuelve a su plato, noto que evita mirarlo. Y noto que Chase, bajo toda esa fachada de arrogancia, la está observando de reojo con una expresión que no sé descifrar.
Interesante.
—Vosotros dos tenéis algo en común —digo en voz baja.
—¿Qué? —pregunta Hada.
—Ambos creéis que odiáis al otro más de lo que lo odiáis realmente.
—Eso es ridículo —dicen al unísono.
Se miran. Apartan la vista.
Definitivamente interesante.
—He organizado esta comida improvisada porque tenemos que hablar —digo.
—Tenemos que hablar —repite Chase—. Eso me decían casi todas mis exnovias cuando me pillaban con otra.
Hada pone los ojos en blanco.
—Esto es grave —insisto—. Vengo de hablar con Marcus Johnson.
—Espera. ¿Con Rhino? ¿Qué está pasando?
Hada deja el tenedor.
—Eso es lo que yo quiero saber.
Respiro hondo.
—No tengo buenas noticias.
Silencio. Hada me busca con la mirada. Chase se inclina hacia delante.
—¿Qué ha pasado?
Cierro los ojos y vuelvo a estar allí, en aquel despacho, con Marcus mirándome como a una cucaracha en su sopa.
Estaba sentado detrás del escritorio, con su cabeza afeitada brillando bajo los focos como un arma recién pulida.
La mandíbula cuadrada y los labios gruesos siempre fruncidos le daban un aire de permanente desaprobación.
El jefe nunca pestañea; te mira con una intensidad que hace que quieras confesar crímenes que ni siquiera has cometido.
Y esa voz. Grave y profunda, parece hablar desde el fondo de una cueva.
—¿Sabes por qué te he llamado, Toni?
—¿Me vas a presentar a Taylor Swift?
Cuando están nerviosas, algunas personas comen. Otras se esconden. Otras guardan silencio. Algunas charlan. Y algunas hacen chistes idiotas. Yo soy de estos últimos.
Marcus no siguió la broma. Me miró con una mezcla de cansancio y decepción que me dolió más que un insulto.
—Vamos a tener una conversación seria. Y necesito que mantengas cerrado ese pico de oro que tienes y me escuches.
«Genial. Esto va bien».
—Vale —dije, juntando las manos sudorosas sobre mi regazo—. Te escucho.
Marcus se reclinó en su silla, que protestó con un crujido alarmante.