Pack Toni Galán (libros 1-3) 3
67%

3

Hada sale del edificio con paso firme.

La Sexta Avenida es un ecosistema diseñado para triturar los nervios: un caos controlado donde los taxis amarillos zigzaguean entre autobuses, los turistas obstruyen la acera para hacerse selfis con el Rockefeller Center y los ejecutivos con trajes de tres mil dólares corren como si el apocalipsis acabara de comenzar y ellos tuvieran el último billete de salida.

Manhattan en su máximo esplendor: ruidosa, impaciente y profundamente indiferente a tus sentimientos.

Hada cruza la calle esquivando a un mensajero en bicicleta que pasa a toda velocidad.

Se coloca en la fila del Starbucks de enfrente, templo de los adictos a la cafeína que necesitan su dosis para sobrevivir al día.

Mientras espera, saca el móvil. Revisa correos, responde a un par de facturas pendientes y echa un vistazo a la agenda.

Con Toni encerrado con el Rinoceronte, no hay mucho que pueda avanzar.

Piensa en Susan Calloway. Demasiado joven, demasiado elegante y demasiado sola con un bebé en brazos.

Pero esa es la historia de siempre, ¿no?

Los hombres son predecibles. Huyen cuando las cosas se ponen difíciles.

Dejan a mujeres increíbles por el primer par de piernas largas que les sonríe en un bar.

Son como las actualizaciones de software; siempre prometen arreglar errores del pasado, pero suelen traer fallos nuevos y más pesados.

Hada ha visto ese patrón mil veces. En su familia, en sus amigas y en las novelas de su madre.

Pero hay algo en Susan que no encaja. La determinación en sus ojos. La forma en que le hablaba a Toni, no con rabia, sino con convicción.

Tal vez tenga razón. O tal vez sea solo otra mujer engañándose a sí misma.

Da igual. Lo importante es que tienen un caso. Y no cualquier caso. Cincuenta mil dólares. Eso significa que TG Confidential podrá sobrevivir unos meses más. Tal vez no tengan que cerrar y el salto de fe que dio al seguir a Toni desde Los Ángeles no sea en vano.

Él es como el hermano que nunca tuvo. El que se acuerda de su cumpleaños y el de su madre, y le trae bollitos de canela cuando ganan los Red Sox. Su pareja torpe en la pista de baile. El tipo de persona que adopta perros de la calle y los trata mejor que a sí mismo.

Hada lo vio claro en Los Ángeles, cuando todo se fue al infierno con el caso del asesino de novias. Mientras todos señalaban a Toni, mientras la prensa lo crucificaba y la productora le daba de lado, ella se quedó con él. Nunca tuvo dudas; sabía que ese hombre era incapaz de hacer daño a nadie.

Y cuando Marcus «Rhino» Johnson apareció con la oferta de Nueva York, Hada tampoco dudó. Si Toni se iba a la otra punta del país, ella también. Algo así como una versión latina de Renée Zellweger en Jerry Maguire, pero sin el pez dentro de la bolsa.

Se imagina diciéndole a Toni «ya me tenías con el hola» y le entra la risa.

Y luego está Chase.

Chase fue un daño colateral. Hada todavía no está segura de qué pensar de él. Es puntilloso, pedante y arrogante. Demasiado guapo para parecerle atractivo. Pero Toni confía en él, sobre todo desde que le salvó la vida en el caso de los Miller.

—¿Qué va a ser? —pregunta la barista, con ese tono aburrido de quien ha dicho esa frase mil veces al día. Lleva una media melena teñida de rosa, cortada a machete, cuello largo y delgado. A Hada le viene a la mente la imagen de un teleñeco. Esta vez reprime la sonrisa.

—Un matcha latte, por favor. —Piensa que a Toni le vendrá bien un café, y añade—: Y un macchiato. Los dos para llevar.

Paga con tarjeta y se aparta a esperar. Revisa de nuevo el móvil. Sin noticias de Toni todavía. Bien. Tal vez la reunión con Marcus sea solo rutinaria. Tal vez no sea el fin del mundo.

—¡Hada García! ¡Matcha latte y macchiato!

Recoge los vasos, encajados en el cartón, y sale a la calle. El sol brilla con fuerza. Hace frío, pero es un frío seco, tolerable. Hada ajusta su chaqueta con una mano mientras sostiene los cafés con la otra. El semáforo está en rojo. Espera.

Un coche aparcado en la acera contraria capta su atención. Está justo frente a la entrada de su edificio. Un Lexus negro.

El semáforo cambia a verde.

Hada empieza a cruzar. No aparta la mirada del coche, que se va haciendo más nítido con cada paso.

A plena luz del día, parece un agujero negro en medio de la avenida.

Está inmaculado, con la pintura tan pulida que refleja los rascacielos como un espejo deformado y oscuro.

Los cristales tintados son muros infranqueables que devuelven su propia imagen.

En Manhattan hay miles de Lexus negros. No debería significar nada.

Pero el estómago de Hada se cierra de golpe.

Siente un escalofrío que no tiene nada que ver con el viento de la Sexta Avenida.

Es ese malestar visceral, ese recuerdo de un sueño que creías haber enterrado.

De repente, no puede evitar mirar las caras a su alrededor.

Busca en la multitud, con los hombros encogidos y el cartón con los cafés temblando entre sus dedos.

Se detiene en seco cuando llega a la altura del parquímetro.

Mira la matrícula.

El ruido de la ciudad desaparece. Los cláxones, los gritos de los turistas, el rugido del metro bajo sus pies… todo se desvanece en un zumbido blanco. Solo quedan esas letras y esos números grabados en su memoria como una cicatriz mal curada.

Han pasado… ¿cuánto? ¿Cuatro años? Pero ni toda una vida de terapia le haría olvidar esa matrícula. Ni al coche. Ni al hombre que lo conducía.

El calor de los cafés empieza a atravesar el cartón, quemándole los dedos, pero Hada está congelada. Siente que el asfalto se mueve bajo sus pies.

«No puede ser él. No aquí. No ahora».

Un claxon estalla a pocos metros de ella. Alguien le grita que se mueva. Hada parpadea, sacudiendo la cabeza. Se da cuenta de que está bloqueando el paso, en mitad de la carretera, como un ciervo ante los faros de un camión.

Se mueve mecánicamente hacia la acera. No quiere mirar hacia atrás, pero sus ojos buscan el reflejo en los cristales de las tiendas.

Entra en el edificio casi corriendo, con el corazón martilleando contra sus costillas.

Los cafés se derraman un poco, manchándole la mano.

Queman. No le importa. Siente que alguien la observa desde detrás de esos cristales tintados. ¿La ha visto? ¿Sabe que trabaja aquí?

No quiere saberlo.

Ahora solo quiere volver a la planta dieciséis. Hablar con Toni de trabajo y fingir que todo está bien.

El ascensor tarda una eternidad. Cuando por fin llega, se mete dentro y pulsa el botón con una fuerza innecesaria. El espacio cerrado le provoca náuseas. Mira al suelo, evitando el contacto visual con los otros pasajeros, temiendo que él aparezca entre las puertas antes de que se cierren.

Llega a la oficina. No espera a que las puertas se abran del todo para salir. Va directa a su mesa, deja los cafés con manos temblorosas y se quita la chaqueta. Se nota el sudor frío en la nuca.

Camina hacia el ventanal que da a la calle. Se apoya en el cristal frío y mira hacia abajo, hacia el parquímetro.

Pero el Lexus ya no está.