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Pero no digo eso en voz alta. En su lugar, trato de obtener más información, pues algo me dice que no está mostrándome todo el cuadro:
—Perdóneme, pero la veo demasiado segura. —Sobrevuela mi cabeza un chiste sobre abogados, pero logro contenerme.
Susan abre la boca. Parece que va a decir algo, pero la cierra de nuevo.
—Hay algo más… —dice finalmente. Su voz es ahora un susurro.
Ladeo la cabeza.
—Ni siquiera sé si tiene o no relación con Jax. Pero, joder, tiene que tenerla.
La palabra «joder» en boca de alguien de su clase tiene el mismo efecto que ver a un cura pateando a un gatito.
—Explíquese.
—Es mejor que lo vea por sí mismo. Es… difícil de explicar.
Me remuevo en la silla y tomo aire. Estoy intrigado, pero sobre todo, estoy arruinado. Es difícil negarme ante un cóctel así.
Pero antes de comprometerme con algo que huele a desastre…
—¿Cuánto está dispuesta a pagar por encontrarlo?
La pregunta me hace sentir como un buitre, pero las facturas no entienden de ética.
—Le compensaré muy bien por sus servicios —dice ella, esquivando la cifra.
—«Muy bien» es relativo. Necesito un número.
Susan abre su bolso, saca un cheque y lo desliza por la mesa.
Lo miro. Parpadeo. Vuelvo a mirarlo.
—Cincuenta mil dólares —dice—. Veinticinco mil ahora, veinticinco mil si lo encuentra.
Me quedo sin palabras.
Cincuenta de los grandes. Es más de lo que he ganado en los últimos seis meses. Suficiente para pagar el alquiler, los tratamientos médicos, la comida de Alfred y, tal vez, incluso permitirme el lujo de resucitar el Volkswagen, que en estos momentos está en cuidados intensivos en el taller.
—Señorita Calloway, tengo que preguntarle algo y necesito que sea honesta conmigo.
Ella asiente.
—Si llegara a encontrar a su novio, ¿qué quiere que haga?
Frunce el ceño.
—No entiendo la pregunta.
—Sí que la entiende —digo, sosteniéndole la mirada—. Si lo encuentro y resulta que la policía tenía razón, si al final la abandonó y empezó de cero en otra parte… ¿quiere que se lo diga? ¿Que le dé su nueva dirección para que pueda ir a buscarlo? ¿O prefiere no saber?
Es una pregunta cruel, pero necesaria.
Ella no pestañea.
—Quiero la verdad —dice—. Sea cual sea. Si Jax me abandonó, necesito saberlo. Noah tiene derecho a saberlo. Pero si le pasó algo malo… —Su voz se endurece—. Entonces merezco conocer la identidad de quien se lo hizo.
Dios, esta mujer tiene agallas.
No pierdo tiempo en pensarlo. Necesito este caso y necesito el dinero. Y no solo por mí. Hada y Chase confiaron en mí cuando decidí aceptar el trabajo de investigador en esta agencia de aficionados y me siguieron hasta literalmente la otra punta del país. No puedo defraudarlos ahora.
Además, esta vez parece que el asunto será sencillo e inofensivo.
Seguramente Jax Thorne esté en estos momentos en alguna playa recóndita del Caribe, aplicando crema solar a alguna despampanante modelo cuyo nombre olvidará en unas semanas.
Nada de muertes, me digo, cruzando los dedos por debajo de la mesa.
Ni de magnates sin alma, ni de asesinos a sueldo.
—De acuerdo —digo, tratando de que no se me note la euforia en la voz, pues los veinticinco mil del cheque parpadean ante mis ojos como luces de neón—. Acepto el caso.
Susan sonríe. Es la primera sonrisa genuina que le veo. Y, joder, es aún más hermosa de lo que imaginaba. Me pregunto en qué demonios estaría pensando ese Jax Thorne para dejar algo así atrás.
Y entonces, por un instante, vuelve a mi mente el temor de que Thorne no haya abandonado a su familia y de verdad le haya pasado algo malo, como asegura su prometida. Pero abandono tal pensamiento, o de lo contrario, no firmaré.
Llamo a Hada para que traiga el contrato. Ella entra con su eficiencia habitual y le entrega el papel a Susan. Lo firma. Es lista; se nota en cómo lee cada cláusula.
—Iré a su casa mañana por la mañana —digo—. Para empezar la investigación. Necesitaré ver sus cosas, hablar con sus amigos, revisar sus últimos movimientos… Y me enseñará eso que dice que es tan importante.
—Por supuesto. Mi dirección está en el contrato —dice, manteniéndome la mirada. Pero tiene que desviarla porque Noah empieza a llorar. Susan lo mece suavemente, susurrándole algo al oído. El bebé se calma. —Será un alivio contar con alguien de su talla.
Esto ya me está gustando. De su talla. Yo nunca he tenido talla. En España, mi exmujer, Patricia, me espiaba continuamente; ¡ni que mi vida social fuese susceptible de aventuras extramatrimoniales! Así que está bien saber que aquí alguien opina que tengo talla.
En ese momento, mi móvil vibra. Lo ignoro. Vuelve a vibrar. Maldita sea.
—Disculpe un segundo.
Miro la pantalla. Es Marcus. Marcus «Rhino» Johnson, el director de la agencia. Desde que me reclutó en Los Ángeles y me trajo a Nueva York, lo habré visto en cuatro ocasiones, y todas fueron para darme una buena sesión de latigazos. «Ponte las pilas, Toni. Tu sección es una ruina».
¿Qué querrá ahora?
—¿Qué tal, Marcus?
De inmediato me odio por mi saludo. «¿Qué tal?» Las dos palabras más absurdas de la historia de la comunicación. Nadie las responde con sinceridad, y, en cualquier caso, tampoco nadie que las formule está interesado en conocer la respuesta en realidad.
—Necesito que vengas a mi despacho. Ahora.
—Estoy con una clienta.
—No me importa. Es urgente.
Cuelga.
El miedo me deja aturdido unos segundos. Marcus no es de los que llaman para preguntarte qué tal el fin de semana. Si me ha pedido verlo de manera urgente, significa que algo va muy mal.
Vuelvo a mirar a Susan, que me observa con preocupación.
—¿Todo bien?
—Sí, todo perfecto —miento—. Solo un asunto que tengo que resolver. Pero no se preocupe, mañana estaré en su casa a primera hora.
—Lo esperaré ansiosa. Le aseguro que, cuando vea lo que tengo que enseñarle, dejará el escepticismo a un lado.
Nos despedimos. Hada acompaña a Susan a la salida. La veo alejarse con Noah en brazos, caminando con esa elegancia silenciosa que tienen las personas acostumbradas a llevar el peso del mundo sobre los hombros.
Cuando Hada regresa, apoya una mano sobre mi hombro.
—Así que tenemos un caso.
—Eso parece.
—¿Crees que lo encontrarás?
—No lo sé. Pero voy a intentarlo. Esos otros veinticinco mil suenan demasiado bien.
Ella sonríe.
—Eso es lo que me gusta de ti, Toni. Siempre intentándolo, aunque no tengas ni idea de lo que haces.
—Gracias por el voto de confianza.
Se va. Yo me quedo ahí, con el cheque en las manos y tres preguntas en la cabeza:
¿Qué le pasó a Jax Thorne?
¿Qué coño quiere Marcus «Rhino» Johnson?
¿Y por qué tengo la sensación de que ambas respuestas van a arruinarme la vida?