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Todavía no me he desprendido de la pegajosa tristeza decadente, mezclada con el perfume rancio de la señora Sinclair, cuando el ascensor sube despacio hasta el piso dieciséis.
Llego a la oficina. Qué bien suena. Antes, cuando era guionista de series policíacas en Los Ángeles, no tenía despacho propio. Ni siquiera tarjeta de visita. Y qué decir de cuando era escritor en España y trabajaba desde casa con mis pantalones de pijama con estampado de pingüino.
Me ajusto las gafas. Me paso una mano por el pelo. Vuelvo a ajustarme las gafas.
«Relájate, Toni. Es solo una clienta».
Pero las manos me hormiguean ligeramente.
No es la esclerosis múltiple esta vez, o al menos no solo eso.
Es el tipo de nerviosismo que sientes cuando sabes que esta reunión puede marcar la diferencia entre pagar el alquiler o irte a vivir debajo de un puente con Alfred y dos pitbulls hasta que encuentre trabajo como camarero en el McDonald’s.
Alfred es mi fiel labrador; lo adopté hace tres años y ya me ha salvado la vida en una ocasión. Los dos pitbull son Logan, una fiera entrañable que me llena la cara de baba todas las mañanas, y Chase, su amo, actor frustrado y mi socio barra compañero de piso .
Más adelante hablaremos sobre Chase.
Respiro hondo y camino hacia la oficina de TG Confidential.
El nombre suena mejor de lo que es: dos habitaciones minúsculas, una sala de reuniones del tamaño de un armario y unas vistas espectaculares del Radio City Music Hall.
Es como una broma pesada: el éxito y el glamour están ahí fuera, a un cristal de distancia, mientras nosotros nos marchitamos en esta ratonera de techos bajos.
Sobre mi cabeza, un fluorescente parpadea con un zumbido eléctrico rítmico.
Abro la puerta del despacho y me quedo congelado.
—Buenos días, Ha…
Hay una mujer sentada frente a la mesa de Hada.
Veintipocos años, morena, con la piel del color de un capuchino con demasiada leche desnatada.
Lleva un vestido amarillo sin mangas, sencillo pero elegante, de esos que dicen «tengo dinero pero no necesito demostrarlo».
Es objetivamente hermosa, pero es una belleza herida.
El tipo de belleza que hace que un tipo como yo trague saliva y se olvide de hablar.
Y tiene un bebé en brazos.
Me quedo ahí plantado como un imbécil, con las llaves en la mano y la boca ligeramente abierta. No la esperaba aquí. La mujer me mira sin sonreír. Su mirada es casi violenta por lo directa que resulta.
—Esta es Susan Calloway, Toni —dice Hada, echándome un cable desde su silla.
La joven se levanta con una agilidad que envidio y me tiende la mano. El bebé se remueve entre sus brazos. Ella lo sostiene como un escudo.
—Un placer. —Su voz es suave pero determinada.
Reacciono tarde. Demasiado. Le estrecho la mano.
—Sí. Encantado.
Miro de reojo a Hada. Ella mueve los labios sin emitir sonido: La-o-fer-ta.
Vuelvo a mirar a Susan. Luego al niño.
—Y este es…
—Noah —dice Susan, con una sonrisa que le ilumina el rostro por un segundo—. Mi hijo.
—Hola, Noah.
Le hago una carantoña. El bebé no reacciona. Yo tampoco sé muy bien qué hacer con los niños, la verdad. Aun así, siempre quise tener una familia. Colgar una canasta en el garaje (si tuviera garaje), enseñarles a tocar la guitarra, ser ese padre que lleva a sus hijos al cine los domingos…
Pero para eso necesitas una madre dispuesta a compartir la vida contigo. Y después de Patricia, esa lista de candidatas se ha reducido considerablemente. A cero, para ser exactos.
—¿Pasamos a la sala de reuniones? —logro decir, señalando la puerta del fondo.
Susan asiente y me sigue. El cochecito del bebé está aparcado en mitad del pasillo estrecho y mi cojera persistente me hace dudar. Tengo que maniobrar de forma torpe, apoyándome en el marco de la puerta para no arrollar el carrito. Me siento como un elefante en una cristalería de IKEA.
La sala es austera: una mesa de madera y un par de pósteres de cine en las paredes que Chase insistió en colgar porque «le dan ambiente».
Sin perdón y Seven , sus preferidas. O eso es lo que dice, porque yo lo he visto dar volteretas al ver que emiten una reposición de Willow en la tele. En fin, actores.
Nos sentamos. Susan acomoda a Noah en su regazo. El niño me observa con esos ojos enormes que tienen los bebés, como si pudiera leer mi historial médico y juzgarme por mis pecados literarios.
—¿Quiere algo de beber? —le ofrezco—. ¿Café? ¿Agua? ¿Algo para el niño?
De inmediato me arrepiento. Ni que tuviéramos una sección de pediatría o una máquina expendedora de potitos aquí arriba.
—No, gracias.
Me fijo en que tiene los ojos hinchados y la boca caída. Parece que no ha dormido en días, y aun así mantiene ese aire de elegancia natural.
—Bueno —digo, cruzando las manos sobre la mesa para ocultar el leve temblor—. Hada me ha dicho que necesita ayuda.
Susan respira hondo, tal vez reuniendo fuerzas para decir algo que lleva días ensayando.
—Soy la novia de Jax Thorne —dice, y se queda esperando una reacción por mi parte como si ese nombre debiera decirme algo. No lo hace.
—Aja.
—Jax desapareció hace seis meses.
—¿A qué se dedica el señor Thorne?
—Abogado corporativo en Klein & Associates. Una firma importante en Wall Street.
Finjo que el nombre me suena mientras me recoloco en la silla.
—Señorita Calloway, seré honesto —digo, juntando las yemas de los dedos y adoptando mi tono más profesional—. Nuestra agencia se especializa en casos relacionados con el mundo del espectáculo. Actores, productores, gente de Hollywood… No estoy seguro de que seamos la mejor opción para su caso.
—¿Y eso es un problema?
—No es un problema, pero nuestra experiencia en casos como este es limitada. Un abogado desaparecido… suena más a trabajo para un investigador privado tradicional. Con contactos en el mundo legal, con experiencia en…
—Ya fui a tres de esos —me interrumpe—. Los tres me dijeron lo mismo: que Jax me abandonó y que estoy perdiendo el tiempo. La policía cerró el caso casi antes de empezarlo. No había pistas ni indicios de violencia. Nada.
—Entiendo —digo, aunque no estoy seguro de entender nada—. ¿Y por qué nosotros?
Susan baja la vista hacia Noah, que está empezando a quedarse dormido en sus brazos.
—Porque necesito a alguien que no esté tan… contaminado por lo que dice la policía. Alguien que vea más allá de lo obvio.
O alguien lo suficientemente desesperado como para aceptar un caso que no es un caso, pienso.
—¿Qué dijo la policía?
—Ni siquiera lo intentaron —dice, remarcando su decepción—. Nadie está buscando ya a Jax. Nadie excepto yo. Usted es mi última esperanza, señor Galán.
Mierda. Odio cuando dicen eso. El Obi-Wan Kenobi de Manhattan, pero sin sable láser ni superpoderes mentales.
—Mire, aprecio su confianza, pero debo insistir: ¿por qué cerró la policía el caso?
Susan duda. Se muerde el labio inferior. Noah emite un ruidito y ella lo mece suavemente.
—Nunca encontraron su cadáver ni pruebas de que hubiera desaparecido en contra de su voluntad. No había nada. Ninguna pista, ni indicios de violencia… Nada.
No suena muy prometedor. Me inclino hacia adelante.
—Señorita Calloway, ¿me está diciendo que la policía cree que su novio se fue por voluntad propia?
Ella asiente con los ojos brillantes. Si está a punto de llorar, logra contenerse.
—Sí. Eso es lo que dijeron.
Me reclino en la silla. Miro al bebé, que ahora me observa con curiosidad. Le hago otra carantoña. Esta vez sonríe. O al menos eso creo. Puede que solo tenga gases.
—¿Y usted qué cree? —pregunto.
—Yo creo que algo malo le pasó.
Asiento, temiendo que el caso esté muerto antes de empezar.
Algo malo . Imagino la situación. Eres un tiburón de Wall Street con dinero y toda la vida por delante.
Mujeres despampanantes haciendo cola por ti, tentaciones en cada esquina…
la fantasía de todo hombre joven. Y en casa, te espera tu novia de toda la vida con un niño creciendo en su interior.
Vas a ser padre, y eso te aterra. Seguramente no entraba en tus planes.
Ni siquiera estáis casados, así que aún tienes tiempo de escapar de esa trampa.
¿Qué haces? Coges tus cosas y te largas sin decir nada a nadie.
«No me necesitas a mí, preciosa —pienso—. Necesitas el hombro de una amiga, un par de juergas para olvidar a ese gilipollas, y después, un novio nuevo que te valore».
Susan levanta la vista. Hay fiereza en su mirada ahora, y por un instante, temo haber expresado mis pensamientos en voz alta.
—Sé lo que está pensando. Lo mismo que la policía. Lo mismo que todos. Que me abandonó. Que se cansó de mí, del bebé, de la responsabilidad…
Su voz se quiebra un poco, pero se recompone al instante.
—Y sí, a mí también se me pasó por la cabeza. No soy idiota. Pasé semanas convenciéndome de que tenían razón, de que Jax era simplemente otro cobarde que huyó de sus responsabilidades. Pero ¿sabe qué? Puede que Jax me haya abandonado a mí. Tal vez. Pero jamás dejaría a su hijo.
—Señorita Calloway…
—Jax quería tener este bebé más que nada en el mundo —continúa, ignorándome—. Fue él quien insistió en que lo tuviéramos, quien empezó a preparar la habitación del bebé cuando apenas tenía dos meses de embarazo.
Se detiene y me mira fijamente.
—¿Le parece eso propio de un hombre que huiría de su hijo?
Decido que lo más inteligente es mantenerme callado y dejar que ella llene el vacío. Es una vieja táctica que aprendí escribiendo diálogos: el silencio hace que la gente hable más de lo que debería.
Y funciona.
—Mire, sé cómo suena todo esto. Sé que parezco una novia incapaz de asumir un abandono.
Y también sé que algo no encaja. Jax no era perfecto, pero tampoco era un monstruo.
Y sobre todo… —Se detiene, buscando las palabras correctas—.
Sobre todo, lo conocía. Llevábamos juntos cinco años.
Y el hombre con quien iba a casarme no haría esto.
El problema es que nunca conocemos realmente a nadie.