Pack Toni Galán (libros 1-3) 1
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—La gente no quiere tragedias, Toni. Quiere morbo. Saber quién se acostó con quién, no que les hablen de los monstruos que dejamos camuflados en el armario.

—No me mires a mí, Vivienne. Yo solo soy el que aprieta el botón de grabar. Tú eres la estrella. Puedes decir lo que te plazca.

—Ya lo creo que sí. —Vivienne me lanza una mirada que baila entre la diversión y el cansancio—. Pero tú eres el que le da a «publicar». Eso te convierte en alguien tan peligroso como yo.

Toni Galán, peligroso. Debería hacerme una tarjeta nueva.

El problema es que para ser peligroso necesitas que tus extremidades no tiemblen, y ahora mismo, mi mano derecha tiene un leve hormigueo, como si un ejército de hormigas microscópicas estuviera celebrando un rave bajo mi piel.

—¿Sabes qué, Toni? Me caes bien, así que te daré carnaza. —Me señala con una uña larga y perfectamente esmaltada—. ¿Conoces mi historia con Marlon Brando y la escena en el ascensor? —Suelta una carcajada—. Claro que no, nunca la he contado.

Vivienne Sinclair, la última gran diva del Broadway de los años ochenta, se acomoda en su sillón de terciopelo.

A sus setenta y pico, es la personificación del declive: su rostro es un mapa de cirugías que intentaron detener el tiempo y solo consiguieron asustarlo.

Tiene la piel tan estirada que parece un tambor a punto de romperse, y unos labios tan inflados que sospecho que, si pincho uno con un alfiler, la habitación se llenará de helio.

Demasiadas operaciones, demasiado poco sentido común.

Algunas estrellas no saben llevar el paso del tiempo con dignidad.

Qué pena. Pero ¿quién soy yo para juzgar? Todos tenemos miedo.

Sin embargo, sus ojos… Sus ojos siguen siendo los mismos que recuerdo de sus películas. Grises, afilados, con ese brillo que te hace activar el mecanismo de defensa.

—¿Toni? —Vivienne chasquea los dedos frente a mi cara—. ¿Sigues ahí?

—Perdona —digo, parpadeando—. Estaba pensando que te conservas muy bien.

—Mentiroso —responde ella, pero sonríe. O al menos lo intenta. Lo que el bótox le permite—. Pero eres un mentiroso encantador. Por eso me caes bien.

Lleva una bata de seda color burdeos que probablemente es de los años setenta, igual que la mayor parte de su mobiliario.

Las paredes están cubiertas de fotos: ella con actores que ya han sido devorados por los gusanos, ella en alfombras rojas que ya no existen, ella en una época en la que la gente todavía compraba entradas de cine en taquilla.

La luz que entra por los ventanales es despiadada. Manhattan brilla al fondo, indiferente.

—Entonces —dice Vivienne, sirviéndose más Martini aunque apenas son las once de la mañana—, ¿por dónde íbamos?

—Marlon Brando y la escena del ascensor.

—Ah, sí. El muy cabrón. —Toma un sorbo largo y gesticula.

Algunas gotas de alcohol caen sobre su bata, pero no parece darse cuenta—.

¿Sabes? La gente cree que Marlon era un genio atormentado, ese artista incomprendido.

Mentira. Era un cerdo con suerte. Un cerdo talentoso, eso sí, pero un cerdo al fin y al cabo.

Sonrío. Vivienne Sinclair es exactamente lo que esperaba: la protagonista de una tragedia épica que ahora cuenta chismes como cuentos para dormir.

Confesiones de medianoche es eso, ni más ni menos: viejas historias de gente que tuvo su momento y hoy solo quiere que alguien las escuche.

A cambio, yo obtengo su versión maquillada de la verdad, un par de grabaciones que publico bajo seudónimo y unos cuantos dólares que ayudan a pagar los tratamientos. Win-win .

El problema es que, hasta ahora, solo tengo unos trescientos suscriptores. Patético.

Aunque debo admitirlo: Vivienne me cae bien. Incluso cuando se pone hiriente. Me recuerda a Molly, solo que con más alcohol y menos escrúpulos.

Molly Dickinson.

No, no debería pensar en ella ahora. Pero lo hago. Últimamente, demasiado.

—¿Toni?

—Sigo aquí —miento—. Continúa con lo de Brando.

Vivienne me mira con suspicacia, pero continúa. Lleva casi media hora hablando sin parar, soltando anécdotas con la energía frenética de quien sabe que este podcast casero, que grabo en mi tiempo libre, es probablemente su última oportunidad de no ser olvidada.

Y yo, Toni Galán, exnovelista premiado, exguionista de Hollywood repudiado e investigador privado con un balance bancario que daría risa a un mendigo, soy su confesor. Vivienne y yo tenemos más en común de lo que parece: ambos éramos algo y ahora somos esto. Otra cosa.

La vida da vueltas raras.

Mi carrera en Hollywood duró menos que un matrimonio de Las Vegas. Escribí una serie sobre un asesino, y un asesino real decidió que mi guion era su lista de tareas. La gente se pone un poco nerviosa. La policía, los estudios… Básicamente todo el mundo.

Por supuesto, también mi familia. Llamé a mis padres para que no se preocupasen, algo equivalente a pedirles que desarrollaran alas y salieran volando por el balcón.

El hecho de que el tipo fuera mi entrenador personal no ayudó a mi reputación.

Me despidieron, me investigaron y me dejaron la autoestima a la altura del betún.

Y cuando finalmente quedó claro que yo no tenía nada que ver —más allá de la mala suerte cósmica de haber contratado al hombre equivocado para que me ayudara con las flexiones—, ya nadie quería trabajar conmigo.

Adiós, Hollywood. Fue bonito mientras duró.

—Toni, querido, me estás ignorando otra vez.

Parpadeo. Vivienne me mira con una ceja levantada.

—Perdona. Es que tengo mucho en la cabeza últimamente.

—Intuyo problemas de dinero.

—¿Tan evidente es? —pregunto, ajustándome las gafas.

—Llevas las mismas zapatillas que en nuestro último encuentro y tienen más kilómetros que un taxi de Calcuta. Además, si tuvieras un centavo, no estarías perdiendo el tiempo escuchando a una momia como yo.

Sonrío de nuevo. Tiene razón.

—La agencia no va muy bien —admito. «No va muy bien» es el eufemismo que uso para «estamos a un paso de comer comida para perros»—. Desde el caso Miller, no ha habido muchas ofertas de trabajo.

Corrección: no ha habido ninguna.

El caso Miller, mi último éxito, fue una victoria pírrica. Resolví el misterio, sí, pero los cadáveres se amontonaron como platos sucios en un restaurante chino. Una historia de novela. En fin, a nadie le gustan los muertos.

Vivienne asiente, comprensiva. Ella también sabe lo que es caer en desgracia.

—Bueno —dice, rellenando su copa—, supongo que todos tenemos nuestras cruces. La mía es esta cara que parece un globo a punto de explotar. La tuya es… —Me observa como si fuese un ejemplar protegido—. ¿Qué tenías?

—Esclerosis múltiple —respondo sin rodeos—. Es como un vecino molesto que pone la música alta a las tres de la mañana: sabes que está ahí, pero intentas ignorarlo hasta que acaba con tu paciencia.

Ella no dice nada. Solo asiente. No hay lástima en sus ojos, solo reconocimiento. Y un punto de admiración. Todos estamos rotos de alguna manera. Lo que haces al respecto es lo que marca la diferencia.

El teléfono empieza a vibrar sobre la mesa. Lo ignoro.

—¿Quieres cogerlo? —dice Vivienne, con un tono dulce pero venenoso. «La entrevista es lo importante aquí», parece recordarme.

—Sigue, sigue. No es nadie —miento, porque sé que es Hada.

Vuelve a vibrar.

—Cógelo, Toni. —Se abanica con la mano—. Mi historia sobre Brando puede esperar. A mi edad, lo único que me sobra es tiempo y resentimiento.

Detengo la grabación y me levanto. Mi pierna izquierda protesta con un calambre sordo, pero lo disimulo con un paso largo.

—¿Hada? Estoy ocupado en medio de una entrevista.

—Pues desocúpate. Tenemos un caso.

Hada suena seria y directa a través del auricular.

—¿Quién quiere contratarnos?

—Una tal Susan Calloway. No sé más. Ha llamado hace diez minutos. Parecía buena gente por teléfono. Llegará aquí a lo largo de la mañana. Ella dice hola. Tú dices hola. Luego le ofreces un poco de tu famoso encanto Galán.

Arqueo una ceja.

—¿Todo mi encanto?

—Cielos, no. No quiero ver a la pobre chica desnudarse.

—En fin. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

—Tú lo has dicho, Peter Parker.

—¿De qué caso hablamos? —pregunto, dando la broma por quemada.

—Un caso, Toni. ¿Qué más da? Es dinero. Ya sabes, esa cosa con la que se pagan las nóminas. No sé, ¿te suena interesante?

Silencio. No es un «¿quieres venir?»; es un «corta y ven echando leches».

Miro a Vivienne, que se abanica con la mano como si estuviera aburrida de mi existencia.

—Dame diez minutos —digo al teléfono.

—Tienes siete. Y dile a la momia esa que deje de inyectarse cosas, que se le va a caer la cara.

Cuelgo y dejo el móvil sobre la mesa. Vivienne me observa con una ceja levantada, divertida.

—¿Un caso? —pregunta—. Felicidades.

—Eso parece. Lo siento, Vivienne. Tenemos que dejarlo aquí.

Ella suspira y se levanta con elegancia fingida.

—Ve, anda. Pero vuelve. Me debes una cena por cortarme el clímax de Marlon.

Me acompaña hasta la puerta. Antes de salir, me pone una mano en el hombro. Sus dedos son fríos, pero su agarre es firme.

—Toni —dice, con voz rasposa—. No dejes que la culpa del caso Miller te hunda. No tuviste nada que ver en las muertes. Resolviste el misterio. Lo importante es quién queda en pie al final de la función.

—Intentaré recordarlo. Gracias, Vivienne.

—De nada. Ahora vete antes de que tu socia vuelva a llamar y me insulte por retenerte.

No puedo evitar sonrojarme.

—¿La has oído?

Me mira y se ríe, su voz ronca de décadas de whisky barato y filtros de cigarrillos mentolados.

—Esta anciana aún conserva el oído intacto. Y también otras habilidades. No me ha dado tiempo a contarte cuando Marlon despertó en mi cama.

Bajo en el ascensor. Manhattan me espera al otro lado de las puertas de cristal. Frío, indiferente, implacable. Hada ha dicho que tenemos un caso. Susan Calloway. Un caso nuevo.

Un caso significa dinero. Y dinero significa que TG Confidential puede sobrevivir un mes más.

Me ajusto las gafas, compruebo que tengo las llaves y salgo a la calle.

Sea lo que sea este caso, más vale que merezca la pena.