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Prólogo

PRÓLOGO

Solo querías relajarte. ¿Es mucho pedir?

Te llamas Jax Thorne. Tienes veintiséis años.

Creciste en el Upper East Side, en uno de esos edificios donde el portero lleva guantes blancos y conoce tu nombre desde que tenías cinco años.

Tu padre era socio de un bufete que factura millones al año.

Tu madre organizaba galas benéficas y almorzaba en el Plaza.

Luego vino lo de la avioneta. Un error de cálculo contra una montaña y, de repente, tus padres eran arte moderno estampado contra el granito. Tu hermana mayor, que te adora, ejerce desde entonces de figura materna. Lo intenta, al menos. La pobre hace lo que puede.

Heredaste la mitad del patrimonio familiar. Tienes un máster por la Universidad de Chicago en tu currículum y un Rolex Daytona en la muñeca que cuesta más que el sueldo anual de la mayoría de la gente.

Eres guapo. Lo sabes. Siempre lo has sabido. No es arrogancia, solo constatas lo evidente. La vida te ha sonreído desde el día en que naciste, y tú has aprendido a sonreírle de vuelta.

Esta es tu noche. Tu despedida de soltero. Susan, tu novia —hermosa, buena y demasiado real para este mundo de plástico en el que te mueves—, está embarazada. Vas a ser padre. Vas a casarte. Tu vida es, sobre el papel, un anuncio de Ralph Lauren.

O eso crees.

La discoteca está a reventar. Luces estroboscópicas y música electrónica que retumba en el esternón como un desfibrilador defectuoso.

JM está a tu lado. John-Michael Flint. Tu mejor amigo desde que compartíais litera en la universidad.

Va tan puesto como tú, quizá un poco más.

Tiene esa cara de niño bueno que engaña a todo el mundo.

Llevas una camisa Burberry azul marino que se ajusta a tus hombros como una segunda piel. Pantalones de Tom Ford. Zapatos Church’s. Todo impecable. Todo calculado. Porque estás en la cima del mundo y, qué cojones, el mundo tiene que saberlo.

Ves a una chica en la barra. Morena, con un vestido tan ajustado que parece pintado con spray y unas piernas que no terminan nunca. Sonríe cuando te acercas. Siempre sonríen.

—Hola, guapa.

Se ríe. Dice algo que no oyes por culpa de la música. No importa. Le pones una mano en la cintura, notando la textura de su piel. Ella no se aparta. Bailáis. Tus manos bajan. Ella se mueve contra ti. Todo va bien.

Hasta que deja de ir bien.

Tu mano sube por su muslo, buscando algo más que un baile.

Ella te aparta. Te dice que no. O eso te parece entender entre el bombo de la música.

Tú no estás acostumbrado a los «no». Los «no» son para la gente que viaja en clase turista.

Insistes. Le agarras la blusa; solo querías acercarla, pero el tejido se rasga con un sonido seco, casi decepcionante.

Sus pechos quedan expuestos bajo el neón rosa. Parecen dos náufragos asustados.

Te ríes. Es divertido. Ella no opina lo mismo. Te suelta un sopapo que te gira la cara.

—¿Vamos a mi casa, bombón? —gritas, riéndote más.

Pero la fiesta se acaba cuando un segurata te agarra del brazo.

Un tipo enorme, con tatuajes en el cuello y una mirada que dice que desayuna tipos como tú.

Te echa a patadas, literalmente. Casi te pega.

Lo recuerdas vagamente. Su puño alzado. Tú, tambaleándote, con esa sonrisa estúpida en la cara.

JM se tambalea a tu lado, riéndose de algo que no es gracioso.

Alguien del grupo —crees que es Mark— se acerca al segurata y le suelta un fajo de billetes.

El lenguaje universal de Nueva York. El armario asiente y os deja marchar con una última mirada de asco.

—¿Qué coño haces? —le gritas a Mark mientras te arreglas el cuello de la camisa—. Podía con él.

—Claro, tronco. Y yo soy el próximo Dalai Lama —responde JM con una risita nerviosa.

Empujas a Mark. Él te empuja de vuelta.

—¡Estás como una puta cabra, Jax! ¿Qué es lo que te pasa?

Os insultáis. Casi os peleáis. Pero no lo hacéis. Nunca lo hacéis. Porque sois amigos. De la misma clase. Y porque mañana esto será solo una anécdota.

Camináis, sin rumbo, pero no os importa. La ciudad no termina de dormir; luces de oficinas que nunca se apagan, sirenas a lo lejos, el metro rugiendo bajo vuestros pies. Nueva York en enero es hermosa y despiadada.

JM va a tu lado, arrastrando los pies. Estáis unos metros por detrás del resto. Oyes sus risas, sus voces ahogadas por el viento. El frío te corta la cara, pero el alcohol y la cocaína te mantienen en una burbuja de calor artificial.

—¡Joder, hace un frío del carajo! —grita alguien delante.

—¡Vamos, tíos! ¡Se nos va a bajar el colocón!

Estás pensando en un nuevo chute cuando tropiezas con algo.

—¿Pero qué cojones…?

Hay un hombre en el suelo. O lo que queda de uno.

Un vagabundo hecho un ovillo sobre una rejilla de ventilación, inclinado sobre una gorra mugrienta con cuatro monedas tristes.

Tiene el pelo grasiento y enmarañado. La barba, sucia y llena de migas, o nieve, o mierda; no lo sabes.

Apesta. Un olor rancio que penetra incluso a través de tu colonia.

Te quedas mirándolo con curiosidad. Te molesta su presencia. Ahí, tirado en la calle como un perro, juzgándote en silencio mientras tú llevas una camisa de doscientos dólares. Es una mancha en tu noche. Una nota discordante en tu vida perfecta, con tu novia preciosa y un bebé en camino.

—Vamos, tío. Los demás nos esperan —dice JM, tirándote del brazo.

Pero no te mueves.

Te acercas. Estáis solos en toda la calle.

—Jax, venga, tío…

El vagabundo ni siquiera levanta la vista. Emite un gruñido, un sonido gutural como el de un animal.

—¿Qué dices? —le preguntas—. ¿Quieres que te dé algo?

Tu voz arrastra las palabras. Estás borracho. Colocado. Todo te parece divertido.

Él no responde. Mantiene la cabeza baja.

Sonríes por lo que se te acaba de ocurrir. Ni siquiera te lo piensas. Te bajas la cremallera. JM suelta una carcajada corta, una de esas que suenan a complicidad y a «esto va a acabar mal». Orinas sobre su gorra. Sobre sus monedas. Sobre lo poco que le quedaba de dignidad.

El vagabundo grita. Se abalanza sobre ti con una agilidad que no esperabas de un montón de harapos.

Te agarra del tobillo. Su tacto de garra te produce una náusea instantánea.

Le sueltas una patada en toda la boca. Notas el crujido de algo rompiéndose contra la punta de tu zapato. Él cae de lado como un saco de patatas.

JM deja de reírse. Los demás se han adelantado, sus voces son solo un eco a lo lejos. Estáis solos. Tú y ese hombre. Y JM, que se ha quedado callado, mirando.

Sientes una oleada de poder. Es mejor que la droga. Este hombre no es nada. Un error en el sistema. Puedes hacer lo que quieras con él y el mundo seguirá girando. Le pisas la mano. Aprietas con el tacón del Church’s. Escuchas cómo crujen sus metacarpianos bajo tu peso.

Grita. Grita tan fuerte que casi te asustas.

—Jax… para ya —susurra JM, pero no le haces caso.

Levantas al vagabundo del abrigo. Le tapas la boca con la mano, sintiendo su saliva caliente y algo de sangre. Te repugna, pero tiene que callarse. No puede gritar así o llamaréis la atención. Entonces te muerde. El hijo de puta te muerde la mano.

La rabia explota en tu pecho. Lo estampas contra el muro de ladrillo.

Una. Dos veces. El sonido de su cráneo contra la pared es seco, como una sandía golpeando el suelo.

Se queda quieto. Demasiado quieto. Balbucea cosas sin sentido, como un demente.

Sus ojos, entornados, brillan bajo la luz de la farola con un brillo vítreo.

Decides que ya es suficiente y lo sueltas. Cae y rueda por las escaleras del metro. Pum. Pum. Pum. Golpeando cada escalón hasta que el silencio vuelve a adueñarse de la calle.

—Vámonos —dices, limpiándote la mano en el pantalón.

JM te mira. No dice nada.

Paráis un taxi. El asiento trasero huele a ambientador de pino barato y a tabaco. El conductor es un tipo de piel oscura que os mira por el retrovisor con ojos cansados.

—¿Adónde, señores? —pregunta con un acento cerrado.

Le das tu dirección de mala gana.

—Oye, amigo, ¿de dónde eres? ¿De Pakistán? —sueltas, imitando su acento de forma exagerada—. Porque aquí dentro apesta a curry que tira para atrás.

JM suelta una carcajada hasta llorar. El conductor no dice nada. Aprieta el volante y arranca. Te pasas el viaje haciendo chistes, algo sobre su ropa y el color de su piel. No lo recuerdas bien. Solo recuerdas que te parecía gracioso.

Todo te parecía gracioso.

Te sientes eufórico. Invencible.

Cuando llegáis, Susan no está en casa, como preveías. Esquí en Aspen con sus amigas. Mejor así. Siempre odiaste esquiar. Y a las amigas de Susan.

Has montado una fiesta improvisada. Luces rojas y hip-hop a todo volumen. Estáis tú, JM y un par de colegas más. Alguien ha pedido Dom Pérignon. Alguien ha pedido chicas. Alguien derrama champán en el suelo del salón. Es igual, mañana lo limpiará la asistenta; para eso le pagas un pastón.

Una de las chicas te coge de la mano y te lleva al dormitorio de arriba. Se llama… qué más da cómo se llame. Te tumba en la cama y se sienta sobre tu regazo. El perfume dulce te marea. Empieza a moverse al ritmo de la música que sube desde el salón.

La chica te besa en el cuello, pero tú ya no estás allí. Estás pensando en el sonido del cráneo contra el ladrillo.

Cierras los ojos y te centras en el roce de sus muslos contra tu entrepierna. Todo está bien.

Todo es perfecto…

Tú solo querías relajarte. Eso es todo lo que querías.

¿Es mucho pedir?