48
Son casi las nueve cuando llamo al timbre. El sol ya abrasa desde lo alto.
La puerta se abre antes de que termine el sonido. No me sorprende.
Ahí está Elisabeth. Ojerosa, despeinada. La bata de tela fina se le pega al cuerpo como si no llevara nada debajo, entreabierta a la altura del pecho. Descalza.
Peligrosamente dispuesta. Demasiado, teniendo en cuenta que acaba de perder a sus padres.
Tiene los ojos rojos de tanto llorar… pero no hay ni una lágrima. Me evita la mirada.
—No he dormido nada —susurra—. He pasado la noche entera soñando que era una pesadilla. Que al despertar… ellos estarían vivos. Y tú… también estarías aquí. —Me observa bien por primera vez—. Oh, no… ¿quién te ha hecho eso?
Da un paso hacia mí. Se lanza a mis brazos con un gemido suave. Su olor me golpea —mezcla de champú y algo más ácido—, pero no levanto los brazos. La aparto. Firme. Como si me quitara una tela de araña de la cara.
—No.
Parpadea, confusa.
—Tú los mataste —digo, sin elevar la voz—. Primero a tu padre y luego a tu madre.
Se queda inmóvil. Me observa como si acabara de hablarle en un idioma muerto.
—¿De qué hablas?
Saco la pistola de la cintura y le planto el cañón en la frente. Un contacto seco, metálico.
Ella emite un jadeo y retrocede un paso, pero yo la empujo hacia el interior del piso. Cierro la puerta con el pie.
El puzle sigue en la mesa, igual que la última vez. Sin terminar.
De un empujón, la siento en el sofá. La marca del cañón ya se dibuja en su piel.
—He decidido darte una oportunidad —digo, dejando el móvil en la mesa, boca arriba—. No he activado la grabadora. Pero si mientes… si lo intuyo siquiera… te juro que te mato aquí mismo.
Su miedo dura tres segundos. Luego cambia a algo más rígido. Asiente con los labios apretados en una línea dura.
—Me mentiste desde el principio —digo—. Tu hermana nunca te llamó. Porque estaba muerta.
—¿Quién te lo dijo?
—Randy Brown. Lo admitió todo: Anne, la piscina, la tapadera… Y tú, en el centro del tablero.
Ella bufa.
—Valiente gilipollas.
—También hablé con Thomas —sigo—. Reggie Maxwell vino a verte, como dijiste. Pero no te tocó.
Apunto a su ceja. El moratón casi ha desaparecido.
—Fue Joshua quien te lo hizo.
No dice nada. Solo parpadea. Lento.
Molly me lo advirtió. Pero mis prejuicios han vuelto a jugarme una mala pasada.
Beth Miller, la dulce y espontánea muchacha del grupo de apoyo.
Generosa, alegre, dicharachera y aficionada al ganchillo.
Y jodidamente sensual. ¿Quién iba a sospechar?
El diablo jamás podría haber acechado a un ser humano tan fácil de amar.
O sí. Claro, ese es precisamente el truco.
—Pasé por casa de Harold Prescott antes de venir —continúo—. Lo presioné y cantó hasta La Traviata. Admitió los pagos mensuales que Theodore Brown te hacía en nombre de la productora.
Mi mirada recorre el piso.
—Desde que te vi, algo no me cuadraba. ¿Cómo puede una joven exdrogadicta pagar esto? Pensé en tus padres. Tal vez ellos te ayudaban. No os hablabais, él te había echado de casa. Pero ya se sabe que un padre es un padre… Y ahora lo entiendo. No fue él, ni tampoco tu madre. Los Brown te compraron.
—¿Comprarme?
Mantengo el arma en alto.
—Te pagaban por callar. Por sostener la mentira de que tu hermana desapareció… cuando tú sabías que estaba muerta.
Alza una ceja, lenta y deliberadamente.
—Bravo —dice, sonriendo con desdén—. No está mal para un novato.
Me dan ganas de partirle la boca con la culata.
—¿Entonces qué, Elisabeth? ¿Te follaste a Randy y luego encontraste a Anne flotando en la piscina?
Niega con la cabeza.
—Me sobrestimas. Yo solo era una cría asustada. —Se inclina hacia el cañón y lo roza con la frente, desafiante—. Ellos vinieron a mí. Me ofrecieron una salida. ¿Qué querías que hiciera?
—Así que… ¿dos veces jodida en una misma noche?
—No sería la primera. —Ríe.
Una sacudida de rabia me recorre la espalda.
—No llego a concebirlo… ¿Dejaste que esa gentuza se ocupara del cuerpo de Anne? ¿Así, sin más? ¿Qué pensaste que harían con él?
—Lo que siempre ha hecho esa familia de mierda: tapar la basura, esconderla debajo de la alfombra.
Otro fogonazo de rabia. Cierro los ojos. Me arden. Inspiro hondo.
—¡Era tu hermana, joder!
Levanto el cañón y lo descargo contra su frente con un golpe seco. Un reguero de sangre baja por su ceja, pero ella no se inmuta. Saca la lengua y se lame la sangre. Sonríe. Una sonrisa torva, torcida.
Y por fin, en el fondo de sus ojos… la veo: la chispa helada. Esa que solo tienen aquellos que ya han matado.
«El demonio tiene cara de ángel».
—¿Qué pasó después?
—Vamos, Toni… —dice, ladeando la cabeza con una dulzura artificial—. Lo sabes muy bien. Seguro que lo tienes anotado en uno de esos blocs de notas que usáis los escritores. Papá empezó a buscar a Anne después de todos estos años. Supongo que tenía una pista.
Pienso en lo que dijo Thomas sobre Evelyn Crowe. Que ella sembró la duda. Fue ella quien le reveló a Joshua que Anne no era su hija.
Y entonces recuerdo mi segunda visita de esta mañana.
—Tu padre habló con Wendy Turner. Tu vieja amiga del instituto.
La sonrisa de Elisabeth desaparece.
—Ha accedido a hablar, al igual que lo hizo con Joshua.
Ella era la novia de Randy cuando él la engañó contigo.
Fue a la finca aquella noche. Quería sorprenderlo in fraganti .
Entonces vio a alguien salir corriendo. Pelo rosa.
Mojada. Desquiciada. Son detalles que se quedan grabados en la mente.
Eras tú, Elisabeth. Te recuerda perfectamente.
»Quiso detenerte, pero no pudo. Tú no la viste… o no quisiste verla. Al día siguiente, hablasteis. Y luego saltó la noticia: Anne había desaparecido.
Miro su rostro de nuevo. Sigue impasible, como si hablara de otra persona.
—Wendy no era idiota —digo—. Ató cabos. Y se convirtió en un nuevo problema para los Brown. Pero esta vez ellos no recurrieron al chantaje. Directamente la amenazaron. Si decía algo, la matarían.
»Y calló, claro. No era más que una cría y se asustó.
Pero la vida es cruel, y a veces tiene sentido del humor.
Ya te dije que se muere. Cáncer de páncreas.
Le han dado dos meses de vida. ¿Sabes qué no le importa ya?
Las amenazas. Cuando Joshua la encontró, se lo contó todo. Y esta mañana, también a mí.
Hago una pausa. El aire se ha vuelto denso, cortante.
—Joshua entendió que Anne no era su hija y que estaba muerta. También que tú lo sabías y lo habías ocultado todos estos años.
Mi voz tiembla al final. Me obligo a seguir.
—Así que fue a verte. Traía el dinero y los recuerdos de su hija.
La mirada se me va al rincón del sofá. Ahí sigue el peluche gris de oreja deshilachada. Ya estaba la otra noche. Pensé que era de Elisabeth. Ahora recuerdo las palabras de Sarah: Anne no dormía sin su Bunny…
—También traía su pistola —sigo—. Y el arma más letal: la verdad. Supongo que discutisteis. Te golpeó. Tú le quitaste el arma… y lo mataste.
Ella se encoge de hombros.
—Dicho así… suena a defensa propia —dice, en tono cantarín, como una niña buena.
Y entonces me acuerdo de cómo me miró aquella primera noche en el grupo de apoyo.
Todo mentira.
Todo putrefacto.
No lo soporto.
—Con él fue fácil —digo—. Lo odiabas, así que no creo que te costara apretar el gatillo. Ya estaba desaparecido, tu madre lo buscaba, él huía. Solo tenías que asegurarte de que siguiera siendo así. Que, cuando lo encontraran con un tiro en el pecho, pensaran lo obvio: un ajuste de cuentas.
Ella no dice nada. Solo sonríe.
—Odiabas a tu padre —repito—. Y él descubrió tu mentira. Son dos buenos motivos para que lo mataras, supongo. Pero creo que hay un tercero.
—Ilústrame.
—El dinero. La paga de los Brown estaba bien, pero era insuficiente para una chica joven de Nueva York con problemas de salud. Y te habías cansado de vivir con lo justo. Joshua llevaba cuarenta mil dólares encima. Un incentivo irresistible.
Elisabeth exhala un suspiro.
—Intenté avisarte, Toni —dice—. Desde el principio te dije que te alejaras, que no iba a gustarte la verdad.
Y ahí me cae la ficha. Me llega como una estampida.
—Fue un montaje —susurro, más para mí—. El ataque de esa primera noche. El desorden. El dibujo de Anne. La amenaza… Fue todo cosa tuya. ¿Por qué, Elisabeth? ¿Para asustarme?
Vuelve a encogerse de hombros.
—Y supongo que tampoco tienes fibromialgia —digo—. Lo fingiste para acercarte a mí, vigilar mis movimientos.
Su silencio lo dice todo. Tengo que hacer un esfuerzo para no venirme abajo.
—¿Has acabado?
Niego con la cabeza.
—No, joder. Falta lo de tu madre.
—Ah, claro, mi madre —responde, abrazándose las rodillas. La bata se abre y deja sus muslos al descubierto. No le importa. Casi lo provoca—. A ver, Toni. ¿Por qué maté a mamá?
—Por mi culpa.
Eso la descoloca. Abre mucho los ojos y luego tiene el descaro de sonreír. Me hierve la sangre. Siento que mi dedo ejerce más presión sobre el gatillo.
—Mientras no sospechara nada, Sarah no era una amenaza. Pero fui yo quien le mandó el mensaje de audio. Le hablé de Wendy Turner. Mi error fue hacerlo desde este salón. Tú lo oíste y dedujiste que tu madre seguiría el mismo rastro que tu padre. Entonces supiste que tenías que matarla también.
Elisabeth se limita a seguir sonriendo en silencio, una sonrisa que no tiene nada de humana.
—Lo tenías todo a tu favor. El cadáver de Joshua había sido encontrado y todo apuntaba a Sarah.
Así que, antes de que pudiera hablar con Wendy, le tendiste una trampa.
Escondiste un arma en su cuarto de baño, la esperaste y le vaciaste el cargador.
Cinco tiros al pecho, sin titubear. Luego la arrojaste a un pozo como si fuera basura.
Creo que no esperabas que la encontraran tan pronto.
Pero ese chico… con su dron de juguete… te arruinó el plan.
—Sí que tienes imaginación, Toni. Cómo se nota que eres escritor.
—Ambos sabemos que es verdad.
—Y también sabemos que no puedes probarlo.
—Encontrarán algo. Pelo, fibras.
—¿Y qué? —dice, dulcemente—. Era mi madre.
¿No es lógico que hubiera restos míos en su ropa?
La semana pasada nos cruzamos por la calle.
La abracé. Así que quizá fue así como se le pegaron los pelos y las fibras, suponiendo que encuentren algo.
Ella iba con algunas amigas suyas. Que lo confirmen. Tengo coartada.
—Así que lo admites —digo—. Tú la mataste.
El calor de la mañana ha invadido el salón, pero mi cuerpo se ha cubierto de un sudor frío.
Y entonces me viene a la cabeza una idea. Epicteto decía:
¿No es insoportable ahorcarse? Pero cuando alguien lo considera razonable… va y se ahorca.
Razonamos el pecado antes de cometerlo para que duela menos.
Antes de acostarte con otra: solo se vive una vez .
Antes del pastel: el lunes empiezo la dieta .
Antes de beber: fue un día duro, me lo merezco .
Antes de cometer una atrocidad: tengo una enfermedad autoinmune y no tengo que pedir perdón.
Todo es soportable… si lo haces razonable.
Aprieto el cañón contra su frente. Mi mano tiembla.
—La sirvienta de tus padres dijo que alguien llamó a Sarah justo antes de que saliera. ¿Fuiste tú?
No parpadea.
—Obvio.
—¿Qué le dijiste?
—Que Anne había vuelto.
Cierro los ojos y la imagino. Sarah recibiendo la noticia.
Ilusionada. Desesperada. Su hijita está viva y ha regresado junto a ella.
Por fin una buena noticia. Sale de casa con el corazón en llamas y se encuentra con la mentira más cruel.
Muere con esperanza en los ojos… y la traición apuntándole al pecho.
Intento que no se me caiga el arma.
—Vamos, Toni —murmura Elisabeth, provocativa—. Baja eso. No eres de los que disparan a una chica a sangre fría.
No desvío el arma. El dedo me tiembla en el gatillo. Solo un gesto más. Una presión mínima. Un clic. Un fogonazo. Y se acabó.
Ella no parpadea. No suplica. Ni siquiera contiene el aliento. Me mira como si ya estuviera muerta.
Y eso me rompe.
No soy ese tipo de hombre, en eso tiene razón. Nunca lo fui y no voy a empezar hoy.
Respiro hondo y bajo el arma.
Ella alza una ceja, con la media sonrisa de quien acaba de ganar una apuesta sucia.
—Eso pensaba —dice, con tono casi maternal.
Aparta el cañón con dos dedos, como quien espanta una mosca de su cara. Luego se pone en pie, se ajusta la bata y camina hacia el pasillo. Se detiene en la puerta del dormitorio.
—Ya conoces la salida —dice—. Cierra al salir.
Y desaparece.
Me quedo de pie. Bunny me mira desde su rincón. Sus ojos son dos canicas negras que me juzgan.
El puzle sigue sin terminar.
Una mota de polvo flota en el aire, como si nada de esto hubiera pasado.
No tengo pruebas. Solo la historia. Y la historia, sin pruebas, no vale una mierda.
Cojo mi móvil y pulso el botón rojo. Como le he dicho a Elisabeth, no estaba grabando, pero sí tenía una llamada en curso.
Lo hecho, hecho está.
Salgo afuera y el calor me abofetea la cara. Estoy a punto de subir al coche cuando lo veo.
Está detenido al lado de la calle, en el cruce.
Un gran vehículo negro con lunas tintadas llama la atención como una cucaracha en la mesa de un quirófano.
Me detengo y lo miro durante unos segundos.
La ventanilla del lado del conductor se baja unos centímetros, pero estoy lejos y no reconozco quién está al volante.
Creo saber quién es. También sé que él me está observando; puedo notar la intensidad de su mirada.
Hasta lo imagino asintiendo levemente. Se puede palpar.
Se me erizan los pelos de la nuca, como a un animal que intuye el peligro. Algo me obliga a desviar la mirada y alejarme de allí.
Vuelvo a casa. Alfred me espera en la puerta, como siempre. Me agacho y le rasco detrás de las orejas. Me lame la muñeca, como si olfateara algo roto en mí.
Chase está en la cocina, saboreando un café frío. La sangre seca de Reggie Maxwell sigue en su ropa; eso también lo está saboreando.
—¿Y bien?
No respondo. Le tiendo la pistola. La coge sin decir nada.
—Voy a sacar a Alfred.
Asiente. Ni me pregunta.
Paseamos. El mundo ya ha despertado. Pienso en llamar a Molly. Tengo una gran historia que contar y una promesa por cumplir. Le lanzo la pelota a Alfred, que corre lejos. Salta el buzón. Cuando suena la señal, le dejo un mensaje. Le digo que le enviaré todo por correo.
Sé que ella querría que nos viéramos en persona, pero yo no.
No todavía.