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Una semana después
Oigo las pisadas acercarse por detrás. Trago saliva y compruebo la hora en mi reloj; puntual como una novia el día de su boda.
No me giro. Sigo observando la lápida: mármol blanco, sin florituras. Elegante. Cara. Está en lo alto de una loma, junto al sendero principal del cementerio. El mejor sitio. El más visible. Sol todo el día. El lugar de los que ya no necesitan esconderse.
Flores frescas la cubren; tantas que apenas se ven los nombres. Pero yo sé cuáles son.
Me quedo anclado en los dos primeros:
JOSHUA R. MILLER
1969-2025
SARAH CAMPBELL
1972-2025
Las pisadas se detienen a un metro. Siento la presencia, pero no me vuelvo.
—La mató usted —digo—. Esta vez no recurrió a ningún matón.
—Sí.
—¿Se siente mejor?
La voz de Thomas Brown me eriza la nuca como una corriente de aire frío.
—La pregunta es, Toni… ¿y usted?
No contesto. Porque no lo sé.
Bajo la mirada.
Tercer nombre:
ELISABETH MILLER
1994-2025
Creí que sentiría rabia, pero ni eso.
Thomas se sitúa a mi lado. Más que verlo, siento su sombra. No lo miro.
Se desenrosca un anillo con una lentitud casi reverencial. Da un paso al frente, esquivando el borde de la tumba, y lo deja sobre la lápida. El sol lo hace brillar, me recuerda a la sonrisa de Sarah.
Si entrecierro los ojos, puedo distinguir algo grabado en el interior del anillo. No alcanzo a leerlo, pero apuesto por Always us .
Un escalofrío me atraviesa el pecho.
Cuando me mira, sus ojos ya no son los del tiburón de la industria. Su rostro tiene el aspecto seco y cuarteado de un objeto que ha estado demasiado tiempo al sol, como las flores que ahora colorean esplendorosas la tumba familiar.
—Si le sirve de algo —dice—, murió lentamente.
Asiento, pero no digo nada. Está esperando que pregunte cómo fue. Quiere que lo escuche. Que le dé ese último regalo.
No pienso concedérselo.
Elisabeth me describió bien, incluso con una pistola en la cabeza: no soy de los que disparan a sangre fría. Soy peor. De los que esperan a que otros hagan el trabajo sucio por ellos. De los que se quedan mirando.
Por eso, aquella mañana, después de hablar con Prescott y Wendy, y antes de hacerle la última visita a Elisabeth, cogí mi móvil y lo llamé.
El teléfono sonó dos veces antes de que él descolgara.
—Galán —dije.
Thomas estaba roto por el dolor. Entre lágrimas e hipo, me informó de que nadie sabría nunca lo ocurrido esa noche en su mansión. El jefe de prensa de la productora había difundido la noticia de que Randy sería operado de urgencia del brazo por una supuesta caída desde un caballo. No diría nada.
En cuanto a Reggie, no tenía familia y nadie sabía que trabajaba para los Brown. Su cuerpo ya descansaba en una fosa. Nadie sabía dónde, ni siquiera Thomas.
Lo interrumpí para decirle que sabía quién había matado a Sarah.
Entonces enmudeció.
Yo respiré hondo un par de veces. Mis manos temblaban en mis bolsillos.
Y entonces, con voz quebrada, se lo conté todo.
Íbamos a conseguir la confesión.
Cada jodido detalle.
—He dimitido como presidente de Brown Studios —añade Thomas, devolviéndome al presente—. Me voy de la ciudad. Quiero empezar de nuevo. Usted me hizo ver las cosas con claridad. Recordé cómo me sentí al conocer a Sarah. Quiero volver a eso.
Dudo que lo consiga, pero no se lo digo.
Nos quedamos un rato en silencio, mirando la piedra. Sus hombros tiemblan. Está conteniendo el llanto.
No es para menos. Aquí yacen el amor de su vida, la hija que tuvo con ella…
… y la mujer que se lo arrebató todo.
—¿Qué es eso? —pregunta, señalando mis manos. Parece exhausto, como si la vitalidad se le hubiera escapado por una herida abierta.
—Nada. Una tontería que acabo de comprar.
Asiente. No me cree, y ni falta que hace.
Se marcha sin despedirse. No volveré a verlo.
Yo me quedo un rato más. Me siento en la hierba y cavo con las manos un agujero junto a la tumba. No más de un palmo. Lo justo para enterrar a Bunny.
Lo cubro con tierra y aplano con la palma. Luego beso mi mano sucia y la apoyo sobre la piedra, justo donde está el cuarto nombre:
ANNE MILLER
2005-2010
Molly Dickinson ha publicado esta mañana un artículo exprés. La historia completa. La verdadera.
El mundo, por fin, sabe lo que pasó.
Como debe ser.
Lamentablemente, Sarah no vivió para leerlo.
Cuando me levanto, una familia de turistas japoneses llora frente a la tumba. Sus lágrimas no me consuelan.
Salgo del cementerio a pie. Me apetece caminar.
Me muevo sin rumbo. Sin urgencia. Solo quiero notar la ciudad bajo mis pies. Sentirme vivo. Al pasar por delante de un escaparate, me detengo. No por el reflejo, sino por los gritos que llegan desde dentro. Voces entrenadas, disciplinadas. Gritos que no suenan a violencia, sino a orden.
Me acerco y observo a través del cristal. Un hombre con kimono y rostro pétreo dirige una clase. Me lanza una mirada breve. Luego vuelve a centrarse en los alumnos. Hace una reverencia y grita algo en japonés.
Seis jóvenes lo imitan. Cinco chicos y una chica. Coordinados. Firmes. Con una devoción que me sorprende.
Levanto la vista hacia el cartel que cuelga sobre la entrada:
Kenshō Dōjō – Martial Arts
Un calor me sube por la espalda. No sé si es coraje o adrenalina. Me doy cuenta de que estoy apretando el puño alrededor de la empuñadura de mi muleta. La levanto y la dejo apoyada contra un contenedor en la acera.
Algo me empuja a cruzar la puerta. Cojearé lo que haga falta, no me importa.
Pero la próxima vez…
… estaré preparado.