Pack Toni Galán (libros 1-3) 47
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Lo siguiente que recuerdo es que estamos frente a nuestro bloque en Brooklyn.

Chase apaga el motor. Nadie dice nada. Salimos del coche como si regresáramos de un funeral sin cuerpo. El cielo empieza a aclarar.

En casa, voy directo a la cafetera y me sirvo una taza. Café. El antídoto universal. El pegamento de las almas rotas. Mientras la cafetera escupe su alquimia, Chase saluda a los perros como si todo fuera normal. Alfred le responde meneando el rabo. Tiene mejor carácter que yo.

Bebo el café de dos tragos rápidos y me dirijo a la ducha. La imagen que me devuelve el espejo es dantesca: sangre seca, ropa hecha jirones y un poema trágico por nariz. Me estiro y mis articulaciones crujen. Desde el salón, Chase me dice algo, pero no lo proceso.

El agua caliente es un bálsamo sobre mi castigada piel. Se lleva la sangre, el barro y un poco de miedo.

Salgo siendo otra persona: camisa limpia, tejanos y botas. El dolor de cabeza persiste, pero el pecho ya no duele al respirar.

Chase sigue en el salón, sentado en el sofá con los pies descalzos sobre la mesa.

—Voy a dar una vuelta —le digo.

Chase me observa.

—¿Ahora?

—Sí, ahora. Y solo.

Su mirada se posa en mi nariz, luego en mis piernas.

—¿Estás para conducir?

Asiento. No lo estoy. Pero tampoco estoy para dormir.

—No te preocupes.

Me tiende mi móvil.

—Tu teléfono. En un rato llamo a Hada. Nos vemos luego los tres y cerramos filas, ¿vale?

Asiento de nuevo, como un autómata.

Cuando ya se gira para perderse en su habitación, lo detengo.

—Chase.

—¿Sí?

Le extiendo la mano.

—¿Me dejas la pistola?

Entorna los ojos. Percibo un amago de sonrisa en las comisuras de sus labios, pero podría estar equivocado.

Sin decir nada, saca el arma. Lo hace con la soltura del mago que ha repetido el truco mil veces. Me la entrega como quien pasa una linterna durante un apagón.

—¿Sabes usarla?

La noto fría y pesada al cogerla. Casi me cuesta sostenerla.

—Me las apañaré.

Cuando se da la vuelta, me paso los dedos por los ojos. Salgo a la calle, subo al coche y arranco.

Brooklyn respira lento a esta hora. Las persianas suben con desgana, como si la ciudad bostezara. Una panadería enciende las luces. Un tipo pasea un perro flaco que parece tan cansado como yo. El puente de Brooklyn, al fondo, dibuja una cicatriz en el cielo.

Conduzco sin rumbo.

Me cruzo con taxistas somnolientos, camiones de reparto y ciclistas con mochilas fluorescentes. La radio está encendida. No la apago. Que suene. Que hable alguien más. A ver si tapa el ruido en mi cabeza.

Paso por Union Square, por Broadway, por calles aún a medio vestir. Las luces de neón se reflejan en escaparates cerrados como si intentaran disimular la oscuridad del mundo.

Las imágenes llegan igual: Sarah, Anne, Joshua. Las empujo a un rincón de la mente. No quiero revivir nada todavía. Solo conducir.

El móvil vibra.

Un mensaje de Elisabeth.

Estoy fatal. Si estás despierto, por favor, ven a casa. Necesito estar con alguien.

No contesto.

Cruzo dos semáforos en ámbar. Uno en rojo. Ni me doy cuenta.

Entonces, sin previo aviso, llega el recuerdo: Sarah, abriéndome la puerta de su casa por primera vez. Elegante. Contenida. Sonriendo como si supiera que no tenía nada que temer de mí.

Luego, caminando juntos por la Quinta Avenida. Su brazo rozando el mío. Nerviosa, pero decidida. Como si ambos entendiéramos, sin decirlo, que aquello no era amistad, ni otra cosa, sino un pacto silencioso entre dos almas cansadas que, por algún motivo, confiaban la una en la otra.

Y más atrás. Mucho más atrás.

Yo, con diez… tal vez once años. Tumbado en la moqueta del salón de mis padres. Una peli en la tele. Allí estaba ella. Sarah Campbell. Joven, radiante, intocable. Su voz. Su mirada de soslayo. Su forma de llenar la pantalla como si fuera inmortal.

Como si nada pudiera tocarla.

Dios, era perfecta.

Y ahora está muerta.

En ese preciso instante comprendo, como si me golpearan con un mazo, que el mundo nunca más volverá a ver esa sonrisa. Lo pienso y algo en mí se rompe. Y no es por el mito. Es por la mujer. Por quien me confió su historia cuando no tenía por qué hacerlo.

Una lágrima me cae por la mejilla. No la aparto.

Sigo conduciendo, anclado al volante y al pasado, como si esa vida anterior —mi infancia, sus películas, aquella primera caminata— no perteneciera al pasado, sino a otro mundo.

Uno que se ha cerrado para siempre.

Parpadeo. El retrovisor me devuelve una cara que no reconozco del todo. El cielo ha terminado de aclarar cuando doblo la esquina y veo el edificio de Molly. Son las seis y media pasadas.

Su silueta se recorta tras las cortinas. Está sentada, mirando por la ventana. Como si me esperara. Luego desaparece.

Aparco. Me quedo dentro del coche.

La luz del vestíbulo se enciende y Molly sale del edificio.

Viene hacia mí en zapatillas y camiseta larga. Pelo recogido al tuntún, despeinado. Las gafas le aportan un matiz interesante. Nada de maquillaje.

Me quedo mirándola. Está guapa.

Bajo la ventanilla. Ella se asoma.

—¿Qué te ha pasado en la cara? —pregunta—. Esa nariz a lo Rambo te da un toque.

Cierro los ojos y respiro hondo.

—No es el mejor momento, Molly.

Apoya el brazo en el capó. Suspira. Su voz baja una octava.

—Me he enterado de lo de Sarah.

El nudo en la garganta crece.

—Tenías razón cuando tratabas de advertirme —digo—. Todos la teníais. Fui un idiota por no escuchar.

No dice nada.

—Serás la primera en saberlo todo —añado—. Como prometí.

—No hace falta que hablemos de eso ahora.

La miro. Tiene los ojos brillantes. Se da cuenta de que he estado llorando. Tampoco lo disimulo.

—Evelyn dio en el clavo —murmuro—. Soy un tipo intentando abrirse paso a codazos en un mundo que no perdona a los que renquean.

—Las muertes de Sarah y Joshua no fueron culpa tuya.

—No hablaba de ellos. Hablaba de ti. No veo más que corruptos e interesados a mi alrededor. Gente enferma. Y entonces te miro a ti. Y me odio. Porque me porté como un cabrón. Igual que esos otros tipos.

Ella niega con la cabeza. No dice nada.

—Lo siento, Molly. Lo que te hice… No hay excusa. Fui un cabrón. Te fallé.

Asiente, pensativa, mirando mis labios. Luego se gira hacia el portal. Se lleva una uña a la boca. Duda.

—¿Quieres subir? No creo que pueda dormir.

De nuevo cierro los ojos con fuerza. Niego con la cabeza. Arranco el coche.

—Mañana. La exclusiva. Entonces lo sabrás todo.

Ella se inclina un poco más. Su voz, casi un susurro.

—Toni…

Subo el cristal. Su voz se pierde tras la ventanilla.

Pisa el suelo al ver que me voy. Grita mi nombre. Pero no me detengo.

Aplasto el acelerador. El motor carraspea y el tubo de escape escupe su humo.

Estaré en casa de Elisabeth en menos de una hora. Pero antes, tengo que hacer un par de paradas.

A las ocho y diez, llegaré a la casa de Harold Prescott. No me dejará pasar, así que lo esperaré en la puerta cuando saque a pasear a su perro.

A las ocho y treinta y tres, despertaré a Wendy Turner, que regresó ayer de su viaje. La despertaré a base de timbrazos y casi la mataré del susto. Quizá me odie, pero entenderá que no hay tiempo para modales.

Y entonces, todo se resolverá.

Al final de la calle, miro por el retrovisor.

Molly ya no está.

Y no sé por qué esperaba otra cosa.