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El dron sobrevolaba la finca por casualidad.
Nick Rivas, de diecisiete años, grababa tomas para un vídeo de skate que nadie le había pedido. Camiseta de Limp Bizkit, mochila colgando de un solo hombro y un canal de YouTube con dieciocho suscriptores: Urban Flyover .
Al pasar sobre el lindero de una propiedad abandonada, junto a un cobertizo destartalado, algo llamó su atención. En la pantalla, los arbustos formaban un claro extraño, como si alguien los hubiera aplastado.
Bajó más. El dron captó una estructura semienterrada de piedra, casi devorada por las ramas.
Hizo zoom.
Ahí estaba. Una abertura circular, oculta por zarzas.
Y un bulto blanquecino brillando entre sombras.
Nick se quedó quieto, con la imagen congelada en la pantalla. Un ángulo forzado, sucio. No encajaba.
Corrió de vuelta a casa. Vio la grabación varias veces en su ordenador. Luego, asustado, llamó a su madre. Y ella, a la policía.
Tres horas después, la zona estaba acordonada. Cinta amarilla, focos, agentes bostezando con vasos de cartón en la mano, un par de perros ladrando a nada…
Era un antiguo pozo de bombeo, seco y abandonado desde hacía años. Lo cubrían tablas podridas, maleza y el silencio de lo que nunca debió saberse.
Cuando retiraron la cubierta, no fue el olor lo que los golpeó.
Fue la imagen.
El secreto mal enterrado.
Abajo yacía una mujer. Ropa clara, sencilla pero de marca. Blusa blanca, manchada de barro seco… y sangre. Tenía los ojos cerrados y aún conservaba el color de la piel. No llevaba teléfono ni cartera. Solo un anillo dorado con una inscripción en la cara interior: Always us.
El forense fue claro. Mujer. Entre cincuenta y sesenta años. Muerta hacía menos de veinticuatro horas. Causa: cinco disparos en el pecho, a quemarropa. Uno bastaba, pero alguien se aseguró: dos al corazón, uno al pulmón. El resto, puro ensañamiento.
No presentaba síntomas de forcejeo ni de ataduras. Y el cuerpo estaba colocado con cuidado, como si importara.
No hubo declaraciones. Solo bolsas selladas y numeradas, cinta policial y un silencio espeso, adherido a todo.
Dos horas más tarde, Tom Wayland, abogado de la familia Miller, identificó positivamente el cadáver como el de su clienta y amiga, Sarah Campbell.
Dicen que, al verla, se echó sobre el cuerpo y lloró como un niño, pero ninguno de los profesionales que se encontraban en la morgue ha confirmado este hecho.