Pack Toni Galán (libros 1-3) 44 #4
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—La encontramos fuera —admite. El tono grave de sus palabras esconde algo más que el dolor por la herida de bala, algo que me produce un estremecimiento que no sé explicar—.

Se había caído a la piscina. Me tiré a por ella.

La saqué. Luego llamé a papá. No podíamos dejar que se supiera que la hija de Sarah Campbell y Joshua Miller se había caído en nuestra piscina mientras yo me drogaba y me tiraba a su otra hija.

Si se corría la voz, habría sido un escándalo para la familia.

Papá se encargó de todo. Lo arregló. Llamó a Webber y también a Reggie.

Él limpió el lugar de huellas y se llevó a la niña.

Entre agónicos jadeos, Randy alza la mirada, implorante.

—Yo no sabía que era tu hija, Thomas. Si lo hubiera sabido…

—¿Dónde está la niña ahora? —pregunto.

Randy me mira con desconcierto.

—¿Qué?

—Reggie. ¿La llevó al hospital? ¿A ver a un médico? ¿Y luego? ¿Adónde se la llevó? —Miro hacia la puerta y grito—: ¡Eh, Reggie! ¿Qué hiciste con la niña?

Pero es Randy quien responde. Sus palabras apagan mi voz como un jarro de agua sobre una vela.

—¡Estaba muerta, joder!

Me quedo mirándolo. La garganta se me cierra.

—Anne no sabía nadar y se ahogó —añade, bajando la voz—. Murió en esa piscina.

Thomas explota en un aullido animal. Cae de rodillas, roto, como un muñeco desmadejado. Un hilo de moco cuelga de su nariz. La linterna se le ha escapado de los dedos y baña la escena con su luz temblona.

—Ya estaba muerta cuando la saqué de la piscina, lo juro.

El grito de Thomas se transforma en un lamento prolongado que me oprime el pecho. El lamento de un padre.

—¿Y su cuerpo? —pregunto, con un hilo de voz.

Randy jadea un par de veces antes de contestar.

—Reggie… se deshizo de él. Por orden de papá. Era lo más conveniente. —Vuelve a mirar a su hermano—. Pero no sabíamos que era tu hija, Thomas, de verdad… Si lo hubiera sabido…

—¿Le habríais contado que su hija había muerto ahogada por un descuido? —pregunto.

No contesta. Solo baja la mirada y llora.

Anne Miller, muerta. Joshua Miller, muerto.

Intento mantener la voz firme.

—Sarah Campbell. ¿Dónde está?

Randy sacude la cabeza, negando.

—No lo sé.

Thomas se encoge sobre sí mismo, hecho un ovillo. Sigue llorando.

—Mi brazo… —berrea Randy—. Necesito un médico. ¡Reggie! ¡Auxilio!

La puerta, por fin, se abre.

La luz de la luna me golpea los ojos como un flash.

La paja cruje bajo las botas de Reggie. Lleva una pistola. Pero no mira a Randy. Ni a Thomas.

Me mira a mí.

—Este hombre sabe demasiado, señor —dice con voz de plomo—. Tenemos que matarlo.

Me apunta con el arma. Es un hijo de puta frío, disciplinado y asesino, para quien la compasión pesa tanto como una piedra en el bolsillo de un suicida.

Thomas no reacciona.

—¡Tiene razón! —añade Randy, casi sin mover los labios—. Sé que ahora mismo no piensas con claridad, pero es la única salida para la familia.

Reggie asiente.

—No hay salida, señor —sentencia, como si hablara de la ley de la gravedad.

—Thomas —digo.

Él me mira, hundido.

—Soy su única baza para encontrar a Sarah.

Reggie deja escapar una sonrisa torcida.

—No le haga caso, señor. Solo hágame una señal para que pueda matarlo.

Clic. Quita el seguro. El dedo se le aprieta sobre el gatillo.

«Así que este es el sonido de la muerte», pienso, y me preparo. No para pelear. No para escapar. Para desaparecer.

Cierro los ojos con fuerza, y por un instante, hasta deseo que a ese cabrón le resbale el dedo y acabe con todo.

Más adelante no podré decir que he presenciado lo ocurrido.

En cambio, sí oigo el chirrido de la puerta.

El cobertizo llenándose con gritos de sorpresa.

El crujir de la madera, un ruido metálico que no sé distinguir, el fragor de un forcejeo.

Y luego, una voz. Baja, áspera, con ese humor negro tan familiar:

—Yo que tú no lo haría, Mister Proper.

Me despierta como una descarga eléctrica.

Vuelvo a abrir los ojos y lo veo.

Es Chase.

Tiene a Reggie cogido por detrás. Presiona el filo de un cúter contra su cuello. Una gota de sangre resbala por su piel.

Mis ojos bajan hasta las manos del matón. Están tensas, curvadas como las garras de una rapaz… pero vacías. Busco su pistola. La encuentro en una esquina del cobertizo. Chase se la ha debido de quitar y la ha pateado lejos de su alcance.

—Vaya, vaya… —susurra Chase a su oído—. No sé si crees en el karma, pero esta noche te está dando una buena dosis.

—¡Chase! —grito.

Logro captar su atención. Apenas se gira. Tiene el flequillo empapado de sudor y esa sonrisa torcida que no me tranquiliza en absoluto.

Le hago un gesto. «No lo hagas, no merece la pena».

—El detective Hazlo Bien no quiere que te mate —dice, aún con el cuchillo en la yugular de Reggie. Su camisa ya se ha teñido de rojo—. Pero hoy me siento desobediente.

—Chase —repito—. No.

—No creo que hayas matado nunca a nadie, pajarito —farfulla Reggie.

Entonces la veo. Esa chispa en los ojos de Chase. La angustia de su padre. La sangre. El tacto del cúter rajando su pijama. Una carrera truncada antes de empezar…

…y sus dos cejas levantadas.

Me preparo.

—Por desgracia para ambos… —dice—, te equivocas.

Aparto la vista, no quiero verlo.

El alarido de Randy se produce antes incluso de que el cuerpo de Reggie caiga junto a mí como un saco de huesos. Sus ojos perdidos, muy abiertos. Y la garganta, rajada de un tajo preciso y profundo. El charco de sangre se extiende tan rápido que pronto empapa mis pantalones.

El cúter cae junto a mí. Rebota una vez. Dos.

Alzo la vista. Chase me está mirando.

—Levántate —dice, atusándose el flequillo—. Nos largamos de aquí.