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—Luego contacté con Edward Finch. Creo que lo conoce; era el agente de Joshua.
Tiene el informe de la autopsia. Comparé los datos: los grupos sanguíneos de Joshua y Anne no eran compatibles, Thomas.
La sospecha me vino la primera vez que vi la foto de la niña.
Joshua era moreno, de piel tostada, pelo oscuro y rizado hasta en los nudillos.
Anne, en cambio, era otra cosa: piel blanca, cabello dorado, sin ningún rasgo latino en su ADN.
Como su madre… —Hago una pausa para recrearme en su rostro—, y como su padre. Anne Miller es hija suya.
Me quedo mirándolo fijamente. Las palabras de Chase del otro día siguen rebotando en mi mente: La genética no falla.
Thomas pestañea y un torrente de lágrimas fluye por su rostro. No se molesta en limpiárselas.
—Joshua nunca lo supo, ¿verdad? —pregunto.
Niega con la cabeza y respira hondo un par de veces. Cuando habla de nuevo, su voz es más firme. Se ha recompuesto y se aferra a lo poco que le queda.
—Sarah me pidió mantenerlo en secreto. Hacerlo público habría destruido a Joshua.
—Traga saliva—. El nacimiento de Anne lo cambió todo para Sarah.
Era… su intento de arreglar el desastre.
Se quedó con su marido, mantuvo a la familia unida.
No quería separar a las niñas. —Me mira con una media sonrisa amarga—. Es irónico, visto ahora.
—Entonces volvamos al presente —digo—. ¿Qué pasó con Joshua? ¿Por qué le llamó a usted y a su abogado después de tanto tiempo?
—Eso fue cosa de Evelyn Crowe —responde enseguida, casi escupiendo el nombre—.
Esa zorra está detrás de todo. Está montando un proyecto gigante y yo soy la piedra en su zapato.
No sé cómo, pero se enteró de que Anne era hija mía.
—Su mandíbula se tensa—. Se lo dijo a Joshua.
O lo insinuó. Le hizo creer que yo tenía a Anne.
Que la escondía… Pero fue todo una burda manipulación.
Evelyn solo quería causarme problemas, eliminarme de la ecuación.
Así que contrató al actor que más me odiaba y le llenó la cabeza de basura.
—Aprieto los puños mientras habla, porque siento empatía con este hombre, y lo odio—.
Evelyn solo quería eliminarme. No le importaba Joshua, ni Anne, ni Sarah.
Quería verme caer. Y lo estaba consiguiendo. Esa mujer es venenosa, Galán.
—Cuénteme algo que no sepa —digo—. Por ejemplo, la llamada de Joshua. ¿Qué pasó?
—Me llamó a la oficina. Hasta se presentó en mi despacho. Desquiciado. Estaba convencido de que yo tenía algo que ver con la desaparición de Anne. Me gritó. Me acusó. También intentó hablar con Harold. Desesperado, obsesivo… mencionó algo sobre un dinero. Hablaba de chantajes.
—¿Chantajes?
—Sí. No dejaba de insistir en eso. Decía que alguien sabía la verdad y estaba sacando tajada.
—Suelta un bufido. Mientras habla, la cara del productor es una máscara pálida y rígida que no deja traslucir nada.
Su hermano, en cambio, se ha sonrojado—.
Sobre todo, mencionó mucho a Anne. Quería que admitiera que yo era su padre.
—¿Lo hizo?
—No. No le dije una sola palabra. Hice que Reggie le bajara los humos.
Asiento. La sangre de la camiseta.
—Le dio una paliza.
Thomas lo confirma:
—Solo para asustarlo, una simple advertencia. —Resopla—. Hace años, Sarah me hizo prometer que nunca le haría daño. Hice todo lo posible por mantener la promesa. Pero ya se lo he dicho… Reggie es un arma sin seguro. A veces se dispara solo.
Reggie no se mueve. Sigue fuera, clavado junto a la puerta como una estatua de sal.
—Y aun así —insisto—, lo siguió. Esperaba que Joshua lo condujera hasta Anne.
—Sí —admite Thomas sin rodeos—. Esa era la idea. No sabía si deliraba o no, pero si había una mínima posibilidad… Reggie tenía que seguirlo.
—Pero escapó.
—Sí.
Me digo que tiene lógica. A Joshua, Reggie le rompió la nariz.
Consiguió escapar. Se refugió en su oficina de Manhattan y se limpió con lo único que tenía a mano: su camiseta de los Knicks.
Reggie lo había asustado, pero no lo suficiente.
Solo lo justo para empujarlo a desaparecer.
Joshua recogió recuerdos de valor, vació la cuenta bancaria, cogió su arma y se esfumó. Sin embargo…
—Reggie siguió buscándolo —deduzco—. Hizo una visita a Elisabeth, su hija. Le abrió la ceja. Pero ella no sabía nada. Así que continuó la caza. Hasta que Reggie encontró a Joshua. Ustedes lo mataron.
—No —niega Thomas con firmeza—. Nunca llegamos a encontrarlo. Y Reggie jamás tocaría a la hija de Sarah. La visitó, sí. Pero no le puso un dedo encima.
—¿Puede asegurarlo?
—Absolutamente. Mis hombres son fieles a mis órdenes.
¿Miente? ¿O se aferra a una verdad más cómoda? No lo sé. Pero el agujero en la historia sigue ahí, sangrando como una cutícula inflamada y molesta que no puedes evitar rascar.
—¿Y la carta amenazante a Sarah? ¿Fue cosa suya?
—Eso fue cosa de Evelyn, no tengo la menor duda. Quería encontrar a su actor. Creo que esa bruja calculó mal. No creo que imaginara que Joshua desaparecería del mapa. Jugó con fuego. Y nos quemó a todos.
Vuelvo a asentir. Otra cosa que tiene sentido.
Deslizo la mirada hacia Randy. La linterna apenas llega a su rostro. Un manchón de oscuridad lo cubre. Pero sé dónde están sus ojos. Me quedo ahí, y él permanece mudo.
—¿Vas a decírselo, Randy?
Randy da un paso y se pone junto a su hermano. Ahora parte de su cara queda al descubierto: la barbilla, la boca. Ya no sonríe. Por fin he borrado esa jodida sonrisa.
—Estás muerto, Galán —farfulla. Un salivazo me golpea la mejilla. Ni me inmuto—. Sigue hablando y te entierro aquí mismo.
—Vamos, Randy —lo pincho, y hasta me atrevo a mostrarle mi sonrisa más cínica—. Díselo.
—No, Galán. —Saca una pistola de la parte trasera del pantalón—. Voy a ver cómo lloras y suplicas cuando te vuele las rodillas.
—¡Randy, basta! —ruge Thomas, y baja el arma con una mano—. ¿Qué demonios está diciendo? ¿Qué es eso que me tienes que contar?
Randy se muestra descompuesto, sus ojos muy abiertos, cuando se vuelve hacia su hermano.
—¡Nada! Este cabrón te está comiendo la cabeza —exclama—. ¿Es que no lo ves?
—¿Acaso me tomas por un idiota?
—Te tomaba por un hombre inteligente. ¡Soy tu hermano! Este payaso te falta al respeto cada vez que respira, y tú preocupado por si tiene sed o le duele la nariz.
—¡Cállate de una vez!
El rostro de Thomas está desfigurado por la ira; puede que también por la desazón y el miedo.
—Su hermano le ha mentido toda la vida —intervengo, levantando la voz—. Igual que Reggie.
El silencio cae como un telón. Casi puede oírse la respiración contenida de Reggie al otro lado de la puerta.
—¿Qué?
—Vengo de hablar con Gary Webber.
Thomas asiente, casi imperceptible. Como si ya supiera lo que viene.
—Sí, sé quién es —admite. La tensión en su rostro ha menguado algo. En el de Randy, no. Parece una cafetera italiana a punto de entrar en ebullición—. Era uno de nuestros contactos en prensa.
—Él estaba allí ese día.
Thomas se acaricia el mentón.
—Le pagué bien para que redactara una versión edulcorada del suicidio de Ursula. Lo reconozco.
—No —lo corto—. Él estuvo allí esa noche, en casa de su padre, cuando desapareció Anne.
Thomas baja la mano. Me mira como si acabara de decirle que la Tierra es plana y que tengo pruebas de ello.
—¿Qué tiene que ver Anne con la casa de papá?
—No sé qué pasó exactamente. Tampoco Webber lo sabe. Pero vio a Reggie llevándose a la niña. Y Randy también estaba allí.
Thomas gira la cabeza hacia su hermano. Le clava la mirada.
—Randy… ¿qué está diciendo?
Este, acorralado, reacciona mal.
—¡Miente! —escupe.
Pero Thomas ya no escucha. De un movimiento veloz, le arrebata el arma. Le apunta con ella. También le lanza la luz de la linterna directo a la cara.
—Dímelo, cabrón.
Randy se queda rígido como una estatua rota. Un reguero oscuro baja por sus pantalones. De no estar yo encarando a la muerte, me habría reído.
—¿Vas a creer a este mierda antes que a tu herm…?
Thomas aprieta el gatillo y la noche estalla. El fogonazo dura menos de un segundo, lo suficiente para ver que la bala ha dado en el brazo de Randy. Este aúlla de dolor. Se deja caer al suelo. Se aferra el brazo. Tiembla y llora como una niña.
Mira a la puerta, esperando que Reggie irrumpa para poner orden entre tanta locura. No lo hace.
Thomas baja el cañón a la rodilla.
—Dímelo o no volverás a caminar.
—Joder, Thomas…
—¡Habla!
—¡Me la estaba tirando! —grita Randy por fin, con un gruñido animal.
Luego aprieta los dientes, los ojos encendidos por el dolor.
Un hilo de saliva le cuelga de la barbilla.
A la luz temblorosa de la linterna, parece un engendro sacado de una película de serie B—.
Papá y mamá estaban fuera. Yo… me la llevé a casa.
No pensé que esa imbécil traería a su hermana.
La fiesta se nos fue de las manos. Bebimos. Nos drogamos. Y la niña desapareció.
El rostro de Randy es una mueca arrugada y contraída, pero el de Thomas es aún más siniestro.
Tiene el aspecto de un hombre que acaba de descubrir que el imperio que ha construido, en el que ha invertido hasta el último centavo, está infestado de escorpiones.
Sus ojos brillan por las lágrimas, pero ya no parecen humanos. Algo en su interior se ha roto.
—¿Así que… mi hijita se perdió… por culpa tuya?
Randy niega con la cabeza.