Pack Toni Galán (libros 1-3) 44 #2
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Asiento de nuevo. Me raspa la garganta.

—Se lo digo para que lo entienda. No hay rescate ni escapatoria sin mi consentimiento. Esto no es una película, así que no jueguen a ser héroes.

—Muy bien —respondo.

Él asiente también.

—Ahora hable —dice, firme—. No saldrá de aquí hasta que me convenza de que no me oculta nada.

Respiro hondo.

—De acuerdo, Thomas. Se lo diré todo.

Me toco la nariz. Una explosión de estrellas. Está hinchada como un pimiento relleno.

—Verá, soy nuevo en esto de la investigación. No se me da tan bien como escribir diálogos. Pero algunas pistas cantaban desde el principio. Y al final, lo he entendido todo.

Randy da un paso. Va a decir algo, pero su hermano lo frena con un gesto. «Silencio, quiero oírlo», dice ese gesto.

—Hábleme de esas pistas —dice.

—Su implicación en todo esto, para empezar.

Especialmente con Sarah. Cerramos un trato: usted la protegería.

Yo creí que ganaba algo. Pero no, ahora lo veo claro.

Su interés no era profesional. Era personal.

Igual que ahora. Sarah desaparece… y lo primero que hace usted es llamarme a mí. Eso me hizo sospechar.

—¿Y lo sabe? ¿Sabe dónde está?

Sonrío. A cada palabra, no hace más que confirmar mi teoría.

—Ya le he dicho que no. Pero espere, que solo acabo de empezar.

Thomas no responde. Solo espera.

—Está aquel oportuno ataque a Sarah por parte de su perro en 2004.

Frunce el ceño.

—¿Oportuno?

—Luego la carta, veinte años después, usando a su hija Anne como amenaza para obligar a Sarah a buscar a su marido. Muy conveniente.

Lo digo despacio. Pronuncio su hija como si le clavara un alfiler. Después señalo a la puerta.

—Y luego está Reggie. Cortó la lengua a ese periodista. Y las transferencias encubiertas, con Harold Prescott como correo del diablo. Dinero en cantidades absurdas. Todo muy limpio. Todo muy profesional. Lo habitual cuando alguien es culpable. Pero ¿sabe qué es lo que acabó por delatarlo?

Thomas se lleva un dedo a los labios. Sonríe. Una risa breve, nerviosa. Más un tic que otra cosa.

—¿Qué? —pregunta.

—Joshua Miller. En su casa.

—No le sigo.

—El día que Ursula se suicidó. Él estaba allí. ¿Por qué? Creo que es la clave de todo. Para entonces, él ya lo detestaba. Usted lo había despedido del rodaje en Venecia. Lo odiaba. Entonces, ¿qué lo llevó a visitarlo?

Randy mueve la cabeza, como si ya hubiera escuchado demasiada mierda. Pero Thomas levanta una mano. Quiere escucharme.

—Al principio solo se me ocurría un motivo: la venganza. Joshua quería hacerle daño, ya fuera directamente o a través de un ser querido. Yo no iba desencaminado, pero había algo que se me seguía escapando.

—Le dije que Ursula se suicidó —replica—. Joshua no tuvo nada que ver.

—Lo sé. Joshua no mató a su mujer —digo—. No era él quien clamaba venganza… sino Ursula.

Thomas tiene que hacer un esfuerzo para no fruncir el ceño.

—¿Mi mujer? Eso es ridículo —dice, alzando un poco la voz. Pero su tono carece de convicción.

—Su mujer estaba deprimida —respondo sin apartar los ojos de los suyos—.

Usted mismo me lo dijo. Nunca volvió a ser la misma.

Como esos jarrones que se quiebran y se reconstruyen…

pero ya no son lo que eran. No pongo en duda que la amara.

Pero eso fue hace tiempo. Sé por experiencia propia que el amor puede desgastarse.

Puede volverse piedad, o rutina. O culpa.

Thomas no se mueve. Randy, en cambio, cruza los brazos, incómodo. No sabe adónde va esto, pero no le gusta.

—Unos días antes del suicidio, Sarah Campbell fue atacada —sigo—. Su propio perro, según declaró ella misma. Rasguños profundos, sí. Como garras. Pero Webber no mencionó mordiscos. Y eso me dio que pensar.

El rostro de Thomas parece haberse adelgazado en un solo minuto. Más viejo, como si las palabras lo erosionaran.

—Fue Ursula quien la atacó —afirmo—. Ciega de rabia, fue a casa de los Miller y le arañó los brazos con sus largas uñas. Creo que la habría matado de no haber estado tan débil, tan ida. Pero días después… se tragó el cóctel de antidepresivos.

Thomas no formula la pregunta, lo cual es una confirmación de que ya conoce la respuesta. Y yo también.

—Lo hizo porque Sarah tenía una aventura con usted.

Y eso fue la gota que colmó un vaso lleno de dolor desde hacía mucho.

También explica por qué Joshua fue a su casa.

Vio las heridas. No se tragó lo del perro.

Sarah, presionada, tal vez confesó. Le habló del ataque, pero no del motivo.

No podía decirle que estaba acostándose con usted.

Y Joshua, buscando respuestas, fue a verlo y se encontró a su mujer muerta.

Thomas se aclara la garganta. Aun al contraluz de la linterna, que ahora apunta al suelo y no a mí, parece haber palidecido. No hay ira. Solo una pesadez que se extiende como una mancha de aceite.

—Tiene razón —admite, al fin—. Sarah y yo teníamos una aventura.

Empezó en Venecia. Ella viajó con el equipo, acompañando a su marido.

Joshua estaba contra las cuerdas. Investigado, violento, paranoico…

Ella empezó a temerle… y luego se fijó en mí.

—Hace una pausa—. Ursula ya no estaba. Era un cascarón.

Yo pensaba que no se enteraría. O tal vez…

en el fondo quería que lo hiciera. Para que me dejara.

Para no tener que hacerlo yo. Al final, nos pilló en la cama.

El silencio se hace espeso, viciado como el aire aquí dentro.

Randy resopla. Escupe el chicle cerca de mi pie, casi con puntería.

—¿Y esto qué tiene que ver con Sarah ahora? —pregunta, molesto.

No le contesto. Lo ignoro a propósito. Clavo la vista en Thomas.

—¿Cuánto tiempo duró lo suyo con Sarah?

Randy se adelanta a su hermano:

—¿A usted qué le importa? —me increpa.

Pero no me dejo intimidar. Le mantengo la mirada. Él calla. No sonríe. La tensión se ha pegado a su piel.

—Usted no es solo un productor sin escrúpulos —le digo a Thomas—.

Es hijo de Theodore Brown, un tipo sin alma.

Es inevitable, hay mucho del viejo Theodore en usted.

—La mención de su padre hace que Thomas apriete los puños.

Pero solo por un segundo. Luego los suelta, como si el recuerdo le quemara la carne—.

Ha sembrado miedo, ha pagado a cambio de mantener bocas cerradas…

Puede que incluso haya ordenado alguna muerte.

—Dejo la frase en el aire—. Pero Sarah… ella no era un capricho, ¿verdad?

Con ella salió a la luz el corazón que muchos pensaban que no tenía.

Thomas baja la cabeza. No responde.

—Usted la amaba, ¿verdad, Thomas?

Cuando vuelve a hablar, su voz suena como papel mojado:

—Sí. Habían pasado un par de años desde lo de Venecia.

Lo que teníamos… ya no era solo un juego.

Sí, admito que estábamos realmente enamorados.

—Hace una pausa, breve, como para ubicarse en el pasado—.

Hasta habíamos hablado de dejar a nuestras respectivas parejas.

Dejarlo todo y empezar de cero. Vender mi parte.

Desaparecer. Vivir con ella. En otro lugar. Solos ella y yo.

Randy se balancea sobre sus talones. Mira la puerta, luego a mí, luego otra vez a su hermano. Está inquieto, pero no se mete. Tal vez sabe que, ocurra lo que ocurra aquí hoy, no saldrá de este lugar.

—Eso fue hace años —digo—. Ursula murió. Pero Sarah siguió con Joshua. ¿Por qué?

—Cambió de opinión. Eligió quedarse con él.

—¿Y no hubo recaídas? ¿Ni una noche de pasión, ni un mensaje?

—No. Lo juro.

—Por eso tenía tanto interés en protegerla.

Por eso movió cielo y tierra para evitar que la detuvieran.

Por eso está tan nervioso desde que desapareció —deduzco en voz alta.

Luego pienso en Pat Cooper y en la lengua que ya no tiene—.

Y por eso mandó a su perro de presa a por ese periodista.

Cooper estaba molestando al amor de su vida y quiso castigarlo.

Thomas sonríe, agotado.

—Reggie solo tenía que asustarlo un poco. —Mira a la puerta de reojo—. Pero a veces le cuesta controlarse. —Ladea la cabeza—. ¿Cómo se enteró de eso, por cierto?

—Elisabeth me lo contó. Mi colega y yo fuimos a verlo en persona, pero, claro, no dijo mucho.

Aun así, me quedé con la duda. Elisabeth dijo que Cooper había hecho una pregunta concreta a Sarah que hizo explotar a Joshua.

Ella no recordaba los detalles. Pero vivimos en un mundo mágico, en el que la tecnología te aporta casi todo lo que necesites.

Viniendo hacia aquí, hice lo que cualquiera con wifi habría hecho: buscarlo en internet.

No hay vídeos, pero sí decenas de crónicas.

En internet no se borra nada, todo queda expuesto.

Así que he podido saber qué le preguntó Cooper a Sarah aquel día.

Noto que sus ojos se contraen.

—¿Y qué fue, Toni?

Respondo sin temblar:

—¿Te incomoda que haya más apuestas sobre el padre de tu hija que sobre tu próxima película?

El aire se queda quieto.

Ambos sabemos lo que viene ahora. Me esfuerzo en mantener un tono firme y sigo hablando.

—Elisabeth pensaba que fue su padre quien golpeó a Cooper. Me dijo que él se mostraba siempre demasiado protector. También me habló de la noche en que desapareció Anne. Su hermana… por parte de madre.

En el silencio que se forma entre nosotros, el canto de las cigarras resulta aún más atronador.

—Antes de venir —continúo—, llamé a Tom Wayland.

Le pedí el grupo sanguíneo de Anne. Además de su abogado, Tom es como de la familia.

Sarah confía en él más que en nadie, incluso más que en su difunto marido.

Así que he creído que podría tener acceso a ese tipo de información. Efectivamente, así era.

Thomas ni parpadea. Pero la palidez ya le sube por el cuello.