Pack Toni Galán (libros 1-3) 44
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La paja del suelo apesta a orina rancia y excremento.

No hay ventanas, ni colchón, ni un cubo donde mear.

Recuerdo haber visto el interior por un instante antes de que Reggie me empujara dentro: paredes de madera envejecida, una puerta astillada reforzada con remaches de hierro y la paja extendida sobre el suelo de hormigón.

La puerta se cerró tras de mí con un golpe seco que sonó a lápida.

Ahora, la oscuridad es absoluta. Daría igual estar ciego, aunque voy camino de estarlo. Eso…

…o muerto. Como Joshua.

—Por favor, Chase… —murmuro mientras palpo la piedra fría.

Me zumban los oídos y la pierna me hormiguea con cada movimiento. Recuerdo la insistencia de Chase: entrenamiento, defensa, preparación.

«Eso te degrada», decía, mirando la muleta como si fuera una maldición. Lo decía riendo, pero no bromeaba.

Y tenía razón. Maldita sea, cuánta razón tenía.

Mi vista sigue borrosa, proyectando en mis ojos unas manchas oscuras. Un remolino de niebla en mi campo de visión. Intento apoyarme para sentarme y…

Zas.

La mano aterriza en un montón de excrementos. Lo retiro de inmediato, como si hubiera tocado ácido. Oigo débilmente los chillidos de algunas ratas y diviso el brillo de un par de ojillos brillantes entre la paja.

Pero no son ellas las que me asustan.

«Llevémoslo al cobertizo», dijo Randy.

Este lugar debe de estar en un rincón de la finca, pegado al muro de piedra. Quizá fue un cobertizo en el pasado. Ahora parece más bien una fosa con puerta.

Me pregunto si Sarah estará encerrada en un lugar como este; tal vez inconsciente, tras la pared. ¿Fue aquí donde mataron a Joshua?

Y si escarbo un poco, allá donde mis pensamientos se vuelven turbios y escabrosos… ¿estará Anne Miller enterrada en este suelo?

Solo de pensarlo se me hiela la médula.

Malditos sean todos. Randy. Thomas. Reggie, su perro de presa. Evelyn. Joshua. Webber.

Incluso Sarah, que desapareció cuando más la necesitaba.

Y yo, el idiota. El peor de todos. Por pensar que podía con esto.

—¡Idiota! —grito a la oscuridad—. Tres veces idiota. Y tullido. Y ahora, encima, medio ciego.

El rostro de Evelyn Crowe parece flotar ante mí, en la negrura. El cabello reluce como si le diera el sol y le confiere la apariencia de un ángel, pero su sonrisa es burlona.

«Cuidado con los pasos que das, Toni. En este negocio, las puertas se abren y se cierran más rápido de lo que imaginas», me susurra con voz de ultratumba.

Ahora es la puerta de esta cabaña oscura la que se ha cerrado tras de mí, y puede que pague con la vida el precio de mi estupidez.

Los minutos se convierten en horas, o al menos eso me parece. Siento un dolor pulsátil en la nariz. En la pierna, un picor inquietante. No se oye más sonido que el de mi respiración. Y, a lo lejos, el canto metálico de cigarras, pero hasta ese sonido llega ahogado.

Empiezo a construir castillos de esperanza en la oscuridad. «Chase está fuera», me digo. «Trazando un plan. Tal vez ya ha llamado a la policía».

Y si él falla…

…queda Hada.

Mañana a primera hora, se preocupará al no recibir noticias mías. No sabe que estoy aquí, pero conoce el caso. Esta finca está en su radar, será uno de los primeros lugares de su lista donde buscar.

Si es que sigo con vida para entonces.

La policía, con suerte, ya habrá encontrado los cadáveres de Webber y Higgins. ¿Los conducirá eso hasta mí? Lo dudo. El bote no canta.

—Tenías razón, Chase —susurro o pienso, ya no sé—. Era demasiado peligroso. Esta gente no se anda con juegos. Dejé que me pillaran.

Y en mi cabeza, Chase responde.

—Idiota ingenuo. Demasiado orgulloso para escuchar. ¿No podías quedarte al margen, escritor? ¿Qué crees, que tu muerte va a pagar las facturas?

Lo veo. Pero no es él.

Su rostro se agrieta, la piel de sus pómulos se estira, sus ojos se vuelven azules, el pelo crece largo y sedoso por su espalda.

Se arranca la máscara.

Ya no es Chase, sino Molly Dickinson.

Me sonríe, burlona. Cuando abre la boca para hablar, su voz se convierte en luciérnagas que se dispersan, vuelan, me rodean.

Los recuerdos se acercan a hurtadillas, vívidos como sueños.

Vuelvo a tener diecinueve años. Estoy en el Mediterráneo, donde papá y mamá tienen una pequeña casa de verano con huerto y jardín.

Veo el verde intenso del césped y huelo el salitre en el viento.

Días cálidos, noches frescas y el sabor dulce del vino.

Los ojos vivos de una chica sin nombre antes de que la vida se me pusiera cuesta arriba.

Monedas contadas para una pizza. Risas cómplices que dolían de tanto reír.

Noches eternas que pasan como suspiros. Su rostro es ya una mancha borrosa.

Supongo que el mío lo será para ella, esté donde esté.

Lo que me removía ese verano, no obstante, me viene sin esfuerzo. La primera vez que escribí algo de verdad, con la garganta cerrada y las manos temblando, como si cada palabra pudiera romperme por dentro. La emoción absurda de ver mi nombre en una hoja que no era de ejercicios ni de sanciones.

Recuerdo todo eso desde el suelo, como si mi cuerpo ahora fuera solo un mal chiste de la vida. Pero lo siento todo. Los limoneros de mi padre, la tinta en mis dedos, la piel de esa chica junto a la mía.

Sigo viajando en el tiempo hasta el desván de la casa de mis tíos.

Resultaba mil veces más aterrador que este lugar.

La primera vez que lo vi tenía ocho o nueve años.

Aquel verano mis padres me dejaron con ellos mientras trabajaban.

Mis primos, los gemelos, tenían un talento especial para meterme miedo.

Se aburrían. Me tenían a mí. Una ecuación sencilla.

—Vamos arriba —dijo uno de ellos. El otro ya subía las escaleras del desván, linterna en mano, como si supiera lo que iba a pasar. Yo no dejaba de mirarla, temeroso de que se apagara.

La abuela me había dicho que allí arriba había arañas, y también alguna que otra rata si los gatos no hacían bien su trabajo. Cuando se lo dije a mis primos, los muchachos sonrieron.

—Hay cosas peores aquí arriba —contestó el primero—. El abuelo decía que aquí escondían cadáveres durante la guerra.

—Y ahora… cobran vida por las noches.

Subimos los tres. El techo era bajo y el aire denso. Olía a polvo viejo, humedad y madera podrida. El haz de la linterna bailaba por las paredes, dibujando sombras retorcidas. Me temblaban las piernas. Ansiaba agarrarme al brazo de mis primos, pero no quería quedar como un cobarde.

—Mira eso —dijo uno. Apuntó con la luz a un rincón donde había algo envuelto en una manta. Una forma alargada.

—¿Qué es? —pregunté.

—Averígualo tú.

Me tendió la linterna. Tragué saliva. Me acerqué. El haz de luz temblaba tanto que parecía que todo el cuarto palpitaba con él. Di un paso. Luego otro.

El espectro salió de la tumba abierta.

Lancé un chillido y retrocedí. Tropecé. Me caí de culo.

La manta se levantó de golpe y de ella salió algo blanco. Un rostro pálido de labios rojos. Una figura. Algo que gritó.

Grité yo también y le asesté un buen puñetazo al espectro. Y entonces reconocí la risa. El olor. El jersey viejo.

No era más que el abuelo, vestido con harapos y cubierta su cara de harina.

—Idiotas —murmuré, sin aliento.

Pero el abuelo y los gemelos no hacían más que reír a carcajadas, y al final, yo reí también.

Esa noche dormí con la luz encendida. Pero al día siguiente volví. Solo. Abrí la trampilla, subí los escalones y me senté en mitad del polvo.

El recuerdo me hace sonreír, y ahora la oscuridad de este sitio no me parece tan estremecedora.

«El miedo hiere más que las armas», me susurra la voz tranquila de mi cabeza.

Estoy cayendo en un sueño cuando lo oigo. Pisadas. Fuera, en el jardín. Se detienen.

Al principio pienso que las he imaginado, pero la voz que oigo a continuación, aproximándose, es demasiado humana, demasiado real:

—…panda de gilipollas… —Es Thomas. Cabreado como nunca—. ¡Abrid la puerta inmediatamente!

Estoy mareado. Los labios secos. La garganta como papel de lija. El dolor de nariz ya no es un zumbido, es una campana sonando dentro de mi cráneo.

La puerta se abre con un crujido. La luz de una linterna me atraviesa los párpados.

Entorno los ojos. Alzo una mano temblorosa y me apoyo en la pared, fría como un cadáver.

Thomas entra primero. Me enfoca como si yo fuera una especie de animal extraviado en la carretera. A contraluz, su cara parece tallada a golpe de cincel. Piel tensa. Mandíbula rígida. Ojeras como fosas.

Viste un chándal caro y zapatillas de runner. Se le ve cansado, vacío, como si llevara varios días sin dormir.

Randy entra detrás. Masca chicle con la boca abierta, como si no tuviera otra forma de respirar, mostrándose artificialmente despreocupado.

Me observa con el interés de quien mira un insecto antes de pisarlo.

Me quedo mirándolo fijamente. Sonríe sin dejar de mascar.

A cada segundo, más ganas me entran de pelearme con él y estamparle el puño en esa cara de niñato mimado.

Reggie cierra la comitiva. Se queda junto a la puerta, en silencio, como un perro sin correa esperando la orden de saltar a morder.

Thomas se me planta delante. Su primera pregunta me descoloca:

—¿Te duele? —Señala mi nariz.

Los listones de madera ejercen un extraño efecto sobre su voz. La vuelven más grave, seca y solemne. De juez. O de verdugo.

—No —miento.

—¿Quieres agua?

A su espalda, Randy resopla y alza los ojos al techo.

—Estoy bien.

—¿Dónde está Sarah? —pregunta Thomas.

—Dígamelo usted.

Me sostiene la mirada. Solo un segundo. Luego gira el cuello hacia Reggie. Es todo lo que necesita para que su matón le obedezca. Este se da media vuelta y cierra la puerta desde fuera.

Clac.

—Sabemos que no ha venido solo —dice Thomas—. Vimos a su colega saltar del maletero. Reggie se encargará de que nadie entre ni salga de aquí. Si su amigo se acerca… —Chasquea los dedos como si prendiese una vela imaginaria—. Puf . Se acabó. ¿Entendido?

Asiento.

—La casa tiene sensores y alarmas. Si intenta colarse, lo sabremos antes de que toque el felpudo.