Pack Toni Galán (libros 1-3) 43
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Lo primero que percibo es el ruido. Sordo. Seco. Como un martillo contra hueso.

Lo acompaña un dolor intenso en la nuca, un latigazo que me dobla como si me partieran por la mitad.

El espeso entumecimiento se extiende hasta las piernas. Tengo que apoyarme en las escaleras del porche para no caer. El mundo gira.

Unas botas suben los peldaños a mi lado. Es Reggie Maxwell. Pequeño, fibroso. Una rata con cuerpo de hombre. Su respiración es un pitido áspero, como si le hubieran llenado los pulmones de grava.

Mete el pie bajo mi muleta. Con un toquecito, la lanza al jardín y es tragada por la oscuridad.

Luego, me da la vuelta y me agarra del pecho, su puño estrujando mi camisa.

Me alza a tirones. El cuello de la prenda se tensa alrededor de mi nuca.

Me empotra contra la puerta doble de la casa y la madera me golpea la espalda.

Siento las vértebras vibrar como si fueran fichas de dominó.

El hormigueo se concentra ahora en mi cráneo.

Reggie sonríe, mostrándome sus dientes amarillos, pequeños, como teclas de un piano desafinado. Tira del rizo de tela acercándome más a su cara enrojecida. Tanto que nuestras frentes se tocan. La suya está caliente. Fiebre o furia.

—Eres valiente, Galán —gruñe, bañando su mentón de baba—. O muy idiota.

Le huelo el aliento. Whisky barato y tabaco; el cóctel de los idiotas peligrosos.

Aprieta más. Sus nudillos me taladran la nuez. La costura de mi camisa cruje en mi nuca al romperse. Cierro los ojos y trago saliva como si fuese vidrio.

—Y tú… eres un hijo de puta —acierto a decir.

—Respuesta incorrecta.

El rodillazo en la boca del estómago me deja sin aliento y me dobla, apagando la luz.

Vuelve a cogerme de la camisa y me arroja escaleras abajo.

En otros tiempos, tal vez habría mantenido el equilibrio, pero hoy caigo como un títere sin hilos.

Me freno con las palmas. Palpo agua. Está lloviendo.

Una lluvia tibia y sucia. Del suelo emana olor a humedad caliente y tierra removida.

Me propina una nueva patada, esta vez en el costado. Se me escapa el aire en un grito mudo. Mis muñecas ceden y la cara se estrella contra el suelo. El golpe en la nariz me hace aullar. Siento que la herida vuelve a abrirse. Sabor a sangre y lluvia que me explota en la boca. Escupo.

No saldré de esta.

Y Reggie lo sabe.

Debería doler. Pero no siento nada. Solo una especie de zumbido anestésico. Efectos de la adrenalina, supongo. O quizá sea el miedo. O ambas cosas.

Otra patada. Esta vez en las costillas. Toso. Toso agua y sangre. Empiezo a saber a cadáver.

La lluvia arrecia. Pequeños riachuelos bajan por la pendiente del jardín.

¿Qué acaba de pasar? ¿De dónde demonios ha salido?

Cuando llegaba, creí ver algo moverse entre los maceteros. Una sombra rápida. Las balizas de luz naranja apenas iluminaban el camino.

Se produjo un crujido a la izquierda. Una pisada. Una hoja rota. Algo que rozó el césped. Un latido que no era mío. Enseguida percibí otro movimiento entre las sombras. Mi nariz palpitaba al recordar el culatazo de Webber.

Y ahora Reggie está sobre mí.

Desde el suelo, barro el jardín con la mirada.

Nada.

«Chase… ¿Dónde coño estás?»

Unos minutos antes, en la verja exterior, el guardia ha iluminado el interior del coche con su linterna. Pero allí no estaba Chase.

Thomas había avisado de mi llegada, así que el guardia me dejó pasar sin más.

Avancé despacio por el camino principal, acorde al plan. Al llegar a una zona oscura del jardín, detuve el coche con el motor y la mente encendidos. Luego, por el retrovisor, vi la sombra de Chase deslizándose entre los árboles frutales.

Estaba fuera.

Fuera del maletero.

Sentí una punzada de alivio.

Mi viejo psicólogo decía que la vida es como un combate de boxeo. Necesitas tener en tu esquina a la persona adecuada. Alguien que te dé agua, te cure las heridas y te diga que puedes seguir. Alguien que se quede a tu lado hasta que suene la campana y termine la pelea.

Ese es Chase.

El plan era sencillo: él encontraría a Sarah mientras yo intentaba resolver el rompecabezas. Preferiblemente, sin que me mataran.

Con ambas manos sudorosas en el volante, avancé unos metros más hasta que los faros eran dos círculos blancos en el muro de piedra de la mansión, como dos ojos en trance.

Apagué el motor y me quedé unos segundos en silencio. Tenía miedo. Sabía que si algo salía mal, no habría una segunda toma. Nada de «Corten y repetimos». Pero necesitaba hablar con Thomas Brown. Tenía casi todas las piezas y él podía darme las que faltaban.

Salí del coche. La mansión se alzaba frente a mí como un coloso flotante. Subí los primeros peldaños. No llegué al tercero. Reggie apareció por detrás y me sorprendió.

No veo a Chase por ninguna parte. Ni una sombra. Ni un susurro. Intento girar la cabeza, pedir ayuda, pero una bota me aplasta los omóplatos. El barro me engulle.

Unas manos me palpan como un ladrón nervioso. Buscan armas. Sonrío con amargura. Incluso si hubiera aceptado la pistola de Chase, habría servido de lo mismo que un tenedor en una pelea de cuchillos.

—¿Creías que esto era una puta peli, Galán? —escupe Reggie, jadeando. Su voz viene de alguna caverna oculta entre el odio y la desesperación—. ¿El héroe llega, salva el día y todos aplauden? ¿Eso creías?

—¿Dónde está Sarah? —farfullo sin aliento.

No sé si me ha oído.

Entonces me enseña algo. Un destello metálico bajo la lluvia. Un cuchillo. Hoja corta, sucia. Raja con solo mirarla.

No, no es un cuchillo.

Es un cúter.

Dios.

Sus dedos son garfios con uñas largas, negras por la tierra o por algo peor.

Me agarra el brazo. Lo estira. La hoja apunta a mi muñeca.

—Los escritores no necesitan las manos, ¿verdad?

Aprieto los dientes.

Y entonces… se abre la puerta. Un chasquido. Luz. La presión en mi muñeca se afloja y respiro aliviado.

—Eh, Reggie, cálmate, joder —dice una voz.

Luego, una risa suave, sobrada. Cargada de desprecio. Un par de zapatillas Gucci se plantan ante mí. Impecables. Randy Brown.

—Aquí no —añade, como si hablara de una alfombra cara—. Vas a ponerlo todo perdido.

Entre los dos, me levantan por las axilas como si fuera un maniquí desechado.

—Llevémoslo al cobertizo —dice Randy.

El cobertizo. No suena bien.

—Vamos —susurra Reggie a mi oído—. Acabemos con esto.

Me arrastran por el jardín. Mis pies raspan la tierra. Intento resistirme, pero no me queda fuerza. Siento todo mi cuerpo como un globo demasiado inflado y a punto de estallar.

Nos detenemos frente a una caseta de madera. El cobertizo. Reggie patea la puerta y esta cede con un crujido que recuerda a un caracol al ser aplastado por una bota.

Me lanzan dentro como un saco de heno.

Mi cabeza golpea algo duro. El impacto hace que me choquen los dientes. Mi visión túnel se acentúa hasta que lo veo todo borroso. Una película vieja que se funde en negro.

Y justo antes de caer del todo, escucho una voz. No es la de Reggie, ni la de Randy. Es otra. Muy cerca.

Susurrando mi nombre.