Pack Toni Galán (libros 1-3) 42
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Chase me encuentra en el muelle pocos minutos después.

—Joder, Toni… —murmura al entrar en el bote—. ¿Qué ha pasado aquí?

Se queda paralizado. Un segundo de silencio absoluto. Su mirada recorre la escena como en un plano secuencia: el suelo, las paredes, Higgins con los ojos abiertos y sin alma, Webber desplomado con la pistola aún humeante a sus pies.

El hedor metálico de la pólvora lo impregna todo.

Es como una escena eliminada de Seven .

Yo ya me he liberado de la brida con las tijeras. Cuando él ha llegado, ya había recuperado mi muleta, el teléfono y parte del color en la cara. Pero no la calma.

—Es peor de lo que imaginas —digo.

—¿Tú estás bien?

—No, no estoy bien. Apenas siento la pierna…

Chase asiente, con la vista en mi nariz. Ni una mueca sarcástica. Debe de ser tan grave como lo siento.

—¿Te duele?

—Como si fuera a salírseme el corazón por ella.

—¿A qué te referías con lo de que es peor? —insiste—. ¿Me va a salir un gremlin si abro un cajón?

—Te lo cuento por el camino.

—Deberíamos llamar a la policía.

—Tendrá que esperar a luego. Vámonos de aquí, tenemos prisa.

Un sonido viscoso acompaña mis pasos, más renqueantes de lo habitual, hacia la salida. La suela se despega de la sangre con cada paso. Chase me sigue, sin apartar la vista del horror.

Respiramos el aire de la noche como si acabáramos de emerger de un naufragio. Subimos cada uno a nuestro coche. Acordamos vernos en el punto habitual: un McDonald’s abandonado en las afueras, con el cartel oxidado y grietas como heridas abiertas en el asfalto.

El sudor frío me cala la camisa mientras conduzco.

Una vez allí, Chase deja su Porsche y se sube a mi Escarabajo sin decir palabra. Cierra la puerta, se abrocha el cinturón y me lanza esa mirada. La de: no voy a ninguna parte hasta que me cuentes todo.

Así que lo hago. Le cuento mi traumático encuentro con Webber. Crudo y sin florituras.

—Joder… —Resopla—. ¿Y ahora qué? ¿Adónde?

—A la mansión de los Brown.

Me mira como si le acabara de escupir en la sopa.

—¿Has visto tu nariz? —dice—. No tiene buena pinta, deberías ir a que te la miren. Por no hablar de tu pierna.

—Sobreviviré. Las respuestas están en esa casa. Y quizá también Sarah.

—Si sigue viva.

No respondo.

—¿Y pretendes entrar así, sin más? —pregunta.

—Thomas Brown me llamó antes. Sabe que Sarah está desaparecida y quiere que le reporte los detalles. Creo que se los daré en persona.

—¿Y si es una trampa? ¿Tengo que recordarte que eres guionista, Trumbo?

Sonrío, apenas.

—Por eso sé que todo héroe tiene su arma secreta. Y ahí entras tú.

Se le escapa una sonrisa ladeada. Le gusta la idea del arma secreta.

Arranco y nos ponemos en marcha.

Conduzco por la FDR Drive, serpenteando junto al East River, en cuyo caudal la luna rebota como una moneda lanzada con rabia. A la derecha, Manhattan alza sus cuchillas de acero y cristal. Pero nosotros vamos en dirección contraria.

—Pensemos en voz alta —dice Chase—. Repasemos lo ocurrido.

Asiento. Es un juego que hacemos a menudo. Una especie de recopilación de sucesos e ideas que nos obliga a ordenar las piezas.

—Esto es lo que sabemos —empiezo—. Año 2004.

Sarah es atacada por su perro. Días después, Ursula Brown se suicida.

Joshua Miller, en guerra con Thomas Brown, encuentra el cadáver.

Los Miller tienen dos hijas: Elisabeth y Anne.

Elisabeth se lía con Randy Brown a espaldas de su padre.

Una noche, ignorando las órdenes de Joshua, va a casa de Randy y se lleva a Anne.

—Y es ahí donde las cosas comienzan a emborronarse —dice Chase.

—Exacto. Esa noche, Anne desaparece. Theodore Brown y Reggie Maxwell acaban allí.

Veo cómo Chase aprieta la mandíbula cuando menciono esos nombres.

Continúo. Me las ingenio para idear un guion de los hechos bastante decente.

—Webber, contratado para borrar el apellido Brown del suceso, dice que fue Reggie quien se la llevó. Elisabeth, también presionada, vuelve sola y simula el secuestro. Pero Anne llama años después. Está viva.

Chase asiente, pero hay sombra en su expresión. No parece convencido.

Yo continúo dibujando mi hipótesis con palabras:

—Con los años, Elisabeth se distancia de sus padres.

Sus coqueteos con las drogas la acaban echando de casa.

El matrimonio entre Joshua y Sarah se resquebraja.

Y llegamos al presente: Joshua desaparece con su arma, recuerdos de Anne y la cuenta bancaria vacía.

Llama a Thomas Brown y a su abogado, Harold Prescott.

Encuentra una pista sobre su hija y va tras ella.

Acaba hablando con Wendy Turner, excompañera de Elisabeth en el instituto y pareja sentimental de Randy.

Lo agreden, pero sobrevive. Poco después, lo matan.

—Si los Brown se llevaron a Anne, es lógico pensar que saben dónde está —deduce Chase—. Miller sigue el rastro, se mete donde no debe, y ellos lo eliminan.

—Es lo único que encaja —digo—. Pero entonces, ¿quién se llevó a Sarah? ¿Y por qué? Thomas parecía decidido a defenderla. No tiene sentido que ahora la secuestre. Y luego está la otra gran incógnita: ¿qué hacía Joshua Miller en casa de los Brown el día del suicidio de Ursula?

—Hay lagunas —dice Chase.

—Auténticos agujeros negros —matizo—. Algo se nos escapa.

—Pero nos estamos acercando.

—Y el siguiente paso es la casa de los Brown.

Chase me mira de reojo. Y a mi muleta. Un segundo de más.

Sé lo que está pensando. Está pensando que debía haberle hecho caso y haberme hecho con un arma.

Que si lo hubiera acompañado a las prácticas de tiro, o si hubiera entrenado con un profesional, ahora tendría habilidades que podrían decantar la balanza entre vivir o morir.

Que tengo que dejar atrás la autocompasión.

Que ya es hora de coger el puto toro por los cuernos.

Todo eso ha pensado en el segundo de más en que se ha quedado mirando mi bastón de fibra de carbono.

Me prometo que, si salgo de esta, me pondré las pilas.

Chase abre su cazadora y me tiende una pistola.

—Al menos ve preparado. Esto se va a poner feo.

Aparto el arma como si estuviera cubierta de ántrax.

—Quédatela. Tengo una idea mejor.

Marco el número de Thomas desde el navegador del coche. Contesta al primer tono.

—¿Ha aparecido Sarah? —pregunta.

—Estoy yendo a su casa.

—¿Con ella? ¿La ha encontrado?

—En quince minutos hablamos. No se mueva de allí. Y avise al guardia.

Cuelgo.

—Si te metes en la boca del lobo y te atrapan —dice Chase—, no creo que pueda hacer nada por ti.

—Me parece justo.

—Me la suda lo que te parezca. Es lo que hay.

Chasquea la lengua. Su gesto habitual de aparente mal humor. Casi cómplice.

—Empiezo a pensar que esto va más allá del dinero —añade.

—¿A qué te refieres?

—¿Merece tanto la pena esa Sarah? ¿El caso?

Muevo la cabeza.

—No es ella.

—¿Su hija? ¿O es por el negocio? No hay dinero que compense…

—Tampoco —lo interrumpo—. Es Randy. Su sonrisa.

—¿Qué?

—Ese cabrón sonreía, Chase. Todo el rato. Esa mueca suya… Como si estuviera disfrutando.

—¿Y?

—No puedo quitármelo de la cabeza.

Chase resopla.

—Ve a que te miren esa nariz, por favor.

—Tenías que haberlo visto sonreír…

—Lo he visto. En prensa. Eventos. Tiene poder, lo sabe y le encanta.

Y entonces… me viene.

El fogonazo.

Como una bomba de luz, me recorre el cráneo como un rayo.

Doy un volantazo y cambio de carril de golpe. Piso el freno. El Beetle chirría y se clava junto a una parada de autobús desierta.

Chase se agarra al salpicadero.

—¿¡Estás loco!?

No contesto. Con la mano aún temblando, marco el número de Tom Wayland.