Pack Toni Galán (libros 1-3) 41 #3
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—Nos ofrecieron más dinero. Mucho más. Así son las cosas con los ricos. El dinero limpia cualquier suciedad.

—¿Cuánto?

—Suficiente para el tratamiento de mi mujer.

Saca un pañuelo. Apenas lo despliega y se lo pasa por la nariz varias veces. Luego lo guarda de nuevo en el bolsillo.

—Tenía cáncer —murmura, respondiendo a la pregunta que yo no he querido pronunciar—. Fase avanzada. No había dinero para el tratamiento.

Suspira.

—Así que acepté. Sellamos el acuerdo con un apretón de manos y una palmada en la espalda.

Cuando nos íbamos, lo vi. No debía verlo.

Se suponía que debía salir de la finca sin mirar atrás, subirme a mi coche y regresar a casa.

Pero miré. —Sus ojos se pierden. Cuando vuelve a hablar, tiene la voz plana, sin emoción—.

Reggie Maxwell salía del salón, bordeando la casa.

Llevaba un bulto cargado al hombro. Al principio no lo entendí.

Había algo extraño en eso. La curiosidad me hizo detenerme.

Se cubre la cara con la mano libre y presiona fuerte, como si intentara borrar una imagen grabada en su mente.

No lo consigue.

—Luego lo vi. Y supe que estaba cargando con una niña. Anne Miller. —Más que pronunciarlo, el nombre se desliza fuera de su boca, empujado por un estremecido soplido—. Estaba dormida. Colgaba sobre su hombro como un saco de tierra.

La habitación se vuelve más fría. Siento que se me revuelven las entrañas y trato de dominarme. No quiero morir vomitando.

—Aquello no me gustó nada —continúa—. Llamé a Michael y le dije que debíamos pararlo.

Él me hizo entrar en razón: «¿Y cómo vamos a explicar haber estado aquí?

—me dijo—. ¿Qué vamos a decir, que estábamos ayudando a Brown a manipular la historia de una desaparición? ». No había nada que pudiésemos hacer.

»Así que volví al coche. Reggie estaba de nuevo en el jardín. Le oí hablar con Theodore. Gesticulaba mucho. Continué diciéndome que no era importante. Que seguramente utilizarían a Anne como coacción contra Miller y después se la devolverían sana y salva. Joder, es un mundo sin escrúpulos, ¿no?

»Así que me di la vuelta, subí al coche y me marché.

Nunca volví por allí. A la mañana siguiente, publiqué la noticia de la desaparición de Anne Miller.

Otros medios se hicieron eco. La policía corroboró que Anne estaba durmiendo en su cama cuando se la llevaron.

Que Elisabeth, su hermana, dormía en la habitación de al lado.

Y nunca se relacionó a la familia Brown con el suceso.

Me clava una mirada caída.

—Hasta hoy.

Webber se echa hacia atrás en la silla. Juega con la pistola entre los dedos.

—¿Sabes lo peor? —Coge la fotografía de las cataratas del Niágara y la contempla durante unos segundos. Yo me mantengo en silencio—. A mi mujer, el dinero no le sirvió de nada.

Creo advertir una mueca en su rostro, como si fuera a echarse a llorar. Pero quizá sea solo mi imaginación.

—Murió tres meses después.

Devuelve la foto a su lugar, pero boca abajo.

Silencio.

—Sarah Miller ha desaparecido —digo—. ¿Tienes idea de dónde puede estar?

Agita la cabeza con lentitud.

—Ni lo sé… ni me importa.

—Ayúdame a encontrarla, Gary.

Ahora coge la otra fotografía, la de la boda. No la mira, solo la tumba junto a la anterior, tapando la imagen.

—Estoy cansado —dice—. Te he contado mi historia. No tengo nada más que decir.

Levanta la pistola. La oscuridad del cañón parece más profunda que nunca.

Vuelvo a mirar la puerta. Nadie. Tampoco se oyen pasos fuera. Ni un solo sonido. Empiezo a perder la esperanza.

—Todo se sabrá —digo, aferrándome a un clavo ardiendo—. Aunque me mates, no podrás taparlo todo.

Webber asiente con una lentitud pasmosa.

—Lo sé.

Pero no baja el arma. Sus ojos están vacíos, como si ya no quedara nadie dentro.

—Mi colega estaba al teléfono cuando llegué —apresuro las palabras, que se atropellan en mi boca—. Escuchó cómo me apuntabas. Y sabe dónde estoy. Viene de camino. Si me matas…

—Eso también lo sé, Galán. —Se seca una lágrima que le cae por la mejilla. Luego abre un pequeño cajón a ras del suelo y saca unas tijeras de podar.

Trago saliva.

—Gary, en serio…

Una docena de ideas me estallan en la cabeza al mismo tiempo: patea la cama, rueda, lánzate sobre él… cualquier cosa para evitar que me apuñale con esas tijeras.

Pero no me ataca.

Me las lanza.

Caen sobre la cama, a centímetros de mi mano. No tengo tiempo de procesarlo.

—Diles a todos que lo siento —murmura—. Nunca quise causar daño a nadie.

Y entonces, sin titubeos, se lleva la pistola bajo el mentón, el cañón apuntando a la mandíbula. Cierra los ojos con fuerza y respira hondo por la nariz.

Intento lanzarme hacia él, pero la brida me lo impide.

—¡Gary, no…!

Mi grito es silenciado por el estallido del disparo.

Un golpe seco. Brutal.

Webber se desploma sobre la silla, con la cabeza ladeada y un grueso hilo de sangre brotando de su cuello. La pistola resbala de su mano y rueda por el suelo, desapareciendo bajo el mueble.

Fuera, un batir de alas rompe la quietud, pero pronto vuelve a reinar el silencio.